serandestruidos Serán Destruidos

Dos hombres, un par de cervezas, el dueño de un buffet y algún secreto escondido.


Humor Humor negro No para niños menores de 13.

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Cuento corto
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RELATO CORTO

LOS CICATRICES

[Melisassermeli]



La puerta del buffet se abrió y entraron dos tipos. Caminaron unos pasos entre las mesas y se sentaron al mostrador.

—Está cerrado —dijo Nic, cuando apareció desde la cocina con un trapo sucio entre sus manos.

—Eh, la puerta estaba abierta —dijo uno de ellos.

—Sí, pero todavía estamos cerrados.

—¿Y a qué hora abren? —preguntó el otro, el de la cicatriz.

—A las cinco —respondió Nic.

El tipo de la cicatriz miró el reloj colgado encima del estante repleto de botellas:

—Son menos cinco, amigo. ¿No vas a ser tan ortiva de hacernos esperar afuera? ¿No?

Los dos tipos tenían los codos apoyados sobre el mostrador. Ambos brazos estaban llenos de tatuajes.

—Tengo que terminar de limpiar —dijo Nic.

—¿Terminar? —preguntó el de la cicatriz, mientras miraba a su alrededor—. Me parece que tendrías que empezar. ¿O no, Alfred? ¿Qué te parece? ¿No es una mugre este lugar?

—Para mí está piola —dijo Alfred—. Vengo a escabiar una birra, no a lamer el suelo. Dale, no te pongás la gorra y traé una birra.

Nic, mientras se limpiaba las manos con el trapo sucio y antes de dirigirse a la heladera, dijo:

—Tengo Quilmes y Palermo nada más. Las puse hace poco.

—¿Cuál es la más cara? —preguntó el tipo de la cicatriz.

—Allá están los precios —dijo Nic.

—No vengo a leer, amigo —dijo el de la cicatriz—. Nada más quiero una birrita bien fría porque tengo la boca re pastosa. ¿Nunca tuviste la boca re pastosa?

Nic no dijo nada.

—A vos te hablo, amigo. ¿Cómo te llamás?

—Nic —dijo Nic, y abrió la heladera—. ¿Quilmes o Palermo?

—La más fría y la más barata —respondió el de la cicatriz. Era tan alto como Alfred aunque un poco más corpulento. Ambos tenían puestas remeras de equipos de fútbol. Alfred llevaba una del Club Atlético Los Andes y el tipo de la cicatriz tenía la azul de la Selección Nacional Argentina.

—¿Nic? —preguntó Alfred—. ¿Cómo el pancho ese que escribe los dibujitos?

—¿Qué dibujitos? —le preguntó el de la cicatriz.

—Esos, boludo, los que publica en el diario. Historietas, no sé qué mierda son.

Nic destapó la botella de Quilmes delante de los tipos y dijo:

—No lo conozco.

—Yo tampoco —dijo el tipo de la cicatriz—. Capaz está flasheando.

—¿Y por qué te dicen Nic, Nic? —preguntó Alfred —. ¿Por las biromes?

Nic les acercó dos vasos y dijo:

—Por Nicolás.

—Las biromes son Bic —dijo el tipo de la cicatriz, mientras echaba cerveza en los dos vasos—. Se nota que en tu vida agarraste una lapicera, muerto.

—Me hiciste acordar al Bruja. ¿Te acordás? —dijo Alfred—. No sé por qué pero me hiciste acordar al Bruja. ¿Te acordás cómo narigeteaba con una lapicera vacía? Qué tipo pancho.

—Alto gil ese —dijo el de la cicatriz, y bebió un trago de cerveza.

—Y así le fue.

—Como a todos los giles que la van de giles.

—¿Algo más? —preguntó Nic.

—Yo me picaría unos quesitos —dijo el tipo de la cicatriz—. ¿Vos?

—Unos salamines.

—Preparate una picadita —dijo el de la cicatriz—. Liviana, como para las cinco de la tarde. Pero que tenga queso, mucho queso.

Nic se retiró a la cocina.

