natcast_67 Nat Castañeda

El amor es lo que las personas esperan encontrar, pero muy pocos lo saben conservar. Él no quería ni lo uno ni lo otro; con un pasado trágico que lo marcó y apagó su chispa, con un pasado que dejó su alma fría y su corazón sin vida; solo buscaba sobrevivir día tras día. Ese, era su plan de vida. Ella había encontrado el amor y lo había perdido demasiado pronto. Con un corazón herido y sangrante, vuelve a casa en busca de consuelo, pero con la clara intención de no volverse a enamorar. Era valiente y se repondría; pero en su vida, el amor ya no tendría cabida. Dos corazones lastimados, que buscan vivir sin amor. Un destino caprichoso que busca enseñarles una lección.


Erótico Sólo para mayores de 18.

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Capítulo 1

Era una tarde lluviosa. Parada frente a la tumba del hombre que había amado la mayor parte de mi juventud; desolada, mientras el frío se colaba por mi abrigo y los suaves truenos daban inicio a lo que sería una gran tormenta. Sintiendo mis piernas gelatina, mi corazón lleno de dolor; pero sin lágrimas, me había quedado sin lágrimas. Había llorado tanto, meses anteriores, que, para el momento actual, donde el pastor daba la última despedida y procedían a cubrir el féretro del amor de mi vida ya no quedaba nada en mí.

Tenía el rostro pálido, las manos frías, y mi corazón y alma vacíos. Había perdido a mi amante, a mi mejor amigo, a mi cómplice, a mi todo. Y como si ese golpe no fuera suficiente para mi corazón, hace cuatro meses había perdido a mi padre, mi primer amor y mi fiel compañero y cómplice en mis travesuras y caprichos. Mi madre me sostenía, justo como yo lo había hecho con ella meses atrás; pero entre mi madre y yo había mucha diferencia. Ella había estado con su amado 50 años de su vida y me había tenido a mí, el recordatorio del amor que algún día se juraron; sin embargo, yo, yo no tenía nada de él; a pesar de conocernos desde pequeños fuimos pareja desde que tenía 20 años, ahora tengo 26, no pudimos alcanzar ni los 10 años juntos.

Teníamos tantos planes y ahora solo tengo fotos en un álbum y recuerdos en mi memoria, no tengo a nadie a quien transmitirle su legado, había fallado grandemente en ello. Tuve 2 abortos espontáneos, el primero cuando tenía 22 y el segundo a los 24. Los doctores habían dicho que tenía un problema de fertilidad no explicado para la ciencia, por ende, no sabían bien la causa de mis abortos y me recomendaron tomar medicamentos de fertilidad o iniciar con el proceso de inseminación artificial. Decidimos esperar a que él volviera de la guerra de Afganistán para evaluar ambas situaciones y empezar con el proceso. Anhelábamos tanto un bebé, pero ahora solo me quedan los recuerdos de las conversaciones sostenidas.

Después de enterrarlo, volví a recibir el pésame de sus compañeros e invitados al funeral. La verdad, ni siquiera me percaté de quiénes eran ellos, no me importó; lo único en lo que pensaba era en que jamás volvería a verlo, a oírlo, a sentirlo.

No salía del estado de estupor en el que me encontraba desde que recibí la terrible noticia: mi esposo había muerto cumpliendo su deber, como suelen llamar a las personas asesinadas en las guerras. Su cuerpo fue encontrado yaciendo sobre el cuerpo de un niño afgano, que había sido víctima circunstancial del suceso, y al cual mi esposo protegió y por el cual acabaron con su vida. En aquel momento aún consolaba a mi madre, había venido de vacaciones desde Greenwood, Indianápolis, lugar donde residí los primeros años de mi vida; a Baltimore en Maryland, donde había pasado la mayor parte de mi infancia y adolescencia, y donde seguía viviendo con Joao desde que nos casamos.

Mis padres decidieron regresar a Greenwood cuanto tenía 19 años, allá estaba gran parte de nuestra familia y querían pasar el resto de sus días en el lugar que vio florecer su amor. En lugar de ir con ellos, me quedé, tenía un departamento alquilado y para ese momento estaba en camino a una relación seria con Joao.

Mi madre seguía sosteniéndome. Cuando la miré no pude evitar pensar en que ambas habíamos perdido a nuestros esposos; a pesar de ello, la aceptación de la perdida, nunca sería la misma. Mi madre ya se había resignado a perder a mi padre, su enfermedad estaba avanzada y ella prefería que descansara en paz a que este sufriendo en esta tierra. Yo, yo apenas y empezaba a disfrutar de mi matrimonio, definitivamente, la vida no era justa.

