arikeldt Arikel DT

En donde Victor Nikiforov y Yuuri Katsuki saben que están enamorados el uno del otro, y quieren expresar pronto lo que sienten. O, de cómo dos amantes se re-enamoran durante una bella tarde. ♦ ♦ ♦ [#SemanaMusical - Actividad organizada en la página de facebook "YoI!!! ➸Fanfics ♡" por Nana R. Shirohana] ♦ [Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, le pertenecen a Sayo Yamamoto y Mitsurō Kubo, pero la historia sí es totalmente mía. No se admiten plagios ni re-publicaciones]


Fanfiction Anime/Manga Sólo para mayores de 18.

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Capítulo único

«HAY ALGO EN TU CARITA QUE ME GUSTA»


Debo decirte algo, Yuuri.

Algo que, he notado, probablemente no sepas.

No tienes ni idea de lo lindos que nos vemos juntos, ¿Verdad?

Porque yo sí.

Lo noto cada día y cada noche, cada hora y cada minuto del día. Cuando hablas de tus padres, de tu hermana, de tu perro, o del clima.

He notado tantas cosas.

Quiero que las sepas.

Quiero que cuando la gente nos mire, tú sepas que es porque nos envidia. Que envidian mis ojos hipnotizados por tu silueta perfecta, dulce y bella. Que envidian la forma en la que sonreímos y la forma en la que hablamos.

Quiero que sepas, que tus ojos son galaxias. Inmensas, mágicas y bellas.

Que tus labios parecen hechos de néctar. Suave, dulce y perfecto.

Que sí, ha habido algún anterior novio en tu vida. Alguno con más suerte de la que yo podría alardear. Alguno que probó más de lo que le diste, y que se llevó un pedazo de ti al partir.

He notado que antes era difícil acercarse a ti, quizá porque tu corazón aún traía recuerdos. Ahora, en cambio, pareces estar listo. O al menos, quiero creer eso.

He notado, también, que cuando te gusta alguien, te gusta con calma, y te gusta despacio.

No corres.

Y yo sí, y eso es… angustiante.

Porque, de alguna manera rara y compleja, he de confesarte, que no tengo idea de qué sucede conmigo cuando estoy contigo.

Tú me mueves el piso.

Si en mi corazón había abismos, acantilados, mares infranqueables y pasillos laberínticos; apareciste tú, y todo se hizo un camino asfaltado de una sola vía, bordeado de rosas, con mil señalizaciones indicándote el trayecto y ayudándote a llegar a salvo hasta el fondo.

Y llegaste, te acomodaste en mi pecho tan profundamente, tanto, que me derretí.

Caí en el embrujo, y fue perfecto.


«¡Victor!».


Dices, llamándome con esa boca tuya que sospecho, sabe a cielo.

Sonríes tan bellamente.

Me muestras esa carita tuya con la que siempre sueño. Aquella cuyo recuerdo me acompaña a la cama cada noche, y que anhelo ver todos los días.

Entonces, sin darme cuenta, ya estoy corriendo a tu encuentro.

Sonrisas en mi cara, ilusiones en mis ojos, y caballos galopantes y salvajes en mi pecho.

Oh, Yuuri.

¡Me he enamorado!

¿Qué hago ahora?

¿Cómo lo digo?

¿Debo decirlo?

Lo siento, pero ya no puedo callarlo.

Quiero creer, que el recuerdo de un amor terminado ya se ha calmado en tu pecho, que ya estás listo para uno nuevo.

Uno que, espero, será eterno.

Estoy cada vez más ansioso, más dinámico, más alegre y más despierto. Contigo a mi lado, siento que estoy perdido en el mundo caótico de los latidos acelerados en el pecho y del corazón hinchándose alegre, tanto, que duele a punto de explotar.

Ese mundo de locos, de valientes y de tontos que me ha consumido desde el día en el que te vi, hasta éste preciso instante.

Yo te miro, y te miro, y te sigo mirando.

Tú, ajeno, bello y despreocupado, te pierdes en cualquier otro lado.


«Míranos, por favor».


Te suplican mis ojos.

Y te pones de pie y dices que irás a comprar algo de beber.


«Espérame aquí».


Me dices, y yo me siento como una mascota tuya. Tengo unas ganas inmensas de ir corriendo tras de ti, pero pareces esquivar todo. Mis ojos, mis manos, y mi voz.

