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Cony I


Tras la muerte de su hermana, un par de años atrás, Bennet se verá envuelto en una gran aventura para poder traerla de regreso a la vida. Tras haberse encontrado con la legítima reina en el temido bosque emprenderá su gran viaje hasta el Castillo de Hielo para intentar devolverle el trono y así que ella pueda revivir a su consanguínea. Una historia llena de acción, aventura y magia.


Fantasía Medieval Todo público.

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Capítulo 1: El bosque

Cuando apenas se asomaba el sol por la pequeña ventana de su habitación Bennet ya estaba en pie preparándose para comenzar su laborioso día. Se puso los únicos zapatos que tenía, que por el excesivo uso que les había dado ya estaban desgastados y apunto de rasgarse. Se quedó sentado en su cama un momento, pensando en todas las actividades que debía realizar aquel día. Su jefe lo obligaba a trabajar horas extras cada vez que se acercaba el baile de invierno, y ese año no era la excepción. Era el mayor exportador de trigo del reino, y justamente la celebración de ese periodo daría lugar en el palacio al que le servía. El chico suspiró un momento antes de levantarse de la cama y salir de su mugroso cuarto. Observó el dormitorio contiguo para asegurarse de que su madre estuviera despierta. Al entrar se encontró con la pequeña cama bien estirada y el resto del lugar limpio. En una de las cómodas había un sobre amarillento con su nombre escrito. Bennet se acercó al sobre y comenzó a leerlo: era una carta de su madre indicándole que esa mañana había salido temprano a buscar leña a las afueras del bosque. Se acercaba el invierno y la necesitaban para no morir de frío. También, en el mismo escrito, le indicaba a su hijo que antes de ir a trabajar fuese al mercado a vender el último cordero que les quedaba. En aquella parte del reino el dinero escaseaba, por mucho que las familias trabajaran no les era suficiente para mantenerse, debían buscar la manera de sobrevivir al costo que fuese.

El chico dejó la carta sobre la misma cómoda y salió de su pequeño hogar a buscar al animal. Lo ató con una cuerda al cuello y se aseguró de haber dejado la casa bien cerrada antes de partir al mercado que estaba a unas cuadras. No se molestó por la petición de su madre, ya que el comercio se encontraba de camino a los terrenos de trigo donde laburaba, y, además, sabía que no se tardaría más de cinco o diez minutos en vender al animal. De camino a su destino, pensó en aquellas salidas que hacía con su hermana los días domingo de cada mes, y anheló volver a revivir aquellos días en que al menos tenía un escape de la triste realidad en la que se hallaba. Después de la desaparición de la chica no tuvo ni un solo día libre, ni si quiera un par de días de luto. A pesar que hubiera menos bocas que alimentar en la casa, había una persona menos que sumaba ahorros, y eso era mucho más perjudicial económicamente. Y fue mucho peor cuando su padre, que era el que más aportaba, se había ido de la casa hacía un par de años. Tan solo con veinte ciclos de vida el chico, a base de mucho esfuerzo, se había convertido en la cabeza del hogar, y su única misión en la existencia era ayudar a su madre, la última persona que le quedaba.

El cordero caminaba a su lado y paraba de vez en cuando para probar pedazos de pasto y hierbas que crecían en las calles de tierra del pueblucho. Bennet a cada rato tiraba de la correa para que su acompañante no se quedase quieto mucho tiempo. En un momento de descuido, chocó con el hombro a otra persona que iba pasando por la calle. El hombre, enojado, le gritó un par de babosadas mal intencionadas con el propósito de que el muchacho se diese la vuelta a encararlo.

— Eh, tú, ¡quién te has creído! —Gritó el hombre al darse cuenta que no había llamado su atención— Ven acá, a ver si eres tan rudo.

Bennet, confundido por la provocación tan estúpida del hombre, se volteó a mirarlo de manera involuntaria, justo como el individuo esperaba.

