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Ella está muerta, vestida con sus mejores ropas y engalanada con joyas prestadas, y yo estoy de pie cerca de la salida.

—¿Qué le pasa a tu primo? —escucho que dicen cerca de mí.

Es la voz aguda de una mujer vieja. Creo saber de quien se trata, pero no me interesa voltear a descubrirlo.

Un hombre se me acerca entonces. Por la expresión en su rostro me imagino que no me quieren rondando por aquí, debo estar incomodando a la gente, porque al instante hace un gesto con su cabeza para que salgamos.

Levanto la mirada y lo veo a la cara. Está viejo. Tiene solo 29 años, pero está viejo. También me doy cuenta de que estamos del mismo porte. Él ya no es más alto que yo. Noto que sus ojos están todavía rojos. Debió haber estado llorando también. El pelo largo y negro lo tiene suelto. Su sobrepeso se le nota más ahora que hace unos días atrás. Se me hace obvio que va a terminar igual que su padre, engordando hasta el punto de terminar convertido en una cosa ridícula que apenas cabrá por las puertas de una casa común. En su rostro se ha dibujado una sonrisa torpe. Es una sonrisa falsa ¿Se supone que sonríe para hacerme sentir relajado? ¿Para qué le sonría de vuelta? Tonterías.

—Estás echo mierda, Sandro— le digo.

Él no dice nada. Sigue sonriendo torpemente.

Ambos emprendemos la salida y los ojos vidriosos de los participantes del velorio nos siguen hasta que nos perdemos en el exterior.

Afuera de la casa también hay mucha gente. Son todos los que por falta de espacio en la sala no han podido entrar y aquí esperan pacientes su turno para hacerlo, ansiando ver la cara de la muerta para después comparar sus opiniones sobre la última expresión que habitó en aquel rostro cadavérico.

Llegamos hasta un rincón de la calle donde solo hay grupos de gente conversando de temas sin relación al velorio. Entonces abro mi cajetilla de Bellmont y se la extiendo a Sandro para que tome un cigarro. Él así lo hace, lo que es raro. Porque él no fuma. Pero está bien, supongo que la situación es lo más raro aquí.

—¿Cómo estás? —me pregunta mirándome otra vez a los ojos.

—Bien— le respondo porque no sé qué otra cosa decir, ni tampoco me interesa empezar una conversación con él.

Luego nos quedamos callados. No hace falta ninguna palabra más. No tenemos de qué hablar en realidad.

Y, a decir verdad, lo que yo quiero es silencio para poner en orden todo lo que está sucediendo, para así entenderlo y poder manejarlo de la manera más apropiada. Pero el ruido de las conversaciones a nuestro alrededor se siente como el zumbido de un panal de moscas y el humo del cigarro me sabe a agua tibia y rancia. No puedo estar a gusto aquí. Ni tampoco adentro, en la casa, donde mi presencia le estorba al resto de mi familia.

Las personas aquí son todos unos locos de remate.

Si presto atención a lo que la gente está hablando a mi alrededor, solo escucho conversaciones sobre las rocas que caerán en unos días más sobre la tierra. Lo qué me parece una completa estupidez.

Estoy haciendo un gran esfuerzo permaneciendo en este lugar, porque la verdad prefiero estar en cualquier otra parte. Pero tengo que estar aquí para observar todo cuanto pueda. Necesito hacerlo para que más tarde pueda encontrarle una explicación al porqué de tantas cosas que han estado ocurriendo a la vez. Ya que no entiendo por qué mi hermano Augusto se cree que tiene el poder para decidir lo que se tiene que hacer y que no en este velorio. Tampoco entiendo por qué mis hermanas han comenzado a encargarse de los preparativos para atender a la gente que viene llegando, incluyendo los lugares donde dormirán y lo qué van a comer. Ni siquiera entiendo las actitudes de mi madre y mi tía que han optado por criticarse la una a la otra en vez de ayudar a que no falle nada en el inminente funeral de mañana. Lo cierto es que son muchas las preguntas que me han asaltado de golpe. Todo está ocurriendo con brusquedad y no hay tiempo para nada

Nunca debimos hacernos cargo de este velorio. Pero así lo decidió mi familia, o más bien, así lo decidió Augusto que tras la desaparición de nuestro padre hace ya años, es quien ha tomado las decisiones de todo por aquí.

