leiyedeth AW Leiyedeth

Había algo familiar en él, no sabría decir qué. Su cabello rubio algo largo, su piel demasiado pálida o sus ojos que parecían cristal pintado. ¿Cuántos años tendría? ¿quince? ¿diecisiete? ¿habría estado en el servicio militar? ¿Por qué parecía que lo conocía desde hace tanto tiempo atrás?


Fanfiction Anime/Manga No para niños menores de 13.

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Cuento corto
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My destiny

Era imposible olvidar a alguien como él.


Realmente fue como una aparición la primera vez que posó los ojos en el joven.


Fue a finales de abril, cuando el calor de la primavera empezaba a templar las frías tardes. Como cada lunes, Otabek se dirigía al pequeño café perdido entre las calles periféricas de San Petersburgo para oír las declamaciones de los revolucionarios poetas y novelistas emergentes.


Le gustaba ese sitio, un crisol de talentos literarios que nunca serían reconocidos como los grandes escritores; eran pocos, jóvenes, pobres y diferentes, todos tenían su historia de carencia, una experiencia en el servicio militar y la huida de casa, cada uno llenaba folios y folios de palabras plasmadas con la tinta de su tristeza y los ideales de una nueva revolución. Eso los unía como una suerte de familia ermitaña, diferente al resto de la sociedad rusa.


Otabek siempre quiso ser escritor, siempre deseó poder poner en papel los mundos que habitaban en su cabeza, dibujar con letras los universos lejanos que llegaban durante las ilusiones diurnas, mientras trabajaba para la Glavpochtamt, la Oficina Central de Correos de San Petersburgo. Su vida se escapaba organizando la correspondencia ajena, llenando los morrales con infinitos sobres llenos de noticias, ilusiones y deudas de acuerdo al recorrido de cada cartero.


Sin espacio para soñar, se permitía beber un café desabrido mientras oía a hombres de su edad dejar sus entrañas y anhelos sobre la improvisada tarima de viejos maderos.


Con lágrimas en los ojos, Volkov se había apropiado del escenario proclamando a viva voz el amor que sentía hacia su amada Olya, utilizando esos poemas que podrían sonar absurdos para quien no conociera la vida del joven. Cada palabra destemplada era como el pétalo de una flor al viento, a la espera de que su adorada mujer lo oyera, pero Olya ya no oía, no era más que un recuerdo en un despintado retrato que Volkov cargaba en sus bolsillos como si fuera un ícono; Olya yacería para siempre en el mausoleo familiar, donde Volkov ni siquiera tenía derecho a entrar, donde descansaba una larga línea de militares al servicio de la gran madre Rusia.


Esa pasión desbordante de los autores era lo que atraía a Otabek a las reuniones de los días lunes; deseaba poder volcar todo aquello que se guardaba, toda la fantasía y quimeras que poblaban sus pensamientos, pero sus dedos eran demasiado torpes como para guiar la pluma en el papel. Las ideas estaban, mas no se desplegaban en una cuartilla.


Y ese día, acabando de beber su café aguado, un chico joven se acercó a preguntar si podía sentarse a su mesa.


—Si acaso mi presencia no le causa problemas, es bienvenido a tomar asiento.— soltó con demasiada formalidad, sintiéndose como esos viejos seniles que proclamaban que todo era mejor cuando habían zares en el poder.


—Agradecido de poder compartir la misma mesa que usted.— le devolvió con el mismo tono elocuente.


El joven recién llegado sonrió y algo dentro de Otabek le hizo creer que ya se conocían anteriormente. Para él, era difícil saberlo, puesto que en la oficina de correos era un desfile constante de diversas personalidades.


—Me recomendaron este lugar, dicen que acá se respira un poco más de libertad.


Se encogió de hombros y se concentró en la bella chica pelirroja que empezaba con un monólogo sobre querer estudiar en una universidad en el extranjero.


—¿Un joven de pocas palabras?


—No suelo hablar con desconocidos.


—Oh, mis disculpas. Soy Yuri Plisetsky.— extendió su mano enguantada hacia el contrario, esperando formalizar el saludo.


—Otabek Altin.— la mano de Yuri pareció pequeña entre las suyas, pero su agarre era muy firme.


—Un placer.


Una pequeña sonrisa iluminó su rostro. Y Otabek se encontró perdido en los ojos verdes.


