zeuge Manuel Esteban Gálvez

“Si quieres llegar a convertirte en una bruja, tienes que aprender algo: qué es real, qué no lo es, y cuál es la diferencia" Terry Pratchett Vacaciones es un cuento rural donde la brujería y los dilemas familiares se entremezclan, y diferenciar una cosa de otra será tarea del lector.


Paranormal Sólo para mayores de 18. © C.C. Attribution-NonCommercial-NoDerivs

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CAPÍTULO IV. ¿A DÓNDE LLEVA EL RÍO SERENO?

Como lo había anticipado: el camino se puso difícil cuando dejé atrás los pueblos bajos, pero la Ford había sido una buena elección; la camioneta respondía y dominaba cada tramo que se presentaba.

A medida avanzaba, notaba que las casas estaban más dispersas y distantes unas de otras. Ya no viajaba por las planicies, sino por terrenos irregulares, por lomas de pendientes pronunciadas; casi siempre subiendo, pocas veces bajando.

Procuré conducir despacio y atenta. Poco me distraje con el vistoso paisaje boscoso y montañoso del lugar.

Ya bien entrada la tarde, llegué a la comunidad rural donde debía dejar el auto y donde estaba el puerto en el que debía tomar un transporte fluvial río abajo.

Conduje lentamente sus descuidadas calles observando los patios y las estrechas aceras: niños corrían en los patios, adultos se mecían en las sillas de los porches y perros de todos los colores, menos negro, corrían a mi lado sin dejar de ladrar.

Quería dejar el auto en una casa donde sus habitantes me inspiraran confianza.

Según las indicaciones después de pasar un puente sobre el Río Raso que escinde al pueblo a la mitad y deposita sus aguas en el gran Río Sereno, debía girar a la derecha, pero dudé en girar al pasar el puente porque a la derecha había dos entradas y la primera era angosta, y dudé que aquella calle llevara al puerto. Avancé hasta que me encontré a un lugareño que caminaba por la orilla de la calle. Era un señor de piel curtida por el sol que caminaba con las manos en los bolsillos de un pantalón azul desgastado. Bajé por completo el cristal de la ventana y le saludé, me respondió con afabilidad, le pregunté sobre el camino que lleva al puerto.

Tomé el atajo que me recomendó el señor Arcaico Trujillo, pero llegué a un cruce donde otra vez tuve dudas. Bajé todas las ventanas, agucé el oído para escuchar el rumor del río y cuando lo detecté, pisé el acelerador y en pocos minutos di con el lugar.

Llegué a un balcón natural protegido con un muro hecho con bambú que semejaba a una balaustrada, elaborado para evitar que alguien cayera 30 metros abajo al extraño y rudimentario puerto de cemento y piedra.

Desde arriba vi cuando llegaba una canoa con cuatro pasajeros más el conductor y su ayudante. Llevaban apuro: apenas bajaron de la canoa tomaron sus cargas sin sacarlas de las bolsas plásticas. Mientras ellos iban subiendo la extensa escalinata cementada, yo la iba bajando. Saludé de manera general y respondieron con desgano.

Al final de la empinada escalera aguardaba el ancho río, además de, por lo menos quince coloridas canoas, todas atadas con sogas a piedras y gruesas ramas que sobresalían en la ribera.

Quedaba allí, cerca de las canoas, un solo hombre. Eso me desanimó un poco. Me acerqué a aquel hombre con las piernas temblorosas debido al gran esfuerzo que implicaba bajar tantos escalones y me di cuenta que era tan solo un chico más joven y más guapo de lo que esperaba. Tenía ojos felinos y una barba un tanto descuidada y la piel que pedía a gritos un poco de sol. El chico compartía pocas característica física con los demás chicos la región, quizá solo se parecían en la baja estatura y en el pelo electrificado.

Me costó un poco comenzar a hablar.

—Buenas tardes —dije, sin poder controlar el temblor en la voz. La voz me temblaba igual o más que mis piernas.

—¿En qué puedo servirle jovencita? —dijo el chico guapo, con una mezcla de respeto y picardía. Me miró de arriba abajo—. Elio, para servirle.

Alguien gritó el nombre del chico desde arriba.

—¿Ya Yako quitó los motores? —dijo una voz femenina, desde más allá de la escalera; y aunque volví la mirada, no pude ver quién era— ¿O se quedan puestos?