Recordar la manera en la que me enteré seguía siendo difícil. Estaba en el jardín de mis suegros, me quedaba con ellos durante el tiempo que Joao estaba de servicio. Teníamos un departamento no muy lejos, para mayor privacidad; no obstante, en esos momentos me sentía mejor en compañía que sola. Mi madre, que había venido a pasar tiempo conmigo y distraerse, tomaba el té mientras contaba con mejor semblante las locuras de la abuela.

Se escucharon pasos rápidos avanzar hacia nosotras, era Anika, la hermana de Joao; tenía los ojos llorosos, hablaba muy rápido y solo pude interpretar la mención de Luke y Joao. Eso bastó para mí, corrí desesperadamente en dirección a la sala con el pensamiento de que mi amor había vuelto a casa. Sin embargo, cuando llegué, solo vi a Luke, busqué detrás de él con la esperanza de encontrar a Joao y al no hallarlo reparé en el semblante sombrío de Luke, tenía las ojeras demasiado pronunciadas, los ojos llenos de lágrimas no derramadas y una expresión de dolor. Supe que algo andaba mal, negué con la cabeza. En mi mente solo tenía presente una situación en la que Luke podría reaccionar así, debía de ser un error, tenía que.

Nadie me había preparado para esto, después de todo el último día que estuvimos juntos, Joao me prometió que volvería y él era un hombre de palabra. Desde que se enteró de la misión, intentábamos pasar la mayor parte del tiempo juntos, nos escapábamos los fines de semana o simplemente permanecíamos en casa amándonos entre las paredes de nuestra habitación.

Volví la mirada a Luke, él negó con la cabeza, su cuerpo empezó a temblar y las lágrimas se dejaron ir. Anika lo abrazó y ambos lloraron; miré a Anika, ella solo gesticuló un lo siento. Entonces lo entendí; el corazón del hombre al que amaba había dejado de latir. Caí de rodillas y lloré, lloré y lloré, no sé cuánto tiempo permanecí así ni siquiera recuerdo si tuvo un fin. Grité, grité tan alto que sabía me quedaría sin voz, no me importó, repetía el nombre de mi amado una y otra vez, lo llamaba desconsoladamente. Sentí los brazos de mi madre tratar de abrazarme, pero la empujé y levantándome fui hacia Luke, sosteniéndome de las solapas de su uniforme perdí la razón.

—No, no ¡él está vivo, vivo!,— gritaba a viva voz.

—Lo siento, cariño, lo siento mucho, no lo cuidé, te fallé…perdóname—Luke repetía una y otra vez mientras intentaba abrazarme.

—¡No, mientes, Luke, mientes! ¿por qué lo haces? Dime que es una broma, por favor, por favor…solo…no…— me había quedado sin voz. Permití que Luke me abrazara y llorara conmigo, brindándome palabras de consuelo. Nada servía, me aferré a él y los dos terminamos en el suelo llorando desconsoladamente; todos habíamos perdido a alguien especial aquel día; a un hijo, un hermano, en mi caso al amor de mi vida y en el de Luke, al hermano que nunca tuvo y que encontró en Joao.

Desperté en mi habitación, arropada con una manta; cuando levanté la mirada la luna me saludaba. Recordé los momentos dulces que Joao y yo solíamos compartir bajo su hechizo de luz; a veces bailamos en el balcón, descalzos mientras la música se reproducía por los altavoces; otras veces se sentaba en una mecedora conmigo en sus piernas y hablábamos de nuestro día o leíamos algún libro; él era mi alma gemela, había encontrado a un hombre tan adicto a la lectura como yo y con la capacidad de debatir por horas con argumentos muy bien fundamentados; o simplemente nos dedicábamos a contemplarla, apagamos el foco y nos dejábamos iluminar por ella.

Habíamos hecho el amor tantas veces teniéndola de testigo; volví a llorar, por lo que fue, por lo que era ahora y por lo que ya no sería jamás. Fue peor aun cuando volví la mirada y vi la foto que teníamos en la mesita de noche, era un collage con todos los momentos más importantes de nuestra relación. Esperábamos con ansias ser padres y unir aquella foto al collage virtual que teníamos, ya no cumpliríamos ese sueño nunca.

Me levanté, a pesar del dolor que tenía, talvez estaba siendo masoquista, pero necesitaba saber los hechos que habían desencadenado su muerte, tenía tantas dudas en mi cabeza y Luke era el único en aquel momento, que podía responderlas.