Así que, Yuuri, he llegado a una conclusión.

Me he enamorado, sí.

Perdida.

Loca.

Profunda y salvajemente.

Debo decirlo, sí.

Debo confesarlo y actuar con madurez y sin berrinches. Sí.

Debo ponerme fuerte, debo plantarme frente a ti y decirte que me gustas de maneras abismales.

Que hay algo en ti.

Algo en tus ojos, en tu sonrisa, en tu nariz y en tus expresiones, algo hermoso.

Algo verdaderamente grandioso.


«ME HIPNOTIZA TU SONRISA»


—Debo decirte algo, Yuuri… —me dices, captando toda mi atención—. Yo… es decir, nosotros, Yuuri… los dos… tú y yo… —susurras.

Hay tanto nerviosismo en tu cuerpo entero, tanto que es visible.

—¿Qué ocurre, Victor?

Mi pregunta llega a ti, pero no hay respuesta.

Quiero verte, ver el color bello de tus lindos ojos de cielo y perderme en ellos, pero… si yo me atreviera… me convertiría en piedra justo frente a tus ojos.

Sucede, querido Victor, que me gustas.

Que me gustaste desde hace tanto tiempo, tanto que parecen siglos, más de los que te imaginas. Más de los que puedo contar.

Me gustaste desde que te vi.

Y, desde ese instante, supe que no podría verte jamás a los ojos.

Supe que no me atrevería.

Que tú eras un dios hermoso, uno de esos que los cuentos fantásticos describen como grandiosos y bellos.

Supe que esas dos joyas preciosas en tu rostro tenían el extraño poder de hacer temblar a mis piernas, y de hacer infartar a mi corazón.

Sucede, Victor, que mientras tú me ves fijamente, mirando algo, qué sé yo, la forma en la que tiemblo o en la que te evito; yo hago justo eso. Evitarte.

Porque si te veo, me muero.

Y no.

No es una paranoia mía.

Es cierto. Es verdad.

—Yuuri… —me dices, y tu voz suena tan dulce para mis oídos—. Mírame, por favor.

Oh, dios.

Sálvame, por favor.

—No me estás ayudando, Yuuri… —me dices, y siento una de tus manos tocando el dorso de una de las mías—. Intento confesarte… todo lo que siento… y quiero que me veas cuando lo haga.

¿Cómo se respira?

—¿Qué? —te pregunto, y tú te ríes.

¿Es mi cara, mi expresión, mi cuerpo, el temblor en mi piel, o el susto de mis ojos, lo que te hace reír con tanta gracia?

Mis ojos, curiosos, te buscan a mi lado, y te encuentran.

Grave error.

Gravísimo.

El hechizo vuelve a hacer efecto.

La magia de las dos bellas joyas en tu cara bajan mis defensas, mis escudos, mis miedos y mis pensamientos.

Veo todo en cámara lenta, y escucho tu voz como en un sueño.


«Mi Yuuri».


Me dices, con tanta ternura en el rostro, tanta, que quiero llorar.

¿Por qué?

¡Porque mi corazón presiente todo!


«Parece una confesión de amor».


Me dice mi pecho, y yo detengo esos pensamientos tan vanidosos en cuanto los oigo.

Sin embargo, mi corazón se ha sincronizado al tuyo y parece sentir lo que estás sintiendo.

Eso me aterra. Tengo miedo de que termines sabiendo que éste corazón mío es tuyo, y que me lo quites y te lo robes.


«Te quiero».


Susurras, y yo estoy paralizado de pies a cabeza.

Necesito que sepas que yo también.

Necesito que sepas que me muero por ti y que me hechizas, me encantas y me robas.


«Dime algo»

«Por favor».


Me pides, y tu voz suena a súplica transformándose en agonía.

Tengo tanto miedo de que te arrepientas, Victor, tanto que, incapaz de pronunciar palabra alguna, muevo una de mis manos y tomo una de las tuyas.

Mis dedos parecen encontrar un hogar entre los tuyos y se entrelazan rápidamente, como pequeñas enredaderas tomando posición a toda velocidad.

Tú te paralizas.

Yo imagino que alguien podría estar viéndonos justo en éste instante, y podría estar riendo de éste par de tontos paralizados en medio de la plaza.

El atardecer alrededor nuestro es lindo, ¿Sabes?

Bello y perfecto.

Tranquilo y dulce.