—Los van a dejar —grito Elio, levantando una escopeta que hasta ese momento había estado intentado esconder de mí, y siguió gritando—. Yo soy el voy a cuidar esta semana.

La otra voz respondió, pero no recuerdo qué fue, porque ya yo estaba haciendo mi pregunta.

—¿Ya no harán más viajes hoy? —pregunté. Lamentaba haber interrumpido lo que decía la otra voz, pero ella me había interrumpido primero y mi pregunta era más importante.

—Mañana en la mañana a eso de las cinco, sale el primero. Como puede ver están todas las canoas aquí y solo quedo yo, quisiera llevarla, pero hoy me toca hacer guardia. Mi compadre, ese que estaba preguntando por los motores, era el último conductor disponible y se acaba de ir. Casi nunca hacemos viaje por un solo pasajero, y menos de noche, al menos que sea una urgencia, en ese caso se busca una solución. Son reglas. Si tiene dinero puede alquilar una canoa y manejarla usted misma.

Lo escuché atenta, y aunque pude sentir en un principio que un suave golpe de sangre me enrojecía la cara, esa sensación se había esfumado cuando él terminó de hablar. Lo mío no era una urgencia. Además, el señor Arcaico me había ofrecido hospedaje en caso de que no encontrara transporte. Manejar una canoa por cuenta propia, eso definitivamente no va a pasar.

—¿Me dijo que va a pasar toda la noche aquí haciendo guardia? —pregunté.

—Correcto —respondió Elio.

Escalones, otra vez. Mientras los subía, me felicité por no haber tomado la estúpida decisión de bajar el equipaje del auto.

—Hasta luego —le dije a Elio y él respondió con la misma línea.

Volví al auto y me dirigí a la casa colorada, a la que estaba justo después del puente. En la casa colorada conocí a la familia del señor Arcaico Trujillo y a sus animales. Todos los animales tenían nombres, desde las gallinas hasta los búfalos. Compartí con la señora Beatriz los productos que llevaba de la granja y a los perros que no dejaban de olfatearme les di la comida que había comprado en el restaurante. Los niños de la casa eran muy simpáticos y graciosos, se habían ganado mi cariño y mi atención con rapidez. Los niños no eran niños de juguetes ni cosas así, eran exploradores, curiosos en busca de aprendizaje y risas, pero a la vez recatados, y poseían una avivada imaginación que me fascinaba. En ese momento lamenté no llevar conmigo nada apropiado para obsequiarles, lo único que les ofrecí fue barras de chocolate amargo a cambio de la promesa que se los comerían al día siguiente. A los adultos les ofrecí ciruelas pasas.

Nunca pensé que pasaría gran parte de la noche interactuando con la familia. Los Trujillo me invitaron a cenar con ellos en su mesa, me mostraron donde dormía cada uno y donde iba a dormir yo. Se mostraron hospitalarios y me sentí muy cómoda con ellos.

Cenamos una modesta y saludable comida que agradecí con sinceridad porque todavía sentía revolotear aquella asquerosa mosca por mi garganta. Los adultos conversamos mientras cenamos, los niños tenían prohibido hablar hasta que terminaran toda la comida.

—Así que aquí celebran a Santo Ortiz —dije en medio de la cena, y todos rompieron en risas. No entendía por qué les hacía tanta gracia mi comentario, y debieron notar que me sentía confundida e incómoda.

—Así se llama el pueblo, ¿cierto? ¿No hacen procesiones y misas?

—No era un santo —dijo el señor, y todos volvieron a reír, incluso los niños.

—Para nada —dijo la señora—. En nada se parecía a un santo.

—Solo llevaba el nombre —dijo el señor.

Me reí un poco, pero la risa se debía a que no entendía de qué hablaban. El señor Arcaico notó mi confusión y entonces dijo:

—El señor que fundó este pueblo se llamaba Santos, y el apellido era Ortiz, por eso se llama así el pueblo: Santos Ortiz, y no Santo Ortiz. Espero haberle aclarado el asunto, y no se preocupe por la confusión que hay gente de aquí mismo que creen que viven en Santo Ortiz

—Que en paz descanse —dijo la señora Beatriz.

—Sí, que en paz descanse el diablo Ortiz —replicó el señor.

Me uní a las risas. Mi madre me repudiaría en ese momento por no saberme los nombres de todos los santos; y yo me alegraba de no tenerla cerca.