La mujer muerta en el féretro se llamaba Karina. Era nuestra vecina. Desde que murió ella su esposo, don Nelson, hasta ahora lo único que han sabido hacer es llorar y agradecerle a Augusto por todo lo que está haciendo por ellos. La hija de la familia, Diana no hace nada muy diferente a su padre. En su estado me parece ridículo que ellos dos pudieran por sí solos el preparativo de este velorio, pero, aun así, yo sigo creyendo que esto no es asunto nuestro y que nunca debimos involucrarnos.

—Oye Sandro, por cierto ¿Dónde anda metido el Augusto? No lo he visto últimamente.

—Creo que fue al cementerio a ver cómo iba lo del nicho—me responde el gordo encogiéndose de hombros.

—Eso explica que no haya venido a joderme él también.

—¿Te sientes jodido, Efe? —pregunta intentando no toser por el humo del cigarro.

—Si no sabes fumar, mejor déjalo, y la verdad es que todo esto me trae totalmente de cabeza.

—Para mí estamos haciendo algo bueno por alguien que nos necesita. Eso es suficiente.

—¿Estamos haciendo algo bueno? ¿Nosotros? No, nosotros solo nos metimos en este lío porque Augusto dijo que lo hiciéramos. Bueno o malo es, bah. Da igual. Lo que creo es que Augusto va a sacar provecho de esto, de alguna forma y no nos ha dicho nada.

—Eso no quita que lo que hacemos sea algo bueno. Quizás estás desconfiando demasiado de tu hermano.

—Sí. Puede que tengas razón. Aunque tú bien sabes que tengo mis razones para desconfiar de él.

Sandro me mira con detenimiento unos segundos. Hay una chispa de nerviosismo en sus ojos.

—Entiendo—le digo—Ya no hablaré más del tema. Pero piénsalo, quieres.

—¿Qué ganas tú haciéndome pensar mal de Augusto? Porque eso es lo que intentas.

—No intento nada—le respondo sinceramente.

—Somos familia, Efe. Debemos estar unidos. Ahora más que nunca. Y lo que tú estás ahora discutiendo es lo que no tiene ningún sentido. La familia es lo primero.

—Jamás haría algo en contra de mi familia y eso también lo sabes de sobra. He hecho más por todos ustedes de lo que están dispuestos a admitir.

Ahora soy yo quien se encoje de hombros. Esta conversación no iba a llegar a ninguna parte de todas formas.

De pronto escucho ruido, empujones y gritos cerca de mí. Entonces alguien me abraza por detrás y me levanta en el aire. Es Maira, una amiga de la infancia. Es más alta que yo, de hecho, tiene un cuerpo de amazona. Metro noventa y cinco de alto. Tiene el cabello negro y largo hasta los hombros. Me doy cuenta que está de buen humor, como siempre. Algo irónico teniendo en cuenta que estamos en un velorio. Su semblante enérgico y voluntarioso es el mismo de siempre. Su actitud despreocupada casi me resulta reconfortante.

Luego de ponerme de vuelta en el suelo me revuelve el cabello con una manota gigante. Ella podría romperme el cuello sin siquiera darse cuenta.

—¿Estás bien, Efe? —me pregunta.

—Sí.

Maira luego mira a Sandro y le vuelve a preguntar lo mismo.

—Fernando es de los que menos ha dormido—responde él—. Tampoco ha comido nada. Solo toma café y fuma cigarros. Se le van a caer los dientes de seguir así.

Yo me lo quedo mirando con curiosidad, podría haberme molestado, pero la forma en que dijo todo eso me pareció algo graciosa ¿Es un niño de cinco acusándome porque hice mal? Es entonces cuando la Maira me abraza por el cuello y me hace ir con ella. Es imposible intentar resistirme al agarre de una bestia tan imponente, es más fuerte que yo, más fuerte que cualquiera en este lugar. Después de unos pasos le pido que me suelte, que no voy a huir a ninguna parte.

Pasamos por medio de la muchedumbre entre empujones y nos alejamos de aquel pesado ambiente. De cierta manera, es un descanso estar lejos de allí.

De esta forma soy arrastrado hasta la casa de Maira. Ella vive a una cuadra de mi casa (el lugar del velorio).

Entramos a su living y el silencio que impera es agradable. Maira vive sola, sus dos padres murieron cuando tenía 16.

Ella me ordena que tome mi lugar en la mesa y me pregunta qué es lo que quiero para comer.

—Nada realmente, pero cualquier cosa está bien si viene de tu mano cariñosa.

Sé que tendré que comer algo para que me deje ir, así que me quedo sentado sin mover un musculo, esperando. Y mientras la Maira planea su platillo, yo intento pensar en mi madre, que no ha dejado de pelear con mi tía Elsa sobre el color de las flores que deberían pedirse para ornamentar la capilla en la misa de mañana. Se han atrasado con eso. La capilla debería estar lista a estas alturas.

