lucy-valiente-escritora Lucy Valiente

Cristina conoció el amor cuando era demasiado joven para comprometerse con él. Ahora se ve a punto de casarse y pensando cada día en un hombre que no es su futuro esposo.


Romance Sólo para mayores de 18.

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Cuento corto
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Suena el despertador como cada día. Abro los ojos, me quito las legañas y lo primero que veo es a Hugo a mi lado. La cama es cálida, él es cálido, y no quiero apartarme de ninguno de los dos, pero todas las mañanas, cuando le miro, me acuerdo de Daniel, de nuestro amor, y me pregunto cómo habría sido si yo no lo hubiera estropeado todo.

No me gusta pensar en ello más de lo inevitable, porque creo, no, estoy segura, de que con ello traiciono a Hugo. Y porque yo era solo una cría cuando su padre y mi madre se casaron y empezamos a vivir los cuatro juntos. Y nos acostamos. Y nos enamoramos como locos el uno del otro. No tenía ni idea de nada entonces, pero me temo que ahora mismo tampoco la tengo.

Además, quiero a Hugo. Él es bueno conmigo, atento, me escucha, se lleva bien con mi madre, no es malo en la cama y los dos compartimos muchos principios vitales. Es el hombre indicado para casarse, lo sé, mi razón me lo dice. El problema es que cada día ese momento de duda dura más tiempo y se repite más a menudo, como si algo en mi interior me gritase que estoy cometiendo un grave error.

Odio ese algo. Lo odio. Porque me está ahogando poco a poco y me está empujando a obrar en contra del sentido común. Porque es una completa locura pensar siquiera en buscar a Daniel.

¿Para qué? Seguro que está casado o comprometido de algún modo. Seguro que tiene su vida. Seguro que no desea volver a verme.

Pero ¿y si no es así?

Una vez más, miro a Hugo. Y le digo que tenemos que hablar. Él no sabe nada de Daniel ni va a saberlo, es un secreto y no pienso exponerme de ese modo, pero le quiero y no se merece seguir ignorando mi pesar. Su respuesta no me sorprende, después de todo: ve lógico que esté asustada y me asegura que todo saldrá bien. Insisto, porque debo hacerlo, porque no le creo. Y entonces me dice que si necesito un poco de espacio, que me lo tome, que él está dispuesto a esperar por mí.

De repente, recuerdo mi ruptura con Daniel. Sus ojos mirándome igual que Hugo, sus labios pronunciando prácticamente las mismas palabras. Pero lo que yo siento no es lo mismo. Con Daniel pensé que aquello era lo mejor para mí, que me liberaba, que solo tenía que dejar que pasasen los días y el dolor que sentía dejaría de asfixiarme. En cambio, con Hugo, solo me embarga la culpa. Él no se merece a alguien que no le corresponde, y por eso, pase lo que pase con Daniel, no puedo seguir adelante con nuestra boda.

Quizá estoy destinada a estar sola. Apenas puedo pensar en otra cosa mientras recojo mis cosas y escribo a mi madre para avisarla de que necesito pasar unos días en casa. Estoy tan perdida como cuando era una cría, pero peor, porque ahora soy adulta y sé que Daniel no me va a acoger como si no hubiera pasado el tiempo. Sueño con lo contrario, pero me aplasta la realidad.

Lo único que tengo que hacer para saber su dirección es preguntarle a mi madre. Me cuesta un día entero hacerlo. Ella frunce el ceño antes de contestar, porque hace años que no le pregunto por Daniel. Cuando nos separamos y cada uno se fue a una facultad y a un piso compartido diferente, no solo se acabó nuestro romance, también nuestra amistad. Yo sabía que si quería superarlo, lo primero que tenía que hacer era no volver a interesarme por él. Solo tenía que verle en Navidad. El resto del tiempo me las ingenié para no coincidir con él, para no saber nada de su vida, para hacer como si no existiera.

No sé qué pensar cuando descubro que vive muy cerca de mi madre, tanto que puedo ir andando. Mientras me acerco, los recuerdos se agolpan y se suceden en mi mente como una película sin montar. Escenas de una vida que echo de menos casi tanto como me obligo a seguir ignorando. Nosotros dos tuvimos nuestro tiempo, nuestra oportunidad, y pasó, la dejé pasar de largo, ya no tenía sentido intentar resucitar un muerto. Pero necesitaba que él me lo confirmase, antes de pretender seguir con mi vida.