Por la noche, por insistencia de los niños, los señores me contaron leyendas y cuentos locales que lograron inquietarme, y estaba segura que me causarían pesadillas. Sobre todo aquel cuento sobre la adolescente que se enamoró de un recién llegado al pueblo: era un hombre atractivo de por lo menos quince años mayor que ella, él la invitó a pasar una noche en su cabaña que estaba ubicada en medio del bosque y la chica aceptó, pero la chica indecisa no se atrevía a ir sola. Una tarde se animó a ir a ver a aquel hombre, pero se llevó consigo a su hermana menor para que la acompañara. Lo extraño fue que las chicas no encontraron cabaña alguna, lo único que encontraron fue un granero que su interior estaba abarrotado con pilas de sacos llenos de arroz en cascara. Dentro del granero había una enorme litera de tablas con colchones improvisados y almohadones mal armados llenos de paja, y como la noche las atrapó en aquel lugar esperando al hombre, decidieron pasar la noche allí; les daba miedo volver a casa a esas horas. La adolescente enamorada subió a la cama de arriba y la niña menor se quedó en la de abajo. La niña no podía dormir entre aquellas incomodidades, se mantuvo desvelada, pero en aquel lugar hasta hablar le daba miedo, y se mantuvo totalmente callada. Transcurría alguna hora de la madrugada cuando la niña se dio cuenta que llegó un hombre, ese debía ser el hombre que su hermana quería ver, la niña escuchó cuando el hombre abrió la puerta, escuchó sus pasos hundirse en aquel suelo lleno de polvo y aserrín, lo escuchó subirse de un salto a la cama superior, escuchó cuando le dio un beso a su hermana. Al cabo de unos minutos, ya la niña no quería escuchar más de lo que sucedía allá arriba y se cubrió la cabeza con una de las sucias almohadas. Unos minutos más tarde, ya no se escuchaba el ruido en la litera de arriba, pero entonces afuera empezó a llover. Unas gotas comenzaron a golpear el cuerpo de la niña y esta se asustó. Si la lluvia que apenas estaba comenzando ya había penetrado en el granero pronto estarían empapados y con frío. La niña poco a poco se quitó la almohada de la cabeza y sus ojos se fueron acoplando al juego de los relámpagos. Cuando uno de los relámpagos iluminó gran parte del granero la niña pudo ver que no eran gotas de lluvia lo que caía sobre ella: eran gotas de sangre, además de pequeños pedazos de carne. Sus ojos se movieron en todas direcciones y con la ayuda de otro relámpago pudo ver lo que andaba buscando. Observo con el detenimiento que le permitió la duración de los relámpagos: vio que no había un hombre en el granero, había una bestia con colmillos, garras y sangre; aquello se encontraba devorando lo que quedaba de su hermana. La niña se paralizó cuando la bestia de un saltó quedó sobre ella y le dijo: "te salvas porque llevas ese crucifijo entre tus tetitas de cerda"; entonces la niña, sin saber cómo, salió corriendo sin estar segura sobre el rumbo que llevaba, gritando de miedo, dolor y angustia, tan fuerte que iba despertando y asustando a todo hombre que la escuchaba.

A las diez de la noche nadie parecía tener sueño. Estábamos en el patio, el cielo estaba estrellado, Venus relucía y Saturno le hacía compañía. Les señalé a los niños dónde se encontraba la Osa Mayor y la Osa Menor, y les conté la historia sobre la ninfa Calisto y su hijo, y cómo habían sido convertidos en brillantes constelaciones.

Más tarde, antes de irse todos a dormir, los niños soltaron los perros y entraron las sillas.

—Espero que no te despierten —dijo la pequeña Yeni—, a veces ladran mucho, pero tenemos que dejarlos sueltos, sino, en la mañana nos esperan las sorpresas.

Yo le obsequié una sonrisa y les desee buena noche a todos.

Escuché un disparo, vi venados aullando, vi ladrones, escuché ladridos, llantos de un niño, escuché un pájaro que golpeaba la ventana, vi un crucifijo arrastrado por un animal fantástico hacia el fondo de un lago, y nunca sentí frío.

Cuando me desperté, me fume un cigarrillo a escondidas. Luego fui a saludar a los señores y a los niños. Los niños lucían tristes y los señores preocupados.

—¿Qué ha sucedido? —me atreví a preguntar.

—Nuestro ganado se está enfermando niña —dijo el señor Arcaico.

—¿Te gustan los plátanos fritos? –preguntó la señora Beatriz con la intención de desviar el tema.