—Seguí con eso que me estabas diciendo —dijo el de la cicatriz.

Alfred bebió lo que quedaba de cerveza en su vaso, se tragó una especie de eructo, y dijo:

—Al pancho ya le habían avisado que se lo querían comer crudo. Hasta la yuta le mandó a avisar, pero el tonto no entró en razón —Alfred se sirvió otro vaso de cerveza y luego le pasó la botella a su compañero, el de la cicatriz—. Me dijeron que una de sus últimas apariciones fue en un documental.

—¿Un documental?

—Sí, un documental. Esos cosos de mierda que hacen los ingleses cuando vienen acá. Aunque los de este documental eran españoles.

—¿Y dónde se puede ver? ¿En YouTube?

—Yo qué sé —dijo Alfred, y bebió un trago de cerveza.

—Capaz el mantero de la estación lo consigue.

—Capaz —dijo Alfred—. Pero no sé el nombre.

—Averiguá.

—¿Sigo o no sigo?

El tipo de la cicatriz afirmó con dos movimientos de cabeza y Alfred dijo:

—La onda que le hicieron una entrevista para ese documental de mierda y el pancho apareció re manija, empastillado hasta los huevos, con dos fierros en la cintura y un par de facas, haciéndose el espadachín. Es más, hasta me contaron que el triste le apuntó al periodista en la bocha y que le gatilló.

—Dejate de joder.

—Sí. Le gatilló. El idiota se hizo el gracioso y le gatilló mientras lo filmaban. Así que está todo filmado. Decí que el chumbo estaba descargado. La cosa que dos días después aparece todo pinchado por todos lados, con un plomo en el pecho y una faca clavada en el culo.

—¿Habrá sido el periodista?

—Ni ahí.

—¿Era violeta?

—¿El periodista?

—No, el pancho aquél.

—No sé —dijo Alfred—. ¿Por?

—Fija que a los violetas les dejan algo clavado en el orto.

—Yo qué mierda sé, no sé, tanto no me dijeron. Qué me importa su vida sexual.

Nic apoyó la bandeja con la picada y el tipo de la cicatriz le dijo:

—¿A vos qué te parece?

—¿Lo qué? —preguntó Nic.

—Que te dejen una faca clavada en el orto. ¿Eso no se le hace a los violetas?

—¿Qué es eso? —preguntó Nic.

—¿Una faca?

—No, un violeta —dijo Nic.

—Un tipo que viola gente, boludo —dijo el de la cicatriz y levantó un pedazo de queso con un escarbadientes—. Como vos.

El tipo de la cicatriz se metió el pedazo de queso en la boca y miró a Nic. Alfred pinchó un pedazo de salame y también apuntó sus ojos marrones a la cara de Nic. Los dos masticaban al mismo ritmo.

—Yo nunca violé a nadie —dijo Nic—. ¿Qué decís?

—¿Seguro? —preguntó el tipo de la cicatriz, mientras pinchaba otro cuadrado de queso y se lo metía en la boca.

—Sí —dijo Nic—. Seguro.

El tipo de la cicatriz masticó el queso y dijo:

—Ya sé, gil, te estaba jodiendo. ¿Con quién estás?

—¿Cómo con quién estoy? —preguntó Nic.

—Ahí en la cocina, ¿con quién estás?

—Con nadie.

—¿Laburás solo? —preguntó Alfred.

—No —dijo Nic—, ahora a las cinco viene el muchacho que me ayuda con las mesas.

—Ya son las cinco y cinco —dijo Alfred.

—A veces llega tarde, viene desde Budge.

—¿Y quién más viene? —preguntó el de la cicatriz.

—¿Cómo quién más viene? —preguntó Nic—. Somos dos nomás.

—A este lugar de mierda —dijo el de la cicatriz—. A comerse una picada, a tomarse unas birras, a fumarse unos caños, a rascarse las bolas. ¿Quién más viene?

—Bastante gente —dijo Nic—. Padres que llevan a sus hijos a la pileta, o al fulbito.

