aragonz-escritora 𝓐𝓻𝓪 𝓖𝓸𝓷𝔃

Hannah Martin, una mujer latina que, como tantas otras, debió aceptar aquello que el destino le tenía preparado y sobrevivir. Ella carga con un pasado dolorosamente traumático, lleno de abandonos, pérdidas y marcas. Un presente incierto que la obliga a enfrentar sus demonios y, sobre todo, que la insta a decidir si acepta ―o no― la promesa de un futuro diferente. Chris Edwards, un ser atormentado por decisiones ajenas que cambiaron su vida y abrieron las puertas de su infierno personal. Un cantante en decadencia que batalla contra sus propios fantasmas y se atreve a luchar por una Boca de Cereza que lo tienta como ninguna. Brandon Collins. Un hombre solitario, racional e indescifrable. Una decisión del pasado cambió su vida y eso, definitivamente, alteró su futuro. Se juró jamás volver a cometer errores o traicionar… hasta que ella regresó. ¿Puede el amor curarlo todo? ¿Podemos perdonar los golpes y traiciones? ¿Existen las segundas oportunidades? ¿Podrá Hannah confiar en sus capacidades, sus instintos y en su pobre corazón lastimado? ¿Tendrá Chris la capacidad de perdonarlo todo y comenzar de nuevo?¿Encontrará Brandon la absolución que tanto necesita para vivir en paz? Amarás y odiarás a cada uno de los personajes. Nadie, absolutamente nadie, completamente bueno o malo. Todos llevamos demonios y deseos reprimidos. Todos podemos pecar y, definitivamente, todos estamos jodidos.


Erótico Sólo para mayores de 21 (adultos). © Todos los derechos reservados. Safe creative ©1903250389897

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Introducción.

Hannah

¿Mi día podría ser peor?

Si, definitivamente, puede serlo. Soy consciente que recién inicia mi calvario diario. Y no es que vaya por la vida quejándome de mis desgracias ―bueno, ¡no tanto!― es que, realmente, ésta vida que llevo es aburrida, deprimente y monótona. Claramente, no se parece en nada a la que sueño con tener.

Me llamo Hannah Martin, tengo 28 años. Vivo en una isla Caribeña pero no diré cual, porque no creo que sea importante ¿O sí? Bueno, la cuestión es que, dicen que vivo en un paraíso tropical y, seguramente, «envidiarán mi buena suerte».

Muchos pensarán que es maravilloso poder vivir en un lugar paradisíaco. Sin embargo, les diré algo: todo lugar de ensueño, deja de serlo, cuando vives en él. ¿Por qué? Simple, porque todo aquello de lo que te quejas en tu vida ―cuentas que pagar; el dinero que no alcanza; el clima que no es el que amas; el pensamiento de la gente que te rodea― Todo, absolutamente todo eso, también lo vivimos aquí. Y cuando ustedes vienen a descansar, a disfrutar de un lugar de ensueño y escapar de los problemas, nosotros lo estamos haciendo posible.

Los que vivimos aquí, estamos para satisfacer sus necesidades.Y mientras ustedes caminan por la playa o disfrutan del mar y el sol, los lugareños corremos, de un lado a otro en nuestros hoteles, para darles un buen servicio.

En fin, que la playa suelo verla sólo desde lejos. A veces, termino tan cansada que, en lo que menos pienso, es en colocarme un bikini y disfrutar del mar.

Trabajo en un Resort, de esos que todos sueñan visitar. Un complejo hotelero que tiene las necesidades y caprichos, de sus más exigentes huéspedes, cubiertos. Empecé a trabajar aquí hace varios años y haciendo de todo. No se me caen los anillos por limpiar o cocinar así pues, aunque hoy ocupo un lugar en la recepción del hotel, si mis compañeros necesitan ayuda, suelo cubrir sus puestos en mis ratos libres. Por esa razón, tiendo a dormir poco y, con frecuencia, llegar tarde.

Bueno, también llego tarde porque tengo un cierto «problemilla» con un señor llamado Vodka, pero eso sólo sucede cuando me encuentro en momentos de crisis existencial.