—Me encantan, señora Beatriz —dije—. Señor Arcaico, y qué le sucede al ganado. Mi abuela también ha criado ganado durante mucho tiempo, y también se le enferma, pero ella misma los cura, es muy buena en eso. Una vez la vi curando a una vaca recién parida que no daba leche, la vaca estaba hecha una furia con los trabajadores, pero con mi abuela fue como si nada; no sé cómo logra controlarlas de esa manera. Dice que si la madre no se cura a tiempo, la cría se muere de inanición y luego la madre muere podrida por dentro.

Podrida por dentro. Aquella frase la relacioné enseguida con la muerte de Patricia y de súbito se me quito el hambre y la mosca otra vez revoloteó en mi garganta. La familia debió notarlo porque todos me dirigían una mirada pasmada. Los niños parecían confundidos y los padres desconcertados. Intenté recuperarme.

—¿Sería mucha molestia si me prepara el desayuno para llevar? —le dije a la señora Beatriz —Tengo una vasija.

—No, para nada, no es molestia —dijo la señora con un rotundo cambio en su tono de voz—. Y puede llevarse los confites que les dio ayer a los niños, no los quieren...y nosotros tampoco.

—Su abuela sería de mucha ayuda —dijo el niño, Camilo, el de nueve años.

—No —dijo la madre, tajante, pero luego relajó su expresión, aunque no del todo—. La abuela de Normita debe tener muchas cosas que hacer, no deberíamos molestarla.

No tenía ánimos de expresar alguna réplica, así que me mantuve callada.

—Me cuidan el carro —les dije más tarde a los niños, después que me confesaran que se habían comido los chocolates en la noche. Solo me devolvieron dos barras.

—¡Claro! —dijeron los niños.

—Norma —me llamaba el señor Arcaico—, antes de irte, me gustaría que movieras el carro para atrás de la casa. Así no estorbará y no le dará el sol.

El señor Arcaico y los dos niños más grandes se habían ofrecido a acompañarme caminando hasta el puerto, para ayudarme con el equipaje y demás cosas.

Llevé el auto hacia donde me indicaba el señor, debía entrar en reversa por consejo del señor. La cámara de retroceso se encendió cuando puse reversa. Iba despacio, el señor me hacía señas que siguiera retrocediendo sin miramientos, pero yo seguía despacio. Me concentré en la pantalla, seguía retrocediendo y vi que me acercaba a algo negro, a un perro, uno negro, ¿uno de los perros negros que había visto antes?, imposible. El animal no se quitaba y el señor no se inmutaba en hacer que el perro se moviera, actuaba como si no lo viera. Di un vistazo a los retrovisores y no vi nada, ningún perro. ¡Qué extraño! Cuando vuelvo la mirada a la pantalla, noto que no hay un perro, la imagen se había hecho clara y vi a una persona tendida en suelo: una persona, una mujer, con ojos bien abiertos; de la boca le salían gusanos, el resto del cuerpo estaba cubierto de escamas negras y las piernas humeaban, además, una nube de moscas rojizas rodeaba a aquel cuerpo que parecía tender los brazos hacia mí. Me llevé la mano al cuello, buscando un crucifijo que ya no estaba, y el auto seguía retrocediendo, yo no reaccionaba. Perdía el control del auto, quería frenar en seco, quería despertar si aquello era un sueño, pero no pude hacer nada. Cuando logré reaccionar, con un sobresalto retrasado, pisé a fondo el pedal equivocado, y en vez de frenar, lo que hice fue acelerar. Sentí que le pasé por encima a aquel cuerpo quemado y desesperada apagué el auto de súbito. Quedó un sonido en el ambiente, era el sonido que indicaba que había dejado las luces encendidas, no supe ni en qué momentos la encendí. Salí del auto agitada, mareada y con náuseas. Miré adelante, con miedo, quería asegurarme que no había atropellado a alguien: no había nadie, solo vi una sobresaliente raíz, había pasado por encima de esa raíz. Cuando miré al señor Arcaico, vi que estaba con el corazón en la boca; ¡un segundo más y lo atropello! Le pedí mil disculpas, desde ese momento, hasta que llegamos al puerto donde nos despedimos.

El puerto tenía mucha vida a esa hora, y sentí que me relajé un poco.

Yo no era la única pasajera como la tarde anterior, pero si la que más equipaje tenía.

