erethkhial MariaL Pardos

Después de toda una vida de conflictos, entrenamientos e intrigas, Gali solo desea un poco de paz. Abandona la CIA y desoye los continuos llamamientos del Mossad. Su antiguo entrenador del Mossad, sin embargo, le hace una propuesta que no puede rechazar, viéndose de nuevo envuelta en tramas que no desea, y para las que tiene un talento especial. El pasado y el presente se confabulan para llevarla de un lado a otro del mundo, obligándola a saltarse su recién adquirida regla de no volver a matar.


Acción Sólo para mayores de 21 (adultos).

#Gali #cia #Mossad #aventura #acción
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Capítulo 1

Capítulo 1



Su madre chascó la lengua, a la vez que se giraba para atender lo que tenía en el fuego. Le disgustaba profundamente el perpetuo enfrentamiento entre padre e hija.

Ambos eran cabezotas y ninguno deseaba dar su brazo a torcer.

—No pretendo discutir, mamá —le dijo Gali.

—Para no intentarlo, te sale muy bien.

Shira Stern removió el interior de la olla con una cuchara de madera, esparciendo el olor del guiso por la cocina. A Gali se le hizo la boca agua. Pocas cosas añoraba tanto como los guisos de su madre.

—¡Es como si tuviese dos hijos en vez de uno! —exclamó Shira, sin dejar de revolver el guiso.

—Le pediré disculpas en cuanto vuelva. Lo siento, mamá.

Shira volvió a girarse, con la cuchara de madera llena de salsa y una mano debajo para que no goteara sobre el suelo.

—Prueba —le dijo, dando por zanjado el tema.

Gali sopló un poco y sorbió el contenido especiado. Puso los ojos en blanco y gimió de placer, al sentir los sabores esparciéndose por su boca.

—mmmmmm ¿Cuándo comemos?

—Cuando tu padre y tú seáis capaces de sentaros en la misma mesa en paz.

Comprendió que su madre deseaba que saliera y arreglara las cosas.

Jazier Stern estaba sentado en un banco de obra adosado a la casita, al sol, con los ojos entrecerrados para mitigar el resplandor.

Una espesa mata de cabello, prematuramente blanco, cubría su cabeza erguida. Se llevó el sempiterno cigarrillo a los labios finos y dio una profunda calada.

Gali meneó la cabeza. Ese había sido el motivo de su desencuentro de hacía unos minutos. Su padre fumaba demasiado, desde que ella tenía recuerdos.

Durante la noche anterior y esa mañana, lo había escuchado toser con persistencia, hasta que soltó la crítica que llevaba callando muchos años.

Bueno, eso no era cierto del todo. Aprovechaba cualquier momento para afearle esa conducta destructiva, pero esa mañana había sido más cruel que de costumbre. Y es que Gali no lo entendía, su padre era inteligente, y empezaba a entrar en una edad en la que le convenía cuidarse.

No valía con que la mayor parte del tiempo estuviese trabajando en las viñas, al aire libre, con que en otros aspectos de su vida se cuidase casi con exceso. Ese mal hábito podía matarlo.

Jazier siguió mirando al frente, desafiante, sin reconocer su presencia, ni siquiera cuando Gali se sentó a su lado en el banco.

Tras un minuto de silencio, él apagó el cigarrillo en un lado del banco y lo dejo caer para enterrarlo con el pie.

—Lo siento, papá.

—Oye, cariño siento mucho…

Se interrumpieron el uno al otro hablando ambos a la vez.

Se miraron y prorrumpieron en carcajadas.

Shira, desde la cocina, los oyó y sonrió también, al tiempo que negaba con la cabeza. Eran tal para cual.

—¿Te apetece un paseo antes de comer? —le preguntó su padre.

Gali asintió.

Caminaron despacio entre los viñedos de hojas verdes y fragantes, en comparación con la sequedad de la tierra.

Los israelíes apreciaban enormemente ese contraste y se vanagloriaban de cultivar una tierra yerma desde tiempos inmemoriales.

Aunque, en la sociedad actual, los kibutz no eran tan apreciados como lo fueron en el siglo XX, todos reconocían que habían sido la base del estado, de su sustento y economía desde la creación de Israel.

Ahora esos kibutz seguían abiertos, pero su identidad de cooperativas se empezaba a difuminar y la privatización imponía su ley, en aras de la globalización y el enriquecimiento.

Esas comunidades estaban perdiendo la identidad y era la razón por la que Jazier Stern adquirió su propia tierra.

Unas cuantas hectáreas de viñedos al lado mismo de la ciudad de Acre.

