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Muerte, un humilde pensamiento

¿Qué es la muerte? Una banalidad.

¿Os esperabais algo más de mí? Me temo que no hay mucho más que eso, una mera banalidad de una sociedad abocada a un destino irrevocable. Una sociedad que no quiere asumir que morirá, que muere y que está muriendo a cada instante que sigue viviendo. Nos vemos rodeados de alienaciones que nos recuerdan constantemente la muerte hasta el punto en que nos hacen convivir con ella y no solo eso, nos preparan, nos determinan y controlan todos nuestros pasos para alejarnos de ella cuanto más podamos. La religión pagana, la primera manifestación de la conciencia de un mundo más allá de la vida. ¿Qué hay más allá de la vida? La muerte es solo el paso. Es solo un trámite, un mero puente, decían.

No estoy hablando de religión, sino de muerte.

El tiempo es otra alienación que nos aboca a esa muerte. Expresiones burdas, absurdas e inexactas como “Te quita tres años de vida”, “Vivirás más si…”, “Te has librado de la muerte”. Me temo, queridos lectores que nadie se libra de un destino permanente. Nadie es ajeno al rumbo de la degradación de nuestro propio cuerpo y nadie sabe, si en algún momento, está al límite de su tiempo. La comida sana no prolonga nuestra vida. Quitémonos ya ese estigma de nuestras mentes adiestradas. Tan solo hace, y no siempre, que nuestro nivel de vida, en cuanto a estado de salud, sea más alto. Comer sano no evita un cáncer de pulmón, ni que un bus te atropelle al pasar por la calle.

¿Vivir más? ¿Y eso a quien le importa? Yo no quiero vivir hasta quedarme inutilizada en una silla porque mi estado de vejez no me permita seguir con una rutina normal. No quiero ser la carga de nadie y menos sufrir el abandono progresivo de mi autonomía como persona. Quiero comer en un buen restaurante, quiero pasear bajo la lluvia y que esta no tenga reparo en empaparme. Quiero sentir el cálido beso de alguien en mi mejilla, quiero una larga y amena conversación con una copa de vino. Ver pasar los días sin más pensamiento que evitar un día más a la muerte es una tortura peor que el propio final. ¿Quién quiere postrarse a esperar a la muerte? Me pegaría un tiro, ahorrándole el esfuerzo a la muerte y me libraría de una condena innecesaria.

Una vez más, a quienes me conozcan, les recordaré que mis palabra son frías pero no por desconocimiento, sino por pura frialdad de mi alma. He conocido amigos que han fallecido, he tenido familiares que han fallecido. La muerte forma parte de nosotros y de nuestro entorno tanto o más que la propia vida. Vivimos en constante compañía y concordia con la muerte. Vida y muerte no son archienemigos ni oxímoros*. Amos son la misma visión de la vida con caras diferentes. Donde hay vida, hay irremediablemente, muerte. Siempre que algo esté viviendo, muere a la par y quien está en plena descomposición de sus órganos aun con la bendición de la vida, se está viendo arrastrado por la muerte. Yo muero cada vez que mi corazón palpita, y vivo, al mismo tiempo en una constante sucesión de segundos, minutos, horas. ¿Qué importa? Nada, en absoluto.

¿La vida eterna? Eso sí que es algo llamativo, ¿verdad? ¿Quién no ha pensado alguna vez en ser alguien que no muere, que no cambia, que no muta, que no se transforma? Alguien puro como un ángel, maldito como un demonio. Yo misma me he cuestionado qué haría en todo ese tiempo de vida que se me propondría por delante. Leer, sin duda. Pero rápido me doy cuenta de que no es vida, lo que se me presenta, porque no existe vida, si no hay muerte. ¿Qué es entonces? La prolongación de un estado permanente hasta el infinito. Lo importante de las emociones es que son momentáneas, instantáneas, vanas, fugaces. ¿Qué tiene de especial un beso si puedo rememorarlo, repetirlo y saborearlo el resto de mis días? ¿Qué gracia tiene una copa de vino si puedo saciarme con esa misma el resto del fin de mis días? Todo dejaría de tener color, sabor, aroma, tacto, gusto, placer. El mundo se iría transformando en una masa gris de la falta de emoción. La gracia desaparece por completo, y me hace pensar que tal vez, al fin y al cabo, ser mortal no está tan mal.

Por eso no entiendo la constante obsesión por alcanzar la vida eterna, la juventud, la impasibilidad de un rostro sin líneas de envejecimiento, la impoluta expresión de alguien que quiere parecer que no muere, que no se transforma. La idea de inmortalidad no es humana, no es moral, al igual que no es real. La muerte está en todo lo que tiene vida y mientras sigamos siendo materia, seguiremos transformándonos. ¡Qué hermoso es cambiar! Pasar de niños a adultos, pasar de adultos a la vejez. La vejez no son líneas de expresión, es experiencia adquirida, es vida disfrutada, trabajada, sufrida y luchada. ¿Y qué importa si morimos jóvenes? Maldita la falta de vivir más si moriremos de todas formas. Yo no ajustaré cuentas con nadie a la hora de mi muerte, no me arrepiento de nada y de nada tengo que confesarme. Los pecados son mis logros adquiridos y mis cicatrices, los errores de los que he aprendido. ¿Y qué si muero? Eso es que he vivido. Pero mientras siga viviendo, seguiré aprovechando cada pequeño segundo de mi vida en no desperdiciarlo pensando que alguna vez, de forma irremediable, la muerte me alcanzará. Eso está en nuestro ADN desde que nacemos. Y ahora que sabemos esto, convivamos fielmente con ella, burlémonos a su costa mientras nos persigue apuntándonos con su afilada guadaña.


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Oxímoros: Este recurso corresponde a la figura literaria llamada oxímoron, que consiste en formar un concepto nuevo, con sentido metafórico, a partir de la combinación de palabras con nociones de significado opuesto: “instante eterno”, “vista ciega”, “secreto a voces”.

10 de Junio de 2020 a las 17:55 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Cynthia Macchiato ¿Saben por qué comencé a escribir? Porque los ataques de ansiedad provocados por el nivel de mis estudios eran cada vez más frecuentes y me vi en la obligación de encontrar un mundo alternativo donde poder desahogar todos mis demonios.

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