—Debe guardar todo en bolsas plásticas para que nada se le moje —dijo "el compadre" de Elio. Ese era el de la voz aguda y femenina. Un señor de cuarenta y tantos, bajito, moreno, hablaba con apuro y usaba gorra; a primera vista parecía buena persona.

—Llegó la chica que iba a estar aquí bien temprano —dijo Elio con tono socarrón y sarcástico. Yo no pude evitar sonrojarme y miré alrededor a ver si alguien se había dado cuenta de lo que había dicho Elio. Aquella mañana Elio tenía algo que lo hacía más atractivo, y yo sabía lo que era.

Eran las diez de la mañana. Me había dormido muy tarde y me había despertado más tarde de lo que había planeado. ¿Cómo era posible que Elio todavía estuviera ahí? ¿Acaso no tenía sueño? Yo me limité a forzar una sonrisa.

—¿No la molestaron las brujas? —dijo Elio acercándose más a mí.

—No —dije—, para nada. El calor fue lo que me molesto.

—Eso es normal por aquí —dijo—. Ya en la madrugada es que se refresca un poco la cosa. A mí me estuvieron molestando —cada vez se acercaba más, tanto que me empecé a sentir incomoda—. Para el calor hay remedio, un buen chapuzón en el río, como ya imaginarás.

Como tenía mucho equipaje, Elio y algunos de los pasajeros me ayudaron a guardar todo en bolsas plásticas.

—Guarde también ese teléfono si no quiere que se le caiga al agua —dijo Elio.

Antes de guardarlo lo revisé. Había cobertura, pero solo para SMS y llamadas.

Elio se despidió, agarró su arma y empezó a subir las escaleras con una destreza que envidié; subía los escalones de dos en dos, y a veces saltaba de tres en tres.

—Me alegro no haberla despertado con los tiro de la bendita —dijo Elio, deteniendo su ascenso; me miró y dio tres golpecitos al rifle; y enseguida retomó su agraciada marcha—, a veces es necesario usarlas para ahuyentar.

—Adiós —le dije, —ya me voy. No es necesario que la use para ahuyentarme.

Sin detenerse, movió la cabeza de lado a lado, y me pareció que sonreía.

—Agárrese —dijo "el compadre", cuando aceleró aquella pequeña embarcación.

El compadre me dijo su nombre, se llamaba Denis. Él iba atrás maniobrando el motor, acelerando, desacelerando y parando cuando era necesario; adelante iba Tomás, el ayudante, dirigiendo y desencallando la canoa cuando quedaba atrapada en pequeñas elevaciones de piedra y arena en medio de corrientes, de los que no se podía salir sin hacer palanca. Tomás casi no miraba hacia atrás, cuando lo hacía, lo hacía por pocos segundos.

Aparte de mí, iban cuatro pasajeros, supongo que todos estaban acostumbrados a viajar de aquel modo, era su diario vivir. Yo iba en el centro de la barca por consejo del señor Denis. No había chalecos salvavidas. Por las orillas del río había más personas esperando transporte, agitaban las manos para que nos detuviéramos, pero el señor Denis les indicaba con señas que ya no llevaría a nadie más.

El río se ensanchaba a medida seguíamos avanzando. Cada vez más cerca del mar.

Para romper el hielo, le pregunté al señor Denis que por qué nadie preguntaba nada acerca de mí, que me trataban como si me conocieran, que ni siquiera me habían preguntado hacia dónde me dirigía; y entre risitas, el ayudante Tomás, me dijo que no era necesario porque ya todos sabían de quién era hija, y que yo era un retrato de mi padre.

El agua del río era transparente y fría, la sentía golpear mi piel cuando en señor Denis aceleraban. Me gustaba como el agua tocaba mi cara. Lo que no me agradaba era la gran cantidad de agua se entraba a la canoa, no se sentía bien. Me quité los calzados para no mojarlos, y agradecí llevar pantalón corto aquella mañana.

Sobre el agua que había dentro de la canoa navegaba una vasija de totuma, y en una ocasión pasó cerca de mí, y la atrapé. Con la totuma empecé a sacar el agua que había dentro de la canoa, mojando un poco a los que iban detrás de mí, pero parecía no importarles, así que continúe. Realicé esa tarea hasta que llegamos a mi destino, casi dos hora más tarde.

Fue un viaje agradable, sobre todo porque a pesar del ruido del motor, hubo mucho silencio.

20 de Junio de 2020 a las 04:54 0 Reporte Insertar Seguir historia
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