vampiredramaqueen Kenia De La Torre

Un fantasma acosa a una joven ingenua que trata de ayudarlo.


Paranormal No para niños menores de 13.

#fantasmas
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PASEO DOMINICAL

Solo a mí se me ocurre, pero es que no pude evitarlo, era como si algo ahí dentro me llamara y me incitara a entrar. Una voz en mi cabeza, un impulso...

Ya tenía tiempo pensándolo. Cualquier día de estos me bajo del camión y entro. Y lo hice.

El cielo estaba totalmente cerrado por nubes gris oscuro cargadas de agua; ni un molesto rayo de sol se filtraba, pero no llovía aún. La llovizna era constante, más parecida a una suave brisa, pero que, después de un buen rato de estar así, las gotas se acumulaban en los árboles y caían pesada y melancólicamente al suelo.

¿Y cómo no ser melancólica adentro de un cementerio?

Bien, cualquiera que no fuera yo, porque yo estoy loca y aquí me siento en mi ambiente.

Se respira tanta paz y tranquilidad en este lugar. Aquí el silencio habla junto con el sonido de la lluvia, opacando de cierta forma, el ruido del tráfico externo, ya que el Panteón Municipal no. 1 está ubicado en medio de la ciudad, frente a un centro comercial.

Es fascinante ver las fechas, las tumbas, como el paso implacable del tiempo ha hecho mella en ellas.

De pronto, mi madre llama. Le respondo, no tengo porque negarme aunque ella vea cualquier tardanza como una afrenta personal.

—¿Dónde andas? —Reclamó.

—En el Panteón número uno, el que está enfrente de La Cachani...

—¿Haciendo qué? ¿A quién tienes ahí o qué? —Interrumpió diciendo en tono de broma, ya que ese cementerio era más un monumento histórico que algo funcional.

—No, pues a nadie. Estoy viendo, nada más. ¿Sabes que hay tumbas aquí desde los mil ochocientos? Y no se han caído —dije entusiasmada con el dato—; ni siquiera con los temblores. Algunas sí, pero otras ahí siguen.

—¿Así, lloviendo? No te vayas a caer adentro de una, ¿luego quién te saca? A ver si no se te pega "algo".

—¿Algo como qué?

—Pues algo, un espíritu, a lo mejor... —dijo en un tono misterioso, como intentando asustarme, a lo que yo respondí con una carcajada:

—Uy, que "miedo".

—Acuérdate que te dije el otro día de la mensa de la peluquera. Luego ahí andaba con chorro porque la estaban espantando en la casa.

—Pero yo nada más vine a ver, no a andar haciendo brujerías. Si hasta permiso les pido cada vez que voy a pasar.

-—¿Y te lo dan? —Se burla.

—Sí, me dicen: "Buena tarde", "pase usted". Ya ves que antes eran más educados que ahora.

Al pasar por un mausoleo abierto y abandonado, una parvada de pajarillos salió de pronto haciendo que me espantara, gritara, resbalara y soltara el teléfono, mismo que se me cayó con el susto y se llenó de barro. Daño total. Se apagó y quedó hecho añicos cuando mi pie lo encontró antes que mis ojos. Rayos, ahora mi mamá debe estar pensando sabe dios qué cosa, tendré que continuar con mi expedición funeraria en otra ocasión.

—¿Se encuentra bien, señorita? —Preguntó el dueño de una voz masculina pero suave.

—Si, gracias, solo se me fregó el celular —respondí sin mirar quien me hablaba.

—¿Celular? ¿Pero se encuentra bien, cierto? La escuché gritar y creí que se había lastimado.

—Mi bolsillo se lastimó, no tengo para comprar otro. Pero gracias por preocu...—levanté la vista después de tratar de recuperar mi teléfono y nadie estaba cerca— ...parse.

Creo que cualquiera en mi lugar habría salido corriendo histérico de ahí, pero a mí más que temor me inspiró curiosidad. Al menos me hubiera dicho su nombre y lo habría buscado alrededor. Creí que se trataba de un visitante con urgencia repentina por marcharse y al verificar que estaba bien, se retiró.

Pero ni siquiera pude verle la cara por estar tan preocupada por el mentado celular que, además, ya no tenía remedio.

Lo único que pude ver fueron unos pantalones de vestir negros y unos zapatos del mismo color, eso sí, impecables.

Sacudí las plastas de lodo de mis zapatos y me encaminé a la salida, pero era resbaloso, se pegaba como una canción molesta en la mente y, si no hubiera sido porque me sujeté al macetero de una de las tumbas, habría quedado igual que mi teléfono.

Algo que noté durante mi paseo, fue que en todo el piso había diseminadas flores de plástico. Recogí unas, las enjuagué en un charquito de agua más o menos limpia y las coloqué sobre la tumba que evitó que cayera.