Había algo familiar en él, no sabría decir qué. Su cabello rubio algo largo, su piel demasiado pálida o sus ojos que parecían cristal pintado; vestía casi como un stilyagi, pero sin los colores brillantes que tanto los destacaban, su traje debía ser realmente importado de Inglaterra.


¿Cuántos años tendría? ¿quince? ¿diecisiete? ¿habría estado en el servicio militar?


Otabek se dio cuenta que lo estaba mirando fijamente cuando Yuri soltó una risita, tapándose la boca con su mano y mirando hacia otro lado.


Era difícil apartar la vista de él. Quizás le recordaba a la vieja muñeca que guardaba su madre como recuerdo de la mujer que vino antes que ella: un rostro bello, pero con una frialdad que impregnaba cada facción; parecía estar modelado en porcelana.


No lucía como si fuese real. Era como un ángel.


———


La próxima vez que Otabek lo vio fuera de la oficina de correos. Estaba casualmente apoyado contra uno de los cristales que dejaban ver el trabajo dentro del edificio, daba la impresión de que leía el periódico, pero sus ojos verdes estaban fijos en la nada.


Había algo llamativo en Yuri, algo que no podía explicar tan fácilmente; si le preguntaban, podía comparar la sensación con la de observar una de las bailarinas de Chiparus, que tenían esa gracia y elegancia a pesar de ser estáticas estatuillas de bronce.


No tenía intención de hablarle, pero el rubio pareció fijarse en él justo antes de que doblara por otra esquina; le hizo una seña con la mano y se acercó a saludar amistosamente.


—Buenas tardes, Otabek, ¿vas al café de la otra tarde?


—No, solo voy los días lunes.— murmuró, preguntándose por qué alguien como Yuri buscaría su compañía.


Eran diametralmente opuestos. No parecía haber nada que los uniera aparte de esa tarde donde compartieron una mesa en el café.


—Ya veo, ya veo. ¿No te interrumpo, verdad?


—No, ya he acabado mi trabajo.


—Entonces, ¿me mostrarías la ciudad? Llegué aquí hace poco y aún no me oriento del todo. Claro, espero que mi petición tan repentina no te cause algún inconveniente.


—No, no hay problema.— Otabek no pudo negarse a la brillante mirada verde.— ¿qué hacías por aquí?


—Daba vueltas, viendo donde se encontraban los edificios más importantes… ya sabes, para intentar no perderme.


—Qué casualidad que estuvieras fuera de mi trabajo.


—Casualidad no, mi amigo Otabek, eso se llama destino.


Caminaron uno lado a lado mientras recorrían las principales calles de la ciudad; Yuri le explicaba que anteriormente había vivido en Moscú y se había trasladado a San Petersburgo en busca de alguien, no le dio mayores detalles de su vida, pero en cambio, le pidió que le contara cada cosa que Otabek había vivido hasta la fecha.


Parecía atento y genuinamente interesado en sus anécdotas, sus ojos verdes tan llamativos centelleaban con astucia cuando comprendía de lo que le hablaba.


A pesar de no ser particularmente hablador, Otabek se encontró conversando con soltura; sintiéndose cómodo y con la confianza suficiente para hablar de sus orígenes, la llegada hasta San Petersburgo y lo difícil que era hacer dinero para enviar a su hermana pequeña a la escuela.


La misma sensación de familiaridad lo atacó la primera vez, y más aún cuando el rubio le preguntó por qué evitaba llamarlo por su nombre.


No pudo responder aquello, no sabía cómo formular una respuesta coherente al cúmulo de sentimientos que nublaban su razón con tan solo la idea de pronunciar en voz alta el nombre de su nuevo amigo.


Algo muy dentro de Otabek le convencía de que una vez que “Yuri” escapara de sus labios, estaría cometiendo una herejía.


———


No importaba donde estuviera o la hora del día, fortuitamente Yuri aparecía en cada esquina para acercarse a saludarlo y pedirle que pasearan juntos.


Otabek sabía que no debería ser tan confiado y condescendiente con alguien que era un extraño, deseaba poder levantar sus defensas y pensar que quizás estaba tratando con un acosador o con un militar enviado por el gobierno para buscar las insurrecciones y posibles puntos de revolución.


Pero aún así, a veces se encontraba esperando que el rubio apareciera allí donde iba.


Su compañía era agradable y era un buen amigo. Nada en él parecía ser perverso o peligroso.