La primera vez que le vi fue en el colegio, en primero de primaria. Enseguida me llamó la atención, porque él se quedó en un rincón sin querer saber nada de nadie mientras yo me esforzaba por encajar con todos. Aunque nos pusieron en la misma clase, nunca cruzamos ni una sola palabra. Llegué a la conclusión de que él no quería tener ninguna relación conmigo, y como era tan listo, deduje que era porque pensaba que yo no estaba a su altura. Y no era la única. Muchos de nuestros compañeros le rehuían y no tuvo más de un amigo hasta la secundaria. Se pasaba los recreos con él, y cuando faltaba, se iba a la biblioteca a leer o a hacer deberes. Una de las cosas de las que más me arrepiento es de no haberme acercado ni una vez a hablar con él, a pesar de que sentía el impulso siempre que le veía.

Y así pasaron los años, tan cerca y al mismo tiempo tan lejos el uno del otro. En alguna ocasión se cruzaron nuestras miradas, pero nunca me pareció que fuese nada más que una casualidad. Y menos me lo pareció cuando empezó a rumorearse que a él lo que le gustaba eran los chicos. No era esa mi impresión, pero lo cierto es que no le había visto interesarse por ninguna chica aún.

Al llegar a bachillerato, cada uno escogió un itinerario diferente. Un ejercicio en inglés me desveló la razón por la que él se había decantado por las humanidades: quería ser escritor. Siempre le había admirado por no buscar la aprobación de nadie, como sí me sucedía a mí, pero en ese momento llegué incluso a desear ser como él. Yo estaba estudiando ciencias, aunque mi pasión era el dibujo. Y, de hecho, fue nuestra relación la que me acabó llevando a dejar de descartarlo como profesión.

Entonces, una tarde, mi madre me dijo que tenía que hablar conmigo. Lo primero que pensé fue que quizás se habría dado cuenta de la infelicidad que me provocaba aquel futuro en el que yo misma me había forzado a encajar para no defraudarla. Pero no. Ella venía a decirme, con una amplia sonrisa en los labios, que se había enamorado y que quería casarse, por mucho que hubiera dicho que no volvería a hacerlo.

Y esto es importante porque creo que es la razón principal por la que dejé a Daniel. Mi padre y mi madre se conocieron en el colegio, salieron juntos durante años y se casaron poco después de terminar la universidad. Eran, por fuerza, el amor de la vida del otro. O eso pensó mi madre hasta el momento en el que supo que él se había estado acostando con otra durante dos años enteros. Y yo no quería lo mismo para mí, ni quería para un hijo mío el dolor tan profundo que me provocó el divorcio.

Cuando supe quién era el responsable de que mi madre se hubiera reconciliado con el amor, el corazón me dio un vuelco. ¿El padre de Daniel? Y cuando me dijo que tanto él como su hijo se mudarían a casa tras la boda, me quedé sin palabras. Pero ella insistió hasta que le dije que por mí no había ningún problema, que si eso la hacía feliz, yo también lo sería. Bueno, aquello no fue del todo mentira.

Cuando Daniel entró por la puerta, hablamos por primera vez. Aunque no pasó de un saludo. A pesar de los años yo seguía anhelando algún tipo de acercamiento, pero estaba bastante segura de que la cosa no cambiaría ni siquiera compartiendo un techo. Sin embargo, el día a día fue creando situaciones en las que inevitablemente teníamos que hablar, algunas de ellas embarazosas, sobre todo relacionadas con el uso del cuarto de baño. Y una tarde, que nuestros padres fueron al teatro, nos quedamos solos.

Por entonces yo estaba saliendo con uno de los chicos más guapos del colegio. Había algo estúpidamente satisfactorio en ello, como si fuera un logro personal, pero nada más. Nuestra relación era más aburrida que las piedras y el sexo era decepcionante, o al menos tenía la sensación de que no me estaba gustando tanto como se suponía.

Esa tarde, Daniel me ofreció ver una película. Era una película extraña, de esas que solo ven los intelectuales o los que se las dan de serlo, y me sentí intimidada, pero él me aseguró que debía darle una oportunidad porque sospechaba que me gustaría. Y así fue. Y me divertí discutiéndola con él después. Me divertí mucho.