—Pues muchas gracias... Braulio Ortega. Ya me voy antes de que mi mamá llame a la ambulancia, la PGR, el SWATT y demás, para que me rescaten. La vemos luego.

Hasta pronto.

El frío estaba arreciando y la lluvia también. Me puse mi chamarra de fieltro gris —abrigadora y casi impermeable, por lo que era mi favorita—, disponiéndome a regresar a casa.

Salí del cementerio sin saber que alguien me seguía. Pero estaba tan preocupada por llamar a mamá que, aun siendo tan paranoica, no lo noté. Mi chamarrita estaba mojada y el viento frío se colaba por las mangas; me urgía un café.

Entré a una de esas tiendas de autoservicio que hay en cada esquina y fui directo al área del café. Acababan de pagarme, así que opté por un capuchino aunque estaba más caro. Lujos que se da una a veces.

Había solo dos personas, mujeres las dos, además de mí y un dependiente. Nadie entró, lo sé porque el lugar era demasiado pequeño y lo habría notado. Pero al pararme frente a la vitrina del pan, vi que un hombre joven me miraba con insistencia. Miré atrás y si, no había nadie. Volví a lo que estaba haciendo, no sin cierto nerviosismo, pero ese hombre seguía atrás de mí, podía sentirlo aunque no lo pudía ver. Las otras dos mujeres salieron i, solo quedamos el dependiente y yo, pero él no se parecía en nada al sujeto que me observaba.

Miento si digo que no tenía miedo. Esta vez sí me alarmé. Le pregunté al que estaba en la caja que donde había ido el joven que venía conmigo. Sin levantar la vista del teléfono me dijo que no sabía. Proferí una maldición, impaciente porque ese tonto me estaba ignorando.

—¡Hey! ¡Te estoy hablando!

—¡Que no, no vi a nadie!

—¡¿Cómo vas a ver lo que sea si no dejas de jugar con eso?!

—¡Entraste sola! ¡¿Estás loca o qué?!

Su celular salió disparado hacia la pared de enfrente destrozándose en el acto.

—¡Maldita loca! ¡¿Por qué hiciste eso?!

—¿Estás tarado? ¡Yo ni siquiera lo toqué!

—¿O que, fue tu amigo imaginario?

—Cóbrame el maldito café.

—Lo que te voy a cobrar es mi teléfono.

—¡Estás baboso!

El tipo enloqueció, saltó sobre el mostrador pero para que no me fuera, me sujetó del brazo de manera violenta, Pero como a mí me dicen "la dejada", le arrojé el café caliente en la cara y salí corriendo de ahí a toda velocidad.

Corrí y corrí, y que estuve lo suficientemente lejos de su alcance, paré. No hago ejercicio y mi condición física es pésima así que estuve tratando de recuperárme por al menos diez minutos o más. Me senté en una banca a descansar. Ese hombre me tenía perturbada. No el dependiente, ese gordo se di por vencido en la primera cuadra, sino el hombre tras de mi.

Solo recordarlo me producía terror. No pude apreciar la forma ni el color de sus ojos. Era una figura pálida que me observaba mientras peleaba para sacar el vaso y servirme el café de la máquina. Por un momento traté de calmarme y pensar que se trataba de alguien que esperaba para hacer lo mismo en ese reducido espacio, el problema era esa sensación y los vellos de mi nuca erizados.

Un suave aroma floral invadió el aire a mí alrededor, cosa extraña porque fui a sentarme precisamente al lado de un bote retacado de basura y no había una sola flor en todo el parque. Ya recuperada y preparando me para irme, un par de manos se posaron sobre mis hombros.

—Mira detrás de ti.

Eran unas manos de hombre, finas y alargadas. Llevaba una camisa blanca y unas mancuernas de oro. Y esa voz... Idéntica a la voz que escuché en el cementerio.

Hice lo que me dijo —tan obediente yo— y vi su cintura; subí poco a poco la mirada y llegué hasta el pecho. Pero me detuve, no tenía valor para ver su cara y llevarme el susto de mi vida, con dos diabéticos en casa era más que suficiente

—No me tengas miedo, no te haré daño.

Se suponía que no hablara con él, primero, porque era un extraño; segundo, porque era un extraño que tal vez estaba muerto.

En ninguno de los casos era prudente. Pero prudencia no es mi nombre, y mi lema solía ser "La curiosidad mató al gato, pero murió sabiendo la verdad" y allá voy... Tres... dos... uno...

—¡Santo Cristo del Golfo! —Grité, mientras algo me subía y me bajaba por dentro al momento de ver su rostro, desdibujado, con manchas negras y profundas donde debían estar los ojos.

¡Era él, el que estaba detrás de mí, el de la vitrina! Cambio y fuera, a dormir. Perdí el sentido, en el centro, en un parque, lleno de viciosos y con casi todo mi sueldo en la bolsa.

11 de Junio de 2020 a las 05:02 0 Reporte Insertar Seguir historia
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