nokomi Nokomi Chan

Carmen es una madre depresiva que, para pasar el rato, decide masturbarse usando uvas. Ante la imposibilidad de sacarlas, Carmen se ve obligada a pedirle ayuda a su hijo.


Erótico Sólo para mayores de 18.

#sexo #hija #hijo #madre
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Introducción.

Me desperté de una tardía siesta. Miré el reloj digital en mi mesita de luz y me indicó que eran las nueve y media de la noche, del sábado. Me enojé conmigo misma, ya que en lugar de disfrutar del día de descanso, me la pasé vagando por la casa como un alma en pena, y durmiendo. Me dolía la cabeza, por haber dormido tanto, y mi humor era pésimo. Hubo una época en la que fui una mujer activa, ya que mis hijos dependían totalmente de mí, yo tenía que cumplir el rol de madre divorciada, ama de casa y sustento familiar. Pero los años pasaron, mis hijos ya tienen más de veinte años, y cada vez necesitan menos de mis atenciones. Ésto debió suponer un alivio para mí; pero significó todo lo contrario. Sigo trabajando, pero ellos ya tienen sus propias formas de generar ingresos, así que no dependen tanto de mí. De pronto comencé a sentirme como una carga para los demás.

Antes tenía un propósito: tuve que cuidar sola a dos hijos maravillosos. Ellos siempre fueron mi “cable a tierra”, mi mayor alegría. Fabián, el mayor, que ahora tiene veinticuatro años; y Luisa, quien hace poco cumplió dieciocho. A mí ya me cayó encima la enorme pila de cuarenta y siete años.

Seguramente muchas divorciadas dirán «Mi ex marido se llevó los mejores años de mi vida». Es un cliché bien conocido, y muchos piensan que son exageraciones; pero en mi caso esta frase es totalmente cierta. Perdí la mayor parte de mi juventud al lado de un hombre que nunca me apreció, sólo porque cometí el estúpido error de casarme con él y nunca me animé a pedirle el divorcio. Me criaron con el viejo concepto de que el matrimonio es para toda la vida; pero a esta altura de la vida ya perdí la fe en muchos de esos viejos conceptos.

Transcurrieron siete años desde mi divorcio, pasé de ser una esposa insatisfecha a ser una vieja divorciada y depresiva. Además de mis mejores años, mi ex marido también se llevó mi confianza en los hombres; ya no los veo como una futura pareja, sino como algo pasajero. Alguien que puede estar bien para disfrutar un momento, y que luego se descarta. No volví a tener pareja desde que mi marido se fue... bueno, en realidad yo lo eché; solamente me arrepiento de no haberlo hecho antes. Después de él mis relaciones con los hombres fueron sumamente fugaces y efímeras, y siempre me dejaban con un cargo de conciencia tan grande, que al final opté por evitarlas por completo.

Estaba despierta, pero no sabía qué hacer con mi tiempo. Luego de pasar unos veinte minutos mirando televisión, me envolví en una bata y salí de mi cuarto, ofuscada. Vi a mi hija salir del baño, envuelta en una toalla, ella heredó de mí un cabello oscuro y ondulado, pero ahora parecía lacio, porque lo tenía mojado. Seguramente había pasado varios minutos desenredándolo, luego lo secaría y lo plancharía. Ella siempre odió sus rulos; en cambio yo aprendí a querer los míos. Aunque a veces me peleaba con ellos.

Nos saludamos con un gesto de la mano, y sonrió tímidamente; seguramente ella prefirió evitarme al notar mi evidente mal humor. Fui a la cocina-comedor y allí encontré a Fabián, mirando televisión, recostado en un sillón. Parecía estar aburrido y supuse que sólo estaba haciendo tiempo para irse a dormir. Él no era un chico amante de las salidas nocturnas. A veces me incomodaba un poco verlo de espaldas ya que su cabello negro ondulado me recordaba demasiado al de su padre; hasta tenía el mismo corte. La gran diferencia entre ambos era que Fabián tenía los hombros más anchos y era un poco más alto.

