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La abuela Charlotte



Este es mi intento número quince por tratar de describir lo que ocurrió esa noche.

Aún recuerdo el miedo acechándome desde la espalda, como fantasmas peleándose entre sí para entrar a mi cuerpo. Recuerdo especialmente la luna; era el único foco de luz que me mantenía cuerda pero, a su vez, su iluminación aparecía burlesca y siniestra a través de mi ventana. Todavía siento la ansiedad y el frío recorrer cada espacio de mi piel y como las palpitaciones de mi corazón subían bruscamente hasta mi garganta queriendo cortar mis cuerdas vocales como su fuera una daga poseía por lo que fuese que se estaba apoderando de mi hogar a mitad de esa noche anieblada. Y es curioso porque, justo hoy cuando me atrevo a contar lo que sucedió, el aire que respiro parece tener la tatuada esencia de aquél día y temo; temo por lo que pueda suceder una vez se acabe la tinta negra de mi pluma.

Aún así, no me andaré con rodeos y comenzaré.

Sucedió el día de mi cumpleaños número veintiuno. La fecha no era importante en sí, mas bien, era un día al que nadie parecía prestar nunca atención, pero lamentablemente el 25 de Julio de 1921 quedó marcado en mi memoria y en la de los vecinos de Concepción.

Aquella mañana me levanté como de costumbre; eran las seis y media de la madrugada y mi cuerpo se sentía pegoteado por el sudor de los días en los que no había agua suficiente para bañarme. Me vestí con una camisera de color verde desteñida por el paso de los años y una falda que le perteneció a mi abuela en su juventud, pero que era tan larga que se enredaba constantemente bajo mis pies. Ese día lunes mi ánimo estaba tan irritable como siempre; jamás tuve una actitud pasiva ante la vida, pero aprendí a morderme la lengua para no envejecer tan rápido, lo que repercutía constantemente en mis dolores de estómago. Me recuerdo arrastrando los pasos, molesta por enfrentarme a un nuevo y rutinario amanecer mientras me encaminaba con un desayuno rápido en mis manos hacia la habitación de ella.

De la abuela Charlotte.

Nuestra relación siempre había sido especialmente mala. A espaldas suya, la desprecié y la maldije infinitas veces en silencio, pero con justas razones. Hasta los dieciocho años éramos tres quienes habitaban la enorme y lujosa casa de la viuda Charlotte: mi madre, la abuela y yo. Mi madre, Claudia, era la única de sus hermanos que daba, incomprensiblemente, la vida por la vieja. Ella era quien soportaba los arrebatos, malos tratos y golpes bajo la justificación de una enfermedad mental: la esquizofrenia, con el fin de que no fuera encerrada en un psiquiátrico mientras se le ponía electricidad hasta quemarle el cerebro.

Si me preguntan a mí, yo hubiera deseado ser quien le quemara el cerebro.

Y es que para mí, la enfermedad era un vil invento de una mujer histérica que quería llamar la atención para ser la única protagonista de nuestras vidas. O al menos eso creí, hasta que mamá falleció abruptamente de un cáncer al estómago que jamás se trató por cuidar de la abuela y no mentiré, bastante rencor tengo por eso. Desde ese día, la enorme casa se volvió vacía y fría, el lujo perdió el brillo, las paredes de un color verde olivo se llenaron de moho y mi rostro juvenil perdió el color y, a cambio, recibió anemia y ojeras, ¿y Charlotte? Ella simplemente perdió aún más la cabeza, volviéndose molesta y egoísta. Y por supuesto, esa mañana no fue la excepción.

Trabajaba en una tienda de víveres a un par de cuadras de la casa, donde los hombres hacían largas filas por un poco de comida y ese día lunes me tocaba abrir, así que me dispuse a despertar a la abuela Charlotte para darle su desayuno: un poco de leche con avena para que pasara con facilidad por entre medio de sus dientes amarillentos y sueltos. Cuando me aproximé a su habitación, maldije al sentirla aún con vida tras escucharla toser y atorarse con su propia saliva.

—Charlotte, despierta. —hablé con desgano mientras encendía uno de los pocos focos de luz que había en la casa durante esa época.

En el momento en que la luz inundó la habitación, la vieja ya estaba sorpresivamente sentada en la cama y no dormitando, con el rostro arrugado con amargura, el cabello nevado corto tras el último retoque, parado como la cola de un pavo real, con una mano sobre la otra y la mirada perdida en alguna alucinación que probablemente veía sobre la cama.

—Es hora de desayunar, Charlotte, hoy trabajo desde temprano.

