serandestruidos Serán Destruidos

Un adolescente nos cuenta ciertas anécdotas de su corta vida. Anécdotas graciosas y no tanto, que lo marcaron para siempre.


Cuento No para niños menores de 13.

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Elefante por Juani Nuclear


ELEFANTE

[Juani Nuclear]


Cuando tenía ocho años, un par de ladrones entraron a nuestra casa de Avellaneda y nos tuvieron de rehenes casi toda la noche. Mi viejo estaba trabajando, por lo tanto, sólo estábamos mi mamá, mi hermana de diez y yo. Los tipos tenían las caras tapadas con pasamontañas y en sus manos llevaban unas escopetas enormes. Lo que más recuerdo es que dos se llevaron a mi mamá a su habitación y que la tuvieron ahí durante un buen rato. Yo me largué a llorar porque escuché a mi mamá gritar, pero mi hermana no, en ningún momento lloró. Uno de los tipos me trató de nenita y me dijo que los hombres no lloraban, mientras me refregaba el caño de la escopeta por los mocos que se me caían de la nariz. Mi hermana me abrazó y les dijo a los tipos que no me molestaran. El tipo siguió jugando con la escopeta cerca de mi cara y yo me hice pis encima. El tipo no se rio. Siguió juntando nuestras cosas con sus compañeros y las subieron a un auto. Un minuto después, dos de ellos fueron asesinados por la policía, a tres cuadras de casa.

Cuando tenía nueve años, mi mamá, que para ese entonces ya no hablaba, me llevó a un especialista porque yo me hacía pis encima por cualquier cosa y en cualquier lugar. Incluso un par de veces me hice pis en el consultorio, sobre todo cuando el doctor me hacía hablar sobre aquella noche del robo. Una tarde que mi mamá se encontraba enferma me llevó mi viejo. Me dijo que me iba a enseñar a disparar, pero que a cambio le tenía que prometer que no me iba a mear en lo del doctor. Esa tarde descubrí que para evitar hacerme pis tenía que morderme la lengua con fuerza. A la salida mi viejo me felicitó por haber aguantado las ganas y me llevó a un descampado por la zona de Sarandí. Antes de bajar del auto abrió la guantera y sacó un revólver calibre 32. Apenas lo vi no pude soportar y me hice pis encima. Mi viejo se enojó, me pegó un cachetazo en la cabeza y me hizo bajar del auto. Se puso a limpiar el asiento con un trapo y me trató de tonto y maricón. Yo estaba parado en la banquina, con los pantalones mojados y mucho dolor en la boca. Me sangraba la lengua. Durante todo el viaje de regreso a casa estuve tragando sangre y con la boca cerrada.

Cuando tenía nueve años, una noche soñé con mi abuelo. A la mañana siguiente me desperté tan atontado que me puse el jogging al revés, con los bolsillos para atrás. En clase de gimnasia, el profesor me hizo dar cuenta y me mandó a que me lo pusiera bien. Fui al baño del club y un chico de otro grado me metió la traba y caí al piso. No contento con eso empezó a patearme en las costillas mientras otros chicos se reían. Hasta que alguno de ellos me bajó los pantalones y descubrió, porque junto con mis pantalones se bajaron mis calzoncillos, que mis calzoncillos estaban manchados de mierda seca. Se comenzaron a reír más fuerte, a escupirme y a jugar con mis calzoncillos sucios. Lo agarraban con las puntas de sus dedos y se los tiraban entre ellos. Al pantalón de gimnasia lo metieron adentro de un inodoro. El calzoncillo se lo llevaron. Me quedé sentado en el piso del baño, desnudo, esperando que se secara mi pantalón que olía a pis y a cigarrillo. Como nadie me vino a buscar, esperé adentro del baño hasta que faltaban diez minutos para terminar la clase de gimnasia. Luego me puse los pantalones húmedos, pero del lado correcto y salí. El profesor ni se acordaba de mi ausencia, mis compañeros tampoco. Lo único que hacían, mis compañeros, era reírse de unos calzoncillos colgados arriba del travesaño. Esa misma noche, mientras cenábamos, llamaron por teléfono y dijeron que mi abuelo Ángel, el padre de mi viejo, había tenido un accidente en la fábrica y que una máquina le había cortado la cabeza.

