enoid Pedro Fuentes

Catalogada como "Histórica" por alto contenido en dicha materia, esta es la primera entrega de la serie "Historia de la Violencia" con alto contenido de horror y momentos muy crudos de aquella etapa tan vil y ruin de la historia de la humanidad, se pretende ilustrar los peores momentos esa época bajo las vivencias de tres personajes ficticios de distinta procedencia que vivieron en primera persona la peor cara de los peores seres humanos.


Histórico Sólo para mayores de 18.

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Isla de Gorée

Isla de Gorée, 24 de agosto de 1.994, el calor es horroso, casi denso, esta isla perteneciente a Dakar, capital de Senegal, es hoy en día una visita turística obligada, concurrida, con más caminantes blancos que negros, con el agua saliendo a gotas por cada uno de sus poros, empapando sus flojas y finas camisetas y camisas cortas, con pantalones cortos, chanclas, bermudas, gorras de visera y sombreros de paja, con vestidos y faldas con estampados de flores tropicales, para muchos ese era un factor de aventura, los estampados tropicales de palmeras eran un factor que los sumergía en la aventura africana, los niños corretean de un lado a otro intentando vender pulseritas hechas con cordones de colores y conchas marinas tratando de vender sus obras, o simplemente estiran sus manos con la palma hacia arriba dibujando sonrisas de esperanza, pidiendo dinero a cada pálido sudoroso que encuentran.


Un grupo de turistas sigue a un guía subsahariano de avanzada edad entre los edificios, esta isla fue, en su día, un lugar en el que se acumulaban esclavos antes de venderlos como ganado a América, un lugar en el que los blancos venían con sus barcos y los recogían como si de una cosecha se tratara, el hogar de la perfidia, de las familias destrozadas por pura avaricia, de asesinatos brutales, de genocidio contra África, un lugar en el que los encargados subían a niñas menores de edad, en ocasiones de once o doce años, a sus aposentos, mientras sus padres recibían latigazos si protestaban, si es que estaban presentes, claro.


- Aquí señores, están las celdas de los esclavos que Francia vendió, durante tres siglos y hasta 1.848, a los mercados de Estados Unidos, el Caribe y Brasil, aquí se comerciaba con personas secuestradas de sus tribus, se calculan unos veinte millones de personas vendidas como ganado, esta es la ‘Maison des Esclaves’ construida en 1.776…


La Casa de los Esclavos es un edificio icónico para los turistas, hay muchos más, pero esta, con dos escaleras curvadas hacia los lados, ascendentes hacia planta superior, a la que se accede desde una pequeña plaza interior, es muy conocido, con muros y paredes, las propias escaleras, pintadas de un color rosado, más bien salmón, custodia en su planta baja las celdas donde se hacinaban hombres, mujeres y niños, en condiciones similares al ganado, seres humanos que vivían y dormían en el mismo lugar que orinaban y defecaban.


De entre la multitud un hombre alto, delgado, con una camisa azul de manga corta dos tallas más grandes que él, repleta de dibujos de flores de diferentes tonos rojos de la mitad hacia abajo, con un sobrero de paja deshilachada en sus bordes de un color claro, gafas de sol rectangulares, de montura metálica, nariz grande y de perfil irregular, como si se la rompieran y no se curase de forma correcta, mandíbula cuadriculada, pómulos grandes, cabellos de color castaño poblados de canas, pantalones vaqueros hasta las rodillas, de piernas pálidas y peludas, rematadas en unas zapatillas de deporte de color naranja, de su hombro derecho cuelga una mochila negra por la correa de ese lado, lleva dos días sin afeitarse y bajo su ojo izquierdo luce una cicatriz, parece el fruto de un corte vertical y una quemadura, por su forma e irregularidad.


- ¿Qué hay de la leyenda del fantasma esclavo que volvió de América a matar a los esclavistas franceses de la isla? Estoy investigando, para un periódico de Londres, dicen que volvió de Cuba o de Estados Unidos, y cometió toda clase de atrocidades durante dos noches con los esclavistas franceses y sus capataces árabes, que los empaló, los destripó, descuartizó…


Ante tal pregunta, que hace en voz alta, todos los presentes del grupo callan, el guía se queda mirando hacia él, lleva una banderita de plástico azul en su mano derecha, barba rizada blanca y el pelo, muy corto y muy rizado, es blanco también y habla inglés, aunque con acento extranjero, le ha cortado la explicación al público cuando empezaba a subir por la escalera izquierda y llevaba dos peldaños subidos, mirando hacia el grupo a pie de escala, y responde con su acento indignado.


- Señor, estoy hablando de cosas reales, aquí se cometieron atrocidades, sus fantasías las puede buscar con santeros y brujos si quiere en Dakar cuando volvamos.


Los murmullos de los presentes se reinician otra vez, y rápido recuperan su bullicio habitual, ignorando la pregunta de este hombre, que tiene es su muñeca izquierda un reloj digital plástico de color negro y un papel en su mano, que lee atentamente ignorando al guía de los turistas, que los dirige como el rebaño, como a él le apetece.


- Señor, señor, venga yo le cuento, yo conozco esa leyenda, vino de América, un fantasma, vino buscando a su tribu, a su familia, y cuando encontró a los franceses y no a su tribu, los masacró a todos, los persiguió por la isla, no tuvo piedad, murió en América y volvió para cuidar de su tribu, como todos los espíritus de la tribu, cuando alguien muere en la tribu, permanece con la tribu hasta el fin de los tiempos, la tribu no estaba, estaban los blancos y sus servidores árabes, los castigó.