—Hay muchos duendes sobre la cama, Ellen —comentó—, no me han dejado dormir en toda la noche porque intentan matarme cada vez que quiero dormir. —sentenció enfadada.

—Les pediré que se vayan. —dije en tono neutro.

—¡Qué vil mentira! ¡Eres una mentirosa, Ellen! ¡Tú los mandaste para que me mataran! Nunca me has querido, ¡apuesto a que esa avena tiene veneno!

—Si quisiera matarte, ya lo hubiera hecho de una forma muucho más cruel, Charlotte. Y hace bastante tiempo.

—Eres una hija de puta, Ellen. Una perra sin gracia.

Dejé el desayuno encima de ella, sin inmutarme ante sus insultos, pues eran rutinarios, como tomar café cada mañana.

—Sí, Charlotte. —respondí, sin intención de contradecirla—. Por favor, come todo.

—Tiene veneno... ¡yo sé que le echaste veneno!

En ese entonces recuerdo darme la vuelta e irme a la cocina por un triste café. Desde que mi madre había fallecido, el dinero en casa era escaso. Por ser joven, apenas me pagaban para conseguir harina, avena, un par de papas, arroz y granos de café, y mi delgadez cada vez se hacía notoriamente enfermiza.

Cuando volví a revisar que todo estuviera bien antes de irme y dejara a la abuela sola, noté el primer indicio de que algo iría mal.

Charlotte había dado vuelta su desayuno sobre las sábanas, y ella se encontraba parada delante de la ventana que daba al patio trasero de la casa, con el puño alzado, pero quieta, estática como un maniquí, con los ojos tan abiertos como un lobo hambriento, pero sin realizar ningún movimiento.

Estaba catatónica.

—¿Charlotte? —pregunté con voz temblante.

De los tres años que llevaba cuidando ella por un pacto tácito que realicé con mi madre, jamás había entrado en tal estado. Cuando era pequeña, recuerdo haber oído, en ese entonces, al médico de cabecera que mamá podía costear para la abuela, decir que la catatonia era parte de la enfermedad y uno de los síntomas, era la catalepsia «se ponen tan tiesos como el cemento» le escuché decir y así fue. Me acerqué a ella y moví su brazo que estaba en tensión.

—¿Me escuchas? —susurré, con la mandíbula tensa.

Pero no respondió.

Le soplé directo a los ojos,

Pero no pestañeó.

Aún así, pese a que un sentimiento de miedo y culpa me carcomían por dentro al no saber qué hacer, pues debía marcharme, me pregunté: ¿será que su corazón también puede detenerse?

Pero di media vuelta y me fui tras dejar el desastre de las sábanas a un lado, con la angustia invadiendo mi pecho.

Regresé en varias ocasiones durante el día: durante el almuerzo, la merienda y durante su cena para encender las luces de la casa, sin embargo, el tiempo parecía haberse detenido para la anciana. Ya cuando terminé de trabajar, ahí por las ocho y media de la noche, me encontraba repentinamente aliviada y con la esperanza que su estado perdurara para siempre, pues sus noventa y tres años me resultaban agotadores, y para mis adentros, siempre antes de dormir, deseaba que su corazón no bombeara sangre nunca más. No obstante, mi alivio no duró demasiado, pues cuando me paré en el pórtico me di cuenta que, de todas las luces que había dejado encendidas, ninguna emitía un destello de luz hacia el exterior.

Mi rostro se arrugó en intriga.

Eran los años veinte, la luz apena se abría paso por todo Chile y los cortes eran regulares, pero ese día, la única casa que estaba a oscuras, era la nuestra. Entonces, un escalofrío se apoderó de mí espalda y envió tortuosas señales a todo mi cuerpo.

Con cuidado, abrí la puerta principal y efectivamente todo estaba a oscuras, con un aire extrañamente pesado que se metía en mis fosas nasales. Un repentino olor a quemado danzaba alrededor de mi nariz y el cosquilleo de la adrenalina se disparó por mi torrente sanguíneo.

—¿Charlotte, estás bien? —me apresuré a decir—, ¿estás ahí?

Entonces oí los pasos y los gritos; unos pasos tan pesados que hicieron temblar la madera bajo mis pies como un pequeño temblor que emergía desde el fondo de la tierra hasta llegar a mis rodillas, y una voz gutural que se expandía y rebotaba por todas las paredes de la casa, obligándome a taparme los oídos.

—¡Charlotte! —grité, entre medio de la proliferación espantosa de su voz— ¡escuches lo que escuches, veas lo que veas, no es real!