Cuando tenía diez años fuimos de vacaciones a Necochea. Mis viejos y mis tíos alquilaron una casona gigante y vieja en las afueras del centro. La casona tenía un jardín que parecía una canchita de fútbol, así que con mis dos primos nos la pasábamos jugando a la pelota todas las mañanas, porque a la tarde íbamos a la playa y de noche, mientras los grandes se emborrachaban y gritaban, nos juntábamos en el descampado que había en la esquina. El segundo día, mientras corríamos con la pelota, me caí a un pozo ciego. Nadie hasta ese momento lo había descubierto porque estaba tapado con tierra y pasto. El agujero tenía el tamaño de una palangana y debería ser profundo porque estuve bajando como dos minutos. Mientras descendía miraba hacia arriba y veía que el sol se alejaba rápidamente. También, antes de perder el conocimiento, vi que el agua era de un gris medio verde como el agua de una zanja y que había muchos broches de plástico flotando a mí alrededor. En un momento, entre el agua podrida, vi la cabeza de mi abuelo, sin cuerpo. Una vez que abrí los ojos ya me encontraba afuera, tirado en el pasto, con mi viejo secándome con un toallón. Esa misma noche, Matías, mi primo mayor, se robó un cigarrillo de los muchos atados que había en la casa y lo fumamos entre los tres. Para la noche siguiente consiguió dos cigarrillos y una revista porno. Nos dijo que si le tocábamos el pito nos regalaba un cigarrillo. Como ninguno de los dos aceptó, nos quiso obligar. A mí me agarró la mano y la llevó a su pito, pero cuando notó que yo me había hecho pis encima me soltó y me pegó una patada en el culo. Después agarró la mano de Leo, que era el más chico de los tres, y lo obligó a que le tocara el pito por debajo del calzoncillo. A la otra mañana, mientras jugábamos al fútbol, Leo empujó a su hermano al pozo. Matías tragó tanta agua podrida que lo tuvieron que llevar al hospital en la camioneta de mi tío.

Cuando tenía doce años, nos mudamos de barrio porque a mi viejo lo habían trasladado de seccional. Fuimos a Longchamps. Como mi vieja vivía cansada y deprimida y ya no hacía nada en la casa, ni siquiera barrer, contrataron a una empleada doméstica. Luego mi vieja comenzó a ir a la iglesia. A mi hermana y a mí nos metieron en un colegio privado de doble turno. La empleada, que se llamaba Rosa, tenía una hija de mi misma edad, con la cual nos hicimos amigos y salíamos a caminar por la plaza todas las tardes. La chica también se llamaba Rosa pero le decían Rosita y le gustaba tirar piedras a los trenes. A veces íbamos a jugar a las vías, cerca de la estación, y Rosita juntaba muchos cascotes y me los daba para que los embolsara con mi remera. Luego nos escondíamos al costado de las vías, entre unos pastizales, y en cuanto pasaba un tren le revoleábamos piedrazos a las ventanas. Después corríamos hacia la plaza a escondernos. La última vez que la vi, luego de hacer lo de las piedras, nos sentamos en el banco, transpirados, y Rosita me besó en la boca. Yo me resistí y Rosita siguió metiéndome la lengua hasta la garganta, pero enseguida descubrió que mis pantalones blancos estaban mojados y que olían a pis. Entonces se levantó, me gritó que yo era un asqueroso, y se fue corriendo. Por suerte cuando llegué a mi casa no había nadie, así que me metí en el baño para pegarme una ducha. Adentro estaba Rosa, bañándose. Rosa me echó con un gesto de manos mientras yo no podía dejar de mirar ese cuerpo enorme, moreno, con los pechos caídos y desinflados. Salí del baño y cerré la puerta. Me puse a espiar por la rendija mientras Rosa se refregaba el cuerpo con sus dos manos. Sentí ganas de hacer pis. Por suerte no salió nada.