Los lunes en el café de los artistas incomprendidos se acumulaban, discutían sobre las declamaciones y los ideales de revolución, les gustaba reírse de las modas, de los chicos que usaban un zapato de cada color, de cómo las chicas buscaban ser como las estrellas de cine de Hollywood, de cómo se ponían contentos cada vez que una revista de fuera de las fronteras llegaba hasta sus manos.


Pasar horas y horas en el parque cerca del Nevá, pensando qué tan lejos llegó Laika o si el Sputnik acaso se había convertido en chatarra espacial apenas cruzó la atmósfera, Otabek tratando de no parecer orgulloso de que el satélite haya sido lanzado desde Baikonur, que estaba cerca de su querida ciudad de Almá-Atá.


La guerra fría, la guerra de Vietnam y el armamento nuclear no parecía preocupar a Yuri en lo más mínimo, bromeaba con el nazismo, el fascismo o cualquier tipo de fanatismo nacional, decía no entender el comunismo y cómo era que alguien como Stalin estuvo tanto tiempo en el poder.


Siempre tenían tema de conversación, pues Yuri demostraba saber de todos los temas y contaba montones de detalles como si hubiese conocido personalmente a los protagonistas o estado presente en los hechos, su discurso político era fascinante cuando hablaba de lo que significaba país.


Era como un libro dispuesto a revelarle secretos de la historia.


Sin embargo, lo que Otabek más amaba oírlo divagar sobre los viajes al espacio, preguntarse si las estrellas realmente eran de fuego, cuán lejos estábamos del sol y si habían otros planetas como el nuestro; se preguntaba en voz alta qué vio Gagarin mientras viajaba al espacio, si habían naves de otros seres dando vueltas en el espacio, o si el sol se percibiría de forma diferente. Su expresión se llenaba de sabiduría mientras hablaba de las antiguas creencias astronómicas de oriente medio y las comparaba con las actuales.


Yuri reía abiertamente cuando Otabek le preguntaba cómo es que un niño como él sabía tanto.


———


Ese día lunes mientras compartían mesa en el café, Yuri se puso de pie de imprevisto y caminó hasta la tarima donde los jóvenes subían a mostrar su arte.


—Quiero contar una historia.— empezó e hizo una marcada reverencia entre los vítores de quienes estaban en las otras mesas.— durante la fallida segunda campaña de Azov, hubieron dos jóvenes soldados del ejército de los cosacos que hicieron amistad, cuidándose entre ellos por su temprana partida a la guerra.


>>Quince años tenía el menor, que lo único que conocía hasta el momento era el campo que labraba junto a su abuelo. Cuando los militares llamaron a su puerta pidiendo el enrolamiento en la causa de Pyotr I, no tuvo más remedio que partir. Dieciocho años tenía el otro, que se vio obligado a dejar a su madre enferma para servir al zar.


>>La tristeza los hizo compañeros, los brutales entrenamientos mientras partían a Azov los transformó en hermanos. La tristeza se diluía cuando se contaban sus secretos, aprendieron a tratarse, a protegerse; durante las batallas hicieron promesas para lograr sobrevivir y sus manos enlazadas al final del día era el consuelo que los mantenía con vida.


>>Tal vez fueron el caos de la guerra y la desesperada soledad que nace de la violencia, sembraron un amor que traspasaba el compañerismo y la fraternidad. Dulce, anhelante y prohibido, la única felicidad a la que pudieron escapar estando tan lejos de lo que conocían, como una rosa que florece en medio de un pantano; para vencer el horror de ver los rostros de la muerte a diario, podían refugiarse en los brazos de su otra mitad.


>>Fugaces son los momentos felices de los humanos, fugaz es la pureza del amor. El campo de batalla no era un lugar para sentimientos y los soldados amantes lo descubrieron en el transcurso de un día: herido de muerte, el mayor no viviría hasta el día siguiente; fueron los turcos, un pequeño escuadrón de apenas 10 hombres que llegaron a apoyar a los suyos y que parecían demonios insaciables de muerte, nada parecía herirlos y avanzaban como un tormenta, arrasando todo a su paso. Él, desgraciadamente se interponía en la marcha del sangriento ejército.


Yuri tomó unos segundos para descansar, pasando sus miradas por los rostros de los jóvenes que lo miraban expectantes; todos guardaban silencio y le instaban con intensas miradas que continuara, sin querer verbalizarlo pues podían romper aquel hechizo que había creado con su voz.