Carlos, mi jefe, siempre puede hacer que mi mundo se vuelva un infierno. Ya imaginaba, sus gritos porque, de nuevo, llegaba tarde. Pero es que mi vida es un caos y yo, debo confesar, estoy perdiendo mis últimos destellos de fuerzas.

Por más que quisiera, no puedo seguir luchando contra lo inevitable: Volver a Europa.

Sinceramente, no deseaba viajar. El mero hecho de pensar en volver, provocaba que los fantasmas del pasado regresaran ¡Esos malditos invasores de pensamientos que no me dejan tener una noche en paz! Imágenes dolientes que danzaban entre mis sueños, convirtiéndolas en pesadillas. Tal vez, por esa razón, dormía cada vez menos.

Sabía que volver era un gran error, pero no podía evitarlo, no sin decir toda la verdad y, sinceramente, no estaba preparada para ello. Creo que nunca lo estaría.

La angustia que se apoderaba de mí, en momentos de soledad, se incrementó cuando Patrick ―mi hermano― llamó. Él había vuelto a insistir en su pedido: debía viajar a Londres, lo antes posible o, en su defecto, pisar Viena en menos de 15 días.

Me negué, ¡Juro que lo hice! Pero fue tan insistente anoche ―cuando hablamos por Skype― que el cansancio y la soledad que me consumían, me hicieron claudicar. Había aceptado, ya no quedaban excusas para posponer el viaje. Bueno, podría contar la verdad pero eso implicaba que Patrick se volviera loco. No, definitivamente, no era buena idea. Ese secreto debía morir conmigo.

Y ahora, se acercaba el momento de enfrentar a mis fantasmas e intentar cerrar una historia, para así, poder pasar página e iniciar un nuevo capítulo en mi vida. Ésto sería un gran desafío a superar. Y aunque temiera hacerlo, sabía que debía armarme de valor y plantar cara a mis problemas.

Rogué al universo para que me diera fuerzas y no claudicar en el intento.

Mi noche fue un desastre. Lloré todo lo que no había llorado en años, sí es que eso es posible, porque cada noche me dormía llorando. Todo el miedo y dolor que sentía, lo dejé salir. Una botella de vodka fue mi dama de compañía, como siempre.

Desperté en el suelo de mi cocina. Mi cuerpo parecía haber recibido miles de golpes. Me levanté como pude, entre quejidos e improperios murmurados.

Una ducha de agua caliente ―casi hirviendo― no hizo milagros, aún me dolían hasta las pestañas. Unas marcas violáceas bajo mis ojos delataban mi desvelo. El espejo, aún empañado, no devolvía una imagen alentadora y me pregunté por qué seguía castigándome por algo que no fue culpa mía. Y mi humor... bueno, era la misma cosa de siempre: horrible.

Los golpes, contra mi pared, me habían despertado. De nuevo, mi vecino estaba disfrutando. ¿Que cómo lo supe? Porque había una gata gritando «¡Oh, si! ¡Más duro, papi!» ¡Iugh! De sólo imaginar lo que estaría haciendo ese imbécil, me revolvía el estómago. ¿O eso era producto del vodka que todavía existía en mi sistema?

De cualquier modo, dejé una nota bajo su puerta ―por milésima vez, quejándome de sus espectáculos auditivos y exigiendo que respetara a los vecinos―. Aunque sabía que eso no surtiría efecto. Él seguiría molestando, como siempre lo hacía. ¡Maldito primitivo!

Bueno, al menos, todos estos pensamientos, hicieron que mi camino al trabajo fuera ameno. Porque mi cuerpo seguía negándose a ir a trabajar. Y mi mente, como siempre, estaba de acuerdo.

No quería entrar al Resort, algo dentro de mí, me decía que hoy no sería un buen día. Llamenme loca o bruja, pero cada vez que tenía una de estas «sensaciones» algo pasaba. Lo malo de tener «intuiciones» como esta, es que no podía identificar si era algo bueno o malo; simplemente, me ahogaba un sentimiento de ansiedad que no podía controlar.