Abrí la heladera, en busca de algo para comer. Realmente no tenía apetito, solamente deseaba encontrar algo con lo que entretener la boca. Vi un gran racimo de uvas, supuse que las había comprado Luisa, a ella le agrada mucho la comida sana; las frutas y verduras en especial. Tomé una parte del racimo y la coloqué sobre un plato. Volví a mi cuarto con paso lento y pesado, lamentándome de no tener ni siquiera una buena amiga con la que salir a pasear un rato. Con los años me fui alejando de mis amistades. Se me hizo muy duro ver la felicidad de mis amigas y sus andanzas románticas y sexuales, mientras yo no tenía a nadie con quien tener un momento íntimo. Nunca tenía nada para contarles, ya hasta me daba pena. Lo peor fue que, con el tiempo, hasta dejaron de preguntar: «Hey, Carmen… ¿tuviste suerte con algún tipo lindo?». Si bien me ahorraron la vergüenza de decir que no, al mismo tiempo me sentí desplazada.

Disfruté durante un tiempo de sus anécdotas sexuales, me ayudaban a mantener la imaginación activa… especialmente cuando me las relataban de forma muy explícita. Pero al mismo tiempo me avergonzaba saber que mi vida sexual dependía tanto de la vida sexual de mis amigas. Si ellas me contaban alguna buena anécdota, entonces esa misma noche yo me masturbaba, imaginándome a mí misma en esa situación. La culpa llegaba siempre, porque me sentía patética. Ellas vivían grandes aventuras sexuales, y yo me pajeaba, como una adolescente virgen.

Entré a mi cuarto y cerré dando un portazo. Estaba ofuscada. No sabía qué hacer con mi enojo, porque no estaba dirigido a ninguna persona en particular, sino a la vida misma.

Una vez que estuve en mi cama, me desprendí la bata. Me agradaba estar desnuda dentro de mi propio dormitorio, ésta era una de las pocas libertades que me daba en la vida. Mis hijos ya lo sabían, por lo que tenían estrictamente prohibido entrar en mi cuarto sin golpear la puerta.

Prendí el televisor y empecé a hacer zapping a través de toda la programación, mientras me llevaba uvas a la boca, una por una; estaban muy buenas. Eran dulces y jugosas, pero no estaban demasiado maduras; justo como a mí me gustaban. Estaba sentada en la cama, con las rodillas flexionadas, tenía un pie en el colchón y la otra pierna estaba flexionada hacia un lado, lo que dejaba mi entrepierna bastante expuesta. No solía sentarme de esa forma, pero mi mal humor era tal que no me importaba nada. Llegué a la conclusión de que no encontraría nada divertido para ver por televisión ya que en realidad no buscaba divertirme. Estaba apática, tenía la sensación de haber desperdiciado todo mi sábado sin haber hecho nada productivo o entretenido.

«Bueno, basta de depresion» —me dije a mí misma.

Tenía que hacer al menos un intento para cambiar mi estado de ánimo. Apagué la televisión, porque allí no encontraría la respuesta. En ese momento recordé mis épocas de juventud, en las que me bastaba con masturbarme. La excitación no siempre era lo que me llevaba a tocarme, a veces lo hacía por mero aburrimiento; para sentirme bien al menos por un rato. Hacía mucho tiempo que no me tocaba y supuse que no podría conseguirlo estando tan malhumorada; sin embargo no perdía nada con intentarlo. Tal vez mi cuerpo captaría las señales y reaccionaría.