Sandro está sentado en un sillón verde ojeando una revista de forma distraída. En algún momento debió encender la radio. Se escucha la emisora de la ciudad “La voz de la razón”. El locutor, un hombre de cuva vozgrabe y serena pareciera llamar a la calma, está hablando sobre los destrozos que ocurren en otras partes del país. El pánico por el fin del mundo debido a los meteoritos que caerán el próximo lunes ha escalado a proporciones demenciales.

Ante esto Sandro dice:

—Ya se ha caído la señal de todas las compañías de celulares. No hay televisión o internet. Es como si hubiéramos vuelto a la edad de piedra ¿No crees?

No creo. Ni tampoco es que esas cosas fueran sea tan fundamentales como tener electricidad, la que pronto comenzará a menguar también, supongo.

—Más importante—le digo—. Mañana empieza el festival de artesanos. Es una lástima que gastemos nuestra mañana en el funeral de la señora Karina ¿No te parece?.

—Oye, Efe ¿Qué es eso de la nube de Oort? El locutor acaba de nombrar algo así.

Ninguno de los dos está conectando ninguna conversación.

—Es una especie de envoltorio de rocas espaciales que envuelve el sistema solar, piensa en ella como el papel que envuelve un caramelo.

—Ah…Pero, escucha lo que dice ¿No te parece como de fantasía?

Pongo atención al locutor para entender que tiene tan intrigado a Sandro y oigo: “Se supone que una estrella errante los expulsó en todas direcciones, dichos meteoros expulsados nos caerán encima como si fuera una lluvia de rocas colosales. Este es el comunicado oficial de las autoridades hasta hace unos días cuando perdimos todo contacto con el resto del país”

—Qué increíble—dice Sandro—. Unas piedras gigantes nos caerán del espacio ¡Lo mismo que con los dinosaurios!

Maira, que se había puesto un delantal rosado perdiéndose en la cocina ha estado haciendo toda clase de ruidos. Desde aquí la escucho moverse por todas partes cambiando cosas de un lugar a otro. Puede ser toda una marimacha, pienso, pero en realidad tiene actitudes muy femeninas y delicadas. Siempre termina hablando de cuanto desea un bebé para cuidarlo y mimarlo. Su sueño es ser madre. Tiene tan solo 21 años y pienso que es una lástima. Yo no creía que hoy en día las mujeres aún soñaban con la maternidad, pero ella así nos lo confesó a Sandro y a mí. Ese día habíamos ido al río para bañarnos. También fue durante un verano. Ese día el calor y los tábanos eran insoportables ¿Cuántos años ya han pasado de eso?

Pienso. Tengo la mente distraída...voy de una cosa a otra.

—¿Tiene algún sentido mantenerse vivo?

No espero ninguna respuesta. Pero Sandro se ha volteado a verme con un rostro lleno de preocupación ¿Se pondrá a llorar de nuevo? Hombre, eres mayor que yo. Que eres tú quien debe darme apoyo emocional y no al revés.

—Lo tiene—me responde la Maira.

Había salido de la cocina con una bandeja en la mano. Una fuente de aluminio cubre lo que sería el platillo que preparó. Se ha demorado bastante poco haciéndolo.

—Es la única vida que tenemos—continúa ella—Al menos ten vivencias suficientes antes de preguntar si vale la pena seguir viviendo. Ahora come. Necesitas alimentarte bien.

Hay cierto aire maternal en su voz y sus ojos. Como si me mirara con lástima y resignación ¿Me verá como un niño haciendo una pataleta?

Maira pone su mano sobre la fuente y en un movimiento simple la levanta. Un humeante tazón de ramen instantáneo se alza ante mí.

¿Qué se le va a hacer? La comida está servida y aunque hasta ahora había preferido ignorar el hambre en mi estómago, comienzo a sentir que no tengo fuerzas para nada.

El primer bocado me supo a nada. Pero estaba caliente y tenía buen aroma. Así que me llevo otra porción de noodles a la boca. Otra vez, sin sabor.

La Maira hizo un marcado gesto de aprobación con la cabeza. Se debe sentir satisfecha al verme comer. Quizás sería una buena madre, si hubiera tenido la oportunidad de serlo.

Estoy consciente de que no debería exigir mucho de una comida que me he ganado sin hacer ningún esfuerzo para obtenerla. Pero de cierta manera se siente bien comer gratis.