Suspiré, tratando de calmarme, debía mostrar entereza ante Don Carlos. Aunque ya sabía que, de nuevo, el huracán se desataría. Era inevitable escapar de sus sermones cuando, por tercera vez en la semana, llegaba tarde.

Caminando a pasos agigantados, cruzo los jardines del hotel, pensando que, tal vez, el viaje a Viena no fuera tan malo.

¿Y por qué ir a Viena y no Londres, donde vivía Patrick? Pues, porque él y Karen, su prometida, habían decidido tener su boda en la ciudad de Strauss. ¿No es romántico eso? Algunas veces pensaba que, quizás, un O.V.N.I. había abducido a mi querido hermano y, en su lugar, colocaron un clon: una copia barata y romántica de aquel joven pendenciero que vi crecer en la isla.

Debía reconocer que Karen había hecho un excelente trabajo, al sacar su lado más tierno, pues ese era un Patrick que me agradaba más. Reí sola, imaginando en cómo querría asesinarme si me escuchara decir que era adorable, un tierno muñequito de feria que se transformaba cuando estaba al lado de esa pequeña inglesa que ―por cierto― lo tenía de las narices.

Intenté convencerme que, quizás, esa ciudad me podría regalar la inspiración que necesitaba. Tal vez allí, podría encontrar aquello que me faltaba para iniciar esas historias que vivían en mi mente.

Si bien, la música, los lugares, los olores o sabores despertaban una parte imaginativa en mí, nada tenía tanta fuerza como para impulsarme a dar el primer paso. Crear esa historia de amor perfecta se estaba volviendo una misión casi imposible. Tal vez, la culpa era de Margaret Mitchell, a quien admiraba desde siempre, entonces, aparecían mis dudas: ¿Cómo podría yo, una simple mortal, crear un personaje mejor que Rhett Butler?

Leí tantas veces Lo que el viento se llevó y miré tantas veces la película, que llegué a cuestionar mi cordura. Pero soy así, una ilusa que, en secreto, tiene la esperanza de cruzarse con un hermoso caballero. Y aunque la vida me enseñó, de la peor manera posible, que los príncipes azules son una gran estafa literaria, me resistía a creerlo.

Y es así como terminé con un corazón destrozado luego de haber caído en los los brazos de un maldito inglés arrogante y endemoniadamente sexy.

Me quedé observando a los huéspedes que vagaban por el Resort, preguntándome qué escondían detrás de sus sonrisas. Todos tenemos dolores que escondemos ante el mundo. Creamos personajes perfectos (para no ser criticados), aunque eso, nos cueste vender el alma al demonio.

Sabía que existían, en éste lugar, tantas historias como personas. ¡Tantos mundos mezclados en un mismo lugar, en un mismo tiempo! ¡Tanto misterio, dolor y soledad! Sentimientos y vivencias que se escondían bajo la alfombra, maquillando sus miserias por unos días, intentando creer que la perfección de la vida existe.

Perfección que dejarían registrada en fotografías, las cuales, serán compartidas en las redes sociales ¡Por supuesto! Debían mostrar ese mundo alternativo a todos, porque la sociedad, así lo espera: Belleza, felicidad y buena fortuna.

Si. Cada uno de nosotros, lleva historias dolorosas que esconde al mundo bajo una máscara de sonrisas.

No podía criticar a los demás por esas acciones, cuando yo, soy una más que esconde su miseria, detrás de una máscara.

Entonces, hice lo que siempre hacía cuando estaba aburrida: Analizaba a quienes estaban a mí alrededor.

Veía sus miradas, sus posturas e imaginaba que tenían historias tristes, para luego, diseñar una imagen que podrían vender ante el mundo. Proyectaba en otros lo que soy: Una maldita estafadora, que hace creer a los demás que su vida es buena cuando nada se siente bien dentro de mí.

―Hannah, ¿dónde carajo estabas?― grita Sandra, mientras se acerca trotando ―El hotel es un maldito caos y Don Carlos ha preguntado por tí, ¡Tres veces― dice mi amiga, con un gesto cansado. Sonríe cómplice― No te preocupes.―

entrelaza su brazo con el mío― He dicho que estabas descompuesta y que llegarías pronto. Me ha echado el sermón a mí, obviamente.

