clarence Clara de Narciso

¿Qué pasaría si nuestra vida se acortara a causa de los errores que vamos cometiendo durante esta? ¿Y si alguien juzgaba el plazo de cada persona en la Tierra? Mei Ling es una mujer con miedo a quedarse a solas consigo misma y que vive desapegada de todo lo que le rodea, llenándose desde la adolescencia de personas que no le aportan y acallando sus remordimientos. Una noche descubre, en sus sueños, que unos individuos evalúan las decisiones que lleva tomando desde que tiene uso de razón. Debía cambiar si quería huir de un destino fatal. Uno que superaba a la muerte.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.
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PRÓLOGO

Estaba sola.

La mujer en cuestión emergió del portalón giratorio de la editorial, aferrándose a una bolsa de tela abultada por carpetas que parecían haber sido recogidas en el último momento. Corrió con el almuerzo aún raspándole la garganta y acudió a la cita de las cuatro en el centro de adopción. Las obras de la calle la distrajeron, las taladradoras ensordecían los pensamientos negativos que le incitaban a retroceder y la polvareda de las losas molidas se adhirió al bajo de su falda como un estampado permanente. Sacó las llaves del bolso y llamó a su coche pulsando el interruptor que colgaba de ellas, entró por el asiento del conductor — por el que por poco tuvo que salir de nuevo al enganchársele parte del pelo en el marco de la portezuela — y lo hizo arrancar, sosteniendo el volante y dejando un rastro de sudor por el cuero. En las paradas de los semáforos aprovechaba para retirarse con el dorso de los dedos el rímel humedecido bajo sus ojos, las gotas que le cosquilleaban el labio superior y se palpaba ya con toda la mano la frente perlada en sudor.

«Estoy sola pero no importa. Ya no te importa. Porque vas a ser madre.»

Salió propulsada de su asiento tras aparcar descuidadamente en segunda fila de dos carriles y caminó abiertamente, con el sonido de sus zapatos de caballero palpitando la acera, las escaleras del portal, y cesando al poner los pies en la alfombra de la entrada. Tomó aire, se sostuvo el pecho con la mano para pausar su estado de agitación. Caminó en dirección a la mesa de recepción preguntando por una tal Susana que llevaba las clases de infantil y sobre la cita acordada para ver al niño. El hombre protegido por su mesa pared que atendía las llamadas le indicó que tomara asiento mientras iba a buscarla al piso de arriba. Se levantó de la silla hundida del uso y caminó con el aire filtrado entre los renglones de los ventanales ahuecándole la ropa moteada de enfermero. Ella vio como la silueta del hombre desaparecía al subir por las escaleras, quedándose a solas con las palabras malsonantes de su mente y sus piernas separándose en el banquillo, esperando que parte de esa brisa le rozara la parte interna de sus muslos. Trazaba círculos alrededor de los nudillos. Seguía con el dedo las venas de sus manos que terminaban en sus muñecas con el corte de la manga. Revolvió el bolso e hizo aparecer un espejo de mano, reflejando sólo la mitad aumentada de su rostro achatado. Se puso a contar los lunares alineados desde el nacimiento del pelo hasta la mandíbula. Guardó el espejito cuando estuvo satisfecha y luego se llevó el cuello de la camisa a la nariz, aspirando en busca de algún hedor rancio. Deslizó las manos por sus medias y pellizcó con placer culpable el inicio de una carrera en el tobillo. Se quedó con la cabeza gacha, dando la apariencia de tener la mirada puesta en el suelo de granito a los niños que pasaban enajenados frente a ella, cuando en realidad repasaba el perfil de aquel hueso.

«De más joven solía decirme que le gustaban mis tobillos. Da igual qué zapato lleve, ahora no dejo de mirarlos.»

Vio al joven recepcionista acompañado de la mujer por la que había preguntado —una señora alta y oronda, de piel muy oscura, ojos de un blanco brillante y paso animado, como si hubiese nacido para liderar excursiones. —. Estaba a muchos pasos de ella, como un escolta. Pero él regreso a su puesto arrinconado y Susana se acercó a ella, que se aguantó la risa por el sonido de ventosa que dejaban sus zuecos.

—Es la señora Mei Ling, ¿verdad?

—Sí, soy yo, hablamos por teléfono el martes, encantada. —le ofreció la mano con mucha educación, sosteniéndose el antebrazo con la otra y estrechando a Susana.—¿Leyó el informe que dejaron en la oficina? Me dijeron que tras revisar la casa y la entrevista…

—Me llegó, en principio no tiene que pasar por más trámites. Puede respirar tranquila, ahora viene la mejor parte para usted. —tras terminar la frase Mei se puso a rebuscar en el bolso, ya como un espasmo por los nervios, un álbum encuadernado del tamaño de una postal.

—He traído algunas fotos para que se familiarice un poco…

—Lo agradecerá, nunca es demasiado interés. —Susana ojeó su reloj de pulsera, lo hizo tan rápido que Mei vio que fingía, que sabía la hora de antemano. — Aún no es la hora de la siesta así que estará más tranquilo. Venga conmigo, vamos a hacerle la visita

Marcharon más como un recorrido por el centro que una visita concreta ya que la habitación del niño se encontraba muy al fondo en la primera planta, —de paredes verdes y floridas, envueltas en fotos que trataban de parecerse a dibujos y esbozos pintorescos imitando a fotos. — la de los infantes. Susana caminaba por unas escaleras memorizadas mientras que Mei iba descoordinada. Se sacudía, por hacer algo, el polvo blanquecino de la falda. Sorbía por la nariz, tosía sin picor y un sinfín de detalles que la hacían destacar entre los que convivían en ese centro, siendo una invitada o un vecino temporal.

Susana entró en la susodicha habitación, Mei imaginó que la estaba introduciendo. Durante la espera escrutó la espalda inclinada de Susana subiendo y bajando, pero nunca erguida del todo. Giró sobre sí misma y vio las vitrinas que había dejado atrás, en el centro del pasillo, exponiendo premios de torneos de escritura, dibujo y atletismo. Luego regresó la vista a la puerta, encubriendo el tono de voz por lo menos diez veces más amable de Susana y la voz diminuta y adormilada del niño desconocido.

—Ya puede pasar. —enunció Susana, devolviendo todo su cuerpo al pasillo.

Mei tragó saliva, carraspeó y entró.

Algo no iba bien.

Nada estaba bien.

Nada más ver al niño supo que el mundo giraba por el lado contrario, que su plan de vida era una broma de mal gusto, sin sentido, una vuelta de tuerca.

Todos sus recuerdos revoloteaban sin seguir una cronología y el pasado se juntaba con un presente— que creía ser sólido, real, sostenido por uno pilares que había construido—con un futuro que obviamente desconocía.

Decir que se trataba de un deja vú era quedarse corto.

Aquello era un error de la naturaleza.

Una paradoja.

Un laberinto.

Como si alguien tratase de encontrar una solución inalcanzable de un problema matemático.

Y todo volvía a repetirse.

13 de Julio de 2020 a las 07:43 0 Reporte Insertar Seguir historia
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