zeuge Manuel Esteban Gálvez

Las bases de la fuerza militar panameña fueron destruidas en aquella operación mal llamada "Causa Justa", y sus periferias quedaron llenas de escombros, y entre esos escombros quedaron ocultas cientos de armas. Años más tardes, aquellas áreas que resultaron afectadas se convirtieron en áreas rojas, son lugares donde reina el crimen. Es a uno de estos barrios llenos de delincuencia a donde va a parar el protagonista de esta historia, un hombre que lleva consigo la inocencia y tendrá que renunciar a ella para poder sobrevivir.


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Prefacio

23:00 horas del martes 19 de diciembre de 1989. Base militar de Río Hato.


Ruiz, un soldado raso recién ingresado a la milicia panameña, está tocando la puerta del rancho donde suele descansar Joaquín Jiménez, el jefe de la séptima compañía de Infantería Macho de Monte. Nadie responde a los toques, y el soldado vuelve a tocar la puerta después de escuchar ruidos dentro del rancho. El jefe no abre la puerta y Ruiz sabe que no la abrirá y antes de marcharse anuncia en voz alta lo que le habían encomendado notificar al jefe:

—Comando —dice el soldado—, le informo que su esposa la teniente Morales ha estado llamando y preguntando por usted con insistencia.

—No voy a ir—responde el jefe—. Dile que estoy durmiendo profundamente. Tan dormido que ni la explosión de una bomba me despertaría. Dile que no me consiguieron. Que cuando me despierte, me informarás enseguida.

El soldado se marcha.

Cuando va caminando de regreso a la base, se encuentra con el Sargento Manclus que es el sargento encargado de asignar los turnos. El soldado ejecuta el acostumbrado saludo militar cuando el sargento se le acerca.

—Soldado Ruiz —dice el Sargento Manclus—. ¿Qué le parecen tres horas de turno?

El soldado, que aunque ya había sido oficialmente nombrado, todavía se encontraba en periodo de práctica, acepta sin rechistar:

—Me parece una excelente idea, mi sargento.

—Diríjase al frontispicio —dice el sargento—. Dese prisa, soldado.

El frontispicio es la garita que está en la entrada principal de la base militar de Rio Hato. Una estructura hecha de piedra. Ahí se encuentra de turno el soldado Ruiz, custodiando la entrada con su ametralladora Browning M2 calibre .50, deseando que las tres horas de turno pasen volando.

A las 23:45 un autobús de la milicia lleno de regalos sale de la base y toma dirección hacia Penonomé. Este evento llena de extrañeza al soldado Ruiz, porque era de su conocimiento que aquel bus saldría, pero en la madrugada y el rumbo del autobús sería la Ciudad de Panamá, donde se haría una fiesta para celebrar la navidad de niños de bajos recursos.

A 55 kilómetros de la base militar de Río Hato, más al norte de la provincia, el bullicio que atraviesa la troposfera sacude e ilumina la medianoche.

Una familia propietaria de un extenso arrozal, se despierta debido al estruendo y sale excitada a observar un espectáculo nunca antes visto en los cielos nocturnos de aquellos campos.

—El cielo está celebrando la navidad— dice una niñas apretando un conejo de peluche—. Wuujuu.

La plantación silva y se mece bajo la fuerza de aquellos monstruos:

Primero pasa un avión Lockheed SR-71, le siguen dos aviones Stealth, y después de estos, pasan varios helicópteros de combate AH-64 Apache.

Los niños alzan sus brazos y mueven sus manitas a modo de saludo. Las naves aéreas siguen pasando, una tras otra, y esto empieza a preocupar a los adultos. Cuando pasa la última nave, todos están tomados de las manos, aterrados, con la mirada puesta en el cielo.

—Llegaron estos desgraciaos —dijo el mayor de los ancianos, denotando repugnancia. Y reafirma su disgusto escupiendo el suelo.

Todos se internan en la casa. Los niños se van a sus literas mientras los adultos se reúnen alrededor del viejo radio a la espera de noticias.

A la base militar de Río Hato llega por sorpresa parte de la fuerza área de El Comando Sur. Se ve en el cielo las luces de montones de aviones y helicópteros estadounidenses comenzando a disparar hacia el suelo. Parecen no tener la intención de matar de nadie, pues no apuntan a los hombres y mujeres que están abajo observando sorprendidos. Tienen claro los objetivos a atacar, pero algunos muestran dudas a la hora de efectuar los disparos. El área que más sufre destrucción por los primeros disparos es la pista de aterrizaje. De algunas naves aéreas atacantes empiezan a saltar paracaidistas.