—¿Por qué aquí, papá? —le había preguntado su hija.

—¿Por qué no?

Seguir por ese camino hubiera supuesto un nuevo motivo de discusión, así que Gali lo dejó correr. Su padre no podía estar alejado de los conflictos, estos estaban en su ADN lo mismo que en el de ella.

Gali había nacido en Gaza, donde su padre desempeñaba un papel diplomático.

Durante algunos años, los conflictos entre árabes e israelíes dieron paso a una calma tensa.

Los niños jugaban en las calles, entrenándose para sobrevivir, todos podían sentir que tarde o temprano esa paz forzada, y forzosa, saltaría por los aires y los compañeros de juegos se convertirían en enemigos.

Gali ya era una niña temeraria que se adentraba en territorio árabe, donde tenía amigos con los que hablaba en su idioma, por cortesía. Al igual que a su padre, le resultaba fácil integrarse en la comunidad palestina, asunto que algunos de sus vecinos consideraban inapropiado ya que, incluso se preparaba a los niños para futuros enfrentamientos.

Sin ser consciente de ello, observaba cómo se entrenaban sus amigos y tomaba notas mentales para probar algunas de las técnicas que consideraba más eficaces que las que aprendía con los niños hebreos.

Antes de cumplir 8 años podía desmontar y montar casi cualquier tipo de arma corta con un mínimo de errores.

Con 10 años ya no se asustaba por el estallido de una bomba o por el sonido de disparos en la calle de al lado de la suya.

Para cualquiera que no viviera allí, ese comportamiento podía parecer aberrante: los niños deberían dedicarse a jugar y no a entrenar.

Ellos jugaban a entrenarse. Eran los futuros defensores del estado de Israel y sus amigos del otro lado de la calle, serían, algún día, los que defenderían el escaso territorio palestino en el que los habían arrinconado.

Fue por ese clima de tensión que su padre aceptó un puesto de agregado consular en Estados Unidos. Nunca se lo confesó a Gali, pero temía por ella, y el descontento que suscitaba en la comunidad judía por sus relaciones. Tras largas discusiones con Shira, decidieron que sería mejor alejarse unos años.

Un cambio de vida radical, en especial para Gali, que no entendía la tranquilidad con que se movían todos en las calles de Nueva York.

Nadie se tensaba por el tráfico, ni por los contenedores de basura, espacios potenciales para esconder bombas. No miraban de reojo a los edificios, en busca de un destello fugaz que indicara la presencia de un francotirador. La vida no giraba en torno a la religión ni la nacionalidad.

Gali terminó sus estudios en la gran ciudad y, cuando entró en la universidad, sus padres volvieron a Israel.

No le ofrecieron regresar con ellos, aunque Gali decidió compartir estudios. Dos años en Estados Unidos, otros tantos en Tel Aviv y volvería a diplomarse a norteamérica.

Gaza por fin fue desalojada por los israelíes, la situación era insostenible, e Israel no podía permitirse más conflictos. Lo supo de primera mano porque Jaziel Stern estuvo metido en las negociaciones.

La idea de Jazier de retirarse a un kibutz tampoco fructificó, aún eran necesarios sus servicios de compromisario en zonas conflictivas como los Altos del Golán.

Katzrin fue su siguiente hogar.

Gali iba a verlos asiduamente mientras estudiaba en Tel Aviv, y sus padres estaban muy orgullosos de ella.

Hubiese preferido no tener secretos con ellos, pero temía que no aceptaran de buen grado su decisión.

El Mossad contactó con Gali antes de transcurrido su primer mes en Tel Aviv. Le ofrecieron engrosar sus filas y, cuando ella lo rechazó, la nueva oferta la hizo meditar durante unos días.

Su estancia prolongada en Estados Unidos le había hecho tomar otra perspectiva de la vida, de lo contrario hubiera aceptado la primera oferta. Ahora era distinto.

Le ofrecieron entrenar con los instructores del Mossad mientras continuaba sus estudios, sin compromiso alguno.

Más tarde se enteraría de que siguieron su trayectoria casi desde su nacimiento, y que sus habilidades con las armas y en lucha cuerpo a cuerpo, no habían pasado desapercibidas.

Ya no había vuelto a entrenarlas durante su permanencia en Nueva York, pero eso no parecía importar.

Mientras sus compañeros de universidad pasaban horas en la biblioteca y en fiestas, ella entrenaba con instructores del Mossad. Incluso cuando estudiaba en su habitación, repetía automáticamente los movimientos del Krav Magá que estaba aprendiendo.