―Si, si. Lo sé. Perdón. Veré qué me invento

―No te preocupes, te ves como la mierda, no será difícil que te crea.

―Yo también te amo, cabrona― Le digo mientras frunzo mi cara y la miro. Sandra ríe a carcajadas y cruza su brazo por mis hombros.

―Sí, sí. Ya sé que me amas, ahora, mueve tu maldito culo y cámbiate la ropa.

Emprendo una carrera hacia los vestuarios, rezando porque el encuentro con Carlos todavía no se produzca. Pareciera que el maldito imbécil ¡Vive en el Hotel! Siempre está en su oficina y, el muy macabro, ha decidido tomar el viejo despacho ubicado en la entrada de los vestuarios, de ese modo, puede controlarnos siempre. Me siento dentro de un puto panóptico.

―¡Hannah Martin! ―Grita desde su cueva.

―¡Señor Carlos, buenos días! ―finjo una sonrisa que esconde mis ganas de asesinarlo

―¿De nuevo tarde, pequeña sabandija? ―¡Adiós amabilidad! Bueno, seamos justos, nunca fue amable.

―Si. No volverá a suceder. ―Me apresuro a decir― Es que yo...― intento justificarme.

―No me importan tus excusas del día. ―Levanta sus manos al aire, al igual que su voz― Tengo problemas más importantes ahora. ¡Vete y haz algo productivo!― intento seguir mi camino pero vuelve a gritar― ¡Espera! Mejor no.― Se retracta.― Primero ve y tómate algo antes de empezar a trabajar, pareciera que la muerte te trajo en motocicleta, niña. Luces como la mierda.

―Sí, Señor― respondo entre dientes.

Sé que él, no puede oír el rosario de maldiciones que echo por su cabeza y me alegro por ello ¡Menudo imbécil!

Lamentando mi patética vida, me dirijo hacia el bar del hotel. Arrastro mis pies, mientras miro hacia el suelo y decido que necesito un café bien cargado. Sip, definitivamente, el café se había vuelto mi mejor amigo estos últimos años.

Cuando llego a mi destino, el olor a café y pan tostado me envuelven mientras mi estómago me cuestiona por qué no desayuno en casa. La respuesta es simple: porque siempre me levanto tarde.

Me siento en la barra y Tony, nuestro barman estrella, me guiña un ojo. Sonrío como puedo.

―¿Lo de siempre, amor?― pregunta.

Asiento con la cabeza. Apoyo mis brazos sobre la madera lustrada que nos separa. Dejo caer mi frente sobre mis brazos, cierro los ojos y trato de encontrar algo que me motive ahora mismo.

Nada ¡La madre que lo parió!

Tonny coloca la taza más grande de café que jamás haya bebido. Sonrío ante sus atenciones. Es un buen amigo, conoce mi adicción. Cinco sobres de azúcar en el café y estaré lista para continuar.

―¡Dios mío, mujer! ¿Piensas morir de una hiperglucemia?― Una voz ronca acaricia mis oídos y mi piel se eriza.

Girando mi cabeza para contestar al desafortunado ―que se atreve a bromear conmigo en el peor día de mi vida― me encuentro con los ojos más grises del Universo. Esas perlas de plata fundida me miran, fijamente, golpeando a mi corazón y obligándolo a despertar.

Un hormigueo intenso recorre mi cuerpo. Quedo sin palabras, sólo puedo mirarlo, mientras él se sienta a mi lado, desenfadado.

Y me sonríe. Aún sabiendo lo que provoca, él me sonríe.

¡Me cago en todas las madres vacas!

¡Dios es tan injusto para crear un rostro tan perfecto!

―¿Es que no tienes lengua, Cerecita? ¿Te ha impactado el verme?―inquiere, arrogante.

―¿Qué?― logro decir en un susurro ahogado, frunciendo el ceño.

―Entiendo que mi presencia te intimide― ladea su sonrisa― pero soy de carne y hueso, igual que tú ¡Mira!