—¿Por qué me mirás así, amigo? —preguntó el tipo de la cicatriz con un pedazo de queso entre los dientes.

—No te estoy mirando —dijo Nic—. Te estoy respondiendo.

—Para mí que te quiere violar —dijo Alfred.

—No hace falta que me mires así para responderme —dijo el de la cicatriz, y bebió un trago de cerveza—. ¿Es por mi corte o porque mastico con la boca abierta?

—Por ninguna de las dos cosas —dijo Nic.

—Para mí que sí —dijo Alfred.

—Para mí también —dijo el de la cicatriz—. Traete otra birrita, amigo. Ahora tengo la boca re quesosa.

Nic retiró el envase vacío de encima del mostrador y se dirigió a la heladera:

—¿Quilmes o Palermo? —preguntó.

—¿Es boludo o nos está boludeando? —dijo Alfred.

—La que quieras, amigo, vos invitás.

Nic volvió con una botella de Quilmes y la destapó.

—¿Querés saber lo que me pasó en la jeta? —le preguntó el tipo de la cicatriz—. ¿Querés saber por qué no puedo masticar con la boca cerrada?

—Uh, cagaste fuego —dijo Alfred—. Al último pancho que le contó le terminó poniendo un puntazo en el riñón.

—Fue en el estómago —dijo el de la cicatriz—. Servínos, Nic. Se supone que en los bares el barman te sirve.

—No hay drama —dijo Nic, y se dedicó a llenar los vasos—. Pero esto es un buffet.

—Es la misma mierda —dijo el tipo de la cicatriz y sacó su atado de Marlboro. En la pared, cerca del Philips de veinte pulgadas, había un cartel que decía PROHIBIDO FUMAR.

Nic terminó de servir la cerveza en los dos vasos y dijo:

—¿Algo más?

—Sí —dijo el tipo de la cicatriz. Agarró el vaso y se lo llevó a su boca. Lo bebió de un trago y lo apoyó en el mostrador—. Una vez estábamos yendo para Rosario, en micro. ¿Cuántos éramos? ¿Treinta?

—Más o menos —dijo Alfred.

El tipo de la cicatriz encendió el cigarrillo y dijo:

—Y de repente, pum, el micro pincha llanta y se sacude como una serpiente hasta que consigue frenar de pedo.

—Si hubiera volcado no estaríamos contando el cuento.

—¿Cuánto pasó? ¿Tres, cuatro minutos?

—Más o menos —dijo Alfred.

—Pasaron tres o cuatro minutos y de la nada aparecen tres carros que se ponen al costado del micro y empiezan a tirar. Traa, traa, traa, nos cagaron a cuetazos durante, ¿cuánto? ¿Cinco minutos?

—Un poco menos —dijo Alfred—. Pero pareció una parva.

El tipo de la cicatriz le dio una pitada al cigarrillo y se señaló la cicatriz con la punta de su dedo índice.

—Una cosa es que una bala se te meta por el cachete y te salga por el otro lado —dijo—. Otra cosa es que un pedazo de vidrio se te clave en la jeta y no te lo puedas desprender con nada. Desde el borde del ojo hasta la mandíbula.

—¿Una mierda, no? —preguntó Alfred.

—Sí —dijo Nic.

—Eso no es lo peor —dijo el tipo de la cicatriz—, porque de última yo me desmayé y me desperté en un hospital, con la cara ya emparchada. Lo peor fue que un balazo le dio a un guachito de cinco años. ¿Podés creer? Cinco años. El primer viaje que hacía.

Los dos tipos se quedaron mirando a Nic.

—Horrible —dijo Nic—. ¿Murió?

—¿Qué te parece, pa? —dijo el de la cicatriz—. Si una bala puede atravesar un pedazo de bondi, imaginate lo que puede hacer en el marote de un nene.

—No sabés cómo quedó el micro, parecía un colador.

—Horrible —dijo Nic.

—Sí, horrible —dijo el de la cicatriz luego de terminar el cigarrillo con tan solo tres pitadas—. Horrible es despertarte y que te digan que tu hijo la palmó.