Cuando tenía trece años, en vacaciones de invierno, me fui a quedar unos días a la casa de mis primos, en Gerli. La primera noche, Matías me preguntó si ya me había masturbado. Le respondí que sí, aunque nunca lo había hecho. Matías me preguntó con qué lo hacía y yo le dije que con las manos, porque se supone que eso se hace con las manos, por lo menos con una mano. Matías me dijo que había un método mucho mejor y que no había que usar las manos. Se fue a la cocina y volvió con un bollo del tamaño de una pelota de rugby. Me dijo que con ese bollo de harina y levadura se hacían las pizzas. Matías puso el bollo sobre el escritorio de su habitación y me dijo que lo tocara. Era blando y maleable, parecía plastilina. Matías se sacó los pantalones y el calzoncillo y metió su pito en el bollo. Se cubrió todo el pito con la masa y se masturbó un buen rato. Cuando terminó, dijo que era mi turno. Me saqué el pantalón y el calzoncillo y metí el pito en el bollo y también lo envolví como lo había hecho Matías. Empujé hacia delante, como si estuviera taladrando algo. Empujé con tanta fuerza que el escritorio se movía y golpeaba contra la pared. En un momento sentí que me hacía pis, pero gotitas, no a chorros. Me sentí cansado. Saqué el pito y le dije a mi primo que había estado muy bueno. Matías me dijo que siempre lo hacía así, a veces con un churrasco o carne picada, cualquier cosa flexible. A la noche siguiente la tía nos preparó unas pizzas. Más tarde, cuando los tíos ya se habían ido a dormir, Matías trajo una botella de Coca-Cola vacía y me dijo que íbamos a probar un nuevo método. La cosa consistía en meter el pito flácido en el pico de la botella y una vez que estuviera adentro empezar a moverla. Como a Matías le costaba meterlo, tuve que empezar yo. Así que me saqué los pantalones y el calzoncillo y metí mi pito dormido en el pico de la botella. Entró todo. Así que empecé a sacudir la botella y sentí que mi pito se agrandaba, mientras mi primo me preguntaba si estaba bueno. Le dije que sí, aunque me dolía un poco, y de repente empecé a mear adentro de la botella. No me pude contener. Cuando me la quise sacar no pude, mi pito estaba atascado. Mi primo trató de ayudarme tirando de la botella, pero me dolía horrores y le pedí que parara. Pasaron diez minutos y seguí con la botella colgando de mi pito. No había caso, no quería salir. Así que Matías, aunque yo no quisiera, llamó a mis tíos. No me dijeron nada, simplemente mi tío tiró de la botella con una fuerza descomunal que me hizo arder y llorar. Tenía el pito morado e inflado. Mi tío me dijo que me fuera a pegar un baño y mi tía me dio una crema para que me pusiera después de ducharme.

Cuando tenía trece años me hice amigo de un chico que le decían Cráneo porque su cabeza era demasiado grande y huesuda. Cráneo tenía quince años y vivía con su abuela, que era curandera, en una casucha cerca de las vías. Cráneo nunca había conocido a su padre y su madre se había ido a Uruguay con un tipo. A Cráneo, que no iba al colegio, le gustaba caminar por las vías y por la estación de Longchamps. También solía colarse en el tren y quedarse dando vueltas por Plaza Constitución, donde conocía a otros pibes como él. Una mañana de sábado, Cráneo me mandó un mensaje al celu y me pidió que fuera urgentemente a su casa. Eran las nueve. Apenas llegué me llevó a las vías y me contó que a eso de las siete de la mañana un tren había atropellado a un pibe de unos veinte años. Cráneo había llegado a lo del accidente, aunque todos decían que se trataba de un suicidio, al mismo tiempo que la policía, la ambulancia y los bomberos. Me contó que vio todo. Y me mostró unas fotos que había sacado con su celu. Eran fotos del cuerpo partido en tres. Me dieron ganas de vomitar y de mear al mismo tiempo. Vi la foto de un torso sin piernas y no quise ver nada más. Cráneo me trató de marica y empezamos a caminar por las vías siguiendo unas manchas de sangre que se mezclaban con las manchas de aceite. Antes de que apareciera un tren y tuviéramos que salir corriendo de ahí, Cráneo agarró algo de entre las piedras y me lo mostró; era un diente con sangre en sus encías. Dos días después nos enteramos que al pibe le habían pegado dos balazos en la cabeza antes de tirarlo debajo del tren.