— Lo siento, señor, no tiene por qué… —Dijo justo antes de recibir un enorme puñetazo en el estómago. Cayó de rodillas al suelo y soltó un escupitajo—. Qué demonios…

El hombre, acompañado por otro joven, le dio una patada al pecho, lo cual terminó por dejarlo tirado en el suelo de tierra. Por falta de aire, estuvo recostado unos segundos sin reaccionar ante la golpiza que le habían dado. Apoyó la palma de su mano en el piso y trató de reincorporarse como pudo. Al momento en que se sentó en el duro terreno vio como los dos asaltantes se llevaban a su cordero en brazos y se alejaban rápidamente de la escena. Se alarmó por completo al ver el acto, y sin importarle el resto del mundo, se paró ágilmente y trató de correr tras ellos, sin poderles seguir el paso por el aún latente dolor en el torso. Cuando estaban a unos diez metros de distancia el chico decidió precipitadamente gastar parte de su energía en crear una esfera de hielo que siguiera a los hombres. La pequeña gema en forma de pentágono alargado que tenía en su brazo se iluminó de un color celeste mientras realizaba el acto. La esfera era del tamaño de su cabeza, y se movía de manera más veloz que cualquiera de los tres. Con toda su fuerza y concentración logró estallarla en las piernas de sus atracadores, dejándolos anclados al piso por un par de segundos, los suficientes para que Ben los alcanzara y pudiera volver a poseer al cordero como deseaba. Pero el hombre que tenía al animal en brazos no tuvo intención de retenerlo más, creyendo que si el chico recuperaba al pequeño cordero los dejaría en paz.

— ¡No! —Gritó Bennet al percatarse que el animal corría libre por el lugar.

Corrió nuevamente tras él, ignorando a los vándalos que le habían robado, situando como prioridad atraparlo. El pequeño parecía poseído por alguna fuerza mayor, corría a una velocidad exorbitante y en línea recta, directamente hacia el bosque que rodeaba el pueblo. El chico, nuevamente alarmado, pensó en alguna solución a su problema. Si el cordero entraba en el bosque no tenía muchas posibilidades de hallarlo y salir con vida del lugar, seguramente no tendría la misma suerte de hace un par de años.

Se detuvo a unos cuantos metros de la arboleda y vio como gran parte de dinero de ese mes se iba corriendo hacía el lugar supuestamente maldito. ¿Y ahora qué?, se preguntó, desesperanzado y furioso. Una pequeña punzada en su brazo le indicó que en aquel acto de magia que había utilizado para atrapar a los ladrones había gastado la mayor parte de su energía, y comenzó a sentirse cansado a los pocos segundos.

— ¡Idiotas! —Aulló al cielo, con la poca fuerza que le quedaba—. Todo por su culpa. Si tan solo no hubiera… ¡Por los dioses! ¡Si tan solo no hubiera…!

— Bennet —Le interrumpió una canto a sus espaldas.

Se le erizó la piel y quedó automáticamente turbado ante aquella inconfundible voz. La misma que estuvo atormentándolo en sus sueños por los últimos cuatro años, reviviendo casi todas las noches aquél triste día. No podía ser de otra persona que no fuera Clair, estaba segurísimo.

— Bennet —Volvió a escuchar.

La mano de la chica se posó en su hombro, congelando aún más el cuerpo de su hermano. Poco a poco caminó a su lado hasta posarse justo en frente de él. Lucía exactamente como en la última mañana de domingo, con el mismo abrigo que había encontrado minutos antes de verla desaparecer. En su mente revivió en segundos aquel día al ver el pequeño rostro de su consanguínea a un par de centímetros. Su respiración era muy lenta, apenas sí inflaba el pecho al inhalar, intentando moverse lo menos posible por el miedo. Se preguntó cómo era posible que ella estuviese ahí, frente a él, y si acaso su presencia no era más que producto de su cansancio.

— Necesito que me sigas, Bennet. Ven conmigo —Dijo Clair, tomándole la mano a su hermano y tirando de él hacía el bosque.

Él la rechazó de inmediato, desligándose de la mano de la chica. Esto no puede ser más que un sueño, se repetía a sí mismo. Pero, aunque pensara en la imposibilidad del hecho de que su hermana estuviera ahí, sentía unas ganas enormes de poder disfrutar nuevamente de un abrazo de la niña, a quién había llorado durante años junto a su madre y a su padre. Clair se dio vuelta y lo observó directamente a los ojos. Bennet notaba algo raro en aquella aparición, había un pequeño detalle que delataba a su supuesta hermana: los ojos. Los ojos de Clair eran idénticos a los suyos, de color café oscuros, no color avellana como los que presentaba la usurpadora de identidad. Pero antes de poder hacer algo, la mujer disfrazada lo hipnotizó con un pequeño hechizo que formuló mentalmente, y le ordenó al muchacho seguirla. Juntos se internaron en el bosque, dejando atrás todo rastro de civilización.

