miriamwritesstuff Miriam Meza

Los muros del colegio Saint Francis guardan muchos secretos. Un código de honor rige a las más brillantes y talentosas estudiantes del país, chicas destinadas a liderar el futuro, pero cuando una extraña llega a la legendaria institución todos esos secretos se tornarán peligrosos. Ella solo tiene que seguir las reglas, o pretender que lo hace, y nadie la observará. Pero entonces las sociedades del Saint Francis empiezan a elegir a sus nuevas reclutas, y todo el misterio y crueldad que las rodea empiezan a sacudir su bien planificado mundo. Ella cree que puede controlarlo, que puede resistir. Y cualquiera creería que es cierto. Hasta que una de las estudiantes del Saint Francis es hallada muerta. Los rumores dicen que lidiaba con un gran secreto y que eso la empujó al suicidio. Pero si miras de cerca verás que hay verdades y mentiras, y entre ellas están todas las cosas que realmente pasaron.


Suspenso/Misterio Todo público.

#Thriller-Juvenil
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Prólogo

Aquella fría noche de octubre el cuerpo de una chica colgaba de las rejas que resguardan la entrada del colegio Saint Francis, un internado para señoritas ubicado en el corazón de Lenox, un pequeño pueblo del estado de Massachusetts.

Nadie lo había notado aún. Ni que faltaba una chica en los dormitorios, y mucho menos que estaba ahí afuera, vestida con su toga de graduación y una estola a cuadros azules y rojos, como si celebrara un triunfo que nunca lograría alcanzar.

Aquella solitaria estampa sacudiría los cimientos del antiguo colegio, y dejaría al descubierto terribles y peligrosos secretos. Tal vez por eso la chica se encontraba allí, con una corbata de seda azul marino sujetando su pálido cuello de aquella reja mientras la lluvia lavaba sus culpas y silenciaba palabras que nadie debía escuchar.

La lluvia empezó a menguar, pero su intensidad había empapado las prendas de ropa que ahora se aferran al cuerpo de la chica como una segunda piel, resbalando por la tela y colgando de los bordes para deslizarse luego a través de sus piernas desnudas e impactar contra el suelo, fundiéndose luego con la capa de niebla que rodea aquel lugar como lo protegiera de miradas curiosas.

O de un enemigo oculto.

No sopla la brisa y tampoco pueden escucharse los animales del bosque que rodea la escuela, como si la naturaleza hubiese decidido guardar silencio en honor a la muerte. Tampoco hay autos circulando en la calle a esa hora. Es muy tarde. O muy temprano, dependiendo de a quién se le pregunte.

La niebla poco a poco empieza a disiparse también cuando los primeros rayos del sol asoman en el horizonte, y el ocasional crujido del metal quejándose bajo el peso de la chica se hace más notorio. Ella sigue suspendida en el aire, con su espalda hacia la calle y el rostro oculto tras una cortina de cabello cuyo color no puede determinarse pues está muy mojado por la lluvia.

Pero ya no está sola.

Alguien observa.

Desde las ventanas de los dormitorios alguien observa la figura y grita aterrorizada. La conmoción tras los muros pronto se volverá incontrolable, y mientras las jóvenes se mueven de un lado a otro haciéndose preguntas o gritando por ayuda, alguien se mueve en las sombras con una sonrisa confiada en el rostro.

«Fue fácil. No debió ser tan fácil».

Debido al daño en el rostro de la joven a las autoridades les tomará algo de tiempo identificarla. Es posible que piensen que ella ni siquiera asiste al Saint Francis a pesar de llevar la toga y la estola que identifica a las chicas de la institución, que todo ha sido una broma cruel. Pero sí lo hace. Es decir, lo hacía, y sus huellas lo demostrarán muy pronto. Aunque hay personas que no necesitan esa confirmación pues saben exactamente quién es ella y por qué cuelga de las puertas de la escuela.

Pero nunca lo dirán.

A medida que se corre la voz del presunto suicidio, las estudiantes de la escuela Saint Francis comienza a congregarse, rindiendo una especie de homenaje a su compañera. Las puertas permanecen cerradas, flanqueadas por ambos lados por altas paredes de ladrillo rojo cubiertas de hiedra que mantienen el edificio aislado, pero esas paredes van decreciendo hacia el estacionamiento ubicado en la parte trasera de la propiedad. Y esa es justamente la ruta de escape que usan las chicas para salir en silencio hacia aquella calle de Lenox y tomar sus posiciones frente a la escena. Las estudiantes lloran en silencio, asustadas y preocupadas por la suerte de su compañera, sobrecogidas por la tragedia de ver una vida tan joven extinguiéndose sin más, conmovidas por la idea de un futuro que ya no será, y a la vez mirándose las unas a las otras buscando a la que falta.