—Yo también tengo hambre— dice alguien tras de mí.

Es la voz de una joven ¿Dónde la he escuchado antes?

—¡Diana! —grita Maira— ¡Ponte algo antes de salir!

Al voltear mi cabeza para ver qué ocurría, mis ojos se encuentran de frente con un pequeño pezón rosado. El pecho desnudo de Diana está a tan solo un metro de mi cara.

—¿Eeeh? Pero tengo hambre...Anda Efe, déjame probar un poco, ¿sí? —dice la chica desnuda y me quita el tenedor de la mano.

La Maira está del otro lado de la mesa viendo con la boca abierta todo lo que está ocurriendo. Yo debo tener esa misma cara de sorpresa.

Al fijarme bien en Diana me doy cuenta que tan solo está usando una camisa blanca transparente y sin abotonar. Los vellos de su entrepierna parecen un matorral marrón. Ella huele a sudor, lo que no es nada agradable. Pero la imagen de su cuerpo rosado y menudo me mantiene atónito.

—Se te va a caer la baba, Efe—dice Sandro riendo desde el sillón en el que estaba.

La Maira quien parece haberse recuperado de la sorpresa se apresuró a tomar de un brazo a Diana llevándola consigo hacia alguna parte de la casa.

—¿Sabías que ella estaba aquí? — le pregunto a Sandro después de que las mujeres desaparecen de nuestra vista.

Pero lo único que él atina a responder es negar con la cabeza.

—De haber sabido que la encontraríamos así, te habría dicho que viniéramos antes—dice él.

Mírate ahí, hasta hace un rato tenías los ojos rojos por la muerte de la señora Karina y ahora te calientas por haber visto a su hija desnuda.

—¿Qué le pasará? — pregunto.

—No lo sé—dice Sandro—. Pero es bien sabido que la muerte de un familiar hace que las personas se pongan raras. Quizás ella no sepa lidiar con todo esto.

—A veces dices cosas sensatas.

—A veces solo deberías ponerme más atención. Pero ¿Sabes? Viendo esto creo que hicimos bien en prestarles una mano. Ni Diana, ni su Padre, habrían podido llevar a delante todos los tramites de un funeral.

—Sí…quizás Augusto hizo algo bueno después de todo.

Sandro hizo una mueca similar a una sonrisa ante las palabras que dije. Y entonces, de un pasillo aparece otra vez la Maira, solo que esta vez está arrastrando por la oreja a un tipo flacuchento y vestido con nada más que unos jeans negros.

—¡Suéltame mujer! ¡Ya entendí! —grita el tipo a la forzuda amazona.

—¿Qué fue lo que entendiste, idiota? Agradece que no te hago lavar las putas sabanas de esa cama.

El tipo en cuestión se percató de nuestra presencia en ese instante. Entonces se libera de la Maira, se pone disimuladamente una camisa verde que llevaba en la mano e infla el pecho intentando aparentar serenidad.

—Hola Efe, Sandro ¿Cómo están?

—¿Qué hay César? Se te ve acalorado—le dice Sandro.

—Más o menos, estamos en verano, al fin y al cabo—responde César arreglándose el corto cabello negro— ¿No creen que estos veranos están cada vez peor?

—Supongo—le digo.

—Igual es el cambio climático—agrega Sandro.

—Sí, eso. Justamente. Bueno muchachos, Maira. Hasta mañana. Los veré en el funeral.

Tras decir esto sale de la casa como si allí no hubiera ocurrido nada. Noté que no vestía ni calcetines ni zapatos.

—Debiste asustarlo—le dice Sandro a la Maira como una burla.

—Más bien, es que se siente avergonzado. Eso creo—responde ella.

—Hasta donde sé—intervengo— César estuvo joteandose a la Diana al mismo tiempo que su madre estaba hospitalizada. Por entonces ella solo lloraba todos los días y él se aprovechó de eso… ¿Y ustedes creen que va a sentir vergüenza a estas alturas?

La Maira y Sandro se me quedan viendo sin decir nada. Lo qué me enfurece bastante porque es como si yo acabara de decir una estupidez.

Entonces la Maira con sus manos apoyadas en las caderas dice:

—Sí. El César puede haberse aprovechado de que Diana estaba pasándolo terrible por lo de la señora Karina. Pero él, en comparación tuya. Estuvo acompañándola todos los días dándole su apoyo. Segundas intenciones o no. Él estuvo allí para Diana ¿Tú, Fernando, que fue lo que hiciste? Nada, no hiciste nada.