Si de pequeña le habían enseñado a montar y desmontar las armas sencillas, ahora aprendió a usarlas todas, con la mayor precisión. Olía siempre a pólvora, y llevaba oculto un cuchillo de combate a cualquier sitio.

En lo único en que se equivocó fue en pensar que sus padres no conocían aquella faceta suya. Su padre, en concreto, esperaba que usara sus habilidades para defender a su país. Ese fue uno de los primeros motivos de desencuentro entre ellos, cuando Gali le dijo que pensaba terminar sus estudios en Estados Unidos, según lo planeado por ella.

A esas alturas, sus habilidades eran del dominio de bastantes agencias, además del Mossad.

No le extrañó que el FBI contactara con ella en los primeros meses de su estancia en Estados Unidos como estudiante. Luego fueron varias otras, incluida la CIA.

Estos últimos le ofrecieron lo que venía pretendiendo desde hacía tiempo, y que no podía conseguir: la doble nacionalidad.

No se lo explicó a sus padres porque no lo hubiesen entendido. Tenía sentimientos encontrados respecto a su identidad. Nació y creció en Israel, pero había vivido la mitad de su vida en Estados Unidos y su alma estaba dividida.

Terminó sus estudios y, de inmediato, comenzó su adiestramiento en La Granja.

Durante la primera semana recibió su nuevo pasaporte. Además de las actividades físicas, sobresalía en operaciones tácticas y en idiomas. Hablaba como una nativa árabe, hebreo, inglés, francés, español y alemán. Lo último gracias a su abuelo paterno, superviviente del holocausto y colaborador de Ben Gurión en hacer realidad el sueño del estado de Israel, y que nunca le habló en otro idioma.

Entrar a formar parte de la CIA le supuso mayor alejamiento de su padre, que apenas soportaba sus visitas. Gali nunca le explicó el motivo de su decisión, así como no justificó su baja en la agencia.

La única que la comprendió fue su madre.

—No le debes nada a nadie, cariño —le dijo, mientras la rodeaba con sus rollizos brazos—. En la vida, lo único que tienes que perseguir es lo que te haga feliz.

Había sido feliz durante un corto espacio de tiempo. Horas…, no, minutos…, con un hombre que la odiaba y al que, seguramente, jamás volvería a ver, aunque eso no se lo podía explicar a su madre.

—Esta mañana me he encontrado con Vugman en el puerto —le dijo su padre.

Gali se tensó de inmediato y dejó caer la hoja con la que jugueteaba.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué quería?

—Venir a cenar esta noche —dijo tranquilamente su padre, unos pasos por delante de ella.

—¿Lo has invitado?

—¿Hay otra forma de enterarse de lo que quiere? —le preguntó él a su vez, con la respiración un poco forzada.

Gali podía haber aprovechado esa pequeña subida y la falta de resuello de su padre para incidir en su reproche sobre el tabaco, pero eso los hubiera conducido a otra disputa.

Llegaron a lo alto de la loma y Jazier Stern se giró para señalar con el brazo extendido a lo lejos.

—Mira eso, Gali, ¿no es magnífico?

Ella tuvo que reconocer que lo era.

A sus pies, a apenas tres kilómetros, se extendía la antigua ciudad de Acre, con su puerto abierto al azul resplandeciente del mar en calma.

Las murallas y torres hablaban de una historia densa, trepidante, donde las espadas cristianas habían combatido contra los sables sarracenos y turcos. Muchas culturas abigarraban sus callejones festonados de antiguas piedras y sangre derramada.

Ahora los turistas competían por llevarse los objetos de los bazares, y por ser los primeros del día en entrar en los pasajes que otrora se habían defendido con vidas y sangre.

Gali observó de reojo a su padre que, pasado el momento de exaltación, se había girado hacia el lado contrario, oteando a lo lejos, a los Altos del Golán.

Jazier Stern todavía pensaba que tenía un papel en la diplomacia de esa zona tan conflictiva, era eso lo que lo llevó a escoger el emplazamiento de su casa, y no las viñas. No soportaba pensar que la política internacional tuviera tanto que ver en un territorio que ni siquiera conocían.

—Papá, ya no es tu lucha…

Su padre asintió con gesto acongojado. No era solo la política internacional, sino la nacional, manejada en gran medida por ortodoxos que lo embrollaban todo más que los malos diplomáticos.

13 de Junio de 2020 a las 20:03 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

MariaL Pardos Lectora a tiempo completo, aprendiz de escritora a tiempo parcial. https://www.instagram.com/marial_pardos

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Palmeto Raven Palmeto Raven
Muy en tu estilo, me gustará leerlo cuando continues. Saludos.
June 14, 2020, 19:26
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