Cuando tenía trece años quería ser policía, pero mi viejo me dijo que todavía no me daba la edad y tampoco el cuerpo, así que primero tenía que terminar el secundario y pegar el estirón. Además, cuando descubrió que mis compañeros me habían robado las carpetas y los libros y llenado la mochila de piedras, me trató de tarado. Me dijo que me tenía que hacer respetar y que la próxima vez que me quisieran hacer algo debía defenderme como sea. Al otro día, cuando en el recreo quise ir al baño, mis compañeros se pararon en la puerta y me pidieron diez pesos para entrar. También me pidieron el celular. No les di ninguna de las dos cosas y fui a buscar al preceptor, que echó a los demás chicos y me hizo pasar al baño. A la salida de la clase, en la esquina del colegio, estos tres chicos me revolearon papel higiénico sucio. Me fui corriendo a mi casa, con el pantalón mojado en la entrepierna. Al otro día, antes de salir para la escuela, me robé un cuchillo de la cocina de mi casa y lo guardé en la mochila. Los tres chicos estuvieron toda la clase amenazándome con que a la salida me iban a agarrar y que ni dos preceptores juntos me iban a salvar. Y lo hicieron; me agarraron en la esquina y me fajaron entre todos. Cuando notaron que yo estaba desesperado por abrir la mochila me la quitaron y tiraron todas las carpetas y libros nuevos a la zanja. Ahí descubrieron el cuchillo, así que me agarraron de los pelos y me arrastraron hacia una calle sin salida. Me tiraron al piso y me bajaron los pantalones. Uno de ellos me cortó los calzoncillos con el cuchillo y luego me hizo un tajo pequeño debajo de la cabeza del pito. Me desmayé de dolor. Al despertar, los pibes ya se habían ido, pero me habían robado los pantalones, el celular y el cuchillo. Volví a mi casa, mojado por todo lo que había llorado y porque me había hecho pis de nuevo. Por suerte estaba Rosa nada más, que me ayudó a bañarme y me curó la cicatriz del pito con mucho Merthiolate y una pequeña curita. Me dijo que no era tan grave. Le pedí que no se lo contara a mi viejo. Ese año repetí de curso.

Cuando tenía catorce años, me desperté a media noche y vi la cabeza de mi abuelo apoyada sobre mi almohada. Mi abuelo me pidió que no gritara y me dijo algo así como que estaba ahí para ayudarme y me contó que se venía el fin del mundo y que para eso había que estar preparado. Me dijo que yo tenía que saber que sólo los fuertes sobreviven en la lucha del hombre contra el hombre. Después se puso a hablar del fútbol de su época y me recomendó que dejara de usar la compu y que saliera a la calle a comerme a la gente. Luego me quedé dormido. A la mañana siguiente, un domingo, me despertó el ruido de una música insoportable tipo reguetón que venía de la calle, de la casa del vecino de al lado que solía juntarse con varios tipos a lavar autos en el portón de su garaje. Antes de levantarme de la cama escuché que mi viejo les gritó, que les gritó muy fuerte y que les pidió que apagaran esa música de mierda, que estábamos en domingo y que los domingos se habían hecho para dormir. Como nadie apagó ninguna música, es más, subieron de volumen, mi viejo salió a la calle en calzones y le pegó dos tiros en el pecho a mi vecino. Luego disparó un par de tiros al aire, aunque los otros tipos ya se habían ido corriendo. Al rato, antes que aparecieran tres patrulleros, mis viejos se fueron a la iglesia. Cuando la policía tocó timbre en casa, ni mi hermana ni yo les abrimos. A mi viejo lo detuvieron a la salida de la iglesia, mientras hablaba con el cura.