—Vamos a calmarnos un poco ¿Quieren? — dice oportunamente Sandro—Recuerden que no es momento de peleas.

—Sandro tiene razón. No pretendo discutir por algo que no tiene nada que ver conmigo. No busco peleas, ni nada. Me disculpo si dije algo que te molestara, Maira.

Pero ella al parecer no está del todo conforme con mis disculpas.

—Siempre eres tan… ¿Sabes algo, Efe? Siempre andas por ahí haciéndote el idiota que no se toma enserio absolutamente nada. Pero eso es cobardía. Siempre fuiste un cobarde. Te aterra que alguien te conozca. O que llegue a sentir cualquier cosa por ti. Pero peor sería que tú lo sintieras ¿no? Siempre tan calmado y ajeno a todo. No eres más que un chiquillo arrogante.

Suelo olvidar que las mujeres son bastante explosivas con sus emociones.

Vaya palabras más duras acababa de recibir. Y me tomaron de improviso, a decir verdad. No sé qué responder. Eso fue una verdadera explosión que vino de la nada. Solo he atinado a encogerme de hombros.

Maira sigue viéndome con ojos de fuego, pero finalmente se encoge de hombros y dice:

—Iré a ver que necesitan en el velorio. Tengo que despejarme un poco. Cuando salgan de aquí solo dejen bien cerrada la puerta. Diana quedó dándose una ducha, no la molesten y si quiere comer, hay otro tazón de ramen instantáneo en la cocina.

Luego camina hasta la puerta.

—Que te vaya bien—le digo.

No intentaba provocarla ni nada. Pero de todas formas la Maira azota la puerta de su propia casa con fuerza al cerrarla. Provocar a una mujer capaz de aplastarte la cabeza con una sola mano es lo más estúpido que he hecho en mucho tiempo.

—¿Qué fue todo eso? ¡Para nada lo vi venir!

—A veces eres realmente estúpido, Efe—me dice Sandro viéndome con lástima.

—No te engañes. Lo soy siempre.

—Quiero decir que para nadie era secreto que a ti te gustaba Diana y que por eso le tiras tanta mierda a César.

—¿Gustar? Qué lindo, suena como cuando íbamos en básica. Bueno ¿Y eso como afecta a la Maira? Ni que fuera asunto suyo.

—Ya sabes cómo es ella. Le gusta ser directa con todo. Y el que tú te andes comportando a medias debió molestarla.

—Sí que la conoces, eh. Ahora que recuerdo ¿Ustedes dos?

—No cambies el tema, de hecho. Ven aquí. Tengo algo que decirte.

Me levanté para tomar asiento en el sillón que estaba frente a Sandro. Ya había terminado de comer los noodles que quedaban.

Las gotas de la regadera se escuchan hasta acá. Diana está tarareando una canción en el fondo del pasillo mientras lava su cuerpo.

—Por lo que me ha dicho la Maira. César y Diana han estado durmiendo aquí desde que murió la señora Karina y no han hecho otra cosa más que coger como si se les fuera la vida en ello.

—Ah, mira tú. Qué interesante.

—A lo que voy, pendejo. Es que a Diana le habría servido cualquiera. Un César, o un Pedro, un Juan o un Diego. Cualquiera que hubiera estado con ella para acompañarla habría terminado tirándosela.

—¿Y qué? Ella puede hacer lo que quiera.

—Bueno, que yo creo que no debió ser ninguno de ellos. Antes que César, debiste ser tú. Ustedes dos siempre estuvieron juntos sin hacer nada. Hasta donde sé, nunca llegaron a tirar.

—Tienes una mala impresión de lo que para mí es Diana. E insisto, no es tan importante como tú crees.

—Bueno, si es poco importante para ti. Entonces, tienes todavía menos que perder ¿Crees que Diana quiere estar sola en estos momentos? Ella no sabría qué hacer y saldría a buscar a cualquier idiota por ahí que indudablemente aprovecharía la ocasión.

—Me estás proponiendo que me la tire, que me aproveche de ella igual que hace César.

—Que no es aprovecharse. Ella simplemente quiere satisfacer sus deseos. Tú no te estarías aprovechando de nada, simplemente estarías dándole una mano.

—¿Sus deseos son follar durante todo lo que dure el velorio de su madre?