Con todos los colores de lo eterno pintándose de sol.

Eterna primavera, eterna vida, y eterno amor.

Pero nada se te compara.

Tú, y todo lo que tú me haces sentir, es mejor, y es más.

—Tú me quieres… —te digo, al ya haber retirado mis ojos de los tuyos y cortar así el embrujo paralizante que estos siempre ponen en mí—. Pero yo te amo. Quizá en exceso, quizá demasiado.

Tu mano tiembla.

Temo que me odies, te asustes o te vayas, así que te miro de nuevo, completamente preocupado.

Tu visible alegría es impagable.

Y enteramente contagiosa.


«ME DESARMA TU MIRADA»


¿Sabes qué?

Vámonos de aquí, Victor.

Déjalo todo.

Deja esto y deja aquello.

Deja el mundo.

Deja a la gente y deja el tiempo.

Seamos tú y yo nada más.


«Vente conmigo, Yuuri».


Me dices, y antes de que pueda contestar, me arrastras contigo a dios sabe dónde.

Caminamos mucho, casi corrimos.

Tú sonreías y yo no podía dejar de pensar: «Te amo mucho, te amo tanto, te amo hasta el infinito».

Tanta era la insistencia de ese pensamiento, que mi boca no lo soportó y lo gritó cuando te detuviste frente a la playa.


«¡Te amo!».


Grité.

Tan fuerte, tan claro y tan desesperado.


«Ámame también».


Suplicaba mi corazón al tuyo, con tanto silencio y secreto.

Me miraste, y noté que seguías sonriendo.

Te acercaste a mí, te acercaste tanto, tanto, que nuestras frentes chocaron.


«Cásate conmigo».


Dijiste, y contuve el aliento por un par de segundos.

—¿Qué? —te pregunté, volviendo a la realidad y pisando tierra, sin saber si lo que había oído había sido un producto de mi incontrolable imaginación.

—Hablo de ti y de mí… —dijiste, muy feliz—. Juntos por siempre. Hasta que seamos arrugaditos y viejitos e intercambiemos bastones, pomadas para el reuma, y vitaminas para las articulaciones… —aseguraste—. Cásate conmigo. Cásate conmigo. ¡Cásate conmigo!

No pude evitar reír.

Reí tanto que terminé alejándome un rato y dejándome caer sobre la arena.

Me habías traído a la playa y yo estaba echado allí, ensuciando mi ropa y riendo como desquiciado.

Y, ¿Sabes qué?

No me importa.

Qué importa el lugar, qué importa la gente a lo lejos que ya se retira porque ya está atardeciendo. Qué importa todo.

Te quiero.

Te amo.

Te deseo.

Te anhelo.

¡Te amo tanto!


«Sí».


Te digo al fin. Cuando logro controlar toda esa alegría desbordante y cuando logro enderezarme.


«Nos casaremos».


Te aseguro.

Y me doy cuenta de que ya ni siquiera me importa el futuro. Si hubo algo alguna vez, algo a lo que le tuve miedo, algo llamado «soledad», «dolor», o «arrepentimiento», ahora sé que no más. Jamás.

Te veo acercarte a mí, y veo tus rodillas caer al piso.

Veo cómo te acuestas a mi lado sobre la arena y aparto los ojos de ti para ver hacia arriba.

Hacia esa tarde cuyo sol ya partió dulcemente, dejando atrás un cielo de tonos pasteles, lilas y azules claros.

Veo un punto brillante y chispeante allí.

Es la primera estrella en dejarse ver.

Entonces, sé que no me importa dónde, mientras pueda tomar tu mano, justo como ahora.

Sé que todo será perfecto, mientras yo pueda sentirte a mi lado y tú puedas sentirme junto a ti. Todo será inmensamente bello.


«LO ÚNICO QUE QUIERO ES IR CONTIGO»


Decidimos quedarnos allí un poco más, renté una habitación en un bonito y acogedor hotel junto a la playa.

Quería que todo fuera perfecto después de mi alocada propuesta y de tu alegre «Sí».

Quería, para ti, Yuuri, una bonita cena, flores, un caro vino, un hotel de lujo y el infaltable brillante anillo.

Había imaginado eso y más durante muchas noches, con las luces apagadas y soñando despierto sobre mi almohada.