Los soldados panameños se recuperan de la sorpresa y comienzan a efectuar los primeros disparos para defender la base. Sus primeras víctimas son los paracaidistas. Los soldados estadounidenses se molestan porque los panameños no están respetando las leyes de guerra al disparar a los paracaidistas, entonces deciden bombardear las cercanías de los cuarteles.

El soldado Ruiz no se ha movido de la garita del frontispicio. Él escucha aterrado, los gritos y lamentos de los paracaidistas que son alcanzados por las balas de sus compañeros. Muchos de los paracaidistas ya están muertos antes de tocar el suelo, pero hay otros que llegan con vida, pero con heridas, y se les escucha quejarse y se les ve arrastrarse entre el caos. Ruiz no asimila la barahúnda de la noche, y por fortuna, los paracaidistas dejan de saltar, pero para su desgracia, las bombas apenas comienzan a caer.

Todas las bombas caen cerca de los cuarteles, no son arrojadas con la intención de destruir estas construcciones. Si los estadounidenses hubiesen tenido esa intención, todos los cuarteles estarían destruidos. Dentro de los cuarteles había poca gente: unos cuantos soldados que habían sido colocados en turnos por el sargento Manclus, y el propio Manclus. La mayoría de los hombres y mujeres de la milicia panameña solían dormir en chozas y escondites en medio de los bosques circundantes, costumbre que les dio la ventaja de vestirse rápidamente de civiles para evitar ser atacados.

Al notar el bajo número de soldados panameños, los estadounidenses se sienten burlados y empiezan a atacar a algunos civiles. En respuesta a estos actos considerados viles, los civiles comienzan a colocar en todas las ventanas sábanas de color blanco en señal de paz.

Los ecos de los brutales estallidos de las bombas llegan lejos, llegan hasta la casa de la familia propietaria del extenso arrozal, donde la más anciana de las mujeres no deja de persignarse.

Cuando se detienen los ataques de los bombarderos, los estadounidenses se hacen con el control de la base. Se cuentan pocas bajas de Los Macho de Monte y de civiles. Entre las bajas panameñas se encuentra el Sargento Manclus. El sargento había muerto de varios disparos. Cuando murió se encontraba utilizando una ametralladora antiaérea: la pesada KPV conocida como “cuatro bocas”, pero en aquel momento el arma solo tenía puesto uno de los cuatro cañones. Dos días antes, a eso de las 18:00, el sargento Manclus había ordenado al soldado Ruiz y a otros novatos limpiar las ametralladoras y también les ordenó desarmar las “cuatro bocas”. Él quería que de los cuatro cañones solo le dejaran un cañón en funcionamiento; y así lo hicieron. Esta decisión no ayudó en nada al sargento cuando intentó atacar y defenderse de las naves aéreas.

Entre los soldados, ahora vestidos de civiles, comentan y lamentan la muerte del sargento, y se preguntan si las llamadas que la teniente Morales había estado realizando con insistencia a su esposo, el jefe de infantería, serían para alertarlo sobre lo que se avecinaba. “Si el jefe hubiera contestado una llamada tuviéramos menos muertos, te lo puedo asegurar, pero esos dos son como perros y gatos, siempre están peleando”, dice uno de los soldados.

En varios puntos de la República de Panamá el panorama es similar al de Río Hato: todas las zonas militares y sus alrededores están siendo atacadas por soldados estadounidenses y reina el caos. Desde los puntos más altos de los edificios se puede ver el fuego en las calles.

En las costas de Panamá Viejo los paracaidistas norteamericanos ya están saltando. Van cayendo uno a uno en terreno desconocido. Caen directamente a la lama y de inmediato comienzan a hundirse. “El país centroamericano está siendo invadido”, así se anuncia por el canal 8, canal de televisión estadounidense que transmite vía satélite para sus compatriotas asentados en las provincias Colón y Panamá. Los canales de televisión panameños han sido intervenidos. La emisora Radio Nacional de Panamá es la única que se mantiene transmitiendo los sucesos desde su unidad móvil, se mantienen en movimiento para evitar ser atacados e intervenidos, y sus locutores alientan a la ciudadanía a levantarse contra los invasores, con constancia usan lemas como: “gringo visto, gringo muerto”, o “ni un paso atrás”… Las demás emisoras, temerosas, no se atreven a pronunciarse ante lo que está ocurriendo, e intentan seguir con su programación regular. Las músicas navideñas suenan en algunas emisoras mientras miembros de ambos bandos se enfrentan y se matan unos a otros.

