deysi-j Deysi Juárez

Quiero contarte una historia que me conto mi abuelo hace muchos años, cuando era pequeño, está lleno de misterios y algo de terror que te pondrá los pelos de punta. ¿Te atreves a leerla? ¡Cuidado! que él podría darse cuenta.


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#leyenda #mentiras #engaños-dolor-odio #rituales #diablo-rituales #pacto-diabolico
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Capítulo 1

Dicen que cada pueblo tiene su pequeña historia, ficticia o real, a nuestros abuelos les encantaba nárranosla cada noche antes de dormir. No era raro que en alguna reunión familiar a la luz de la luna alrededor de una fogata, a fuera de su choza y rodeados por su chacra, empezaran a contarlas con ese encanto único que los ojos de sus hijos y nietos brillaban. ¿Las oíste alguna vez? ¡Por supuesto! En noches de apagón o en las tardes de campo el abuelo las relataba.

Con el paso del tiempo estas se fueron transmitiendo de hijo a hijo y así a toda su descendencia, cada uno a su modo había vivido la historia que escuchaba, a su manera la volvía a narrar y cada vez fue menos espelúznate o más terrorífica que la original, pero siempre se empezaba con un “Se contaba de aquel pueblo… o como la leyenda de mi pueblito natal dice… en aquellos tiempos…”

¿Qué tan real eran esas historias? ¿Te has puesto a pensar alguna vez si todo lo que contaban era verdad? Te imaginarías vivir en un lugar así, rodeado de esa magia oscura y sus encantos inexplicables. “Sin duda, solo era un invento terrorífico de los abuelos” dirías hoy, una de esas historias que salía de sus cabezas con una gran moraleja al final, para hacer que nuestros cuerpos temblaran de miedo en la oscuridad y aprendiéramos algo.

¡Ay! Los viejos sabios sabían cómo castigarnos por nuestras travesuras, al instante no decían nada, pero cuando al final de la cena decían “Hay una historia que no conocen… esto paso en…” Todos guardábamos silencio y poco a poco sus palabras se transformaban en películas animadas en nuestras cabezas, nos transportábamos a los escenarios más tenebrosos y solitarios; a pesar de tener miedo la curiosidad por saber más nos consume, de vez en cuando los ojos se voltean a mínimo ruido; en tanto ellos siguen narrando sentados en sus sillas de madera, sin inmutarse por nuestros ojos saltarines. Siempre en las noches más oscuras ellos narraban y nos llenaban de pavor, más aun cuando los sonidos de los animales de la chacra acompañaban el relato de principio a fin. El silbido del viento nos envolvía y a pesar de estar envueltos en una colcha el escalofrío se apoderaba de nuestros cuerpos.

En un pueblo recién levantado sobre un viejo cementerio clandestino, en medio del desierto y la vegetación más espesa, a 64.1 kilómetros de la cuidad más cercana, mis abuelos encontraron en sus experiencias diarias las mejores crónicas de terror para contarnos.

—“En medio de apariciones, brujas, hechiceros y la presencia del mismo diablo” —decía mi abuelo— “Cada uno de nosotros aprendió a ser gente de bien”

Una vez que sacaba su banca de madera de la choza y la colocaba bajo el algarrobo, era porque tenía una gran historia que narrar. Casi nunca repetía los relatos, eso hacía que cada vez que me llevaba a su lado para enriquecer mi memoria, era como la primera vez. Solía preguntarme ¿De dónde sacaba tantas cosas maravillosas de su cabeza? ¿En verdad todo eso vivía en su memoria?

—“Estas listo para escuchar una historia pequeño travieso”, solía decir don Francisco o don Pancho, como le decían los campesinos que pasaban por su choza al regresar de sus chacras. Mi abuelo vivía a las afueras del pueblo más cercano, rodeado de espesa vegetación y mucho silencio; al día 2 o 3 carros pasaban por el camino estrecho en medio de largas asciendas. No era raro verlo sentado en su piedra a fuera de su choza en las mañanas o acostado en su hamaca de costales por las tardes, mi abuela vendía chica de jora cerca de la carretera en una ramada bajo grandes algarrobos; “El mejor lugar” decían, era fresco y los chilalos cantaban al medio día, el aroma de la chica y el aroma del sudado de caballa llamaba a los cansados campesinos, que se detenían para degustar de un trago fresco luego de su larga jornada en el campo bajo el sol.

—“Las noches eran frías y temerosas, los perros ladraban a lo lejos y el viento nos revelaba grandes misterios… más los tiempos cambian”— decía mi abuelo mirando el cielo algunas veces— “Las cosas cambian, los años dejan de darnos la espalda y ahora solo los recuerdos nos consumen, tarde aprendimos las lecciones de los abuelos, pero no es tarde para que mis hijos cambien y enderecen su camino”

Siempre he dicho que nuestros antepasados eran más sabios, sin educación nos enseñaron grandes valores y nos inculcaron el amor al trabajo y a valorar a la familia. Mi abuelo, nunca a asistió a una escuela, al igual que todos mis antepasados antes que mi madre. En aquellos años lo más importante era tener que comer y él decidió levantar la chacra que su progenitora le compró con tanto esfuerzo; años tras año la trabajó y al fin pudo sentarse a admirar su obra de arte. Conoció a la abuela, se casó, tuvieron hijos, nietos y la vida que lo vio envejecer le dejo grandes enseñanzas.

“¿Quieres escuchar una historia? ¡Ven!... ¡Siéntate junto al abuelo!” me tomaba de la mano y me sentaba junto a él en su banca de tronco.

2 de Julio de 2020 a las 19:53 0 Reporte Insertar Seguir historia
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