Todo había sido apresurado y ahora solo teníamos nuestros helados económicos de dulce vainilla comprados alrededor de la playa, el ventilador girando tranquilo en el techo, y un pequeño pastel de chocolate y crema, ya a medio comer, junto a una bebida con sabor a fresa.

—¿Sabes? Sentí que éste día nunca llegaría… —te confieso, mientras te veo tendido en la cama y me acuesto a tu lado—. Creí que nunca lograría conquistarte, Yuuri.

—No bromees así… —me dices, sonriendo—. Soy yo el que no pudo ni tratar de imaginar lo perfecto que sería esto.

Yo acaricio tu rostro con una de mis manos. Eres hermoso ante mis ojos.

Mis labios buscan los tuyos por primera vez en toda mi vida, y veo cómo te paralizas.

Temo asustarte.

Temo estar corriendo, como siempre, y temo que me rechaces.

—¿Puedo besarte? —te pregunto, y tú me miras fijamente.

Tu respiración se debilita y tambalea por un instante.

Te veo asentir, y mi pecho vuelve a tener una estampida enloquecida en su interior.

Con cuidado, me acomodo sobre ti y siento el colchón hundirse bajo el peso de mis antebrazos a cada lado de tu cabeza.

Tus manos se colocan entre nuestros cuerpos y siento cómo empujas mi pecho, intentando alejarme. ¿Es una reacción inconsciente?

Sin embargo, veo que tus ojos me piden que me acerque, así que lo hago.

Ya que tus manos se ponen firmes y me siguen empujando, no me atrevo a besar tus labios. Tan solo me acerco a la comisura de estos y planto allí mi boca, bien cerrada y bien controlada, dispuesta a marcharse si nota en ti miedo.

Tú tiemblas, así que me dispongo a apartarme y darte el espacio que necesitas para calmarte, pero noto recién que has tomado mi camisa entre tus dedos y la estás estrujando con fuerza, impidiéndome una cobarde huida.

Mi boca no puede resistir un segundo más.

Te besa de nuevo, ésta vez con ansia y desespero. Ésta vez de verdad.

Mi piel se eriza, y una de mis manos va a parar detrás de tu nuca para profundizar éste beso y para evitar que huyas.

Nuestros labios bailan.

Hacen el amor dulce y húmedamente.

El sonido suave de tu respiración agitada y de un par de ahogados gemidos me enloquece y me hace temer perder la cabeza y enterrar mi autocontrol cien metros bajo tierra.

De pronto, siento tus manos desabotonando torpemente mi camisa, y algo en mí hace «click».

Debo parar.

Si no quiero ir hasta el final aún, obligándote a recorrer ese tramo conmigo, debo parar.

Así que, con todo el esfuerzo sobrehumano del mundo, me aparto de ti y alejo tus manos de los botones y de la camisa.

Para gran suerte mía, tus piernas atrapan mi cadera, al parecer inconscientemente, porque veo tu nerviosismo y escucho tus disculpas por tal acto. Sin embargo, tus piernas no ceden, y aún me tienen atrapado y cómodo sobre ti.


«¿Será ésta nuestra primera vez?».


Quiero preguntarte, pero no me atrevo. Tan solo me pego más a ti, hasta chocar nuestros pechos.

Tus manos dejan en paz mi camisa, ya abierta, y se deslizan dentro de ella por los costados, empujándola lejos hacia mi espalda y acariciando todo a tu paso, provocando sensaciones dulces en mi pecho.

Tus ojos, de suave café, llevan un brillo que jamás les había visto poseer. Un brillo que me fascina y al mismo tiempo me hace temer.


«Quiero hacerte el amor».


Te confieso, en un susurro que roza tus labios.

Te siento temblar de nuevo, y siento que podría acostumbrarme a tenerte así de tembloroso, frágil, vulnerable, y al mismo tiempo decidido y tomando iniciativa.

Veo que asientes y bajas tus piernas para darme espacio.

Lo primero que hago es enderezarme y terminar lo que empezaste, me deshago de la camisa y voy rápido hacia el cinturón del pantalón.

Mi prisa te provoca risa, y empiezo a reírme yo también.

Mis ojos te observan con cuidado, veo tus manos desabrochando los botones de tu propia camisa.

—Yo lo hago… —te digo, porque en serio quiero hacerlo.

