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Roxanne Lafaurie


No, no, no y ¡no! Nunca vas a descubrir lo que hemos planeado. Ni aunque me enamore de ti, no te lo diré...


Romance Chick-lit Todo público.
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Dios, cómo amo las vacaciones. Ya no más estudios. Ya no más profesores. No volveré a verle la cara al señor McGregor. No escucharé de nuevo los insultos de Melina y Sarah. Hasta pronto Cambridge, nos veremos después del verano... O tal vez...


—Nunca podré pagar esto, ¡demonios!


—¿Qué sucede?


Fer iba entrando en el claro del pasillo.


—Observa cuánto costará el próximo semestre —le digo.


Fer es mi mejor amigo. Desde que lo conocí hicimos en el primer momento una rápida conexión. No esa clase de conexión entre un chico y una chica, claro que no, pues en la facultad de arquitectura, yo era la única con quien tenía la absoluta comodidad de depositar su confianza. Y pensar, que si no me hubiera derramado café encima por accidente, jamás nos hubiésemos hablado.


Me quita el papel y lo lee.


—Bueno —dice—, está claro que hay una falta de recursos administrativos, pero, no lo veo tan costoso.


—Claro, para el señor Fitzgerald nada es un ojo de la cara.


—Solo le subieron un 30 por ciento, cariño, no te mortifiques.


—¿Que no me mortifique? Con esto pago tres meses el apartamento por adelantado y todavía me queda, ¿no crees?


—Tranquila.


—Cada vez que dices que me tranquilice entro más rápido en pánico, por si no te has dado cuenta.


—No lo había visto —dice—, vamos a ver al señor McGregor por cuarta ocasión.


—Cuando creí que tendría el mejor verano de todos...


Una voz chillona comenzó a aparecer por la esquina.


—Sí, mis padres y yo luego nos iremos a... Oh, Camelia, todavía sigues por aquí.


Era Melina.


—Pensábamos que ya habías tomado un vuelo.


Y Sarah.


—¿Están viendo el nuevo semestre?


—Lástima que no veremos a muchos después del verano.


No entendía cómo alguien podía guardarle tanto rencor a una persona por el simple hecho de no prestarle la tarea sobre el arte barroco.


—Dinos, ¿ya tienes el pago de tu apartamento listo?


—Eso no es asunto tuyo —le contesta Fer.


—Siempre el paladín al rescate —le dice Sarah.


—Por lo menos tengo la satisfacción de pagar con mi dinero, no con la tarjeta de papi —respondo.


—Por supuesto, como el tuyo no sabe lo que es una.


Se rieron. Dios, cómo detestaba sus malditas risas.


—Es verdad —digo—, ya que nunca me enseñó a ser una parásita como tú.


Fer no contuvo la impresión de lo que había dicho.


—¿Qué dijiste?


—Aparte de eso eres sorda, aprovecha el fondo de tu tarjefa y cómprate un Bi-cros.


—Me lo compraré con incrustaciones de diamantes, no te preocupes. Lo traeré para el próximo semestre, si es que vuelves.


Golpe bajo. Desgraciada. Fer lo supo de inmediato.


—Oh, por supuesto que va a volver, para tu desgracia —responde.


—Ay, por favor, seamos sinceros. La única razón por la que Camelia estudia aquí es porque los directores le tienen lástima.


—¿Lástima?


Fer elevó el tono de su voz. Eso no era bueno, para nada bueno.


—Si vamos a hablar de lástima, creo que tú generas el doble en estos momentos.


Oh, no. Se lo iba a decir.


—No me digas —le contesta Melina irónicamente.


—Dime algo, Victor no te respondió las llamadas del sábado, ¿no es así?


Sí, iba a decírselo.


—¿Tú... tú cómo lo sabes? —lucía extrañada.


—Porque te tocó ser la última en saberlo.


—¿De qué estas hablando? —pregunta Sarah agresiva.


—Si Victor te dijo que estuvo toda la noche del sábado con Robert, es una verdad a medias.


—Es la verdad, estuvo con él.


—Todos vimos a las ocho y treinta y cinco cómo se fue con una chica rubia de la fiesta, rusa al parecer, tú lo llamaste, pero él apagó el teléfono y te dijo, si Sarah me desmiente, que se le había descargado justo a la hora en que jamás se le volvió a ver por el cumpleaños de Emily —disparó.


—Eso... eso son chismes.


—Qué lastima. En vez de salirte alas de felicidad, te están creciendo cuernos, amiga.


—¡Mientes!


—Por supuesto que miento, y los cincuenta y seis que fuimos también mentimos —dice—. ¿No has notado que todos se te quedan viendo?


—Melina, vámonos.


El grupo que se encontraba detrás de nosotros no había quitado de encima su atención hacia nosotros. Consciente, Sarah emprendió la huida.


—Mi problema con Victor es solamente de él y mío —contesta—. Pero tú Camelia, ojalá y no vuelvas para el semestre que viene. O lo lamentarás.


No pensé que fuera a desearme eso. ¿Qué más daba? Era Melina.