Otabek lo miraba fijamente, notando como cada palabra se convertía en imágenes en su cabeza. El rubio ni siquiera ahondaba en detalles o situaciones, pero algo en su mente completaba la representación.


—Moribundo, el mayor se atrevió a susurrar con tiernas palabras: “solo el cielo puede tomar tu amor de mí, porque sería un tonto si qusiera dejarte… y nunca seré un tonto. Nos volveremos a encontrar”. Oh, afables palabras nacidas del dolor, se grabaron en el pecho del menor, ¿de qué servía vivir si su único compañero se moría entre sus brazos?; ”eres mi destino, eres mi felicidad” le respondió el menor antes de que la vida se escapara del contrario sin que pudiera hacer algo para detenerla.


>>La rabia, el dolor, el resentimientos y la tristeza son los compañeros de la venganza. Por eso, al menor, no le importó cargar sus armas e ir solo contra el campamento de los demonios turcos; morir no estaba dentro de sus preocupaciones, no cuando había perdido a su abuelo mientras estaba en batalla y ahora, su persona más importante había desaparecido para siempre.


>>El destino tiene formas caprichosas de actuar y el mundo esconde más secretos de los que sospechamos. Los turcos eran realmente demonios, escapados de un infierno donde el consumo de sangre los mantenía por la eternidad; se hacían llamar Oper y le convirtieron en uno de ellos por su arrojo.


>>No hubo mayor castigo que los años extendiéndose frente a él, con una perspectiva de soledad que ni siquiera se atrevía a mencionar. El menor intentó acabar con su maldita existencia, pero no podía; los demonios eran invulnerables e inmortales, ¿cuál es el propósito de vivir tanto si no hay con quien compartir? acercarse a las personas era como un suplicio que le recordaba que su condición ya no era humana y que estaría en soledad por el resto de su existencia, y además, en su marchito corazón sentía que traicionaba a su querido amigo cada vez que buscaba el contacto con otros seres vivos.


>>¿Por qué vivimos? He aprendido que nos mantiene con vida la esperanza, los veo a ustedes con su juventud peleando por derechos que les han sido negados, con la esperanza ardiendo en sus corazones de que su país mejorará. Así también es como espera el menor de los soldados, que vive con la fe que puso en la promesa del soldado mayor cuando le propuso volverse a encontrar.


Los aplausos no se hicieron esperar. Yuri descendió de la tarima y muchos de los espectadores se pusieron de pie para cruzar una palabra con él.


Otabek se quedó en su lugar, removiendo el frío café. El cansancio invadiéndolo de pronto.


Sintió el sueño pesado acumularse en sus ojos. El agotamiento de todos los días de trabajo, de su vida entera… de más de trescientos años, pesaba en su espalda.


Frotó sus ojos para quitarse la sensación, y se levantó decidido a ir por Yuri, quería preguntarle un poco más acerca de la historia que acababa de contar.


Atravesó el mar de mesas y personas hasta llegar al frente, donde el grupo de gente se había aglomerado entorno a su amigo cuando bajó del improvisado escenario.


Confundido, Otabek no lo vio por ninguna parte; se volteó buscandolo pero no había rastro de él, incluso las personas que se acercaron para hablarle parecían confundidas mientras conversaban entre ellas. Daba la impresión de que a Yuri se lo había tragado la tierra, de que nunca estuvo ahí.


———


Pasaron alrededor de tres días antes de que Yuri volviera a aparecer ante sus ojos. Tenía su sonrisa de siempre, enfundado en un largo abrigo color crema, boina con visera de tweed y el periódico enrollado bajo su brazo.


A pesar de la inquietud que le causó su desaparición, Otabek se contentó con verle de nuevo. Sentía que por fin desaparecería esa ansiedad que lo carcomió durante tres largos días donde ansiaba verlo en cada esquina esperando por él.


No le importó abrazarlo en medio de la calle. Abrazarlo con fuerza, pero sin decir palabras, queriendo transmitirle la preocupación que lo inundó durante aquellas jornadas sin su compañía, solo esperaba que Yuri pudiera comprenderlo.


—También te extrañé.— dijo en un tono bajito, apenas perceptible y Otabek supo que su amigo se había sentido de la misma manera


—¿Dónde fuiste?


—Necesitaba pensar.— apoyó su frente en el hombro de Otabek, correspondiendo el abrazo y riendo cuando el periódico terminó en el suelo, las hojas desperdigadas en el viento.— quería saber si todo esto es correcto, si está bien que quiera estar a tu lado.


