zeuge Manuel Esteban

“Si quieres llegar a convertirte en una bruja, tienes que aprender algo: qué es real, qué no lo es, y cuál es la diferencia" Terry Pratchett Vacaciones es un cuento rural donde la brujería y los dilemas familiares se entremezclan, y diferenciar una cosa de otra será tarea del lector. Desde que murió mi hermana Patricia, los colores de la realidad se desvanecieron para mí, cubrí los días de luto con filtros de animación japonesa. Quizá se deba a que los nueve días posteriores a su muerte, vi tantas películas de Studio Ghibli como pude; fue una maratón patrocinada por la quiebra de Blockbuster. Patricia y yo solíamos caminar hasta el Blockbuster de Montebrï y alquilar varias películas, y si alguna nos gustaba, la comprábamos. Antes de que cerraran por completo la sucursal, me acerqué al establecimiento atraída por la nostalgia, una de las chicas que solía atenderme me vio, y enseguida se me acercó para preguntarme si quería llevarme a casa una caja llena de películas animadas. Aquel día cargué aquella caja hasta mi habitación y la guardé para una ocasión especial. Odiaba ver películas con Cristina, mi hermana menor, pues ella nunca entendía nada, pero aquellos nueve días le permití ver todas las películas en mi habitación, y para mi sorpresa, no hizo ninguna pregunta. Lo poco que salió de su boca fueron unas cuantas risitas desganadas, mientras yo moqueaba y sollozaba porque presentía que los relojes se volverían blandos.


Drama Sólo para mayores de 18. © C.C. Attribution-NonCommercial-NoDerivs

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CAPÍTULO I. LA SEPARACIÓN

La cocina se llenó de silencio cuando entré por un vaso de agua. Luego se rompió, cuando al parecer, mis padres recordaron el propósito de aquellas jícaras que sostenían en sus manos. Movieron suavemente sus cucharitas para revolver el contenido de sus bebidas y la cocina se impregnó de un olor desagradable. Bebían a sorbos pausados de aquel espeso líquido mientras yo bebía el agua de mi vaso sin hacer pausas. Cuando estuvo satisfecha mi sed, me alejé de ellos dejando atrás esos sorbos y malos olores.

Un año después, mis padres se separaron, y al poco tiempo de la separación, mi padre decidió dejar su empleo como capitán de la marina mercante, y se internó cerca de las montañas del norte para trabajar como guardabosque.

Cuando padre se marchó hacia el norte, en casa solo quedamos mi hermana Cristina y yo. Yo sabía que era cuestión de tiempo para que Cris dejara el país, cuestión de tiempo para que yo quedara completamente sola en aquella casa. Cris solo estaba esperando terminar el colegio para irse a Nueva Zelandia.

Por las noches, cuando yo sabía que Cris estaba dormida, no podía evitar entristecerme al pensar en lo que se avecinaba: cuando ella se fuera, la despiadada ansiedad me haría trizas.

La idea de viajar con Cris no me parecía atractiva. Pero aunque lo llegara a considerar, ella y yo sabíamos que nunca me subiría a un avión. No sería capaz. Solo de pensarlo se me cortaba la respiración.

Llegó el día gris y Cris se marchó. Lo tenía planeado desde sus quince años, desde antes de la muerte de nuestra hermana, y no había manera de detenerla. Yo no lo haría.

La casa era más grande con tantas habitaciones vacías. Estaba completamente sola.

A pesar de ya no vivir en aquella casa, mi madre había insistido en seguir pagando las cuentas, incluso se había ofrecido a costear los estudios de neuromarketing que había estado postergando. De manera que yo no gastaba casi en nada, solo gastaba un poco en intentar verme guapa para el trabajo, aunque la verdad en eso no tenía mucho éxito, y me seguía sintiendo fea en mi interior.

Un día x empecé a asistir a las clases de neuromarketing, las del turno nocturno. Esas clases no hicieron otra cosa más que empeorar mis síntomas de la ansiedad. Entraba en pánico con más frecuencia y me era más difícil controlarlo. Las clases empezaron a valerme nada, no me interesaba quedar con ninguno de mis compañeros, los odiaba, y a los profesores también.

Pensé en buscar a la vieja amiga de la familia: Melissa. Ella había sido amiga de confianza de mi difunta hermana y me agradaba. Quería para pasar tiempo y platicar con alguien de confianza, pero cuando logré contactarla me enteré que no estaba en el país.

Para evitar una nueva crisis de depresión, decidí enfocarme por completo en mi trabajo. Aquel trabajo que había conseguido gracias a la muerte de Patricia; irónica manera de comentarlo, pero así fue como conseguí el empleo de corredora de bienes raíces.

En un principio, fui una de las peores vendedoras. Estoy segura que no se deshacían de mí solo porque lo que le había sucedido a Patricia estaba prácticamente reciente. Pero empecé a mejor de manera paulatina, empecé a trazarme metas: en un mes debo vender tantas propiedades, al siguiente debo vender tantas... Y aunque en un principio me costó un poco, lo fui logrando. También en esa misma época empecé a preocuparme un poco por mi apariencia, y no es que las feas sean peores vendedoras, pero cierto es que todos prefieren comprarle a alguien bien parecido y bien arreglado.