Hubo un silencio. Se escuchó el ruido de Alfred bebiendo un trago de cerveza, también el sonido de una ambulancia pasando por la avenida.

—¿Preparo más picada? —preguntó Nic, sin mirarlos—. Yo invito.

—Qué buena onda, gracias —dijo el tipo de la cicatriz.

Nic agarró el plato de madera que todavía tenía restos de queso, salame y jamón y se lo llevó a la cocina.

—¿Qué onda con tu pibe, Nic? —gritó Alfred—. Van a ser las cinco y cuarto y todavía no cae.

—Suele llegar tarde —gritó Nic, desde la cocina.

—¿Tanto? —preguntó Alfred.

—A veces ni aparece.

—Estos adolescentes de mierda —dijo Alfred—. No sirven para nada.

Nic apareció con la bandeja llena de fiambre y la apoyó sobre el mostrador.

—A los veinticinco años se las patean con las dos piernas, pero siguen pensando como nenes —dijo Alfred.

Nic lo miró:

—Este tiene diecinueve —dijo.

—Oh, perdón —dijo Alfred—. Pero no me chamuyés, parece de veinticinco el boludón, ¿o no?

Nic no dijo nada.

—¿Y por qué no lo rajás a la mierda? —preguntó el tipo de la cicatriz—. Ya que no te viene a laburar, pegale una patada en el culo y listo.

Nic, con la mirada clavada en la bandeja, le dijo:

—La verdad que lo estoy considerando seriamente.

—No sé para qué mierda necesitás un ayudante si por lo que veo te las arreglás solo —dijo Alfred—. No te cae nadie a este boliche, es un velorio.

—Suele llenarse después de las siete —dijo Nic.

—¿Sabés cómo era la bala que mató a mi hijo? —dijo el tipo de la cicatriz.

—No —dijo Nic.

—¿Alguna vez viste una bala de Ithaca?

—No —dijo Nic.

—¿Y una Ithaca?

—No —repitió Nic.

—Bueno, los cartuchos son del tamaño de un pintalabios más o menos. Para que te des una idea.

—Bastante grande para una cabeza tan pequeña —dijo Alfred, con el vaso de cerveza entre los labios.

Los dos tipos se quedaron mirando a Nic.

—No sé qué decir —dijo Nic—. Es muy feo lo que estás contando.

—No tenés que decir nada —dijo el de la cicatriz.

—¿Tenés hijos? —preguntó Alfred.

—Sí —dijo Nic—, una nena.

—Ya sabíamos, pancho —dijo Alfred.

—¿Algo más? —preguntó Nic—. Tengo que terminar de acomodar la mercadería.

—Sí —dijo el tipo de la cicatriz y sirvió lo que quedaba de la cerveza en los dos vasos.

Alfred se levantó y se dirigió a la puerta. La cerró con traba.

—¿Dónde están los fierros? —preguntó el tipo de la cicatriz.

—¿Qué?

—¿Dónde mierda están los fierros, Nic?

—¿Qué fierros?

—Los fierros, Nic, no te hagás el pelotudo.

—No entiendo de qué hablás —dijo Nic.

—Mirame —le dijo el tipo de la cicatriz—. Me miraste toda la tarde, ahora mirame cuando te hablo la concha bien de tu madre.

Nic lo miró. Alfred seguía parado contra la puerta.

—¿Dónde mierda están los fierros?

Nic no dijo nada. Una gota de sudor le bajaba por el costado de la cara.

—Nic —dijo el de la cicatriz—, no me boludees. ¿Dónde mierda están los fierros?

Nic no dijo nada, siguió con la mirada fija en la cicatriz. El tipo de la cicatriz agarró la botella por el pico y se la partió en la cabeza. Nic cayó al piso. El tipo de la cicatriz saltó por encima del mostrador y se arrodilló junto al cuerpo de Nic. Con un pedazo de botella rota le hizo un tajo en la frente.

—¿Dónde están los fierros? —le preguntó el tipo de la cicatriz, mientras le hacía otro tajo.