Sandro se cruza de brazos y reclina su gordo cuerpo en el sillón mientras hace una mueca irónica torciendo una punta de sus labios en una sonrisa descarada. Él quiere molestarme y sinceramente, no estoy de humor para seguirle la corriente. Entonces dice:

—Sé muy bien cuanta rabia sientes al saber que ella ahora está con César. No me mires así, Efe. Es verdad. No aguantas los celos. Dime ¿Qué fue lo que pensaste hace un rato cuando la viste desnuda? ¿Cómo te sentiste después de ver salir a César de la habitación donde debió haber estado tirándosela hasta el momento en que llegamos aquí? ¿Sientes rabia? Sí, la sientes. Pero no es solamente eso. Tienes un nudo en la garganta. Eso es frustración. Porque tú crees que ella te traicionó ¿no?

—Tienes la idea equivocada, Sandro. Con quienes o con cuantos ella se acueste no es asunto mío.

—Entonces no te importará ser uno más ¿Cierto?

—Si era esto lo que me querías decir, ya está. Lo dijiste.

No tengo la intención de aclararle nada a Sandro con respecto a mi relación con Diana.

—¿Qué es eso de lo que hablan entre susurros? Me gustan los secretos, pueden contarme, si quieren.

De nuevo, desde mi espalda, escuché la voz de Diana. Me voltee creyendo que otra vez la vería desnuda, pero no fue el caso. Porque esta vez viste una toalla blanca. Es obvio que acaba de salir de la ducha. Su cabello castaño y largo cae sobre sus hombros desnudos. No se lo ha secado bien y algunas gotas de agua caen desde a la alfombra bajo sus pies. Esta vez me fijo en su rostro. Sus ojos azules, sus largas pestañas, su boca pequeña y las cuantas pecas que manchan su cara me hicieron sentirme algo intimidado. En estos momentos pienso que ella es capaz de cualquier cosa sin llegar a sentir vergüenza.

—Nada de secretos, Diana. Solo le decía a mi primo que anda muy distraído últimamente. Que será mejor que espabile—dice Sandro.

—No creo que Efe piense lo mismo—responde ella.

—Por supuesto, no pienso lo mismo.

—Bueno, entonces me voy. Tengo que hablar con mis tías sobre el funeral de mañana. Te dejo con Efe, Diana. Puedes confiarle lo que quieras. Ah, la Maira dijo que había algo de comida en la cocina. Haz que este tipo te la prepare.

—Gracias por preocuparte—le digo.

Quiero terminar luego con este asunto, así que le herviré agua a Diana para que se coma su ramen y me largaré de aquí también.

Al ponerme de pie para ir a la cocina le doy una mirada de reojo a Sandro. El bastardo se está despidiéndose de Diana con un beso en la mejilla. También le dice algo, porque veo sus labios moviéndose. Pero no alcanzo a escuchar nada. Segundos después mi primo ha dejado la casa y Diana me acompaña en silencio.

La cocina en casa de la Maira está bien aparatada de instrumentos. Ollas brillantes, cuchillos de todo tipo de tamaños y formas colgando de las paredes. Una trenza de cabezas ajo cuelga de un rincón. Hay un olor agradable a comida.

—Una de las aficiones de la Maira es la cocina. El otro día me preparó un budín de verduras que estaba muy bueno. Ella es una amiga increíble y tiene muchas cualidades que la hace encantadora ¿No crees, Efe?

—Sí, pero también es demasiado temperamental. A veces simplemente explota como una bomba. Y con el porte que tiene no puedo evitar sentir que corro peligro cada vez que hablamos.

Diana dejó escapar una risita casi imperceptible. No puedo evitar preguntarme si es así como se comporta una persona que está de duelo.

—Pondré a hervir agua. A diferencia de la Maira yo no tengo habilidades de cocina, así que solo te puedo dar una mano con eso, pero ¿Un tazón de ramen bastará? ¿Segura que no quieres otra cosa? Con todo este aparataje de cosas estoy algo animado a intentar preparar algo más, si quieres.

Quizás pudiera preparar unos huevos cocidos o algo de arroz.

Diana está apoyada en un mueble a unos pasos de mí. Tras ella la ventana deja entrar una luz tenue. Por el reloj digital que la Maira tiene sobre la cocina americana me percato de que ya faltan unos minutos para las nueve de la noche.

—Oye Efe ¿Me odias verdad?

—¿A qué viene esa pregunta?

—Si no me odias, entonces lo harás tarde o temprano—dijo ella mirando hacia el suelo con una rara sonrisa en la cara. Su voz apenas sale como un hilillo.

Si se pone a llorar no sabré que hacer. No sirvo para hacer sentir bien a las personas. Cualquier palabra de consuelo que sale de mí boca se escucha falsa. Preferiría no estar en esta situación.

—No te odio—le digo mirándola a los ojos.