Comí otra uva y abrí más mi bata, con la mano izquierda comencé a tocar directamente mi vagina, en círculos; para ver cuáles eran sus primeras reacciones. No sentí nada interesante al principio, la tenía seca y muy suave. Con mi otra mano seguí comiendo alguna que otra uva ocasionalmente, repitiéndome mentalmente que yo podía hacerlo; no quería que mi fin de semana fuera un fracaso tan rotundo. Para ayudarme un poco, me lamí los dedos, volví a tocarme y esta vez la sensación fue un poco más agradable; una leve sonrisa apareció en mi rostro. Tal vez sea cierto eso de que las uvas son buenas como afrodisíacos; porque poco a poco fui acalorándome. La siguiente uva que tomé, la dejé apretada entre mis labios, mientras le pasaba la lengua por alrededor; esto me ayudó a erotizarme. Cuando la mordí dejé su jugo cayera hasta el fondo de mi garganta y lo fui tragando mientras estimulaba mi vagina con los dedos. Tomé un nuevo fruto e instintivamente lo froté contra mi clítoris, el frío me hizo estremecer; pero, en general, fue muy placentero. Me comí esa uva y pude sentir el sabor de mis propios jugos, esto me gustó tanto que quise repetirlo; con la diferencia de que esta vez deslicé esa pequeña y fría esfera entre mis carnosos labios vaginales, suspirando de gusto. Antes de comerla ya había tomado otra del plato y allí fue cuando la verdadera diversión comenzó.

Mientras acariciaba mi vagina con la uva, tuve la loca idea de meterla por mi agujerito. No lo pensé dos veces, mi cuerpo ya estaba lo suficientemente caliente como para aceptar locuras. Al meterla pude sentir cómo mi orificio se dilataba, dándole lugar. La uva se calentó poco a poco. Gemí, masajeé mi clítoris y cerré los ojos.

No recordaba exactamente cuándo había sido la última vez que había disfrutado tanto metiendo algún objeto en mi vagina; pero calculaba que debían haber pasado unos dos o tres años. “La gran noche de los pepinos”, recordé.

En realidad, esa gran noche tuvo una precuela. Las sensaciones y emociones son mucho más difíciles de olvidar que las fechas.

Aún recuerdo perfectamente la primera vez en la que me escondí en mi cuarto para masturbarme usando un grueso pepino. Fue unos meses después de la separación con mi marido. Aquella vez me puse de rodillas y lo monté sobre mi cama, como si se tratase de un viril amante. Culpo a la soledad por haberme llevado a semejante situación; sin embargo mientras lo hice, lo disfruté mucho. La mayor evidencia de que me gustó fue forma en la que me moví, mientras sostenía el pepino con una mano y me apoyaba con las rodillas sobre el colchón. Para rematar me puse en cuatro y me lo introduje por el culo.

No fue algo premeditado, surgió por la excitación del momento, simplemente lubriqué mi ano con saliva y me esforcé para que el pepino entrara. Nunca me había metido algo tan grande por allí. El sexo anal era algo que reservaba exclusivamente para mi intimidad. Jamás le había confesado a un hombre que me agradaba practicarlo ya que me avergonzaba mucho; ni siquiera mi ex marido lo supo. Era uno de mis placeres culposos y secretos. Al sexo anal lo practicaba solamente con objetos, cuando estaba sola.

Esa manía comenzó cuando yo tenía unos veinte años. Lo hice a conciencia, por curiosidad. No tenía mucha experiencia en el sexo, hacía poco que había perdido mi virginidad. Pero algunas de mis amigas de aquella época me comentaron que ya se las habían metido por el culo. Una de mis amigas en particular me contó que ella al principio no quería saber nada con el sexo anal; pero desde que lo había probado, prácticamente le suplicaba a cada uno de sus amantes que se la metieran por el culo. Y ella tuvo muchos amantes. Me dio descripciones tan gráficas y precisas de lo que era el sexo anal, que me llené de curiosidad y quise probarlo. Por supuesto que ésto no se lo dije a ella, ni a nadie.

Quería experimentar el sexo anal, pero nadie podía enterarse. Por eso mi primera opción fue con una delgada zanahoria. Aquella vez me encerré en mi dormitorio y me puse en cuatro sobre la cama. Me costó mucho trabajo hacerla entrar, y me ardió bastante; pero yo estaba decidida a probar. Lo conseguí y me gustó tanto que esa misma noche me metí tres veces la zanahoria por el culo.