Desaparecieron a través del pasillo y bajaron las escaleras hacia el parking.


—¿Te sientes bien?


—Sí, no te preocupes —digo—. Gracias, Fer.


—Descuida, cariño. ¿Te llevo?


—Por favor.


Me conduce a su auto, un Mercedes plateado y me abre la puerta. Una vez Fer ocupa su asiento, empiezo a sollozar.


—Oh, cariño, no le hagas caso.


—¿Cómo no quieres? El dinero de mi padre no alcanza ni para pagar la mitad del semestre.


—Siempre hay una solución.


—Sí, la hay, pero no la tengo, ¿no lo ves? Y esa maldita de Melina se empeña en en recordarme lo que soy.


—Eres una gran chica. Melina, Sarah, o cualquier idiota pueden irse al mismísimo infierno. Eres mucho mejor que ellas.


—¿Y eso de qué me sirve? —grito—. Debo el apartamento, le debo el televisor a los turcos, debo en el mercado chino, por poco no debo mi existencia, y ya debo un semestre que ni siquiera podré cursar.


—Eso ni siquiera lo sabes.


—Seamos realistas, ¿sí? —dije— Lo único que podría evitarlo es que me gane la lotería.


—O, encontrar un sugar daddy.


—Prefiero ganarme la lotería.


—Camelia, no te preocupes, cariño, siempre le conseguimos una solución a todo.


—No, Fer, ya me has ayudado demasiado, y no voy a aceptar tu dinero si es que lo que vas a decirme.


—¿Y por qué no?


—No quiero deberte más cosas, no quiero deberle a más nadie. Siempre has sido tú el que me saca el pie del barro cuando estoy en aprietos.


—Hicimos un pacto, ¿no lo recuerdas?


Nuestro pacto de meñique derecho. El uno salvaría al otro dentro de las peores circunstancias. Recuerdo cómo lo hicimos, uno de los turcos habían llegado a mi casa a patear la puerta, y Fer y yo estudiábamos para nuestra exposición sobre arquitectura contemporánea. Si Fer nunca hubiera estado allí, el escándalo sería peor. El hecho es que Fer lo sacó a empujones y me defendió como ningún otro hombre lo había hecho por mí. Entonces nos prometimos, que si alguien estaría en problemas nos lo diríamos, y trataríamos de encontrar una salida juntos.


—Pero —le recordé—, nada que involucra dinero, te lo dejé bien claro.


—Tal vez, a ti también te toque ayudarme un día de estos.


—Sabes que lo haría —le dije—, pero ahora no sé que hacer. Siento que he defraudado a mi padre.


—Camelia Bell, no digas eso. Al único que has defraudado es al señor McGregor por aprobar su maldita clase


—Es lo que siento.


Me seco las lágrimas y Fer enciende el auto.


—Ven, nos tomaremos algo, cariño.


—No, Fer.


—Camelia, por favor, hace tiempo que no salimos.


—No tengo mente para salir, Fer. Llévame a mi casa.


—¿De verdad? —pregunta.


—Necesito sentar cabeza.


—Está bien, cariño, lo que tú digas.


Escapamos del parking. Coloca la radio, pero Lana del Rey era demasiado depresiva. Intentaba convidarme a conversar, pero no sabía nada acerca del cultivo de vinos en barriles de roble que producía su abuelo. En mi casa en Fort William había crecido en un ambiente campestre, y que mi padre hubiera tomado el empeño de exiliarme por un mejor futuro, era un acto recíproco. Tenía tanta rabia, porque mi padre navegaba las impetuosas aguas del Mar del Norte, y ahora, que en una vuelta del destino, ya no podré pagárselo. ¿Por qué demonios la vida se comporta así? Qué afán tan ruin de hacerme sentir cada vez más miserable.


Fer se demoraba para llegar a mi casa. Dimos una vuelta por el centro y vi algunas tiendas con maniquíes curiosos. Sabía el esfuerzo que hacía por mantenerme feliz, pero era incapaz de sostener hasta una sonrisa de cortesía. Por mi mente solo pasaba cómo le diría a mi padre lo de mi retiro. Porque no tenía otra alternativa, o devolverme, o simplemente, ganarme la lotería.


Nos detuvimos en Gerard Road y observo mi baluarte sobre los cinco pisos de torre de concreto.


—Camelia, ¿qué piensas a hacer? —pregunta Fer ligeramente asustado.


—Tranquilo, no voy a saltar por la ventana.


—Sabes a lo que me refiero —dice—. No puedes retirarte justo ahora. Ni siquiera el semestre ha empezado y ya andas muriéndote.


—¿Y acaso quieres que empiece para que en verdad me muera?


—No, claro que no, Camelia. Solo te pido que te dejes ayudar.


—Fer, ya lo hablamos, ¿sí? No recibiré dinero de tu parte.


—¿Pero por qué eres tan terca?


—¿No piensas que si pago todo, no volveré a deber? ¿Que solamente me quedaría tranquila si consigo un trabajo? ¿Y que de pronto los semestres se me crucen y tenga que dejar o el trabajo o los estudios?


—Eso no puede ser terrible.