Los colores subieron al rostro moreno y su corazón palpitó fuerte en su pecho, apretó más el cuerpo contrario contra el suyo, sintiendo el perfume de la oscura aquilaria, la esencia del sacro oud que emanaba de los rubios cabellos.


—Está bien.— dijo en un tono apenas audible.— está bien para mí.


—Vamos a caminar, Otabek.


En la corta distancia que formó su separación, el moreno quiso enlazar sus manos con la de Yuri, como si con aquella acción su amigo no fuese a desaparecer otra vez.


Las pequeñas manos enguantadas recogieron las páginas del periódico que se arremolinaron en sus pies y las puso en orden, con calma para arrojarlas al basurero con una sonrisa.


—Vamos.


Caminó en dirección al parque donde solían acortar sus tardes en compañía del otro, hablando de la vida, de política, de ciencia, de arte y de la absurda sociedad. Tomaron asiento en el más lejano de los mesones dispuestos para jugar ajedrez.


—¿Qué hay con la historia del otro día?.— se atrevió a preguntar después de un rato de silencio.


—¿Por qué no me llamas por mi nombre, Otabek?.— los ojos verdes lo miraban expectantes, pero no le recriminaban nada. Solo permanecían fijos en él, estudiándolo con tanta nostalgia y sentimientos que no podría comprender.—lo sabes, verdad.


No supo si era una pregunta o una afirmación, pero pudo comprenderlo a continuación.


Yuri, con cuidado fue quitando los finos guantes de cuero de sus manos, dejando lucir sus manos blanquecinas y lisas, de largos dedos coronados con filosas uñas blancas, más parecidas a garras. Con movimientos lentos posó su mano sobre la de Otabek, con delicadeza, dejándole sentir su fría piel.


—¿Sabes quién soy?


Su voz sonó un poco triste, y Otabek solo pudo acoger la mano de Yuri entre las suyas, queriendo transmitirle su calor. Era como sostener una escultura de hielo, pero sin el helado dolor quemante. Deslizó su pulgar por los marcados nudillos, recorriendo la línea tensa de sus dedos fríos hasta alcanzar las uñas duras como marfil.


La forma tan familiar de la mano del rubio parecía amoldarse dentro de la suya, encajaban a la perfección. Buscó el rostro de Yuri, estaba demasiado quieto como para ser real, de nuevo estaba más cerca de parecer esculpido por Chiparus que tratarse de alguien de este mundo.


—Otabek.— sus labios pálidos apenas se movieron para susurrar su nombre.— ¿sabes quién soy?


Aferró más la mano entre las suyas, sintiendo su garganta cerrarse con el creciente cúmulo de sentimientos. Su mente se ahogaba en imágenes que no comprendía ni podía procesar, la desesperante necesidad de alcanzar algo que no entendía, el anhelo de sostenerlo entre sus brazos para llenar ese vacío que aparecía cuando dejaba de verlo.


Por supuesto que sabía quién era la persona que estaba frente a él.


—Yuri.


Dijo apenas en un suspiró y vio como oscuras lágrimas rosas rodaron por el blanco rostro de Yuri, dibujaban un camino que resaltaba como si fuera trazado con fuego, hasta que el tono rosado se fue oscureciendo hasta ser pequeños ríos de color rojo sangre.


El corazón de Otabek se destrozó y se llevó aquellas extrañas lágrimas con sus dedos. Ellas no deberían estar ahí, manchando el rostro de un ángel.


—Tranquilo, Yura.— dijo entre murmullos, cuando aquel cariñoso apelativo se abrió pasó en su mente.— estoy aquí.


—He cruzado océanos de tiempo para encontrarte, Beka.— sostuvo el rostro moreno entre sus manos, tan cerca que sus narices se rozaban.— no podía estar en paz hasta hallarte de nuevo.


—¿Soy yo?.— su voz salió en un tono tan bajo que le parecía increíble que Yuri le hubiese oído


—No estés asustado.


Las mejillas morenas parecían arder bajo el frío de sus palmas. La vida corriendo por sus venas, palpitando a través del complejo mecanismo humano, de una forma que jamás se ajustaría a su existencia.


—Tenías que haber huido.


—No podía, sabiendo que te habían matado.