Y luego, la luz volvió y todo pareció estar en calma por un par de inciertos segundos. Solté un suspiro quejumbroso, pero en aquél preciso momento en que el alma volvía a mi cuerpo, un repiqueo constante se producía en la habitación de Charlotte. «Por el amor de Dios, cálmate» me dije, tratando de controlar el miedo que me abrazaba desde mi interior.

Me dirigí entonces hasta su habitación, con pasos cuidadosos, casi como si el piso fuera un hielo apunto de quebrajarse, pero mientras más me acercaba, más fuerte retumbaban los golpes al otro lado de la pared. Sentía como mis glándulas salivales se retraían, haciendo que mi boca se asemejara al desierto. Un pito apareció en mis oídos, nublándome el raciocinio a la vez que arrastraba los pesados huesos de mis piernas.

Cuando llegué a la recamara, todo estaba a oscuras. La penumbra se había tragado todo rastro de iluminación, incluso la luz de la luna temía por proyectar un reflejo de su piel sobre el cuarto. Así y todo, entré y lo segundo que sonó de esa habitación, fue un ¡plash! bajo mi pie y sin necesidad de verlo, lo sentí en mi nariz.

Era orina. Mucha orina con un olor tan fuerte que me ardían los ojos, yacía justo en la entrada de la habitación, como cuando un gato marca su territorio.

—Abuela, por favor, esto no es gracioso —murmuré, con la garganta echa un nudo y mi voz peleando entre sí por no quebrarse—. Detente por favor, buscaremos ayuda, conseguiré la medicina que necesites, pero por favor, vuelve a tu juicio. —supliqué, con las lágrimas obstaculizando mi vista.

Pero los golpes no cesaron y todo el ruido indicaba que provenían dentro del armario de Charlotte.

Me acerqué cuidadosamente en busca de la vela que siempre mantenía guardada en la mesa de noche de la abuela, la encendí después de tres torpes intentos y me dirigí al al mueble donde el golpeteo tenía su nicho. Estiré mi mano que temblaba como los mil demonios en busca del estante y toqué los impactos duplicaron su velocidad.

—Basta, basta, basta... —susurré y abrí el armario de par en par.

Entonces la vi.

La vi y hubiera deseado no haberlo hecho.

La vi y la imagen aún se presenta a diario en mi cabeza al mismo tiempo del piqueteo de los golpes.

La vi y mi esfínter se soltó, orinándome encima.

Charlotte estaba con sus ojos abiertos y el rostro bañado en sangre, golpeándose incesablemente en el armario, abriéndose la frente cada vez más, desfigurándose la cara sin expresión alguna.

Grité.

Grité despavorida haciendo sonidos ininteligibles. Saqué un vozarrón envuelto en miedo y angustia, pidiendo ayuda a la vez que, inconscientemente me dirigía corriendo hacia mi habitación mientras escuchaba sus pasos detrás de mí con su respiración queriéndome alcanzar.

—¡Aléjate de mí! —vociferé y entré a mi cuarto.

Tiré la vela al suelo y con la fuerza que me proporcionaba la adrenalina, corrí mi armario hasta dejarlo empotrado contra la puerta y me aparté, escuchando los pies de la abuela asechándome desde el exterior, como una víbora esperando mi descuido para envenenarme y matarme como siempre había querido.

Tomé la vela que extrañamente aún seguía encendida y en un movimiento rápido que me raspó las rodillas, me escondí bajo la cama rezándole a Dios con las únicas frases de misa que había memorizado «padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre», llorando, ahogándome en el horror absoluto mientras apretaba mis ojos, luchando por mantenerlos cerrados todo el tiempo. Entonces la sentí. Unas manos se envolvieron en mi brazo derecho y la vociferación que salió de mi boca me lastimó la garganta.

—¡Ellen, tranquila! —dijo.

Mis ojos se abrieron con espanto y vi sus manos arrugadas apretándome y jalándome fuera de mi escondite, a la vez me resistía tirando patadas al aire.

—¡Querida, todo está bien, nada es real!

Entonces hubo silencio.

Mi voz dejó de emitir sonido alguno y su rostro apareció frente a mí.

Un rostro puro y bondadoso, sin heridas ni una frente abierta, pero lleno de miedo.

—Está bien querida, mamá viene en camino. Todo estará bien.

Luego apareció la luz del día.

Y ya no supe qué sucedía.

Ni siquiera hoy, a los noventa y tres años, logro entender porque llevo tanto tiempo atrapada en el cuerpo de una anciana desde entonces.




4 de Julio de 2020 a las 05:23 0 Reporte Insertar Seguir historia
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