—Por Dios, Fer, pareciera que hubieras nacido en un palacio. Así es la vida de una chica de clase media.


El teléfono de Fer suena. Yo abro la puerta.


—Camelia, espera, tenemos que hallarle una solución.


Me acaloro. La cara me brota de sudor.


—Hablaremos luego, Fer.


—Dime, ¿qué podemos hacer?


—Ya has hecho mucho por mí, déjame a mí con esto, ¿sí?


El teléfono volvió a sonar.


—Demonios, ¿qué quiere mi padre ahora?


—Te llamaré esta noche —le digo.


—Promételo.


—¿Cuándo te he fallado?


—Justo ahora, por ejemplo.


Pongo los ojos en blanco.


—Cuídate, y no te lances por la ventana.


—Jamás expondría mi cadáver a este sartén.


Cierro la puerta y el auto se marcha.


Al ingresar por la entrada principal noto que el señor Webb brilla por su ausencia. La verdad, lo que menos quería era otro costal en este peso denominado desesperación. Saludo al vecino del segundo piso, reviso el correo, solo recibos de pago, subo cada uno de los escalones y saco la llave. Dios santo, ¿por qué nunca pudieron instalar ascensores? Me detengo justo en el número 16. Giro la perilla y una voz baja del cuarto piso.


—Señorita Bell.


Era gordo y retaco, con una papada que le llegaba hasta el pecho.


—No puede ser —susurro.


—No la vi esta mañana.


—Señor Webb, ¿cómo se encuentra?


Caminaba ralentizado a la par de un perezoso. Llevaba su cabello grasiento peinado hacia atrás.


—Sí, verá, salí a resolver unos problemas financieros.


—Y, ¿los pudo resolver?


No digo nada. Miro a todas direcciones.


—Señorita Bell, no quisiera sonar fastidioso.


—Discúlpeme, señor Webb, lo entiendo. La verdad es que hoy tuve un día de perros, y yo le prometí que le pagaría sus tres meses.


—Del cual no he visto ni uno.


—Sí, y la verdad, perdóneme.


—Está bien, está bien —dice—. Todos tenemos problemas, señorita. La vida siempre nos pone trabas, míreme a mí, por ejemplo. Soy un superviviente más en esta ciudad de locos.


Era mi impresión, ¿o se estaba acercando?


—Ehh... sí, claro, de eso me han dicho.


—En muchos de esos casos, la vida nos exige hacer ciertos sacrificios.


—¿Sa... sacrificios?


Se le notaba la dentadura amarillenta. El perfume de pachulí de mi bisabuela se me mete por las narices.


—¿Cuántas veces hemos tenido esta conversación, señorita Bell?


¿A qué demonios venía la pregunta?


—Unas doscientas veces, ¿tal vez? —le dije.


—¿Y cuántas veces usted me ha prometido lo mismo y yo quedo expectativo de su su promesa?


—Señor Webb, yo...


—Camelia.


¿Me estaba llamando por mi nombre?


—Usted es una muchacha muy linda.


De acuerdo, sabía que el halago no era gratis.


—Quiero que sepa que a pesar de ser muy condescendiente, también quiero que entienda que puede contar conmigo.


Pone una mano sobre la puerta. Yo giro la perilla. Por un instante de descuido, se iba de boca contra el piso. Lo que daría por que su esposa se enterara.


—Muchas gracias, señor Webb.


—No lo olvide, quiero, aparte de ser su cobrador, un buen amigo.


—Ehh, lo tomaré en cuenta.


Brevemente se quita del medio y desaparece. Yo entro y suspiro como una locomotora. Lo que faltaba.


—Acosadores...


Tiro la mochila. Aviento los zapatos. Enciendo la tele y me quedo observando por la ventana. Toda Cambridge estaba cubierta de un naranja cegador. Respiro una vez más y me pregunto en silencio: ¿qué voy a hacer? Podía ver el rostro de mi padre contento navegando el pesquero totalmente ignorante de mi desdicha y suponiendo que mientras más lejos me encontrara de Fort William, mejor iba a ser mi fortuna. No tenía opción. Aunque regresarme no resolvería mis deudas, por lo menos no las incrementaría. Tenía que entender que la ciudad me había derrotado. Que no podía aspirar a una posición a la que no pertenecía. Donde la vida te coloca obstáculos y te dispone las peores soluciones. Esto era Cambridge, esto era Inglaterra. Vertiginosa y a la vez repugnante. Pero, no todo era malo, claro que no. Había conocido a Fer, mi única luz en este laberinto; había adquirido una experiencia social; a administrar el dinero por un mes entero; a cohibirme de gustos y de deseos; a valorar las cosas por más pequeñas que fueran. Una travesía casi que espiritual. Lo tenía decidido, iba a retornar. No me importaba lo que dijeran en Fort William. No sería la primera ni la ultima hija prodiga arrepentida. Trataría de cómo compensarle a mi padre su dinero, y vivir, la dura realidad que donde me tocó nacer...

2 de Julio de 2020 a las 18:45 0 Reporte Insertar Seguir historia
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