Un hombre de color, con algo más de cuarenta años, como el que hizo esa extraña pregunta, delgado, afeitado de pecho, barba, cabello, con unos ojos negros saltones, cargado en ambos brazos de collares, pulseras, sentado en una alfombra en la que, delante, hay toda clase de estatuillas y talladuras de madera, representando de forma tosca formas de animales en diferente tamaño, con maderas de distinta tonalidad.


- Disculpe caballero, pero lo que busco es al hombre que generó esa leyenda, de leyendas estoy ya harto, no suelto más calderilla a cambio de una leyenda.


- Tengo su registro, fue un hombre de verdad, se lo vendieron a unos españoles, tengo el registro, y el informe de quien lo vio volver, se lo prometo ¿Cómo se llama usted?


El acento africano de sus palabras en inglés es tan evidente como su entusiasmo, pero el hombre blanco acierta a entenderlo, llamó su atención y, ahora, avanza hacia él atravesando a los integrantes del grupo que, cual rebaño, siguen al pastor que los guía hacia el piso superior, trabajo fácil y repetitivo, todos los días hace lo mismo, dice lo mismo y los lleva por los mismos sitios siguiendo la misma ruta, los lleva ahora dando un recorrido por el lugar donde se discutía el precio del ganado humano de la época mientras compradores y vendedores observaban el material y la calidad del mismo. El hombre blanco avanza hacia el negro como si encontrase lo que busca, como si fuera gua en el desierto, lo dice alto y claro, a riesgo de que el difícil acento del africano fuera tan duro como su entendimiento.


- Me llamo Jake Miller.


Al cabo de un rato Jake Miller y su amigo, que bien podría ser alguien que solo intenta timarlo, están en un cuarto sombrío de otro edificio de la turística isla, reconocida como patrimonio de la humanidad por la UNESCO, paredes de color rojo descolchadas, con amplias manchas de color ocre, del techo de vigas de madera pintadas de blanco pende un ventilador con cinco enormes palas de plástico blanco que giran sin parar, calmando a los presentes. Una mesa de madera en el centro de la estancia soporta una serie de documentos antiguos, roídos en sus bordes, desgastado y en tonos beis y ocre, escritos a mano y con pluma, con sellos en su parte inferior derecha, de color rojo.


Jake Miller entra por una puerta que casi ocupa ese lado de la pared, el lado derecho de su camisa va por fuera del pantalón, el izquierdo, por dentro, mostrando su cinturón de cuero negro y su hebilla con relieve de la bandera de Reino Unido, plateada, ahora lleva en la mano una cámara fotográfica, negra, grande, con un generoso teleobjetivo. Al otro lado de la mesa hay una señora sentada en una silla de plástico, típica de terrazas o playas, gorda, oronda, desafía la resistencia de las patas de su asiento blanco, con un vestido de flores flojo que le llega hasta los pies, de color granate y con un estampado de florecillas blancas semejantes a margaritas que, por su tamaño, parecen más bien lunares, con una papada y unas mejillas que se precipitan por la gravedad, señora mayor con su cabello gris recogido en un moño y tapado por un pañuelo de color verde, ojos negros como el azabache, su piel no es mucho más clara, sus párpados también rinden pleitesía a la gravedad y observa a Jake Miller entrar frente a ella, con indiferencia, descalza y con moscas volando por doquier a las que ignora por costumbre.


- Mira amigo, mira, esto es lo que tenemos, estos no le interesan a nadie, dicen que no tienen nada que ver con la leyenda, para mi es muy importante, es la leyenda de un hombre que vino a vengarse de los que lo vendieron, y yo creo que es cierto, que vino un espíritu a cuidar de su pueblo, y que esta es la prueba ¿Cuánto vas a pagarme amigo?


El hombre que llamó la atención de Miller entra tras él, lo bordea por la derecha, sonríe, ha encontrado negocio hoy, quizá después de Miller ya no trabaje más hoy, hace aspavientos con las manos, va a darle el mejor servicio que pueda, se ha debido cambiar de ropa y guardar sus manufacturas, ahora lleva unas llamativas bermudas de playa, de color naranja con palmeras verdes dibujadas, y en los pies lleva unas chanclas de un suave color blanco azulado, viejas, desgastadas, tiene una amplia sonrisa que no podría tapar ni siquiera una mano abierta con los dedos extendidos, mostrando toda su dentadura, de un blanco que destaca sobre su piel de color café.


- Te daré doscientas libras esterlinas si me muestras el documento donde sale el nombre de Djongo antes de la construcción de la Casa de los Esclavos en 1.776.


- Oh, pasa, pasa, esta es mi madre, nombres como los de Djongo desparecieron antes del siglo XIX, con la desaparición de la tribu Dzengi a manos de los traficantes de esclavos, aquí está el hombre que hacía incursiones en la selva para cogerlos, se llamaba Ahmed Ouazzani, y el capataz del barco era del noroeste de España, Brais Segade, el que los introducía en el barco y se encargaba del transporte, de fijar los precios de venta…


Ese documento llama de inmediato la atención de Miller, que estaba inmerso en hacer fotografías a los documentos, parecen para él verdaderos tesoros, con pose profesional y sujetando la cámara con la delicadeza que merecía su aparente precio, con ambas manos, se exalta al escuchar esos nombres.


- ¿Dónde? ¿Dónde? Es la primera vez que tengo esos tres nombres en el mismo documento, he seguido la pista de Brais Segade desde Betanzos, embarcó en A Coruña y viajó hacia La Habana en 1.774, contratado allí en un barco esclavista rumbo a las Islas del Cabo Verde, lo usaron de traductor con los portugueses, de Ahmed Ouazzani lo único que sé es que procede del Tánger español en la misma compañía de Brais y que hacía incursiones en Senegal en busca de esclavos.

23 de Junio de 2020 a las 15:42 0 Reporte Insertar Seguir historia
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