—¿Es verdad? ¿Es verdad lo que dices? —dice ella acercándose a mí apresuradamente.

—Sí, es verdad. Oye, tranquila. Todo está bien, descuida.

Lo que más me molesta de esto es que ella debe creer que la odio porque ahora mismo está saliendo con César. Al igual que Sandro y la Maira, debe creer que yo le guardo algún resentimiento. Cosa que no es así.

—¿Entonces porque no viniste antes conmigo? Antes siempre hacíamos todo juntos ¿Lo recuerdas? Desde que éramos unos niños. Íbamos por ahí haciendo todo tipo de tonterías. Yo siempre conté contigo. Confío en ti.

—Bueno, sí. Eso hacíamos.

—¿Entonces por qué me ignoras? Desde aquella vez en el campo, apenas me saludas cuando me ves y yo ya no sé de qué cosas poder conversar contigo. Si te molesté con algo dímelo, pero no me dejes así…Es eso, ¿verdad? Al final preferiste escuchar a tu hermano. Yo nunca le caí bien. Augusto siempre te habló mal de mí y al final empezaste a escucharlo… ¿Sabes? Cuando mi madre estuvo hospitalizada ni siquiera fuiste a verme. Me abandonaste. Y yo te necesitaba a ti.

Bah. Estoy seguro que encontraste consuelo en alguien más.

Vaya mierda acabo de decir.

—Sí. César. Él se portó muy bien conmigo. Y yo necesitaba a alguien que me dijera que todo se iba a arreglar y que me hiciera sentir segura, aunque fuera una mentira.

—Ya veo. Cualquiera te habría servido.

El dolor lo sentí segundos después. Diana me dio una bofetada. Mi mejilla comenzó a arder allí donde su mano la impactó. Esperaba ese golpe. Nada nuevo. Pero de todas formas…

Muevo mi brazo lentamente, ella no parece entender lo que pasa. Sentir la piel de su delgado cuello a través de mis dedos me hace notar que está todavía mojada. Debería secarse mejor o va a resfriarse. Sus ojos se abren de par en par y yo estoy sereno, en mi respiración se nota la calma de mis pensamientos. Aprieto con fuerza su cuello. Sus labios rojos se abren un poco y su cara ha tomado un color escarlata tan fuerte que las pecas de su cara casi desaparecen por completo…

—…Por… favor…—dice ella con voz ahogada.

La libero entonces. Ella está tosiendo.

Era obvio que Diana se pondría a llorar, pero no ha ocultado su rostro como pensé que haría. Las lágrimas que brotan de sus ojos y que caen por sus mejillas todavía no me hacen sentir satisfecho.

—Te odio—dice—. Te odio, te odio, te odio, te odio.

Las palabras salen de su boca con naturalidad.

No sentí nada. Sus palabras solo eran ruido viniendo de un maniquí vestido con una toalla blanca. Para mí todo en ella es falso. De cierta forma, parece una actuación mal hecha. Una ridiculez. Lo mismo que aquella gente en el velorio, toda una falsedad absurda.

El sonido del interruptor automático del hervidor de agua suena con su característico click.

Es verdad, había puesto a hervir agua para prepararle comida a ella.

Al quitarle la tapa de papel al tazón de plástico de ramen me doy cuenta de que es de sabor a camarones con jugo de limón. Me habría gustado comer este, en vez del que me dio la Maira con sabor a pollo. Pero ya da igual.

Al ponerle agua hirviendo al tazón de plástico lo tapo con un plato de servilleta para que no pierda el calor. Quiero aprovechar los tres minutos que restan para preparar un jugo con las naranjas que la Maira tiene sobre el refrigerador. No creo que se moleste si las ocupo.

Ya con las naranjas en mis manos tengo la impresión de que están bastante maduras. Su color, forma y aroma me gusta. De todas las frutas, estas son mis favoritas. Luego de pelar unas tres con uno de los tantos cuchillos que hay aquí, las trozo para que entren sin problemas en la juguera, agrego el agua y dos cucharadas de azúcar blanca.

No hay mucha ciencia en preparar un jugo, a mis hermanas de hecho les encanta experimentar mezclando diferentes frutas para anotar con lujo de detalles en una libreta el sabor que obtienen de las diferentes fusiones. Ciertamente, yo nunca tomo sus preparaciones a menos que antes haya visto que fue lo que metieron en la juguera. Eso después de que una de ellas intentara envenenarme echándole lavalozas a mi café cuando yo no estaba prestando atención.

El jugo está listo, se ve bien.