Apoderándose de mi mano, la lleva a su estómago. Puedo sentir sus músculos trabajados, aún cuando existen ropas de por medio. Me pregunté cómo se sentiría tocarlo sin que llevara algo puesto. Un jadeo suave se escapa de mí y una sonrisa soberbia se posa en sus labios. Mis manos tiemblan y hago una oración silenciosa para que este momento dure hasta el día de mi muerte. ¿Es que, acaso, los ángeles también visitan los hoteles?

El grito lejano de un niño, me saca de este trance seductor en el que he caído. Reacciono como puedo.

―Mira, «Superman»― ¿Superman? ¿Acabo de decirle Superman? ¿En qué estoy pensando? Debo recuperar mi compostura― No es un buen día y me queda un largo viaje... así que... por favor... házmelo fácil y déjame tranquila― digo, poniendo una sonrisa sarcástica en mi rostro. Aunque, debo admitir, mi voz hace que suene bastante estúpida.

―¿Siempre eres así de arisca?― pregunta el extraño, sonriendo con su mirada, mientras pequeñas arruguitas se formaban en la comisura de sus ojos.

Se acerca hacia mí, despacio. No puedo moverme, esos ojos me han cautivado. Es como ¡Mucho hombre para un solo cuerpo! Entonces, puedo sentir su aliento, acariciando mi piel, cuando susurra a mi oído:

―Porque me encanta domar fieras...

―¡Si serás...!

Antes que pueda continuar con mis improperios, mi teléfono suena, sacándome de esta extraña escena. La pantalla avisa que Patrick llama de nuevo. ¿Y ahora qué?

―¡Hola extraño!

―¡Hola extraña! ¿Cómo estás? Creí que no contestarías.

―Pfff ―resopló― No. Anoche no fue una buena noche. He llegado tarde, de nuevo. Carlos me ha echado el sermón habitual, aunque hoy… ¡Me halagó!… Dijo que me veo como el culo ―hago una mueca de desagrado― y exigió que tomase una taza de café, así que... ¡Aquí estoy! Tratando de no matar a alguien.― escucho a Patrick reír― ¿De qué te ríes, imbécil?

―De ti; de tu testarudez. Sabes que no necesitas continuar allí. Puedo ayudarte, puedes mudarte con nosotros.

―¡Sí, claro!. Dejar mi trabajo y ser mantenida por mi hermano. Vivir en su departamento y escuchar cómo folla con su mujer cada noche...

―Cada mañana, en la ducha, en la cocina....

―¡Ya basta! No deseo conocer tu vida sexual ―Se ríe con más fuerza. El maldito disfruta haciéndome enojar― ¡Ya basta!― repito.

―Ok. Ok. Sólo necesito saber cuándo estarás aquí.

―Pues no lo sé, debo hablar con Carlos. El hotel no está pasando buen momento y yo... simplemente, no puedo desaparecer y dejarlos solos.

―Hannah, hace dos años que no paras de trabajar. Tampoco eres la dueña del hotel.

―Lo sé. ―suspiro― No lo hago por Carlos, sino por la memoria de su padre. Sabes que él hizo tanto por nosotros....

Por el rabillo de mis ojos puedo ver al extraño tecleando su móvil, furiosamente. Frunzo mi ceño, porque la curiosidad me puede― Sí, tengo alma de vieja cotilla del pueblo― Patrick sigue hablando pero pierdo interés en lo que dice, pues me interesa más, lo que hace éste arrogante con poses de Superman.

―¡Hannah! ¿Me estás escuchando?

―Eh... si… ― Vuelvo a la conversación telefónica ― Sólo que se ha cortado un poco la comunicación, ya sabes, a veces la señal es mala.― Miento descaradamente.

―Te decía que me gustaría que vinieras pronto. Quisiera enseñarte Viena. Y si decides viajar, dentro de un mes, me temo que no pueda disfrutar tanto contigo. Debo finalizar algunos proyectos antes de la boda. Y...―Suspira―... ¡Ya sabes cómo es esto!