—No, yo lo hago… —me dices, bajando botón por botón—. Quiero que sepas que me gustaría mucho que hagamos el amor. Que no me estoy forzando. Que ambos estamos de acuerdo, y que hacemos esto voluntaria y felizmente. Por eso, por hoy, en nuestra primera noche, quiero desvestirme para ti con mis propias manos. Solo mira, por favor.

Tus mejillas son un poema y tus dedos temblorosos me hacen observar cuidadosamente.

Te pones aún más nervioso, y me acerco a ti para besar tu frente y tus mejillas, para hacerte saber que estoy a tu lado, protegiéndote, apoyándote y cuidando que nada malo te pase.

—Quiero entregarme a ti, Yuuri… —te susurro, dándote un beso más y sentándome frente a ti, completamente desnudo y completamente en paz.

Tú asientes y sonríes.

Retiras al fin tu camisa y te diriges a tu pantalón.

—Yo también quiero entregarte todo de mí… —me susurras—. Quiero que sepas… que siempre estoy pensando en ti. Que te quiero, y te amo, y te atesoro, como a nadie más y como nunca antes.

Yo me acuesto sobre la cama, te espero con una sonrisa y veo tus ojos recorriéndome de pies a cabeza, parpadeando un par de veces y sonrojándote más cuando pasas por la zona mía que está tan emocionada y tan a la expectativa.

Estás de rodillas en la cama y tus dedos bajan lo que te queda de ropa. Luego te sientas, terminas de quitarte todo y lo dejas caer por un costado.

Una sonrisa me invade imaginando el reguero de prendas que encontraremos en la mañana.

Te veo gatear hacia mí y te espero con los brazos abiertos.

Con cuidado y aún un poco nervioso, te acuestas sobre uno de mis brazos extendidos.

—Puedes comenzar… —me dices, en un susurro suavecito y aceptando mi boca sobre la tuya.

Estoy tan enamorado de ti.

Me gustas cada vez más, me gusta lo dulce que puedes llegar a ser y me gusta lo fuerte que sé que eres.

Me gusta que seas amable con todos, pero dulce únicamente conmigo.

Te quiero.

Te amo.

Te adoro.

Vivo para hacerte feliz.


«VIVO DANDO VUELTAS A TU ALREDEDOR»


Cuando me besas, con esa ternura tan tuya, esa que me ha llegado a enamorar, me doy cuenta de que estoy muy celoso.

Tengo celos de aquellos a los que tocaste, tengo celos de tus manos, de tus ojos y de tu boca. De la parte tuya que empieza a crecer y que da golpecitos contra mi piel, y de la mirada que me das.


«Dime que solo me miras así a mí, Victor».

«Dime que solo me quieres así a mí».


Quisiera decirte eso, pero tu boca, hermosa y candente, es insaciable y no da tregua.

Me besas hasta quitarme el aliento, hasta hacerme sentir asfixia, hasta hacerme girar el rostro, obligándome a ofrecer como tributo a esos dientes tuyos y a esa lengua tuya, mi cuello.


«Yuuri».


Susurras, en un jadeo exquisito que me trae el paraíso a los pies y me hace tocar el deseo.


«Yuuri. Yuuri. Yuuri».


Repites, con una voz tan suplicante y llena de anhelo.


«Vitya».


Te digo, solo para hacerte saber que estoy aquí, contigo. Que no me iré a ningún lado.

Que en éste preciso instante, y en éste preciso acto, soy todo tuyo.

Enteramente tuyo.

Ya ni siquiera hay algo mío en éste cuerpo. Estás tomando todo lo que quieres, y, tal parece, que lo quieres todo.

—Te quiero… —te susurro, y siento tus dientes aferrándose a mi pecho, enrojeciendo aún más aquel punto que antes de tus besos era de tonos rosas—. Te quiero un montón.

Tú ríes y eso hace saltar a mi corazón, entonces abro los ojos y me doy cuenta, recién, de que siempre los tuve bien cerrados, disfrutando de las sensaciones.

—¿Qué es tan gracioso? —te pregunto, y tus labios se acercan a los míos como imanes.

—Creo que voy a venirme… —me dices, y te ríes aún más mientras escondes tu rostro en mi cuello—. Déjame calmarme un poco, ¿Sí?

Yo asiento. También quiero calmarme un poco, ir lento y profundo suena muy bien.

—Cierra los ojos… —susurras, besando mi oído y mordiéndolo un poco—. Abre las piernas.