Esa fue la primera vez que me pareció que yo le interesaba como mujer. Me reí y él me miró como cualquier otro chico podría haberlo hecho. Pero, al contrario de a lo que estaba acostumbrada, no dijo ni hizo nada. No intentó besarme ni meterme mano. Solo dejó pasar el tiempo hasta que nuestros padres regresaron.

Esa noche, pensando en nuestra tarde juntos, en sus ojos, en su voz y en lo mucho que me gustaba cómo olía siempre, empecé a sentir calor entre las piernas. Y me metí la mano en las bragas. El resultado superó tanto a lo que mi novio conseguía que al día siguiente corté con él.

Daniel esperó hasta después del almuerzo para preguntarme si estaba bien. No me lo esperaba y me encantó, y pensé en si a él le habría alegrado la noticia, aunque no me lo parecía. En cualquier caso, no me dijo lo que yo quería oír, así que yo tampoco dije nada.

Sin embargo, por otro lado, nos hicimos increíblemente cercanos. Hasta tal punto que él era el único al que le podía contar cualquier cosa. Ni a mi madre, ni a mis amigas, ni a ninguno de mis novios hasta el momento. Con Daniel podía ser yo misma más que con nadie. Y tan cercana me sentía a veces, que me frustraba no poder estarlo del todo. Pero seguí esperando a que fuera él el que diera el primer paso.

La siguiente ocasión que nos quedamos solos fue por una escapada que querían hacer nuestros padres. Estarían fuera de casa casi todo el fin de semana. Recuerdo que pensé que si no sucedía nada en esos dos días, en esa noche, no sucedería nunca. Así que cuando lo único que ocurrió fue que me quedé dormida con él en el sofá, y desperté igual de vestida por la mañana, tuve que reconocerme que estaba equivocada. Sí que había ocurrido algo: me había enamorado. Y la sensación que me embargó mientras le observaba allí tumbado, a mi lado, no se repitió después con nadie, ni siquiera con Hugo.

Tenía claro lo que quería, pero al miedo por su rechazo se sumó el miedo a que lo que teníamos se destruyera, o al menos, que cambiase demasiado. Así que mantuve el silencio, mantuve mi intención de conocer a otros hombres y mantuve el alivio de mis necesidades, para lo que me compré por internet mi primer juguete. Y todo cambió cuando fue Daniel el que, una mañana que entraba más tarde a clase, atendió al cartero.

Vino a traerme el paquete al cuarto y me miró de una manera que me hizo sonrojar. No lo había abierto, pero había buscado la empresa del remite. Y me dijo que, si yo quería, él podía jugar conmigo. Que no tenía más importancia y que nadie tenía por qué saberlo. Me quedé muy cortada y él se marchó sin más a su habitación.

Estuve dándole muchas vueltas, pero no porque no lo deseara como nada en el mundo sino porque me provocaba la mayor vergüenza que había sentido jamás. Estuve días así, y eso sí que resintió nuestra relación. Él terminó solicitándome un momento a solas y rogándome que olvidase su propuesta. Pero yo me fijé en sus labios y le contesté que no quería hacerlo.

El beso que me dio fue tan largo, profundo y delicioso como ningún otro beso que recordase en esos momentos, ni tampoco que recuerde de después. Me cortó el aliento y desbocó mi corazón, encendiendo todo mi cuerpo como un rayo que cae sobre un árbol. Y cuando me tumbó en la cama y me subió la camiseta para centrarse en mis pechos, su mano entró en mis bragas y sus dedos resbalaron con toda facilidad.

Se abrió el pantalón y cambió sus dedos por el extremo de su miembro. Lo frotó contra mis labios hasta que le pedí que entrase. Y enseguida se me escapó un gemido, que él atrapó con su boca. Era muy grande, lo más grande que había sentido, y me fue llenando, colmándome, siendo parte de mí. Y cuando empezó a moverse, noté que rozaba algo que me provocó el final muy poco después del comienzo. Pero él siguió y siguió, y las oleadas se sucedieron, hasta que tuve que pedirle como pude que acabase y me dejara un momento de descanso.

Se tumbó a mi lado y se quedó mirándome. La vergüenza entre los dos había desaparecido, así que no dejé de corresponderle. Cuando mi respiración y mi pulso se tranquilizaron, él volvió a subirse encima de mí y volvió a entregarme un placer como no sabía que existiera. Encajábamos tan extraordinariamente también en eso que en mi mente se fijó la idea de que él era el amor de mi vida, una idea que vino para quedarse hasta el día de hoy.