Pruebo un poco de este usando una cuchara. Sí, está bueno. Lleno un par de vasos con el líquido y el resto lo trasvasijo en una jarra. Luego de desarmar la juguera quitándole las cuchillas internas, la lavo con abundante agua y la vuelvo a ensamblar. Una mirada de reojo al reloj digital me hace saber que han pasado seis minutos desde que comencé a pelar las naranjas.

En fin… ¿En qué estaba?

—Ya está tu comida—le digo a Diana.

—No tengo hambre—me responde ella.

Ya no está llorando. Bien.

—Con hambre o no, necesitas comer algo. Mañana es un día importante para ti.

—No quiero pensar en eso.

—…De todas formas, come.

Deseo estar en paz y no parece que vaya a obtener eso aquí. Así que mientras apuro el vaso de jugo hasta vaciarlo pienso en un buen lugar para pasar la noche. La casa familiar no es opción, allí están velando a la señora Karina. Tras terminar de beber mi jugo, limpio diligentemente mi vaso, de igual forma que hice antes con la juguera.

—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunta ella.

—Me iré de aquí. La Maira va a llegar en cualquier momento y yo necesito buscar un lugar donde pasar la noche. Quizás vaya a algún bar con Sandro, mañana es el funeral de tu madre y también es el día que comienza el festival de artesanos.

Al voltear a ver a Diana me la encuentro frente a mí. Está tan cerca que puedo oler el shampoo que usó para lavarse el cabello.

—No quiero estar sola.

—Llama a alguien para que te acompañe.

—¿Cómo haré eso? Los celulares ya no sirven para nada.

—Bueno, espera a que llegue la Maira. No creo que tarde.

—No es ella la que quiero que me acompañe.

Su boca está demasiado cerca. Ella me sujeta las manos y me da un corto beso. Sus labios son pequeños y tienen sabor a pasta de dientes. Es un beso corto.

—Por favor—dice—No me dejes sola ¡Estoy asustada!

Acabo de ahorcarla y ahora me pide que me quede con ella. Todo aquí está mal.

Incluso si era una actuación barata, estaba teniendo efectos en mí.

Tengo miles de razones para odiarla. Ella tiene las mismas para odiarme. Sin embargo, aquí estamos. Posiblemente mañana despierte con un cuchillo enterrado en la espalda. Pero qué más da.

La tomo y la levanto. Ella rodeó mi cuerpo con sus piernas para sujetarse mientras yo vuelvo a besarla.

Incluso si todo en ella eran engaños, seguía siendo la única mujer que he deseado.

Su calor, su suavidad y su mirada rogándome porque fuera más lejos me tenían atontado.

—No. Aquí no, vamos a la pieza.

La volví a dejar en el suelo. Sus pies descalzos tocaron las baldosas de la cocina.

Sé que tengo que escapar de esto. Pero no quiero hacerlo.

En un movimiento la toalla está en el piso y ella se encuentra otra vez desnuda.

—Tócame…has lo que quieras conmigo…

Su voz entró por mis oídos y quedó haciendo eco entre las paredes de mis pensamientos.

Mientras que yo no dejo que en mi rostro se vislumbre alguna expresión. Ella gentilmente se apoya contra mí y coloca sus manos suavemente sobre mí pecho, como si quisiera escuchar los latidos de mi corazón. Entonces ella susurra esas palabras:

—Por favor, quiero que lo hagas.

Ahora, en estos momentos Diana está bajo mi control. Es una sensación embriagante. Vuelvo a besarla y muevo una de mis manos para acariciar su pecho. Ella deja escapar un gemido reprimido y se retuerce levemente.

Entonces toma mi mano y la pone entre sus piernas.

—Te quiero—me susurra mientras hace un esfuerzo por controlar su respiración.


6 de Junio de 2020 a las 05:12 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Alex Firefly Alex Firefly
Fernando es un personaje detestable. Egoísta, ingrato y dominado por el libido, imposible sentir empatía por él. Sandro inspira compasión pero es retratado como un payaso y las mujeres en general aquí son una oda al sexismo, no son seres humanos, son bestias sin alma regidas por el instinto maternal y el deseo de reproducirse porque sí, "porque son mujeres y para eso sirven". Igual la redacción es aceptable y el 95% de los lectores no piensa, te van a adular para conseguir comentarios positivos falsos a cambio. Así que felicidades, estás en el gris aceptable del montón.
June 07, 2020, 01:17

  • Asdfgl 404 Asdfgl 404
    Ojalá se escribieran más críticas así en esta clase de lugares. June 09, 2020, 02:31
~

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