No sé distinguir entre los nervios y las ansias. Anhelo esto y al mismo tiempo siento que moriré si me sigues tocando.

Siento que cada caricia, cada beso y cada mordida, me llevan paso a paso al filo de un acantilado. Y siento que al tocar el filo, saltaré al vacío.

Tu boca succiona y besa en todos lados, me impide pensar con claridad, y, ¿Sabes qué? no es necesario pensar.

Ya pensé y analicé esto, y llegué a la conclusión de que lo quiero demasiado. De que si no es ahora no es nunca, de que lo quiero ya, pronto, pronto, pronto.

—Date prisa… —te exijo, y tú muerdes el hueso de mi cadera—. Está bien, está bien. Ve despacio.

Casi no recuerdo todo lo que pasó.

Besaste aquí y besaste allá.

Mordiste, lamiste, chupaste e introdujiste.

Luego subiste de vuelta a mí, a mis labios, y los besaste con cuidado.

—Quiero grabar bien éste momento en mi mente… —me dijiste, sonriendo y observando algo en mis ojos que yo no lograba entender. Quizá mi alma, o algo así.

—¿Ya? —te pregunté, y la punta de tu amor rozando y frotándose en mí me dijo que sí, que ya estábamos listos.

Quise tomar aire o buscar algo firme para poder sostenerme bien y ser capaz de recibirte sin llorar, pero empujaste sin aviso y solo pude aferrar mis ojos a los tuyos y mis dedos a la sábana.

Tus manos sujetaban firmemente mi cintura, impidiendo escape alguno o adivinando que quise decir «detente» por un instante

Saliste un segundo, y creí que esperarías, pero empujaste rápido, profundo y certero, demasiado, y supe que hace un momento, el primer ataque, solo había sido la punta.

—Espera… un poco… —te dije, sintiéndote pleno y lleno dentro de mí.

Mis manos acariciaron tu pecho erguido, los músculos de tu vientre, y bajaron hacia la unión entre nuestros cuerpos, para acariciar tu pelvis e inconscientemente empujarla hacia afuera.

Vi que tenías los ojos cerrados. Tus cejas estaban muy juntas, parecías molesto. Parecías disfrutarlo mucho.

—Estás muy bueno… —te escuché decir.

Así que no «parecía». En realidad, lo estabas disfrutando.

No tienes ni idea de lo mucho que me gustó esa imagen sobre mí. Quise que lo disfrutaras más y que me mostraras más de tu placer, así que acaricié tus manos en mi cintura y apreté tus muñecas.

—Dame… —te pedí, y al escucharme, atacaste rápido, veloz y codicioso.

No pude evitar cerrar los ojos fuertemente y casi gritar al sentir el atroz vaivén

—¡Victor! ¡Por favor! —imploré.

No sé qué es lo que suplicaba.

Si que pararas, o que continuaras. Si lentitud, o velocidad.

Creo que era amor lo que te pedía.

Quería que vertieras todo tu amor en mí hasta que estuvieras satisfecho, hasta que no pudieras más. Quería succionarte y exprimirte.

Me di cuenta de que verte disfrutarlo y sentir a tu amor tan emocionado invadiendo una y otra vez el mío, me hizo tocar el cielo con la punta de los dedos.

Me hizo ver estrellas, me hizo gritar tu nombre y me hizo llorar por lo hermoso y delicioso que era.


«¡Más, más, más!».


Pedía mi cuerpo.

Mis piernas se abrieron hasta que dolieron, quería darte más acceso, quería que mi amor fuera tomado con fuerza, sin rodeos, sin lentitudes, y sin titubeos.


«Te amo».


Dije, en un lloriqueo que sonó a dolor.


«Te amo, te amo, te amo».


Repetí, como el mantra de un poseso.

Sentí crecer algo en mi pecho y en mi vientre.

Sentí que explotaría.

Casi no respiraba, casi me atoraba, y paraste de golpe, sacaste tu amor de mi interior y los líquidos de nuestro placer se dispersaron.

Te relamías los labios y yo hice lo mismo al ver lo rojo y furioso que se veía tu gran cariño. Me gustó que se emocionara así por mí.

—Vamos… —te pedí, y no tardaste en continuar.

Me abriste fuerte y grité emocionado. Te amaba tanto.

Perdí todo control, todo tiempo y todo pensamiento.