Me dirigí a la sala donde Rachel y Evan, mis suegros, se sostenían entre ellos y lloraban. Cuando alzaron la mirada fui hacia ellos y los abracé; no había nada que decir. Del mismo modo que ellos, Luke y Anika, se fundían en un abrazo, él escondido en su cuello y ella frotando su espalda mientras mi madre trataba de brindarles consuelo con palabras. Me senté a su lado y entrelacé nuestras manos, necesitaba apoyo.

—Necesito saberlo, por favor dime cómo, cuándo y por qué— cuestioné, con la mirada fija en Luke. Separándose del cuerpo de Anika, me miró y tragó.

—Heather, no creo que sea buena idea, aún estás alterada, talvez sea mejor esperar un poco, no quiero que te pase nada, no me lo perdonaría.

—Mi esposo ha muerto, creo que no hay nada que pueda ponerme peor. Tengo derecho a saberlo, Luke— demandé—. Y si no me lo dices tú, hablaré con tus superiores. Prefiero saberlo de ti, él era tu hermano, por favor, necesito saberlo—rogué con la voz rota.

—Está bien, te lo diré, pero necesito que intentes estar tranquila…es difícil, yo…

Respirando profundamente me contó lo ocurrido.

—Joao fue encontrado por Rik, uno de nuestros compañeros, generalmente no nos llevábamos bien con él, pero intento salvarlo Heather, realmente lo intentó. Joao estaba entreteniendo a un niño afgano, ya sabes cuanto le gustan…le gustaban los niños…jugaban al balón, él no se percató de que lo habían acorralado entre tres francotiradores del bando opuesto.

—Pero ¿Cómo? —interrumpí—. Se supone que los entrenan para estar alertas ante el peligro, ¿Cómo no pudo darse cuenta?

—No fue su culpa Heather, cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde, uno de ellos apuntaba al niño. Joao trato de protegerlo; una bala fue disparada y mientras Joao empujaba al niño para sacarlo del campo de tiro uno de ellos fue herido por Rik. Sin embargo, aún quedaban dos; Joao corrió por el niño cuando vio que otro de ellos alzaba el arma, se escucharon dos disparos a la vez, el de Rik y del afgano, Joao cayó sobre el niño y otro de ellos cayó muerto. El que le disparó a Joao trató de huir, pero Rik lo alcanzó y lo mató…no me enorgullece Heather, pero saber que el hombre que me quito a mi hermano está muerto me da un poco de paz.

—¿En dónde fue el disparo? Acaso no tenía puesto su indumentaria.

—Pensábamos que era un lugar seguro, el campamento no había sufrido ataques hasta el momento y a veces cuando descansamos nos quitamos la indumentaria, Joao fue descuidado, pero no fue su culpa, no lo fue.

—No, claro que no fue su culpa. La culpa es de este maldito gobierno que solo quiere poder; deja viudas y huérfanos a miles de mujeres y niños en todo el país, y piensan que dando medallas y una pensión todos felices. Ellos me quitaron a mi esposo, ellos son los culpables— sentencié.

Me levanté del asiento y empecé a gritar, llena de furia y dolor culpaba al país una y otra vez. Subí a mi habitación y lloré, una vez más, lloré hasta quedarme seca.

Así pasaba mis días después de la noticia, encerrada llorando, no iba al trabajo, no comía, no dormía bien, no hablaba con nadie ni siquiera con mi madre, peleaba con cualquier persona que intentara entablar una conversación conmigo, así sea para consolarme, detestaba todo. Fue peor aun cuando me dijeron que tendría que esperar cerca de dos meses para recuperar el cuerpo de mi esposo y poder enterrarlo, había un problema interno. Perdí el control, le grité al oficial encargado de decirme aquello, incluso lo culpe de la muerte de Joao e insulte a su madre; desde ese momento Luke y Anika se hicieron cargo de todo, yo solo firmaba papeles.

Para el momento del entierro ni yo misma me reconocía, me había vuelto una persona fría, me cansé de llorar frente a su foto, me cansé de pedir despertar de la pesadilla, me resigné a seguir viviendo incompleta, porque para mí, en el momento en el que echaban tierra sobre el féretro de Joao, tenía muy claro que él había sido y seria siempre mi otra mitad, que mi corazón no volvería a latir por nadie más el resto de mi vida; no después de haber entregado todo de mí, física y emocionalmente al único hombre que había logrado sacarme de mi cueva. No, ya no tenía más que dar, estaba vacía, con el corazón en mil pedazos. Para ese momento mientras sostenía una de las tantas fotos que tenía de nosotros, nos juré a ambos que no volvería a enamorarme. Sin embargo, descubrí que las cosas no siempre son como las planificas.

25 de Junio de 2020 a las 15:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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