milecaplan Milena Caplan

Un desastre natural precipita una serie de interrogaciones acerca de la soledad y el amor. El desprendimiento de la tierra -y de la angustia- abre paso a un despertar subjetivo.


Cuento Todo público.

#naturaleza #soledad #amor #angustia
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Desprendimiento

A veces siento, cuando despierto, como si hubiese estado muerto, como si me hubiese ido del mundo por un rato. Dormir como un tronco, elevarse hacia las nubes o hundirse en el fondo del mar. En ese estado catatónico en el que despierto, me fascina pensar que desaparecí por un tiempo, que nadie me puede hallar, nadie me puede molestar, ni despertar. Esta mañana desperté de esa manera, muy temprano, mucho más temprano de lo que acostumbro. Había sentido unos crujidos bajo mi cama, pero que no venían del piso de la casa, venían de las entrañas de la tierra, del infierno. Como no podía volver a dormir, aproveché el sol del amanecer que nacía furioso del mar para desayunar mirando su horizonte en la ventana de mi cocina. Pensé en Micaela. Ella me quería de verdad. Al primer detalle que percibía en mí una incomodidad se daba cuenta, le bastaba una mirada para entenderme. Pero nunca nos entendimos realmente, la media naranja no encajó. A ella le molestaba que yo siempre estuviese absorto en mis pensamientos, ensimismado en mi propio caos mental. ¿Y acaso no era también mi pensamiento mi refugio, en cuyo fondo estaba yo bien metido, incluso para mirar lo que pasaba allá afuera? Ella quería formar parte de eso, acompañarme en mi desorden, pero se encontraba siempre con asperezas de aquella oscuridad que yo mismo intentaba asimilar. Mis respuestas eran moderaciones sonrientes e hipócritas, que usaba para contentar sus reproches cariñosos, que se parecían a ella, a su naturaleza franca y buena. Micaela era como una forma aromática y dulce de mi propio veneno. Muchas veces estuvo a punto de rendirse, pero no podía resistir a la seducción del placer que sentía al verse tratada con cariño por una persona impenetrable como yo. “Te querría panóptico, querría poder vigilar el rincón más pequeño y oscuro de tu realidad” me dijo un día mirándome a los ojos después del hacer el amor.

La tierra se empezó a mover. No tengo vecinos porque vivo en una zona de residencias de verano, soy el único ser humano que vive todo el año en estas tierras del infierno. Todo pasa tan rápido que no tengo tiempo para pensar, mucho menos para juntar mis cosas. Agarro el celular, la billetera con el poco dinero que me queda, una foto de Micaela y a Emma, mi perra y única compañera de este desastre. No voy a decir que no lo vi venir, que no imaginé que podría pasar. Vengo sintiendo temblores hace más de un mes y vivo al borde de un abismo de mar. Corro lo más rápido que puedo con Emma a cuestas lameteándome la cara y acariciándome el corazón, diciéndome con cada lengüetazo que no estoy tan solo. Por un momento entendí a Micaela. Sigo corriendo lo más rápido que puedo, el mar se está tragando todo, la casa de Marcela y Arne, la casa de las primas fogosas, la casa de verano de Micaela, donde nos conocimos, todas las historias, todos los momentos se van al mar. Mi casa heredada de mis abuelos, su vajilla antigua, sus cuadros franceses y todos los odiosos adornos que me dejaron también se están deslizando hacia el abismo. Emma mira hacia atrás y empieza a temblar como yo, somos dos perros asustados corriendo para salvarnos de esta naturaleza sádica que intenta arrastrarnos consigo.

El último salto que doy es el que nos salva. Tan pronto caigo en el pasto de tierra segura, no movediza, signo de vida, se desploma el ultimo cráter gigante de tierra endemoniada y se va, se desliza de manera muy suave, tan suave que hasta parece una obra de arte, un happening de mal gusto de algún artista. Todo el desprendimiento fue suave, nada caótico, con tal lentitud que parecía que la tierra se iba despidiendo de a poco, diciendo hasta acá llegue y ésta me parece la manera más digna de dejar de dar raíz al mundo. La ética de la naturaleza.

Ya a salvo pude sacar el celular y filmar lo poco que quedaba de esa tierra. Me parecía estar en el medio de un secreto, entre la belleza y la verdad, cuya posesión siempre fue una meta desdibujada para mí. Cuando pude procesar la muerte de mi vida tal como la había vivido hasta ese momento, lo primero que quise hacer fue llamar a Micaela. La verdad que ella tanto insistía en saber y me era imposible comunicar, yo ya la había encontrado. ¿Cómo decírselo? Ella también había perdido su casa, y es de las que se aferran demasiado a las cosas, no por ser materiales sino por lo que representan en su más íntima esencia. Esas palabras que anuncian una mala noticia, cuyo tono no se olvida jamás, que empiezan siempre con silencios o jadeos, que ya lo dicen todo sin decir una palabra.

Su respuesta fue en tono neutro, nada cálido como solía ser su voz. Fue un verso de Paul Desjardins: “Ya está el bosque sombrío, pero azul sigue el cielo. Quedate donde estás que voy a verte.”

6 de Junio de 2020 a las 19:52 0 Reporte Insertar Seguir historia
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