—Dale, Nic —dijo Alfred desde la puerta— no te hagás el pija.

El tipo de la cicatriz puso a Nic boca abajo y le bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón. Luego metió el pedazo de vidrio entre las nalgas de Nic, y dijo:

—¿Dónde mierda están los caños, la concha de tu hija? Decime o te meto la botella en el orto.

Nic señaló hacia la cocina. El tipo de la cicatriz le hizo otro tajo; le dibujó una T en una nalga.

—¿Dónde? ¿En la cocina dónde?

—En el freezer verde —dijo Nic.

—Te llegás a levantar y te reventamos la bocha.

El tipo de la cicatriz se levantó y se dirigió a la cocina. Nic se quedó tirado, con el culo al aire y su boca besando el piso.

En la cocina había dos freezers y una heladera de Coca-cola. El tipo de la cicatriz se dirigió al freezer verde y lo abrió. Sacó cinco botellas de Coca-cola y tres de Sprite. Las tiró al piso. Debajo de las botellas encontró una bandera de Los Andes hecha un bollo. Adentro de la bandera había una bolsa de basura negra, adentro de la bolsa mojada había una escopeta, dos 45 y un revólver 32 de caño largo.

El tipo de la cicatriz se llevó la bandera hecha un bollo, con la bolsa y las armas adentro.

—¿Listo? —preguntó Alfred, mientras destrababa la puerta.

El tipo de la cicatriz se acercó al mostrador, al lugar en que había estado sentado, y agarró tres pedazos de queso. Se los metió en la boca. Luego los bajó con traguito de cerveza.

—Listo —dijo el de la cicatriz.

Los tipos se fueron. Dejaron la puerta abierta.

Al cabo de dos minutos, Nic se levantó y se subió los pantalones. Tenía la cara llena de sangre. Se dirigió a la puerta del buffet y la cerró. Luego fue a la cocina y agarró un rollo de papel de la mesa. Usó diez servilletas para limpiarse la cara y la nalga tatuada. Cada servilleta impregnada de sangre iba a parar al tacho de basura. Después fue al baño, ubicado al fondo de la cocina, y de un botiquín que había debajo de la pileta sacó una botella de alcohol y un puñado de algodón. Una vez desinfectada la cara, se pegó dos curitas en cada una de las heridas y salió.

Mientras caminaba hacia el mostrador revisaba sus bolsillos.

Se arrodilló donde estaban los pedazos de botella rota y encontró, debajo del mostrador, su celular. Más allá vio la batería. La agarró y la insertó en el teléfono. Se reincorporó y marcó un número.

—¿Qué onda? —dijeron del otro lado del teléfono—. ¿Qué?

—¿Tenés un minuto? —preguntó Nic.

—Sí. Sí. ¿Qué pasa?

—Se llevaron tus chumbos.

—¿Quiénes?

—Unos tipos —dijo Nic, mientras se despegaba con los dedos la tela de su pantalón que se había pegado a su piel tajeada—. Nunca los había visto, pero se me hace que paran con los de la Catalina.

—¿Cómo sabés? ¿Cómo?

—Por el tema del micro —dijo Nic.

—Ahora voy para allá y me decís cómo carajo eran.

—Otra cosa.

—¿Qué?

—Buscaban a tu hijo.

—¿Está ahí con vos? ¿Ahí?

—No —dijo Nic—. Cuando me di cuenta le mandé un mensaje para que no viniera.

—Bien. ¿Estás solo?

—Sí.

—Listo, no hablés con nadie, con nadie, ahora te caemos. Cerrá el buffet.

Nic cortó la comunicación y se guardó el celular en el bolsillo. Luego agarró una escoba y se dedicó a barrer los vidrios rotos.

30 de Junio de 2020 a las 01:11 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Serán Destruidos Somos un proyecto literario denominado 'Serán destruidos' con una característica en común: pertenecemos a la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Y nos gustan los cuentos de humor negro, absurdos y violentos. Si les interesa este género y conocer un poco más nuestro proyecto, los invitamos a que visiten nuestra página.

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