signfer_crow Signfer Crow

Un muchacho llamado Trechiv se adentra en una gigante ciudad voladora: Terunai, la capital de Veliska. Aquel reino que ha prosperado como jamás lo había hecho desde hace quince años atrás. El motivo de su visita debería ser claro, pero grande es su sorpresa cuando su memoria falla y un extraño vacío se lleva sus recuerdos. Por otro lado la historia nos muestra a Bloaize y a Iriadi. El primero, un hombre con poca fortuna, y la segunda, una joven de esas que disfrutan del pesar ajeno; ambos son espías de una nación lejana y sus objetivos se cruzarán con los de Trechiv. ¿Qué aventuras sucederán en la Ciudad de los Cielos?


Fantasía Épico Sólo para mayores de 18.

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Prólogo

La bóveda yacía sumida en las sombras. Era un pasillo con forma cilíndrica que parecía no tener fin. Se trataba de un lugar inmenso, no obstante, su instinto le decía que estaba por llegar a la habitación contigua, y no se equivocó.

El hombre, con los músculos cálidos, sintiendo su respiración como si le susurrara en los oídos, caminó dando rápidas zancadas y alcanzó una plataforma.

El nuevo lugar que apareció ante él, era un agujero enorme tallado en la roca. Tenía escaleras que descendían por las paredes, como un caracol que se perdía abajo, en el fondo de la oscuridad. El hombre estaba parado en el punto más alto de estas. Había un ruido oscilante en ese lugar.

Observando la cavidad vertical, tuvo la impresión de que comenzaba a entender cómo funcionaba todo eso.

Era inédito. La energía fluía como una gruesa línea de luz por ese espacio, pareciendo una espada cuya hoja fuera clavada en tal agujero.

Sorprendente.

Comenzó a descender las escaleras sin prisa, tomando un descanso de su hasta ahora, agitada incursión. Pero claro, solo sería la calma antes de la tormenta. Tenía que aprovechar de contemplar esa maravilla mientras pudiera, y de anotarlo también.

Sus primeras observaciones fueron registradas entre sus papeles. Luego, símbolos de luz fueron dibujados por sus dedos, para finalmente ser tachados y desaparecer. Al instante los escritos ya no estaban allí.

Oyó ruidos desde arriba, así que echó a correr.

Mientras descendía el monumental espiral, escaneó sus alrededores por si veía una puerta de salida. Si había una por donde vino, debía haber otras. Eso solo ocurrió cuando por fin alcanzó el final de las escaleras.

Se trataba del último piso, el cual era como una cúpula que se iba contrayendo hacia el agujero de arriba. La luz caía sobre una estructura de metal circular y de color dorado. Y el termino era correcto, ya que la energía de verdad fluía de arriba hacia abajo. Era de aquí donde provenía el sonido, escuchándose frenético como gritos de pájaros.

En los alrededores del amplio suelo se erguían estatuas. Se trataba de las cinco divinidades. Figuras humanoides de túnicas, cuyas cabezas estaban blindadas por cascos y quienes en sus manos portaban un libro, el cual parecían ofrecer a la corriente de luz. Sus ojos estaban brillando en azul, de presencia imponente.

Él podía sentir la presión sobre su cuerpo. Estaba siendo observado.

Los pasos de arriba se acercaron.

Entonces, con rapidez, él se ocultó detrás de una de las protuberancias que sobresalían del suelo, y repitió el proceso de anotar la información y hacerla desaparecer.

Una vez hecho eso, eligió al azar una de las cinco puertas del lugar (las cuales estaban cada una detrás de una estatua), y se escabulló antes de que sus perseguidores pudieran seguir su rastro.

—¡¿Por dónde se fue?! —preguntó uno de ellos. De inmediato otros replicaron.

—¡No tengo idea, dividámonos!

—¡De acuerdo!