Y realmente no había nada en contra de esa idea. Nada, salvo lo pronto que me había asaltado. Era demasiado joven para atarme a nadie aún. Todavía me queda la universidad, mis primeros trabajos, toda la veintena y quizá parte de la treintena, antes de quedarme con una sola persona y formar una familia con ella. Antes de haber tenido tiempo para experimentar, probar, cambiar, tener aventuras y volver a casa.

Tras esa primera vez vinieron muchas más veces, casi siempre por la noche, cuando nuestros padres se iban a dormir. Él venía a mi cuarto y los dos jugábamos durante casi una hora, probando nuestras necesidades y estrechando nuestra distancia cada vez más. Llegó un momento en el que no supe dónde acababa él y dónde empezaba yo. Éramos uno solo. Un solo latido en dos corazones.

Fui retrasando una conversación que debía darse, y al final, llegaron los exámenes finales y la prueba de acceso a la universidad. Y me fui con él a pasar el verano recorriendo Italia. El mejor verano de mi vida y mi forma de decirle adiós a Daniel.

Él no reaccionó como esperaba. Me pareció como si siempre lo hubiera tenido previsto. Como si despertase de un sueño. No me reprochó nada, ni siquiera se enfadó, lo único que hizo fue darme las gracias por el último año. Aunque sí le vi triste. Y me dijo, como Hugo, que esperaba que yo cambiase de opinión, porque él no creía que llegara a hacerlo.

Y así me veo hoy aquí, delante de su casa, de su puerta, a punto de llamar al timbre, mientras rezo por que al menos no me eche a patadas. En mi interior sé que eso no sucederá, pero tengo mucho miedo. Han pasado muchos años y no me merezco ni siquiera que me escuche.

Suspiro una vez más y pulso el timbre. A punto estoy de salir corriendo, pero me mantengo allí de pie. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que no quiera saber nada de mí? Me repito una y otra vez que así es como estoy ya, que es mejor la verdad a la incertidumbre.

Pero, una vez más, me equivoco. Sí que puede ser peor. Abre la puerta, me encuentro con sus ojos, y todo cuanto siento le da la razón a ese algo en mi interior, y entonces sé que nunca lograré ser completamente feliz si él me rechaza.

A pesar de ir en pijama y bata, de las gafas y de las pantuflas, me resulta más atractivo que nunca. Él me mira de arriba abajo y dice mi nombre, que me suena a nata, a algodón de azúcar, a chocolate derretido. Yo no sé qué decir, por muchas vueltas que le he dado, pero mi corazón halla consuelo cuando él se aparta y me invita a entrar en su casa.

Enseguida comprendo que trabaja allí dentro. Miro el escritorio del salón, el ordenador, con una taza de café y llena de notas de colores, y la pared forrada de libros, y me alegro porque parece que ha conseguido su sueño de ser escritor. Él me lo confirma y sonrío, y mi gesto se ve ampliado y correspondido cuando me dice que está orgulloso de mí porque no me rendí con el dibujo.

Nos ponemos al tanto el uno del otro sin que aún surja la pregunta o la aclaración de qué hago yo allí. Simplemente hablamos, como hacía años que no lo hacíamos, con la fluidez de un río que corre libre por la tierra y la cercanía de dos almas que se comprenden mejor que ninguna. No hay fricciones, a pesar del tiempo y de que sé que le hice sufrir. Ni malas miradas ni tensiones. Como un padre que acoge a su hijo perdido, que comprende su pérdida.

Entonces, le pregunto si está con alguien y me dice que no ha vuelto a tener nada serio. ¿Fue serio lo nuestro? Para él sí. Su respuesta me hace confesarme, decirle por qué estoy allí y no con Hugo. Se lo cuento todo, como antes, como cuando éramos uno, si es que dejamos de serlo en algún momento.

Y él solo me hace una pregunta: ¿ahora lo tienes claro?

Me acerco, le quito las gafas y recupero de sus labios el aliento que me ha faltado durante años.

12 de Julio de 2020 a las 18:42 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Lucy Valiente Mi nombre es Isabel y escribo romántica, a veces con erótica. He estudiado Historia del Arte en Sevilla (España) y actualmente estoy preparándome las oposiciones para ser profesora de Geografía e Historia. Tengo muchas historias en la cabeza y quiero ir incluyéndolas, por lo que te invito a que me sigas!

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