Quería amor, mucho, mucho, mucho de tu amor. Eso era lo único que tenía claro en mi trastornada mente que no hacía otra cosa que repetir su mantra mientras era poseída por las ganas y el deseo inmenso de sentir pronto tu fértil jugo de placer.

Aquel jugo que ya empezaba a salir y que me estaba esforzando por exprimir al máximo, recibiéndote bien abierto, bien deseoso, bien húmedo y bien caliente, dando una amorosa bienvenida a tu pelvis furiosa.

Mi cuerpo aguantó tu fuerza un par de minutos más. Luego de sollozar agobiado y desesperado, todo acabó allí.

Fuerte, preciso y rico.

Mi garganta tiró hacia atrás y mi boca abierta emitió un llanto agónico y delirante.

Mis manos dolieron.

Me di cuenta de que arañaba tus abrazos casi hasta abrirte la piel. Te solté de inmediato al darme cuenta.

—¿Ya? —me preguntaste, jadeante, amoroso y ansioso.

Asentí en medio de mi trance.

—Mi turno… —susurraste junto a mi barbilla, dándole húmedos besos e hincándole los dientes fuertemente hasta hacer que me quejara y te empujara.

Supe, recién, que no habías tocado el cielo aún. Con un rápido escaneo mental a mi cuerpo y a sus sensaciones, ubiqué a tu amor firme y tenso, incrustado en mí.

Abrí más las piernas, si es que eso era posible, desperté a mis adormecidos brazos para que recibieran y cobijaran tu torso entre ellos y estos se aferraron con fuerza a ti.

Aproveché tu cercanía para llenarte de besos, pero eso no duró mucho antes de que tu bestia salvaje, implacable y tiránica buscara su propio placer en mí.

—Dentro… —te supliqué.

—No debo.

—Por favor… Vitya… ¡Por favor! ¡Rápido! ¡Hazlo dentro!

Creo que logré convencerte, un gruñido tipo gemido vibró en tu garganta y mi boca jadeó al sentir tu amor vertiéndose derretido y abundante en mis entrañas.

Sonreí tan feliz, tanto, que me reí extasiado, agotado e inmenso.

Recuperaste el aliento con calma, saliste de mí casi sin cuidado, y tuve que morderme el labio para silenciar un placentero gemido. Te acostaste a mi lado y vi que sonreías.

—Te amo… —dijiste, con la voz ronca y exhausta.

Sonreí y me cobijé entre tus brazos.

—Y yo a ti… —susurré, ocultando mi rostro en tu delicioso cuello y dando mil besos a la piel a mi alcance.

—Quiero hacerlo de nuevo… —me dijiste, y yo sonreí más—. Pero primero quiero recuperar el aliento.

Me subí en ti cuidadosamente, tratando de que nuestras pieles no se separaran ni un centímetro.

Tu ardiente amor seguía bastante erguido, así que lo rocé varias veces con el mío, para despertarlo más y tenerlo listo para mí lo más pronto posible.

—Eres insaciable… —susurraste feliz.

Yo me sonrojé violentamente mientras tus brazos se envolvieron alrededor de mí y me protegieron con ternura.

—Es porque me gustas mucho… —logré susurrar en medio de mi timidez—. Me gustas tanto, cada centímetro tuyo.

No recuerdo bien cómo volvimos a amarnos, solo sé que probaste de mí todo lo que quisiste, de las maneras en las que quisiste, y a la velocidad que se te antojó.

Fue perfecto.

Creo, y es un secreto, que tu forma de amar me enamoró mucho más, e hizo que te jurara amor eterno incontables veces.

Estoy muy dispuesto a cumplir mi juramento y esforzarme mucho por recibir adecuadamente tu fuerte, abundante y rico amor todas las veces que pueda.

Tu forma de quererme, tu forma de cuidarme y tu forma de amar. Tus bonitas sonrisas despreocupadas y tus bellos ojos hipnotizantes. Tu pelvis firme y tu boca sedienta.

Todo de ti, todo lo que eres, todo lo que haces, y la forma en la que lo haces, me gusta.

Me encanta.

Me fascina.

Te robaste mi alma con tus besos, te llevaste mi cordura, mi dulzura y mi recato.

Te pertenezco ahora.

Tu amor se llevó mi mente entera.

Se llevó mi alma, y, claro, se llevó mi corazón.





Fin.


7 de Junio de 2020 a las 05:47 0 Reporte Insertar Seguir historia
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