lidia-arauz1586707095 Lidia Arauz

Trata de dos almas condenadas a estar separadas durante todas sus vidas.


Cuento Todo público.

#dolor #amor
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DOS ALMAS

Eran dos almas gemelas muy antiguas. Fueron creadas del mismo material cósmico, vibraban con la misma frecuencia y se atraían con el magnetismo de dos imanes.

En algún tiempo se amaron, pero cometieron, quien sabe que terrible delito y el castigo fue jamás volver a ser amantes.

Habían renacido muchas veces, nacían a grandes distancias uno del otro y si tenían la suerte de encontrarse no se reconocían

ambos, solo uno podía sentir la atracción de sus almas. Pero siempre existía dentro de ellos un vacío abismal como de amores inconclusos que se quedaron pendientes en el itinerario de una época sin retorno, como de tiempos no vividos, una incertidumbre

de origen milenario y desconocido.

En una ocasión, él nació como un lirio blanco y ella era una mariposa de bellos colores enamorada de este.

El abrió sus nevados pétalos en el mismo instante en que ella salió de su crisálida y al momento de desplegar sus alas para realizar su primer vuelo, percibió el perfume del lirio, que sobresalía entre todos los aromas del jardín y fue como una amorosa llamada para ella. Lo buscó hasta encontrarlo y desde entonces no volvió a alejarse de él.

Pasó toda su corta vida de insecto atraída por el lirio. Cuando se marchitó ella no quiso separarse de la flor, dejó de alimentarse y murió unida a él.

Sus alas se fundieron con los pétalos del lirio y luego se desintegraron en miles de coloridas partículas perfumadas, que fueron esparcidas por el viento.

En otra ocasión nacieron a miles de años luz. En otra galaxia, en diferentes planetas, nunca se conocieron.

Ella habitaba en la tierra, él era príncipe de un lejano planeta, en una dimensión mágica, cuya órbita se situaba entre la realidad y la fantasía, ahí cada deseo no cumplido de cualquier lugar del universo, caía como una estrellita encendida.

El sitio estaba lleno de estrellas que iluminaban las montañas, jardines y techos de las casas. Cuando el deseo se cumplía o su dueño dejaba de soñar, la estrella se apagaba.

Había miles de estrellas apagadas que constituían un verdadero problema para el reino y tenían que ser eliminadas en el basurero estelar.

Existían de diferentes colores, las de los deseos de los niños eran blancas, los deseos de amor eran rosados, los de salud eran verdes y las de los deseos malos y egoístas eran estrellas grises con poco brillo y las eliminaban junto con las apagadas.

Una tarde el joven príncipe paseaba por su jardín, cuando miró caer una estrella color rosa sobre un arbusto. Sintió unas irresistibles ganas de tocarla, al tomarla en sus manos vio la imagen de ella y la reconoció, aunque no la había visto antes. Recordó todas sus vidas pasadas tratando de estar a su lado.

Entonces viajó cada noche hacia sus sueños, atreves de la luz de la estrella. La puerta estaba abierta porque ella tenía el anhelo no cumplido de encontrar el amor.

Lo reconoció al verlo y juntos visitaron lugares maravillosos. El príncipe se convirtió en el amante que ella deseaba.

Tuvieron una apasionada noche de amor, mientras una lluvia de estrellas caía en el jardín iluminando las rosas.

Todo parecía marchar bien, sin embargo, ella tenía un problema, era de las personas que al día siguiente no recordaban sus sueños, por eso no supo todo lo que vivieron, para ella fue como si nada hubiera sucedido.

Una noche cuando él iba a buscarla, la luz de la estrella se apagó y la puerta de entrada hacia sus sueños se cerró para siempre. Ella se enamoró de alguien de la realidad y dejó de desear un amor de cuentos de hadas.

Tuvo una monótona y aburrida vida de esposa y ama de casa común y corriente y se olvidó de soñar.

El príncipe quedó esperando por mucho tiempo tras la puerta y al comprender que esta ya no se abriría, se encerró en su castillo y murió de tristeza. Las rosas se marchitaron y todas las estrellas dejaron de brillar.

En otra de sus vidas, vivieron muy cerca. Él era hijo de los nuevos vecinos que acababan de mudarse frente a su casa.

Irían a la misma escuela, pero no se conocieron, a los tres días de haber llegado él murió en un accidente. Entonces la reconoció y se convirtió en su sombra, la perseguía a todas partes, no podía separarse de ella.

Su castigo era permanecer siempre a su lado, sin poder interferir en nada, solo como un espectador, estaba tan cerca pero tan lejos de ella, amándola en el silencio, desde el otro extremo del tenue e intransitable velo que separa la vida de la muerte, únicamente como un difuso espectro de lo que un día pudo ser.

Como las almas no duermen pasaba sentado a la orilla de su cama, cuidando su sueño como un ángel guardián.

Fue testigo de su primer beso, sufrió con ella por su primera desilusión y por todas las demás que tuvo.

El día de su boda, la primera noche lloró tanto por haberla perdido que sus lágrimas se convirtieron en perlas de rocío que brillaban con el sol y adornaron el suelo frente al lecho matrimonial, durante su primera mañana de casada.

Esto siguió ocurriendo por muchas mañanas más, hasta que él lo fue aceptando y también fue feliz, por la felicidad de ella.

La acompañó en la maternidad, con cada uno de sus hijos, los cuales se acostumbraron a verlo siempre junto a ella. Jugaban a atraparlo sin conseguirlo, este se volvió el juego más divertido para ellos en su primera infancia.

Pronto regresó a pasar sentado a la orilla de su cama, se convirtió en el guardián de sus solitarias noches de desvelo, cuando el amor de su marido se apagó y un día se quedó sola.

A continuación, vinieron los numerosos amantes que tuvo y que no podían satisfacer su necesidad de algo que buscaba ansiosamente, en cada uno de ellos y nunca lograba encontrar y ni siquiera sabía realmente que era. Tal vez la causa de ese vacío, era que le faltaba el amor que no vivió con él.

Se preguntaba porque las misteriosas perlas de rocío reaparecían adornando el suelo frente a su cama, siempre que tenía un nuevo amante.

Así envejeció entre efímeros amores que generalmente solo alcanzaban la brevedad de unas horas.

Una noche de tormenta la vio morir en la soledad, custodiada solo por la sombra de su fiel acompañante.

Únicamente la naciente mañana fue testigo de ese encuentro tan esperado, que duraría hasta que la fuerza del karma volviera a separarlos con su interminable ciclo de reencarnaciones.

Porque a pesar de estar condenados a permanecer separados, sus almas estaban unidas por lazos intangibles, que los obligaban a continuar persiguiéndose por siempre, tratando de hallarse en la oscuridad de la muerte o en la incierta claridad de la vida.

Así siguieron buscándose durante sus sucesivas existencias, encontrándose y desencontrándose sin poder quedarse juntos jamás.

FIN

LYDIA ISABEL ARAUZ BUITRAGO.

ESTELÍ NICARAGUA.

8 de Julio de 2020 a las 06:02 0 Reporte Insertar Seguir historia
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