El bosque estaba muy calmado, muy sereno, casi como una fantasía. Pequeños animales silvestres paseaban tranquilos ante la presencia de los muchachos. La mujer se habría paso por entre las plantas y arbustos, con un simple gesto de la mano y su voluntad, a medida que avanzaban por el terreno. Caminaron al menos diez minutos antes de que el chico mostrara indicios de estar saliendo del hechizo. Lentamente fue recobrando la conciencia, mientras admiraba el hermoso paisaje que tenía frente a él. El sol ya estaba saliendo por completo, colando un par de rayos de luz por entremedio de los árboles, resaltando aún más la belleza del espectáculo verde a su alrededor. Una brisa de viento helado terminó por devolver el estado alerta del muchacho, quien miró todo lo que lo rodeaba, esta vez, con temor, buscando algún lugar por donde salir. Pero todo lo que veía eran troncos y más troncos que se extendían hasta el cielo de manera que le pareció infinita.

— No te asustes, Bennet, aquí nada ni nadie podrá lastimarte —Le dijo ella, esta vez con su voz un poco más gruesa y madura.

Se volteó a observarla, y se encontró con una mujer de apariencia mayor esbozándole una sonrisa. Era casi tan alta como él, de melena blanquecina recogida de tal forma que apenas dejaba mechones sueltos, tenía ojos alargados de color avellana, y una tez casi tan clara como los rayos de luz. Sus finos dedos, atrapados por una elegante tela de seda que le cubría hasta la muñeca, se extendían junto con el brazo en dirección al chico, esperando que este le cogiera la mano.

Tras la delgada figura de la mujer apareció lentamente una pequeña posada. Tenía una enorme chimenea en uno de sus costados, por la cual salía humo gris y un exquisito olor a sopa.

— Entremos, ¿Quieres? —Ofreció la mujer, tomándole el brazo y tirando de él con una fuerza muy superior a la de Bennet.

Entraron en la cabaña, y ella, con un pequeño gesto de la mano que tenía aún libre, cerró la puerta sin necesidad de tocarla. Sentó a Bennet en una de las sillas de la sala. Este, sin poder moverse por susto, observó con la mirada el lugar. La chimenea estaba a un lado, sobre el fuego había una especie de caldera en la que parecía estar cocinándose un caldo. Al otro lado, justo en frente de esta, había un gran mueble lleno de víveres, platos y servicios. El sillón sobre el cual estaba sentado era felpudo, de color grisáceo, igual que el sofá donde recientemente se había sentado la mujer, esta vez con una taza llena de líquido oscuro en su regazo. La vio mientras esta bebía parte del líquido, aún conmovido por la aparición de su hermana. Cruzaron miradas, y ella pudo sentir todo el enojo que emanaba de los ojos del chico.

— De verdad lo siento, Bennet, pero no encontré una mejor forma de hacerte venir —Le dijo mientras intentaba tocarle la mano como gesto de consuelo—. Soy Heloise, mucho gusto.

Bennet simplemente se limitó a observarla, aunque por dentro tuviera muchas ganas de abofetearla por haber hecho tal engaño. Se contuvo en su lugar en silencio, tratando de relajarse y pensar bien las cosas. Trataba de no ser un hombre impulsivo, aunque a veces no le resultara.

— Sé que te preguntarás por qué te he traído aquí —Continuó la mujer al no recibir respuesta alguna—. Necesito de tu ayuda, y estoy segura de que aceptaras el trato que te propondré.

Ella, convencida totalmente de sus palabras, volvió a beber otro poco de brebaje. Notó como la mirada del chico la fulminaba aún más luego de su declaración, inquietándola un poco.

El viento comenzaba a azotar la casa, como avisando que el invierno estaba cerca. El solsticio de invierno sería dentro de una semana, y ya comenzaba a helar todo el reino. Cualquiera que no estuviese preparado para la temporada tenía el camino seguro hacia la muerte. Pero, a pesar de las terribles tragedias que se avecinaban, Heloise estaba tranquila e incluso ansiosa por la época, porque habría paso y facilitaba un poco la misión que debía encomendarle al joven. Cada año se debilitaba más, y con sus propias fuerzas, por muchas que fueran, no podía combatir contra los grandes poderes y la vitalidad de su enemigo. Necesitaba de la presencia de un joven inteligente y prestigioso como Bennet para ayudarla a recuperar algo que, por derecho divino, debía ser de ella. Haría todo lo posible para que él aceptara el trato, porque sabía que no encontraría a un joven tal con las mismas capacidades, al menos, en muchos años.