Con esa experiencia aprendí que llego a tener intensos orgasmos cada vez que incluyo sexo anal en mis masturbaciones. Luego vinieron experimentos con diversos objetos, los cuales me metía en mis momentos de calentura solitaria. No ocurría con mucha frecuencia, pero cuando tenía la oportunidad, no la desaprovechaba. Tenía un pequeño desodorante que, de vez en cuando, terminaba dentro de mi culo. Lo amaba, pero tuve que tirarlo cuando mi madre comenzó a sospechar; porque a pesar de que ya estaba vacío, seguía formando parte de mi repisa. Nunca me voy a poder olvidar de la vergüenza que pasé aquella tarde en la que mi madre me preguntó, directamente, si yo me estaba metiendo cosas por la cola. Me quedé helada. No entendía por qué sus sospechas eran tan certeras. Podría haber pensado que usaba el desodorante por la concha, pero fue precisa y habló del culo. Ella me dijo que unos días antes, cuando entró al baño mientras yo me daba una ducha, notó algo extraño. A mí no me molestaba que ella me viera desnuda, por lo que actué con naturalidad; pero cometí un error al agacharme para juntar el jabón del suelo. Ella pudo ver mis nalgas bien abiertas. Me dijo que era evidente que yo tenía el culo dilatado. ¡Y era cierto! Apenas minutos antes había estado metiéndome un pequeño envase de shampoo por el culo. Me había masturbado con él durante bastante tiempo, por lo que mi culo debía mostrar claras señales de haber sido penetrado recientemente. No tenía forma de esquivar ese momento incómodo, tuve que reconocer que, efectivamente, me había masturbado por el culo. Ella me hizo prometer que no hiciera más eso, porque no era propio de una “chica de bien”. Desde ese entonces tuve que tolerar más momentos vergonzosos, en los que mi madre revisaba cualquier objeto que pudiera servir como consolador, y se deshacía inmediatamente de él.

Sin embargo no perdí el gusto por las penetraciones anales, siempre que quería hacerlo, me las ingeniaba de alguna manera. Aunque tuviera que usar mis propios dedos.

El uso de un pepino, esa noche de soledad posterior a mi separación, me llevó a un nivel superior de placer anal.

Mientras me metía otra uva en la concha fui recordando la forma en la que mi culo intentaba expulsar ese pepino a medida que yo lo introducía. Me llevó un buen rato pero logré meterlo completo, recuerdo que lo apreté allí con la punta de mis dedos y luego lo dejé salir de forma natural. Cuando salió hasta la mitad, lo empujé una vez más hacia adentro, pero sin dejar de pujar. Gemí de placer. Repetí esto muchas veces. En mi mente aún queda el vago recuerdo de haber estado mucho tiempo metiendo y sacando el cilíndrico vegetal. Aquel día fue cuando evalué la posibilidad de comprar un consolador. Sin embargo me aterra que éste pudiera ser descubierto por mis hijos, por lo que seguí recurriendo a los pepinos; los cuales se volvieron mis grandes aliados sexuales durante unas cuantas semanas.

La que bauticé como “La gran noche de los pepinos” fue aquella en la que me dije a mí misma: «Carmen, ¿por qué no probás penetrarte los dos agujeros a la vez, qué te lo impide?». Nada me lo impedía. Así fue que terminé una vez más, de rodillas en mi cama con un grueso pepino metido en mi vagina y el otro en mi culo. Fue increíble, maravilloso e inolvidable. Con una mano por delante y la otra por detrás, fui empujándolos una y otra vez hacia adentro mientras gemía. Me imaginaba que estaba a merced de dos fornidos hombres que me cogían sin piedad. Lo más difícil era meterlos y sacarlos al mismo tiempo, pero yo me concentré más en el pepino que tenía clavado en el culo, el cual era el que me daba más placer y el que me hacía sentir más puta.