Avanza la madrugada del 20 de diciembre de 1989. A 160 kilómetros al suroeste de la casa de los propietarios del extenso arrozal, Amelia se asoma tímidamente por la ventana de la casa de sus suegros, con cámara fotográfica en mano y toma tres fotografías. Cuando intenta tomar una cuarta fotografía, un soldado estadounidense a bordo de un vehículo Humvee le apunta con una ametralladora M60 y le dice: “No pictures”. Amelia traga saliva y se aleja de la ventana. Los vehículos siguen pasando. Amelia prepara té de manzanilla para calmar los nervios. Está preocupada por su familia, por su hijo Franklin, desea que todos estén bien por allá. Pronto sería la cosecha de arroz, desea con todo su corazón que los estallidos acaben pronto, y que todo vuelva a la normalidad para poder ir la provincia, y visitar a su familia, y ayudar en la cosecha.

Las noticias de los saqueos en Ciudad de Panamá están siendo anunciadas por la Radio Nacional. Áreas comerciales como: la Vía España, Calidonia y otras, son las más afectadas por estos actos. A Amelia le indigna tal situación. Muchas personas se aprovechan del caos y de la actual inexistencia de autoridades, para asaltar los comercios. Los camiones Mercedes Benz de la Guardia Nacional conocidos como “Pitufos”, por la figura del pitufo gruñón en sus costados, ya no son capaces controlar la multitud como lo hacían días atrás.

Una hora más tarde:

Ahora Amelia está a punto de formar parte de aquellos actos de pillaje, todo gracias a la insistencia de su esposo. Él con una alzaprima en la mano derecha y ella con un bate de aluminio en mano izquierda, salen a la calle. Viven cerca de un centro comercial y ese es el objetivo. Van, toman lo que puede, regresan a casa y vuelven por más.

Los zapatos son unos de los artículos más codiciados, sobre todo en las tiendas más caras, y Amelia se enfrasca varias veces en peleas para poder obtener algunos.

Cuando ya están muy cansados y magullados, deciden detenerse. Cuentan los zapatos: tiene 49 zapatos, de los cuales 15 tienen su par correspondiente, pero los otros 19 no lo tienen. No tienen suficiente zapatos para abrir una zapatería, pero tienen suficiente ropa para abrir una boutique.

La emisora Radio Nacional ahora anuncia que también se están dando saqueos y vandalismo en la provincia de Colón.

Los árabes con comercios en la zona franca Zona libre de Colón, se alarman, cierran las entradas y aseguran los locales. Para encarar cualquier intento de saqueo en la zona franca, sacan a relucir armas de grueso calibre y se ubican en lugares estratégicos.

Navidad de 1989:

Merry Christmas!” se ve escrito en las tanquetas y vehículos del ejército norteamericano que están en la Ciudad de Panamá.

La emisora sigue transmitiendo. El locutor dice: “Y Panamá, en pie de guerra”. Ya su voz suena con poca convicción y con mucho cansancio. De vez en cuando el locutor coloca grabaciones de décimas con sentido patriótico cantadas por el cantautor Eleuterio “Pille” Collado. Cuando el ánimo reaparece, se pone al micrófono y arremete en contra los estadounidenses:

…Porque su orgullo está herido y quieren recuperar su prestigio militar. Qué culpa tiene este pueblo de que los gringos hayan perdido la guerra de Vietnam. Por qué este pequeño país tiene que pagar las consecuencias. Y nos usan como prueba de laboratorio, somos sus conejillos de indias. Usan contra nosotros nuevo armamento…

El hombre más buscado de Panamá, el General Manuel Antonio Noriega, se mueve por los túneles que están debajo de la ciudad. El General y unos cuantos hombres de absoluta confianza son los únicos que conocen las entradas y salidas de los túneles y los han estado usando de guarida, pero ya no tienen nada que comer y necesitan salir. Su plan es llegar a la salida que esté más próxima a la Nunciatura.

Antes de internarse en los túneles, Noriega había hecho llegar a la Radio Nacional sus últimas órdenes para que fueran transmitidas en los momentos indicados. Una de esas órdenes anunciadas en la radio hace oficial el llamado a la batalla a Las Fuerzas de Defensa de Panamá, incluyendo a la Comisión para la Defensa de la Patria y la Dignidad (CODEPADI) que está formado principalmente por civiles con algún tipo de entrenamiento militar, y al Batallón de la Dignidad.