Una nueva chica se une al grupo, pero nadie se da cuenta de que viene de la dirección opuesta, de la ciudad. Ella no estaba detrás de las paredes de ladrillo rojo como las otras. Como se suponía debían estar todas considerando la hora. Ella tiene la mirada clavada en el cuerpo que cuelga de las rejas mientras sus manos tiemblan sin control.

Los susurros de la pequeña multitud no son lo suficientemente fuertes, sin embargo es fácil adivinar lo que dicen.

«¿Quién es ella?»

La sirena de una patrulla interrumpe la quietud y solemnidad del momento, y el sonido va en aumento conforme se aproxima a la escena. Alguien ha llamado al sheriff. Probablemente uno de los profesores. Mientras tanto el colegio Saint Francis se erige más oscuro y amenazante que nunca sobre el centro de la ciudad, con sus frías paredes cubiertas de hiedra y sus secretos.

Detrás de los muros, se entrelazan el pasado y el presente en dos edificios que sirven tanto de hogar como de escuela para las jóvenes más brillantes y talentosas, el lugar en el que van a formarse para asumir los retos del futuro, para liderarlo. Y las chicas del Saint Francis nunca han fallado en llenar de orgullo al colegio.

Hasta ahora.

El auto de la directora Addison Reynolds se acerca a toda velocidad y frena violentamente a pocos metros de la congregación. La pequeña multitud en la calle bloquea el paso y, por un momento, también la vista de la chica colgando. Nadie se detiene a pensar por qué la directora podría estar fuera del campus tan temprano si ella vive, al igual que las alumnas, dentro del campus. No todavía, de todos modos.

Ella sale corriendo del auto negro y corre hacia las chicas con el rostro pálido, los labios apretados y una mirada severa. Una mirada que nunca falla en estremecer a las estudiantes, y es que el carácter de la directora es famoso entre las estudiantes de la escuela. Casi tanto como su compromiso con la excelencia, su paciencia y su amabilidad. Se dice que ella examina personalmente cada solicitud de ingreso al colegio Saint Francis, eligiendo solo a las mejores, y que una vez dentro se encarga de cultivar esas habilidades para alcanzar el máximo potencial de las chicas.

Con precisión militar, Addison Reynolds empieza a reunir a sus chicas en pequeños grupos, separándolas según el año que cursan. Algunas visten sus sudaderas grises con el logo vinotinto del colegio Saint Francis y pantalones deportivos, otras todavía llevan sus pijamas. La directora está buscando a la chica que falta en su rebaño, y lanza miradas ocasionales sobre su hombro a la sombría escena detrás de ella. No está segura de la identidad del cuerpo, o eso parece.

Quizás ella simplemente no quiere reconocer la verdad.

La sirena se convierte en un chillido agudo y desgarrador, muriendo repentinamente. Los oficiales de policía han llegado, y el sheriff les pisa los talones. En unos instantes, acordonan el lugar y dispersan a las estudiantes. Uno de los oficiales se acerca al cuerpo y empieza a catalogar cada detalle, otro comienza a tomar fotografías de la escena. Mientras tanto el sheriff se acerca para hablar con la directora Reynolds, quien admite en voz baja que no se ha acercado al cuerpo y no tiene idea de quién podría ser.

Pero ella está mintiendo.

Ella sabe.

Por supuesto que lo sabe.

Esa chica había ido a su colegio para empezar una nueva vida, y la directora la había ayudado a construir su historia. Pero sería la única mentira, había prometido, porque las chicas del Saint Francis no engañan. Tienen un código que se los prohíbe, y ellas siembre obedecen las reglas ¿verdad? Pero eso también era falso. Todos mienten.

Ahora las consecuencias de su error están allí, colgando de las rejas ante la mirada horrorizada de alumnas y profesores, porque su secreto no es ni de lejos el más peligroso tras los muros del Saint Francis.

El sheriff se aleja de la directora con el ceño fruncido y se acerca a las puertas, toma algunas fotos del cadáver con su móvil y luego lo guarda en su bolsillo, entonces extiende su brazo hasta alcanzar el pie de la chica para girarlo muy lentamente.

Una mezcla de sorpresa y horror interrumpe el silencio reverente del lugar, los susurros ganan intensidad en la multitud, la niebla que rodea el Saint Francis ya no existe y las chicas empiezan a decir ese nombre con una mezcla de acusación, plegaria e incredulidad en sus voces.

«Virginia Rivers»

26 de Junio de 2020 a las 21:08 0 Reporte Insertar Seguir historia
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