Sí, porque ese es otro de mis placeres culposos. En la intimidad, cuando me masturbo, me encanta jugar a que soy muy puta. Me excita tanto que termino con potentes espasmos orgásmicos. Sin embargo me da mucha vergüenza comportarme de esa manera mientras tengo sexo con otra persona. Ni siquiera con mi ex marido conseguí hacerlo.

Durante “La noche del pepino” me pajeé como nunca lo había hecho, y sé que lo disfruté más que la mayoría de mis experiencias sexuales con un hombre. Tuve varios húmedos e intensos orgasmos. Estaba tan eufórica que varias veces saqué el pepino casi por completo de mi culo para luego caer sentada contra el colchón y que éste se enterrara con fuerza, y por completo, dentro de mi ano. Me vi obligada a taparme la boca para no gritar de placer. Durante casi todo el tiempo estuve susurrando palabras, como si hablara con un amante invisible, diciéndole cosas como: «Me encanta sentarme en tu pija», ó «Está tan dura que me vas a partir al medio». Sé que en varias ocasiones dije: «Me encanta que me metan pijas grandes por el orto… metemela toda». Sentirme tan puta me hacía gozar de verdad.

Como todas las cosas buenas de la vida, mi afición a los pepinos no duró para siempre. Una tarde me encontraba en la sección “Verdulería”, del supermercado, se me acercó una chica joven, de aproximadamente veinticinco años; yo me debatía entre dos pepinos, analizando sus diámetros y formas. Miré a la chica que se paró junto a mí y me di cuenta que ella intentaba contener una sonrisa, la cual esbozó cuando ya no pudo reprimirla. Esa simple sonrisa me trastornó, pude comprender que ella sabía perfectamente qué intenciones tenía yo para esos pepinos. Sin darme tiempo a buscar una excusa, me dijo: «Llevá este, yo sé por qué te lo digo». Con un dedo señaló un pepino largo que tenía una pequeña curvatura en uno de los extremos; luego se alejó. Me sentí tan avergonzada por eso que huí del supermercado sin comprar nada. Ese mismo día me dije a mí misma: «Carmen, ya estás grande para hacerte la paja con pepinos. Tenés que dejarlos y buscarte un hombre de verdad». Cumplí a medias con mi promesa, dejé de masturbarme utilizando pepinos; pero nunca busqué a un hombre de verdad.

El contraste entre las uvas y el pepino era inmenso, sin embargo estaba gratamente sorprendida de cómo algo tan pequeño era capaz de brindarme una sensación tan placentera. Cuando tuve tres metidas dentro de la concha, comencé a masturbarme intensamente, abriendo y cerrando mis piernas; preocupándome frotar mi clítoris. Podía sentir las pequeñas bolitas moviéndose y empujándose unas a otras dentro de mi sexo. Metí una más, luego otra. Lo más rico era sentir cuando penetraban. Me sacudí en la cama, intenté contener mis gemidos, fruncí los dedos de mis pies y mi respiración agitada amenazaba con ahogarme si no exhalaba el aire; pero cada vez que hacía esto, un quejido de placer nacía en el fondo de mi garganta.

Mis dedos estaban sumamente húmedos, los chupé una y otra vez; deleitándome con el sabor de mis propios jugos. Me metí un dedo mojado en el culo y comencé a estimularlo. No quería meter uvas allí, pero sí podía gozar con mis propios dedos; sabía cómo hacerlo, ya que era el método que utilizaba con mayor frecuencia.

Por lo general podía controlar muy bien mi excitación cuando me masturbaba, pero en ciertas ocasiones, como ésta en particular, mi cuerpo tomaba el control absoluto. Mi culo se dilató gentilmente cuando introduje el segundo dedo. Los recuerdos evocados sumados con la excitación que me producía el juego con las uvas, me transportaban a un mundo de placer que llevaba mucho tiempo sin visitar. Éstos eran los únicos breves lapsos en los que olvidaba todas las penas de mi vida; sólo existía mi placer sexual. Me revolqué entre las sábanas, me puse boca abajo, luego giré y quedé mirando nuevamente el techo, arqueé mi espalda y me apoyé en mis pies, elevando todo mi cuerpo, sin dejar de estimularme ambos orificios simultáneamente.