Cuando tenía catorce años, en el nuevo curso, me hice amigo de dos pibes bastantes antisociales que en la escuela no hablaban con nadie. Nos juntábamos por las tardes, en los escalones de una fábrica abandonada. Con ellos fumábamos muchos cigarrillos y tomábamos cerveza del pico, cerveza que me hacía mear a cada rato en uno de los árboles de la vereda. Una tarde me preguntaron si ya había debutado, si ya la había puesto. Se dieron cuenta que nunca lo había hecho porque no dije nada. Me dijeron que consiguiera trescientos pesos que me iban a llevar con una de las minas más lindas del centro. Trescientos era mucho, todo lo que tenía ahorrado eran cien pesos para comprar un juego para la PlayStation 2. Me dijeron que vendiera mi celular, que total era viejo, y que con eso llegaría a los trescientos. Les dije que lo iba a pensar, pero me dijeron que tenía que ser ese mismo día porque la mina que me iban a presentar estaba por mudarse a Guernica. Ellos se iban a encargar de vender el celu si yo iba a buscar la plata a mi casa. Media hora después volví con dos billetes de cincuenta que tenía escondido en un libro de Harry Potter y los pibes me mostraron doscientos pesos porque le habían vendido el celular a un tipo que había pasado por ahí. Así que caminamos unas diez cuadras hasta la casa de la mujer, una casa de madera que se caía a pedazos. Cuando vi a la tipa, que tendría unos cuarenta años largos, me entró un poco de miedo y al mismo tiempo sentí un cosquilleo en la cabeza del pito. La tipa nos hizo pasar y una vez adentro se quedó en tetas y en bombacha. Por un momento me hizo acordar a Rosa. Los pibes me dijeron que fuera a la pieza que ellos se encargaban de pagar con mi plata. La pieza estaba a oscuras, olía a desinfectante y tenía un colchón sin sábanas en medio del piso. Cuando la tipa, que se llamaba Adelina, entró a la pieza, me dijo que me desnudara. Luego sacó un profiláctico, me lo puso con paciencia porque mi pito todavía no se había agrandado como cuando me despertaba a la mañana, y se subió encima. Sus tetas me golpeaban en la cara y eso me gustó, lo que no me gustó fue que Adelina saltara encima mío. Estuvimos así un ratito, hasta que Adelina se puso en posición perrito y me pidió que se la pusiera. Me costó horrores porque mi pito seguía caído y se me salía el profiláctico, pero con ayuda de Adelina pude metérsela y disfrutar un rato. Por último, Adelina me dijo que me iba a hacer algo que me iba a encantar y que no me lo iba a olvidar en toda la vida. Me hizo acostarme en el colchón, con las piernas abiertas, y metió su gran boca en mi pito y un dedo en mi culo. Primero me dolió, pero enseguida me gustó y empecé a gemir. La cosa se puso más buena cuando Adelina me quitó el plástico y entonces sentí sus labios carnosos sobre la piel de mi pito. Estuvo tan bueno que ni me acordaba de la cicatriz. Luego de estar casi cinco minutos así, no aguanté las ganas y le meé en la boca. Adelina no se asombró, aunque sacó su boca de mi pito mientras me salían chorros de pis que no pude contener. Adelina soltó una carcajada y me dijo que para esas cosas ella cobraba un poco más, unos trescientos pesos. Yo le dije que esa cantidad fue la que pagué y Adelina me dijo que no, que mis amigos le habían dado cien, lo que cobraba por media hora. Le dije, mientras me vestía, que iba a hablar con mis amigos y Adelina, creyendo que me quería escapar, me dijo que los pibes ya se habían ido. También, enojada, me dijo que si yo no le daba la diferencia de ese cuarto no salía y que cuando viniera su esposo me las tendría que arreglar con él. Al rato, cuando vio que yo me estaba largando a llorar, me pidió las zapatillas, que le vendrían bien a su sobrino. Así que le dejé las Nike que me habían regalado para mi último cumpleaños y me fui descalzo.

Cuando tenía quince años, mi hermana se puso de novia con Cráneo, que para ese entonces trabajaba vendiendo alfajores en los trenes. Mi hermana cursaba el último año de la secundaria. Se veían todas las tardes y se la pasaban fumando porro en la pieza de mi hermana. Una vez les pedí de probar y me convidaron. Era como fumar un cigarrillo de pasto y no me pareció nada de otro mundo. Lo único que me produjo fue un poco de sueño, por eso fui a mi pieza y me acosté en la cama. Al rato se me empezó a ablandar el cuerpo y sentía como si estuviera flotando en la estratósfera. En eso apareció la cabeza de mi abuelo sobre el escritorio y me empecé a reír. Mi abuelo me dijo que no me riera, que era doloroso lo que le estaba pasando y luego me dijo que tenía que rescatar las armas de mi viejo porque en cualquier momento iba a caer la policía a buscarlas. Yo le dije que la policía ya se había llevado las dos armas reglamentarias. Mi abuelo me dijo que había muchas más, que estaban escondidas en el galpón, detrás de un armario. Me reí, no lo podía contener, y le pregunté cómo se había cortado la cabeza, pero mi abuelo no me contestó. Después creo que me quedé dormido. Me desperté con hambre. En la cocina, mi hermana le estaba preparando unos panqueques con dulce de leche a Cráneo. Me preguntaron con quién estuve hablando. Les dije que con el abuelo. Los dos se rieron y mi hermana me dijo que era la última vez que me dejaba fumar esa porquería, que me iba a dañar el cerebro más de lo que ya lo tenía arruinado.