— Un par de años antes de que nacieras, durante el tan aclamado baile de invierno, fui nombrada reina de esta nación por el consenso de los dioses y la aprobación de los tres reyes humanos que serían mis compañeros. Mi periodo duraría doscientos años, que es lo que vivimos los dioses venidos al mundo mortal. Sacrifique infinitos años más de vida que me quedaban por venir a daros el mejor de mis trabajos; gobernarlos.

Bennet la miró intrigado. El miedo y el enojo se le iba quitando poco a poco y ya hasta comenzaba a sentirse cómodo ante la presencia de Heloise. Observó el brazo de la mujer, y divisó que este tenía tan solo una gema, muy distinta a cualquiera que él hubiera visto. Tenía una forma rómbica perfecta, y cambiaba de color a cada segundo, paseándose desde un tono celeste perlado hasta un intenso verde esmeralda, sin saltarse el rojo rubí y el color crema. Era un espectáculo de colores divino que le costaba dejar de ver. Sin darse cuenta, con sus dedos palpaba la superficie de su brazo de arriba abajo, tocando sus propias gemas. A sus siete años había aparecido la primera, de forma pentagonal, informando que su magia pertenecía al elemento de agua. Luego, a sus diez, apareció la segunda y última gema. Esta era muy distinta y poco común. Con forma de ovalo y de color blanco. Al principio sus padres no tenían idea de qué elemento se trataba, en el pueblo nunca habían visto a nadie con algo parecido. Tuvieron que pasar dos años para que recién, en un viaje que hicieron al pueblo vecino, un brujo se percatara que se trataba del elemento de viento. Tan solo encontraron un libro, de no más de veinte páginas, que hablaba sobre el dominio y las capacidades (muy limitadas respecto a los otros elementos) que podía obtener un hechicero de viento. Era algo tan extraño y poco explorado que tan solo le servía al chico para invocar una mascota espiritual, por tanto no le dio mucha importancia y poco sabía sobre la invocación.

Lo interrumpió de sus pensamientos el sonido de la mujer bebiendo su infusión. Tenía claro que ella no era de su mundo, y se le notaba mucho en la manera tan divina de hacer cualquier cosa. No era tosca, ni bruta, como las demás mujeres en su pueblo. Tan poco lucía cansada, ni tenía las manos callosas por tanto trabajo como las tenía su madre. Eran esos detalles los que marcaban la diferencia entre lo perfecto y lo terrenal.

— ¿Y qué sucedió entonces? —Se atrevió a preguntar, curioso por saber qué le había ocurrido a Heloise, como un niño pequeño al cual le cuentan una historia.

Ella esbozó una pequeña sonrisa y continuó:

— Los tres reyes más mi mejor oficial conspiraron en mi contra en mi trigésimo año al mando, hace dieciséis años ya. Me usurparon la corona, donde almaceno gran parte de mis poderes. Sin ella estoy muy débil como para combatir, y ya no tengo la misma vitalidad que tenía cuando bajé a este mundo. Cincuenta y seis años ya me pasan por encima, no puedo ir y robarles la corona por mi cuenta —Dijo, en un tono un poco más triste —. Por eso necesito tu ayuda. Eres joven y vitalicio, y veo en ti gran potencial. Hasta me atrevería a decir que estás destinado a hacer grandes…

— Señora Heloise… —Interrumpió— Está usted muy equivocada. Solo soy un simple granjero, y así será por el resto de mis días. ¿Cómo pretende usted enviarme a tal encargo con mis escasos poderes y mi casi nulo conocimiento del arte de la hechicería? —Continuó, desesperanzado, mirándola a los ojos en todo momento, asegurándose de que la mujer entendiera correctamente sus palabras— ¿No cree usted que me está mandando a una misión suicida?

— Sé los dolores que has pasado por tu hermana y por tu padre, y también sé la fuerza y coraje que ha crecido en ti gracias a eso. No puedes decir que cualquier simple granjero haya pasado por algo así. Sé que con la ayuda suficiente podrás lograrlo, y estoy dispuesta a darte todo mi apoyo —Respondió, y con un gesto de su mano un cajón a sus espaldas se abrió y de él salió levitando un collar con una joya idéntica a la que tenía en su brazo. Clenodium vitae, en español Joya de la vida. Un elemento sagrado con el cual todos eran bendecidos al nacer. La principal fuente de energía de toda criatura mágica, incluyendo a los dioses, quienes desde su nacimiento son dotados con la inmortalidad gracias al collar. Aunque para ellos funcionaba de una forma distinta. Si se lo quitaban, no había vuelta atrás; toda su vida se reducía a tan solo doscientos años de mortalidad. Por eso se consideraba un sacrificio el que un Dios cada dos siglos bajara a gobernar los cuatro reinos—. Te daré este collar, donde depositaré toda mi energía y conocimientos. Con eso deberás aprender a controlar tu magia. Además, te enviaré a una persona para que te apoye con la misión. Si todo resulta bien, podré revivir a tu hermana y traer de vuelta a tu padre. También, si lo deseas, te daré un alto puesto en mi ejército. ¿Aceptas?