¡Necesitaba más! Los dedos y las uvas no eran suficiente. Di un salto y me dirigí al ropero, abrí su puerta de un tirón y agarré un pequeño recipiente de desodorante femenino. Curiosamente, tenía una forma que emulaba muy bien a un pene; inclusive el glande. Aquí no estaba mi madre para inspeccionar mis adquisiciones fálicas. Agarré una suave crema de manos y unté con ella el desodorante y repetí la acción en mi cola.

Regresé a la cama y me fui sentando en el borde de la misma, como si se tratara de una silla, sosteniendo con mi mano derecha el recipiente del desodorante. Éste se fue enterrando lentamente en mi culo. Al principio me produjo un dolor agudo, por lo que me detuve. Retrocedí y le di un poco de tiempo a mi ano para acostumbrarse mientras lo amenazaba hincando la punta. La lubricación que proporcionaba la crema era excelente y el desodorante era relativamente pequeño, comparado a otras cosas que me había metido por el culo. No tardé mucho en conseguir tenerlo bien adentro del orto. Me encantaba esa sensación de “puta barata” que me daban las penetraciones anales. Siempre me consideré una mujer bien educada, que se hace respetar y que no va por la vida encamándose con cualquiera; pero en el momento en que me metía algo por el culo, un interruptor se activaba en mi cerebro. Cuando esto ocurría, poco me importaba ser una mujer “respetable”. Ahí era cuando la puta dentro de mí tomaba el control. Esa puta que le hubiera entregado el culo a cualquier hombre con una verga de buen tamaño. Esto sólo pasaba cuando me masturbaba estando sola, pero en momentos como éste he llegado a pensar que si un extraño, con una buena verga, me dijera algo como: “Vení, puta, que te voy a romper el orto”; no lo dudaría ni un segundo. Me pondría en cuatro sobre la cama, y me dejaría hacer el culo toda la noche. Dejaría que me montaran como a una yegua en celo.

Más de una vez, frente a un hombre, intenté dejar salir de adentro a esa puta que habita en mí; pero es algo que me cuesta mucho. Porque me atemoriza lo que pensarán de mí, o qué pasaría si alguien se enterase.

Pero las preocupaciones quedarán para más tarde; ahora lo importante es el placer que me estoy dando a mí misma, nada más. En poco tiempo el desodorante se perdió completamente dentro de mi culo. Quedé sentada sobre él y resoplando de gusto, tomé otra uva, la llevé a mi vagina y la pasé entre mis labios. Acaricié mi clítoris con ella y luego la llevé hasta mi boca; pero no la mordí, sólo la lamí para probar una vez más mis propios jugos. Al mismo tiempo saltaba contra la cama, provocando que el desodorante en mi culo saliera un poco y luego se volviera a clavar con fuerza. Esto podría haberme hecho daño, pero mi culo ya estaba acostumbrado a recibir esos castigos.

La lujuria se había apoderado de mi cuerpo. Bajé una vez más la uva hasta mi concha y esta vez la metí directamente por mi agujerito, disfrutando mucho la dilatación y posterior contracción de los labios internos.

Dejándome llevar por la calentura, me puse en cuatro arriba de la cama, con el culo apuntando hacia la puerta de entrada; como si el hombre de mis sueños fuera a entrar por ella a metérmela hasta el fondo por cualquiera de mis orificios. Con una mano mantuve dentro el desodorante, dándole leves empujoncitos; con la otra mano me masturbé intensamente y gemí de placer con la cara pegada al colchón. Estuve haciendo esto durante un buen rato hasta que llegó el momento que tanto buscaba: el orgasmo.

Me atrapó en el preciso momento en que intentaba tomar aire, por lo que mis gemidos de placer fueron sordos. Sacudí rápidamente mi clítoris y bombeé dentro de mi cola con el desodorante, sin detenerme. Logré tomar aire pero fue sólo para dejarlo escapar entre jadeos de placer. Pude notar los flujos que se acumularon en mi vagina, éstos hicieron que mis dedos se sintieran más suaves contra mi clítoris, por lo que el gozo aumentó. Finalmente caí rendida. Quedé tumbada hacia el costado, como un animal que muere súbitamente.