Cuando tenía quince años, la chica más linda del curso me invitó a su cumpleaños. Me dio una tarjeta y me dijo que fuera tranquilo que no iba a haber drama con los otros tontos del aula porque no los había invitado. En la tarjeta decía que el cumpleaños se hacía en un salón de Claypole, el sábado a la noche. Como mi vieja vivía tirada en la cama tomando pastillas y mi viejo todavía seguía preso, le pedí consejos a mi hermana sobre la ropa que debía ponerme. Revisamos todo mi placard y sólo rescatamos una camisa blanca y un pantalón negro, que me quedaba un poco apretado en la entrepierna y que apenas me cerraba en la cintura. Cráneo me consiguió unos zapatos marrones que según él los había encontrado en la calle. También me dio una corbata roja. Los zapatos me quedaban un poco grandes, pero lo solucionamos poniendo bollos de papel en las puntas. La corbata no me la puse, la llevé en el bolsillo. Por suerte mi hermana me prestó plata para que fuera y volviera en remis. Entonces el sábado a las nueve y media me tomé un remis hasta Claypole. El remisero me dejó en la dirección que yo le había indicado y se fue. No me gustaba para nada el lugar. Además, no había gente. Luego de tocar el timbre varias veces me enteré por la persona que me atendió que ahí no había ningún salón de fiestas, sino que se trataba del Cottolengo de Don Orione. Empecé a caminar buscando una remisería y me largué a llorar. Tenía ganas de encontrar un árbol y ahorcarme con la corbata, corbata que ya no estaba en mi bolsillo porque la había perdido cuando saqué la plata para pagarle al remisero.

Cuando tenía dieciséis años, en plena clase, unos chicos que se sentaban adelante me revolearon un par de medias hechas un bollo. Por lo que pude notar, adentro de las medias había mierda de perro. Aunque en el banco estaba solo, mi abuelo me dijo que se las devolviera, como un hombre. Así que arrojé el bollo hacia delante, hacia los bancos que ocupaban estos pibes, pero le di con tanta fuerza que le terminé pegando en la espalda al profesor, que estaba escribiendo en el pizarrón. A todo esto, en el viaje, la media se fue desarmando y la mierda salió desparramada para todos lados, más que nada sobre la camisa del profesor. La mayoría se largaron a gritar cuando vieron los pedazos de mierda dura volar en todas direcciones, y otros se largaron a reír. El profesor, que nunca se dio cuenta que tenía mierda en la espalda, pegó un grito para que todos se callaran y preguntó quién había tirado eso. No quiero decir que todos, pero el noventa y cinco por ciento de los alumnos me miraron a mí. El profesor me hizo pasar al frente y como castigo me pidió que repitiera lo que habíamos visto la clase anterior. Me temblaban las piernas y comencé a tartamudear, pero así y todo le pude contar sobre El Matadero, de Esteban Echeverría, porque ese cuento me había gustado bastante. El profesor creyó que me estaba burlando de él y me dijo que todo muy lindo pero que estábamos en clase de Biología. Ahí me nublé y volvió a suceder; me meé encima, frente a toda la clase. Y todo el mundo se rio. Al otro día no fui al colegio y alguien me mandó un mail. Me habían filmado mientras mojaba mis pantalones grises y lo habían subido a YouTube.

Cuando tenía dieciséis años, fui al galpón de mi viejo, corrí el pesado armario y encontré una especie de caja fuerte escondida detrás de una puerta de madera. Adentro había muchas cosas; pistolas, revólveres, una escopeta, chalecos antibalas de la Bonaerense, cajas con balas y tres granadas. Mi abuelo me dijo que agarrara las automáticas, que eran las más fáciles de usar y que por las dudas me pusiera el chaleco. También me dijo que llevara las balas. Metí todo en un bolso, incluso las tres granadas, que para mi abuelo no eran granadas sino bombas lacrimógenas, y lo escondí en mi pieza. Estuve dos días sin ir a la escuela. Esos dos días los usé para aprender a cargar las pistolas. El viernes me puse el chaleco antibalas arriba de la camisa, pero debajo de un pullover y me fui para el colegio. No llevé la mochila, simplemente el bolso con tres pistolas, las cajas con balas y las bombas. La otra pistola me la puse en el cinto del pantalón. Cuando llegué, en la entrada no había nadie. La escuela estaba cerrada y había, pegado a la puerta, un cartel que decía CERRADO POR DESINFECCIÓN. Mi abuelo me dijo que era un tarado. Yo le dije que se callara la boca. Caminé un par de cuadras hasta la otra escuela. Entré sin problemas y aparecí en un pasillo lleno de alumnos. Saqué mi pistola del cinto y empecé a disparar a todo lo que se movía.

30 de Junio de 2020 a las 18:54 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Serán Destruidos Somos un proyecto literario denominado 'Serán destruidos' con una característica en común: pertenecemos a la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Y nos gustan los cuentos de humor negro, absurdos y violentos. Si les interesa este género y conocer un poco más nuestro proyecto, los invitamos a que visiten nuestra página.

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