Era una oferta muy tentadora, pero para sus bajas expectativas de si mismo no. Desconfiaba rotundamente de sus capacidades, aun cuando quien confiaba en él era una deidad divina. ¿Será acaso el amor por mi hermana más fuerte que mi autoestima?, pensaba. Observó la joya brillante que seguía suspendida en el aire, hipnotizado por su belleza, y en un análisis de los pros y los contras, concluyó que la misión era casi imposible, pero estaba dispuesto a hacerlo. No se perdonaría jamás en la vida no haber hecho nada por regresar a su hermana, ansiaba profundamente volver a tenerla y reconstruir parte de su familia.

— Acepto —Dijo finalmente, y tomó el collar.

Heloise sonrió victoriosa ante la declaración del chico mientras bebía lo último que le quedaba de infusión. Dejó la taza sobre su regazo y observó la mirada perdida de Bennet, quien estaba absorto sintiendo como se llenaba de energía mágica su cuerpo. Miles de años de entrenamiento en las artes de la hechicería yacían en el collar, y, aunque solo fuera menos de la cuarta parte del potencial de la mujer, para el muchacho era motivo más que suficiente de asombro. Jamás había pensado en entrar realmente al mundo de la magia, tampoco tenía el tiempo para hacerlo. Era un valioso préstamo el que le hacía, y estaba dispuesto a utilizarlo de la mejor manera para cumplir con su misión. Con tal energía podría pasar realizando hechizos todo el día sin llegar siquiera a transpirar.

—Me alegro mucho de que hayas aceptado, estoy segura de que podrás lograrlo —le dijo la mujer al momento en que Bennet se encontraba más en calma—. Bueno, ahora que me has dicho que sí te daré un poco de dinero para que lo utilices en tu viaje. Si te falta algo, frota el collar con tus dedos y habla, así te podré ayudar.

Se levantó de su asiento y dejó la taza sobre un mueble que estaba detrás, el mismo de donde había sacado su Clenodium vitae, y rebuscó entre unos gabinetes un pequeño fajo de tela que tenía oro en su interior. Cuando se lo mostró al chico, este quedó totalmente impresionado por el excesivo valor del contenido. Jamás en su vida había imaginado tener tal cantidad de dinero, ni juntando los sueldos de él y su madre igualaban a un décimo de lo que costaba todo ese oro. Es demasiado para mí solo, se dijo, y de inmediato salió de toda su ilusión por la misión. Recordó a su madre. No quería dejarla sola, a su merced, ni mucho menos sin darle una explicación de su partida. Se encontró nuevamente con un dilema mental. No deseaba irse sin más, sería muy perjudicial para su progenitora, a forma anímica y económica. Se cruzaron los peores escenarios por su cabeza. ¿Y si saben de mi ausencia y planean robarle? ¿Y si no vuelvo con vida? No soportaría otra perdida más, la devastaría totalmente.

—Heloise, ¿qué haré con mi madre?

—Si te preocupa su bienestar en tu ausencia, yo estaré al pendiente de ella si eso te deja más tranquilo.

En base a sus palabras ideó un rápido plan para asegurar el tranquilidad de su madre. Antes de regresar a su casa comenzó a escribir una carta de despedida hacia su madre en donde le explicaba los motivos e incentivos de su ausencia. Satisfecho con el resultado, de regreso a casa dejó el papel en la mesa de comedor junto a una pequeña bolsa con oro, el que creía suficiente para que su progenitora viviera sin necesidades por los meses que estuviera fuera. Se sentía muy apenado por estar lejos de su progenitora, pero estaba muy decidido con la misión. Todo estará bien, se dijo, al momento en que cerró la puerta de entrada de su hogar y dio el primer paso hacia su destino.

6 de Julio de 2020 a las 00:28 0 Reporte Insertar Seguir historia
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