criandomalvas Tinta Roja

“Común es el sol y el viento común ha de ser la tierra que vuelva común al pueblo lo que del pueblo saliera” Nuevo Mester de Juglaría


Drama Todo público.
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Los favoritos de Dios.

Cultivaba una tierra que no me pertenecía, los designios del señor (tan inescrutables, tan insondables para la mente de un humilde siervo) habían decidido que todo era propiedad del señor marqués. A cambio, él me proporcionaba su protección y velaba, junto al señor obispo y su legión de capellanes, monjes y prelados, por mi virtud y por qué, si cumplo con todos sus preceptos y leyes, Dios premiará con el paraíso mi fugaz y lastimoso paso por la vida.


Así discurrían los años. Mis hijos crecían al igual que yo lo hice, y como yo mi padre y a su vez el suyo, así durante generaciones, en la ignorancia.

Los domingos íbamos a misa donde el señor cura, dándonos la espalda, nos hablaba en latín, un idioma que ninguno conocíamos. Después, en su sermón plagado de amenazas más o menos veladas, nos ordenaba respetar y obedecer a nuestro amo, puesto que así lo había decidido Dios, porque todos no somos iguales ante sus ojos, porque él tiene a sus favoritos.


De lo que producía, mi bien amado señor, ese a quien tanto debía, el que tanto me amaba y se preocupaba por mí y mi familia, se llevaba las tres cuartas partes. Después, con los impuestos, de un zarpazo me dejaba prácticamente sin nada.

Debía de moler mi trigo en su molino y cocer mi pan en su horno, pagando, claro está, un justo y razonable precio.


Si, trabajábamos mucho y pasábamos hambre, pero estábamos agradecidos. Contábamos con la protección del señor marqués y con la bendición de la Iglesia.

Cuando las hordas de los infieles, esos a los que Dios no apoya, invadían la tierra, robaban nuestras cosechas, nos asesinaban o nos secuestraban, para que en sus extraños dominios lleváramos una existencia aún más esclava, el señor marqués y sus soldados se encerraban en el castillo, cerrándonos la puerta y abandonándonos a nuestra suerte.


Al poco de que mi mujer muriese, dando a luz a mi… No sé leer ni escribir, y mucho menos contar o sumar, pero creo que alguien me dijo que era el noveno, llegaron los soldados y me llevaron con ellos junto a mis dos hijos mayores.

Apenas tuve tiempo de despedirme del resto. El que quedó al cuidado de todo apenas había dejado de ser un niño, pero había aprendido todo sobre como trabajar la tierra.

Partimos a la guerra. Parece ser que nuestras costumbres y nuestra identidad, estaban siendo amenazadas por nuestros malvados vecinos. Nos enfrentemos en un hermoso valle a otra turba de pobres diablos. El verde se tiñó de rojo, la adrenalina que producía nuestro miedo nos empujaba hacia adelante.

Acabó en apenas una hora, ellos perdieron la batalla y yo perdí a dos hijos.

Al cabo de unas semanas sitiamos el castillo de nuestro rival. El señor marqués nos había dirigido bien durante la contienda desde la segura retaguardia, él, y tan solo él, nos había llevado a la victoria.

Pactó la paz con el señor conde, el cual cedió algunas tierras con sus respectivos moradores a su hermano el marqués.

En poco más de un mes regresé al hogar que gentilmente me dejaba habitar mi señor, para encontrarme con un páramo yermo. Mis hijos eran demasiado pequeños para enfrentarse a plagas, ladrones y a cuervos.


Pasaban los años y mis hijos y yo languidecíamos. Algunos murieron por las pestes, otros, simplemente desfallecían de hambre y agotamiento. Finalmente, quedé solo.

Al poco llegó una nueva familia y me echaron de allí. Yo solo no podía llevarlo todo, y en pago a una vida de dedicación a su servicio, con guerra incluida, el señor marqués me expulsó de mi casa.

¿Mi casa? Lo olvidé por unos instantes, aquel lugar que había construido con mis manos, aquellas tierras que producían alimentos fruto de mi trabajo, no me pertenecían, Dios se las dio al señor marqués.

No podía irme de allí, yo también era una propiedad, era parte de su ganado, de su patrimonio. ¿Qué podía hacer? Nadie me ofrecería trabajo ni por un trozo de pan duro, estaba condenado a morir de hambre suplicando limosna a las puertas de la casa del benévolo y piadoso Dios.

Pero había aprendido a empuñar un arma, jamás los señores deberían de enseñar a morder a sus mascotas. Pensé en lo que hasta este momento ha sido mi vida y tomé la determinación.

No importa que mi alma arda en el infierno eternamente, nada, salvo la muerte, me apartará de mi cometido.
Voy a matar al señor marqués.



“Común es el sol y el viento
común ha de ser la tierra
que vuelva común al pueblo
lo que del pueblo saliera”*

*Nuevo Mester de Juglaría

13 de Junio de 2020 a las 10:49 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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