Como muchos de los soldados que pertenecen a la Guardia Nacional se encuentran vestidos de civiles por la hora en que inicio la invasión, ahora tienen dos opciones: la opción de responder al llamado y enfrentar a los invasores, o la opción de simplemente ignorar el llamado. Los que se encontraban dentro de los cuarteles, al verse acorralados, se enfrentan al dilema de hacer de mártir o rendirse, siendo la segunda opción la más escogida.

Muchos integrantes de la CODEPADI que le hacen frente al ejército estadounidense son tomados prisioneros y sometidos a interrogatorios y a torturas, con el único fin de que revelen el paradero de Noriega. A los que no cooperan se les mata en el momento de la negación, o se les inyecta una sustancia que los norteamericanos están probando por primera vez, sustancia que mata poco a poco de una manera extremadamente dolorosa.

Uno de los prisioneros no soporta el dolor causado por lo que le están inyectando y revela entre gritos a los norteamericanos las entradas de los túneles. Los norteamericanos toman a varios de los prisioneros para que los guíen hasta las entradas.

Noriega sale de su escondite vestido de mujer y se encamina apresurado hacia la Nunciatura esperando no llamar los soldados estadounidenses que buscan con desesperación las entradas de los túneles.

Noriega es recibido en la Nunciatura. El obispo le asigna una habitación. A la mañana siguiente el obispo entra a la habitación y le informa al general que los estadounidenses ya conocen su paradero y le aconseja entregarse, pero Noriega se niega a creer lo que dice el obispo. A la siguiente mañana Noriega toma un poco de valor y se atreve a abrir las cortinas de la ventana y las vuelve a cerrar al confirmar que lo que el obispo había dicho era cierto: un francotirador estadounidense está en el edificio frente a la Nunciatura con la mira puesta en su ventana. Ha llegado la hora, pensó el general. El hombre fuerte de Panamá siente temor por vez primera. Ha llegado la hora de pagar por mis crímenes, dijo al obispo.

Un objetivo de la operación Causa Justa: desintegrar la fuerza militar del país centroamericano, ya se había logrado; y el otro objetivo estaba a punto de lograrse, después de varios días de enfrentamientos.

Después de sitiar al General Manuel Antonio Noriega en la embajada de El Vaticano, el general con taciturno semblante se entrega a los estadounidenses aquella tarde grisácea. El proceso de extradición se inicia de inmediato.

Para que el país no enfrente mayores disturbios, el ejército estadounidense nombra Presidente de la República de Panamá a Guillermo Endara Galimany, que oficialmente había ganado las elecciones presidenciales, pero Noriega había intervenido en los resultados. Así se da por finalizada una de las peores épocas de dictadura en la República Centroamericana.

El primero de enero de 1990 la clase social alta celebra el nuevo año. Las clases más bajas, las que se vieron más afectadas por la invasión, sienten que no tienen motivos para celebrar, y lo peor de todo es que si tuvieran motivos para hacerlo, no tendrían con qué. Un escenario de desolación reina en la golpeada Panamá. Con tantas heridas recientes, costará bastante tiempo y dinero cicatrizar y embalsamar un pueblo golpeado con semejante fuerza.

Los sobrevivientes sales a las calles después de tantos días de terror. Las calles están llenas de escombros, y los escombros están llenos de armas de gruesos calibres.

El sábado 10 de marzo de 1990, Amelia va viajando en autobús hacía el interior de la república, lleva un vestido casual que parece hecho a la medida. Lleva en su boca una sonrisa. Ansía llegar pronto a su destino para abrazar a cada uno de sus familiares, sobre todo a su hijo Franklin. Está ansiosa por compartir con todos, su reciente descubrimiento: está embarazada. Espera que eso no sea impedimento para participar en la gran cosecha de arroz.

Se había enterado que su hermano había estado en la garita de la base de Río Hato la noche de la invasión y que desde esa noche no había vuelto a pronunciar palabra, quería comprobarlo con sus propios ojos y oídos, y más valía que fuera falso, porque de lo contrario ella lo haría hablar aunque fuera a la fuerza, le daría unos buenos golpes con los zapatos sin pares que le lleva.

20 de Junio de 2020 a las 05:58 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Manuel Esteban Gálvez Manuel Esteban Gálvez
Disculpen los errores en los tiempos verbales. Empecé a escribir en presente y luego cambié a pasado. ¡Qué vergüenza! Pronto lo corregiré. Es un texto viejo y apenas empiezo a desempolvarlo.
June 22, 2020, 19:34
~

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