Intenté recuperar el aliento, mientras sonreía. Me sentía feliz, hacía mucho, pero mucho tiempo que no la pasaba tan bien. Miré el plato con las uvas y les agradecí mentalmente por haberme brindado tanto placer... por haberme regalado nuevas sensaciones.

Extraje el desodorante de mi culo lentamente y lo dejé sobre la mesita de luz. Luego me senté contra el respaldar de la cama, abrí las piernas e introduje dos dedos en mi concha, en busca de las uvas. No pude sentir otra cosa que mis propios jugos y las paredes internas de mi cavidad. Separé un poco más las piernas y metí los dedos más adentro. Nada. Las uvas no estaban.

Fui a sentarme en el lado opuesto de la cama, mirando para todos lados, con la esperanza de que las uvas estuvieran entre las sábanas. Tal vez las había expulsado con mi orgasmo, pero no pude verlas. Me clavé los dedos una vez más, casi haciéndome daño... pero de nuevo, la desesperante nada.

Asustada me puse en cuclillas arriba de la cama, continué hurgando mi intimidad, utilizando ya tres dedos, ésta estaba dilatada y húmeda; pero las uvas no bajaban, no aparecían por ninguna parte.

—¡Ay, no, no, no! No me hagan esto... —exclamé, con desesperación.

Me puse de pie a un costado de la cama, levanté una pierna y busqué una vez más dentro de mi vagina. ¡NADA! No estaban, se habían esfumado. El miedo comenzó a invadirme. Me aterraba la idea de que no salieran. Me arrodillé en el piso con las piernas un tanto separadas, esperando a que la fuerza de gravedad me ayudara. Mientras me invadía el terror, las busqué. Si las uvas no salían naturalmente, entonces debería sacarlas de la forma que fuera. Dejarlas allí dentro sería sumamente peligroso ya que se pudrirían y podrían ocasionarme una grave infección... ni siquiera quería pensar en esa idea... las sacaría, como sea... en ese instante pensé en un ginecólogo y pude sentir mis mejillas ruborizándose. «¡Ni loca!» me dije a mí misma. No quería ir a un consultorio y explicarle al médico de turno que había estado masturbándome con uvas. No me sometería a semejante humillación.

Estuve alrededor de veinte minutos, o más, intentando inútilmente sacar las putas uvas; pero nada funcionó. Mis palpitaciones aumentaban y disminuían vertiginosamente. Repentinamente se me bajó la presión y me mareé, allí fue cuando decidí que debía relajarme y pensar las cosas con mayor claridad. Si seguía cayendo en la paranoia, entonces estaba perdida. Me acosté boca arriba en la cama y me abaniqué con una revista vieja. Necesitaba refrescarme y cambiar el aire. «Tranquila, Carmen, ya vas a encontrar la forma de sacarlas», me dije a mí misma. Pensé en llamar a alguien de confianza... pero ya no me quedaban personas de confianza. Mi ex marido ya había quedado completamente borrado de mi vida y no tenía amigas en las que pudiera confiar en una emergencia semejante.

No tenía más alternativa... debía salir de mi cuarto y pedirle ayuda a Luisa, si mi hija no me salvaba de esta... entonces estaba en un serio problema. Me avergonzaría mucho tener que explicarle la situación, pero ella ya tenía dieciocho años, comprendería muy bien la masturbación femenina. Al fin y al cabo no soy una loca, sólo intentaba pasarla bien un rato... seguramente ella también se masturbaba y habría hecho alguna locura semejante...

Me envolví con la bata y miré la puerta de mi dormitorio. Tomé aire y salí en busca de mi hija. Ella era mi única esperanza.

28 de Junio de 2020 a las 15:47 0 Reporte Insertar Seguir historia
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