Para empezar mi transformación, me dejé el cabello y las uñas en paz.

Y pues, no está de más mencionar que conseguí posicionarme como la mejor vendedora de inmobiliarios por varios meses consecutivos.

El anuncio que pregonaba que ya era hora de tomar mis vacaciones, y que no era posible seguir aplazando ni acumulando días, me agarró desprevenida. Sentí mareos cuando leí aquello, y los volví a sentir cuando la amargada de recursos humanos me lo confirmó. Sentí aquel viejo impulso estúpido de querer agarrar la tijera para acabar con la totalidad de mi..., de mi cabello; todo este numerito realizado en medio de un miedo irracional y desesperado, llorando cual loca, imaginándome devorada por la enorme soledad de aquella casa, ahora totalmente mía.

Me pasé toda la primera noche de mis vacaciones pensando, y es que luego del arrebato siempre llegaba un momento de reflexión, incluso de paz, y decidí que le daría una sorpresa a mi padre: iría a visitarlo. Tenía una vaga idea de cómo era ese lugar, pero en mi mente se dibujó un lugar ideal para descansar en mis días libres; y al igual que mi padre, yo solo eso quería: descansar. Pero a diferencia de él, yo no quería descansar en completa soledad.

A la mañana siguiente fui a la central de transmisión de mensajes a guardabosques a través de radio. Por lo que vi, creo que todos allí eran muy amigos de mi padre. Pude llamar a una de las oficinas para preguntar si había noticias o mensajes de mi padre, pero no lo hice, decidí ir personalmente porque estaba interesada en conocer de primera mano las indicaciones precisas para llegar al lugar donde estaba mi padre. Odiaría perderme, sería devastador.

El chico con el que conversé en la oficina, resultó ser el mismo que, casi siempre, atendía mis llamadas. Resultó ser más amable en persona que por teléfono, hasta me advirtió que llevaba manchas de chocolate en los dientes, creo que eso es ser amable. Nicolás era su nombre.

Nicolás dijo que no habían hecho contacto con mi padre desde hacía algunos días. Obviamente, aquella noticia empezó a inquietarme.

—Pasa regularmente —dijo Nicolás con tono apacible—. Hay dificultad para comunicarnos con estos lugares, sobre todo con los que quedan más al norte —señaló un mapa que había en la pared—, y es por allá precisamente donde está su padre. A veces pasa una semana o más y no sabemos nada de ellos. Nada que preocuparse.

La manera de hablar de aquel chico expresaba cierta seguridad. El intentaba mantener la calma y que yo también la mantuviera, quería que yo asimilara la idea de que no había nada de qué preocuparse, pero yo no pude evitar preocuparme. Preocuparme era de las cosas que mejor sabía hacer, pero no me preocupaba por los demás, me preocupaba por mí.

—¿Me podría dar las indicaciones exactas para llegar al lugar? —dije.

—¡¿Pretende ir sola?! —dijo Nicolás sorprendido.

—Claro —dije, fingiendo seguridad y convicción—. Usted ha dicho que no hay nada de qué preocuparse. Así que no veo ningún inconveniente.

Arrancó una hoja de una libreta, tomó un bolígrafo y comenzó a anotar las indicaciones. Cuando terminó de escribir, extendió su mano con la hoja.

—Tome —dijo—. Y tenga mucho cuidado. Si ocurre alguna tragedia tenga por seguro que los lugareños culparán al último forastero visto en el área.

Yo agarré la hoja. Le eché un ojo. Me costaba entender su caligrafía.

— ¿Qué es lo que dice la última línea exactamente? —dije y la piel morena del chico se acaloró.

A pesar de sentirme entusiasmada por el viaje que emprendería al siguiente día, aquella noche fui débil. Sucumbí ante las evocaciones más depresivas que la enormidad de la casa familiar me presentó de manera monstruosa e inhumana. Incluso el espejo ante el que me senté con aquella tijera sin filo, era enorme; y mi reflejo, aunque no tenía la mirada enfocada en él, advertí que era muy pequeño, incluso era de menor tamaño que la vieja fotografía familiar que estaba a mi espalda.

Más tarde, cuando fui a la enorme cama y me recosté me quedé dormida al poco tiempo. Vi más reflejos en mi noche pesadillesca: parecía no tener fin, como si fuera dando vueltas y vueltas en un carrusel, montada en un negro corcel, y había tantos espejos que me iban mostrando pedazos de un pasado, de un presente y de un futuro; cada uno más ilógico y desastroso que el otro.

Nohabía sueños para mí, solo noches y pesadillas, noches que no entendía, noches misteriosas,noches que buscaban con urgencia una mirada comprensiva de un Freud que no existía.

20 de Junio de 2020 a las 04:57 0 Reporte Insertar Seguir historia
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