phtrespalacios Fred Trespalacios

Khalil planea el mejor ataque terrorista de su vida, sin embargo, se verá obstaculizado por un hecho poco esclarecedor


Ciencia ficción Todo público.

#prolepsis #surrealismo #psicodelico #terrorismo #policia
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Operación Morpheus

Los dos hombres se sentaron frente al mar.


—¿Así que es cierto? —le preguntó el uno, mientras el de chaqueta roja se quitaba las gafas.


—Lastimosamente —contestó éste.


—Mierda —jadeó, lo dijo tan sublime como un zarpazo sacado del pecho.


—Era de esperarse, de todas formas no tenía otra oportunidad.


El camarero tomó el pedido. Era un tipo moreno, alto, posiblemente inmigrante, como el resto que llegaba a la ciudad y trabajaba más por un poco menos.


—Una cerveza —dijo el uno.


—Un Vercingétorix —contestó el de blanco.


—Me gustaría pensar que el árbitro fue comprado.


—Eso es imposible —le aseguró—, esto no es como cualquier otro deporte.


—¿Cuál es la diferencia? —le refutó—. Un montón de tipos en calzones dándose trompadas y rozando sus penes los unos con los otros.


No se ofendió. Por el contrario, le encantaba las mentes incultas para enlazar conversaciones prolongadas.


—Ya veo por qué su deporte favorito es el de perder dinero.


Fue una enorme estupidez. No podía verlo, pero sabía que detrás de sus gafas, su amigo evitaba fruncir el ceño.


—Siempre pongo mi dinero en gente equivocada —dijo—. Parece más una cuestión de maldición que de suerte.


Lo miró por un breve instante, y giró al mar. Una tabla de windsurf surcaba el aire debajo de las gaviotas, mientras el crucero bordeaba el faro hasta encontrarse con el puerto.


—Bien, si quiere que le diga la verdad —contestó—, necesito más tiempo.


—No recuerdo haber colocado ese tipo de cláusulas cuando requerí sus servicios.


—Tengo a la gente —dijo, y su amigo no esperó de que al menos hubiera elaborado un pequeño avance.


—¿Gente? —se acercó.


—Sí, pero no son fáciles de convencer.


El hombre sonrió.


—No hay nada que el dinero no pueda convencer.


—No es cuestión de dinero —dijo, y por primera vez no lo había visto tan interesado.


—¿Cómo?


—Son tres, pero, cada uno tiene un ligero problema.


—¿Problema?


—Sí —dijo con seriedad—. Sus pasaportes.


—Oh —volvió al respaldo de su silla.


Era evidente que no quería pedírselo, pero la paciente cara del hombre de blanco ofrecía cualquier invitación.


—¿Trajo sus nombres?


Él se llevo la mano al pecho y extrajo lentamente un doblez de hoja. Olvidó advertírselo, de manera que quedaron suspendidos entre el cuadrado papel.


—Le suplico, que tenga cuidado.


El otro hombre lo miró.


—Yo debería decir lo mismo.


Un instante después, lo dejó deslizar sobre sus dedos. Una brisa cálida sopló a través de la playa, e hizo que levantara la vista por encima de las torres de hormigón. Ya no para soslayar las punzadas de arenas, sino para reparar un edificio que sin embargo le parecía demasiado familiar.


—Qué extraño —habló mecánicamente—, jamás había estado en este sitio.


Su amigo paró su lectura dondequiera que estuviera leyendo, y lo miró. Sus ojos no le decían nada, pero de todo lo que habían hablado, esto parecía más preocupante.


—¿Cómo? —preguntó—. Usted acordó vernos acá.


De todos los lugares, él no le habría pedido encontrarse en uno donde no tramara al menos una ruta de salida.


—¿De verdad? —la muchedumbre seguía bañándose en la orilla—. ¿Cómo?


—Pues, usted me llamó; me dijo que tenía algo para mí; que lo iba a reconocer por su chaqueta.


¿Se le había olvidado por completo o era incapaz de retenerlo en la memoria?


—¿Le sucede algo?


Iba a responder, pero otra secuencia inusual de pronto apareció. El camarero depositó las bebidas. Era retaco, asiático, con una complexión ajena al camarero anterior.


Su amigo pareció notarlo, y le apremió.


—¿Cuándo será el ataque?


No había podido quitarle al camarero la vista de encima.


—¿Cómo dijo?


—El ataque —repitió—. Si sus cálculos son correctos, ¿cuándo se llevará a cabo?


—Pues.


Rodó la vista ahora en el edificio y evitó tratar de devolver su atención al camarero. Una intercepción era lo menos probable, él había puesto las coordenadas de la entrevista, sabía dónde estaba, a qué hora se aglomeraba la gente y a qué hora fluía, ¿o no? Ahora que lo pensaba, ¿qué estaba haciendo mucho antes de llegar aquí? Jugaba videojuegos, sí. Una pizza en la mesa, una gaseosa de naranja y quinientos gramos de marihuana empaquetada. Recibió una llamada, era de su novia. Le ordenó que le chupara el pene y que no tenía dinero. Eso motivó el escenario de la cita. Muy bien. Salió de su cuarto y tomó un taxi. Pero, ¿de dónde había sacado la hoja de los pasaportes? Estaba incómodo, y su amigo como si fuera un mago, lo presentía. Ambos se habían dado la mano, se vieron desde la bahía, pero no tenia ningún evento conocido desde la salida de su casa.


Su amigo fue reiterativo.


—El ataque —dijo—. ¿Cuándo se hará?