Volvía la sensación de opresión en su pecho, una tristeza demasiado grande para comprenderla en un segundo. Sin embargo, su reflejo en los preciosos ojos verdes le revelaba la verdad, quién era ahora… y quién fue hace tanto tiempo atrás.


—¿Cómo...?


—Sé quién eres, Beka. Luces exactamente igual que hace tanto tiempo atrás, y aunque no fuera de esa forma, igualmente te reconocería. ¿Tú me reconoces a mí?


Sería un cruel mentiroso si dijera que lo recordara, puesto que su mente racional no encontraba forma de enlazar y dar coherencia a los hechos, pero su entero ser pedía por estar más cerca y quedarse al lado del rubio.


Tenía esas impresiones confusas como si fueran recuerdos de un sueño. No sabía si era real o la soledad estaba jugando una pérfida broma con sus sentidos.


Aunque Yuri se alzaba como una joya auténtica frente a él, palpable y sobrenatural, congelado en el tiempo como una criatura salida de la oscura imaginación de algún novelista victoriano. Tangible y concreto, con su verde mirada cargada de afecto.


¿Le quería? ¡claro que le quería! el cómo, el cuándo y el por qué parecían irrelevantes en ese instante, pero su alma cantaba como si lo hubiese esperado toda la vida.


—No pido que lo comprendas de inmediato.— se alejó, guardando las distancias, llevándose la tranquilidad de Otabek.— a pesar de todo el tiempo que ha pasado, ni yo lo comprendo en su totalidad.


—Sé que quiero estar contigo, Yuri.


—Eres mi destino, compartías mis ilusiones.— dijo el rubio, buscando sus manos una vez más, adorando el calor que desprendían.— eres mi felicidad.


—Tienes mis más dulces caricias, compartes mi soledad.— las frases escaparon solas de sus boca y se acercó para dejar un beso suave en la frente.— eres el sueño que se ha hecho realidad.


Con sonrisas apenas perceptibles se miraron. Eso era todo.


Ya no importaba nada más que ellos dos.


¿Cuántos años habían pasado desde que pronunciaron por última vez aquellas palabras? ¿más de trescientos?


Yuri se preguntó si algún día podría contarle que aquel compromiso fue el mantra que le impidió dejarse a la deriva, que la promesa de volverse a ver lo mantuvo con su humanidad intacta, buscándolo por todo el mundo con la esperanza de reunirse.


Quería decirle que supo que estaba en este mundo nuevamente, reencarnado, a través de un sueño, que había pasado unos cuantos años siguiéndolo a la distancia, esperando que cumpliera la edad adecuada para volver a presentarse ante él.

¿Pero qué importaba ahora mismo? Incontables días les aguardaban. El tiempo separados no lo recuperarían jamás, pero podían construir un futuro juntos.


—Lamento haberte dejado solo tanto tiempo, Yura.


—El tiempo no nos volverá a separar.


Estaba dispuesto a entregar la mitad de su sangre para tener a Otabek a su lado por toda la eternidad.


Sin dudarlo bebería de la sangre de Yuri para unir sus almas por el resto de sus días.


Las dudas se disiparon cuando sus labios se reunieron también.


—Solo el cielo puede tomar tu amor de mí, porque sería un tonto si quisiera dejarte… y nunca seré un tonto.




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Tengo sentimientos encontrados con esta historia, pero he aprendido a quererla a lo largo del tiempo.

Tiene unas frases allí que salen de la peli Drácula de Bram Stoker, y versos de la canción You are my destiny, que es la canción más romántica del mundo a mi parecer xD que es la que le da el título a la historia.


gracias a quienes están leyendo esto una vez más y a quienes vienen por primera vez. Espero les guste. Gracias por sus comentarios y votos.


Cuídense mucho y abrazos

29 de Junio de 2020 a las 22:31 2 Reporte Insertar Seguir historia
8
Fin

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AW Leiyedeth Cambiándome de hogar [Cat Lady] [Witch] Write 🔹Art 🔹Craft 💚Invítenme a un café: https://ko-fi.com/leiyedeth 💚Facebook: https://www.facebook.com/Leiyedeth/

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Javi Michea Javi Michea
La ame. Debo decir que llore leyendo esto :(
July 06, 2020, 20:00

  • AW Leiyedeth AW Leiyedeth
    Ayyyy :( pero sin llorar -le arroja pañuelitos- gracias por leer esto, un abrazote July 08, 2020, 22:59
~