―Está bien. Buscaré la forma de viajar pronto, además, por mí no te preocupes, ya encontraré algo que hacer cuando tú no puedas estar conmigo. Supongo que la ciudad debe tener lugares interesantes y ¡Ah! Lo mejor de todo será. .. ¡Tener tu apartamento, sólo para mí, durante semanas!... ¡Suena tentador!―Digo sonriendo.

―Bueno... Tenemos un problema allí.

―¿Qué ha pasado?

―Pues Karen ha decidido remodelar nuestro apartamento, por lo que, nos hemos mudado con sus padres. Y, como viven alejados de la zona de mayor movimiento pues, he pensado que tal vez sería mejor idea que quedaras en el apartamento de sus hermanos.

―¿Que? ¡No! ¡Ni lo sueñes! ―Elevo la voz― ¡Iré a un hotel! Habrá algún puto cuarto de hotel disponible en Viena ¿No?

―Hannah ¡Basta! Ya no compliques las cosas. ¡Ya he dicho que sí!

―Pero... ¿Por qué? ¿Por qué haces esto?

―Porque han pasado ya ¡Tres años! Deberías superar tu amor platónico por...

―¡No lo nombres! ―digo apretando mis dientes. Furiosa de que todo se vaya al mismísimo demonio.

―Hannah, supera ese incidente. ¡Ya no eres una niña!

―¿Incidente? ¡Já! ¡Maldito cabrón! ¿Sabes qué? ―Aunque la furia tome el control de mi existencia, bajo el tono de mi voz pues no quiero testigos― Voy a Viena ¡Claro que voy a ir! Pero antes... antes… ―Busco amenazarlo, para que sienta mi descontento― ¡Me follaré al primer imbécil disponible! Así será más llevadera mi estancia con el cretino de tu cuñado― Finalizo la llamada sin despedirme.

Éste día iba cada vez peor.

Un gemido de frustración escapó de mis labios. Y sentí ganas de matar a alguien.

Entonces, una suave risa a mi lado se encarga de romper mi burbuja de padecimiento, volviéndome consciente de que tuve un testigo silencioso. Lo miro furiosa, advirtiéndole sin palabras, que mantuviera su puta boca cerrada. Él levanta su bebida, en un gesto cómplice, y bebe mirándome seductoramente. No podía creer tal descaro.

―Te parece gracioso ¿verdad?

―¿Que quieras follarte a un extraño? ― dijo elevando una ceja.

―No. Escuchar conversaciones ajenas...

―Mmm... ―dijo fingiendo pensar ―¡Nah! No suelen ser divertidas... pero esto...― Sonríe con total descaro― ¡Valió la pena!

―¿Puedes ser tan desagradable?

―Mmm... no creo que sea desagradable. No, si me pruebas...―dijo mientras se levantaba. Se acercó suavemente, para luego, susurrarme al oído―Puedes cumplir tu promesa... Soy el imbécil disponible, Cerecita―Y se alejó, dejando mariposas revoloteando en mi estómago.

Sip, definitivamente...¡Eres una idiota, Hannah Martin!

Tendría que haber respondido a tal descaro. Sin embargo quedé allí, petrificada, cuando su aroma y esos labios―tan comibles―se acercaron a mi piel. Mi cerebro era un maldito traicionero que decidió no responder cuando debía.

21 de Diciembre de 2020 a las 13:54 5 Reporte Insertar Seguir historia
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Nesly Carrasquilla Nesly Carrasquilla
Uy! Que bien tener esta historia en la plataforma! Saber de Hannah, Chris y Brandon será una delicia! Gracias Ara 😄
December 21, 2020, 18:25
Vanessa Polanco Vanessa Polanco
😍😍
December 21, 2020, 17:48
Lucia Mendez Lucia Mendez
Que maravilla BDC en inkspired, vamos conociendo a Hannah y todo lo que viene detrás de su vida y nos va sorprender gratamente. Gracias excelente capítulo
December 21, 2020, 14:30
Olga Colman Olga Colman
Excelente historia!!
December 21, 2020, 14:09
Esperanza Ramos Esperanza Ramos
Es fenomenal está historia
December 21, 2020, 14:00
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