Los pasos se repartieron hacia diferentes direcciones. El hombre tenía previsto que eran alrededor de una docena. Bastante, considerando el potencial con el que contaba cada uno. Pero él los había obligado a llegar a sus extremos.

Por lógica, deberían venir tres grupos de dos por cada túnel, y otros dos grupos de tres. Como el hombre no conocía otra ruta de regreso, pelearía contra los perseguidores que se topara, y regresaría por donde vino.

Se agazapó detrás de una grieta del túnel y esperó.

El sonido de los guardias se intensificó, y de pronto las siluetas de estos asomaron como manchones distorsionados. Los hubiera ignorado si hubiera podido, pero dentro de ese lugar, parecía que no surtía efecto. Era como si las paredes le susurraran la posición del intruso.

Los hombres, con un tenue brillo azul y de complexión anormalmente musculosa, se volvieron hacia el escurridizo ladrón.

Y ahí fue cuando ya estaban condenados.

El hombre hizo aparecer una espada en su mano izquierda, sin necesidad de recurrir al método ordinario. A continuación, la mitad de la cabeza de uno de los soldados voló dejando un regadero de sangre y carne picada. La roca del suelo y las paredes hicieron un sonido húmedo al recibir los fluidos.

Sus enemigos solo eran dos. El restante estaba horrorizado viendo a su compañero morir de forma tan indigna. La espada que tenía en su mano se movió, pero solo era porque temblaba de miedo. Ni su fortaleza le protegía del temible adversario que tenía en frente.

El ladronzuelo era un hombre cuya mitad del cráneo se le había deformado, tal como en su tronco, donde su pectoral y hombro derecho tenían una cobertura de carne endurecida, la cual terminaba en un brazo retorciéndose. Pero usaba la espada del lado izquierdo, ya que allí tenía velocidad. Si su intención fuese golpear con brutalidad, la cambiaría al derecho.

Antes de que el último enemigo pudiera dar la señal de socorro, la espada del intruso le separó la cabeza del cuerpo con un corte limpio.

Apenas brotó sangre, luego el cadáver se derrumbó.

Satisfecho, pero no alegre por haber matado, el hombre regresó a la cámara y ascendió por las escaleras en espiral.

Pero...

¡Las estatuas estaban moviéndose!

Sus cabezas comenzaron a girar y a retorcerse, levantándose para no perder de vista al intruso que subía.

Esto era malo. Tenía un pésimo presentimiento.

Después de todo, él ni siquiera se había mostrado.

Apuró el paso, mientras echaba ocasionales miradas hacia las perturbadoras siluetas de ojos brillantes.

Sintió el cansancio. Su cuerpo era diferente al de un humano normal, sin embargo, eso no quería decir que fuera omnipotente.

La habitación estaba cálida, y el aroma olía como si hubieran chamuscado algo. No era así cuando bajó.

Estaba llegando a la cima, cuando notó que ante la puerta que daba a la bóveda había alguien. Al estar cerca, el intruso redujo el paso para contemplar quién era su próximo obstáculo en el camino.

Se trataba de un hombre de pelo corto, cuyo rubio original se había decolorado con el paso de los años. Su rostro era adornado por una diminuta línea de barba, la cual recorría los contornos inferiores. Era alto, de complexión media, ataviado en túnicas azul oscuro.

Podría haber sido un hombre normal, más allá de su posición en estas tierras. Pero el intruso notó de inmediato que no era así en absoluto. Los ojos que lo miraban estaban perdidos. Vacíos. No había gesticulación de emociones en su rostro.

Aun así, el forastero lo había estado esperando. Y sí, esto era malo, pero había irónica satisfacción en él al enterarse de que estaba en lo cierto.

El hombre de túnicas dijo algo, inexpresivo. Sus palabras tendrían que haber estado cargadas de sorpresa y perturbación, pero las hizo sonar como si no le importara.

Entonces, el intruso cambió la espada a su mano derecha, y cargó contra él.

8 de Julio de 2020 a las 21:33 0 Reporte Insertar Seguir historia
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