Pero no le contestó. Cualquiera que fuera el presentimiento, no estaba dispuesto a terminar que se cumpliera.


La mesa salió despedida y tumbó al hombre de blanco contra el suelo adoquinado. Si le estaban vigilando, era el momento idóneo para correr. Se alejó de la bahía, rápidamente, sobre calles desconocidas, entre gente esquiva y ambulante. El diámetro debía ser amplio, nadie perdía a esos malditos con total facilidad. Pero, no por curiosidad, sino por extrañeza, volvió al claro que había dejado en su estela, y, una destructora ballena atravesó el aire. La estrecha avenida retumbó en una fuerte sacudida que atrajo consigo vidrio y asfalto. El chico de rojo se sorprendió de haber sobrevivido, y se preguntó más bien, ¿de dónde demonios había caído? La duda no fue contestada, sino que las hélices de un Apache lo sumaron en plena confusión.


El chico corrió cuando accionaron los disparos. Una serie de balas le siguieron los talones. Resolvió a internarse en un complejo de apartamentos y aguardó debajo de una mesa. Al percibir que el helicóptero le había perdido en su tránsito, escuchó el tintineo del ascensor abrir. Un montón de llamas salieron brevemente de las fauces de un hombre de fuego.


—¡Oh, por Dios! —gritó.


La figura avanzó por el mármol del vestíbulo, dejando sus pisadas llenas de carbón. El chico corrió hacia un escape improvisado, pero al abrir la puerta notó otro deterioro de su mente. La ciudad ya no era la misma. Todo se encontraba reemplazado por humo, por lodo, caballos y vaqueros, disparando sus revólveres de manera errátil contra jaurías de piel rojas salvajes. El chico no supo adónde marchar. Esquivaba equinos mientras intentaba de alguna forma hallar un claro donde confinarse, pero el humo le vedaba los ojos. De pronto, el hombre de fuego surgió de la oscuridad y tomó al chico del brazo. Podía sentir cómo la piel se le pudría de una sola estocada.


—¿Cuándo es el ataque? —habló con una voz abismal.


El chico continuó gritando mientras bregaba zafarse de su contacto.


—¡Dímelo!


Cayó en un abrevadero. En vez de sus piernas levantarlo lo terminaron succionando en un pozo de turmalinas del que no podía escapar. Una aberración de nebulosas atravesaron su cuerpo, golpeando su malograda cabeza con los capullos de plasma de las estrellas. Nadó contra la corriente de un agujero negro, pero fue otra tarea inútil que se llevó acabo sin ninguna fuerza suficiente. Su parte superior entró primero, la cual dio vueltas como el rotor de una licuadora y salió sobre un charcal de sangre del que casi se ahogaba. Un tanque de guerra apareció, luego dos soldados y un ciempiés de más de siete metros de largo. El chico corrió a través del angosto pasillo de las trincheras, evitando con poca pericia el bombardeo de los F16. Tropezó con el cadáver de un soldado alemán y se estampó contra el suelo en una lluvia de explosiones bermellones y escarlatas. En medio de la trifulca de colores vio la figura del hombre de fuego. El escenario volvió a cambiar, y las luces se transformaron en enormes linternas conducidas por autos voladores. El humo se deshizo y surgieron torres eléctricas al punto de que la vista se perdía intentando de encontrarles un pináculo. Se empapó de una lluvia púrpura, típico de un cielo cubierto como el de una lámpara de lava. Los robots caminaban vertiginosamente. El chico corrió a través de la calle infestada de letreros publicitarios, y se detuvo debajo de un puente cuyo tren pasaba con un desagradable estertor. Ya cuando el silencio se hubo instalado, un robot araña se apegó a su pierna. Fue un segundo, y un tercer animal que lo atrapó, y al intentar querer forcejar, ya era demasiado tarde. El hombre de fuego lo tomó del cuello y su chaqueta hizo una combustión instantánea.


—¡Cuándo es el ataque! —preguntó.


El chico estaba lleno de horror, y, de fascinación.


—¡Dímelo! —entonces los bordes de sus ojos se alargaron y su espalda se estiró con la punta de una flecha y cada diente se afiló.


El chico gritó, pero fue absorbido por la voz abominable.


—Es tu fin.


—¡El 4 de julio! —contestó—. ¡El 4 de julio! ¡A las tres de la tarde!


El hombre sin embargo no le soltó. Cubrió su rostro con la mano que le quedaba causando que las carnes se le abrieran como hojas rastrilladas.


—¡Basta! —gritó—. ¡Detenteee!


Destelló una sangre que rebotó por todos lados. Inundó el suelo con acuosos pasteles arcoiris que llegó hasta la otra calle, y a la otra, y la otra calle, creando un tobogán alrededor de sus pies. Toda la ciudad se vino abajo. La gravedad era tan impresionante que convirtió a los edificios en espaguetis. Observó a un Pegasus aletear por un lado y una oruga que le expelió humo en su nariz. Cayó fuertemente sobre una alfombra barroca, en una habitación que no le pertenecía. ¿Dónde estaba? La alfombra le gritó y le exigió que se levantara. El jarrón que estaba en la mesa detestaba la horrible voz de la alfombra. La alfombra que era amiga de la mesa, se movió y tiró al jarrón al piso. El refrigerador apareció dando fuertes zancadas de la cocina y se lanzó contra la mesa. Un ejército de sillas avanzaron en contra del refrigerador. La licuadora, la lavadora, la batidora y el juego de platos con los cuchillos, cucharas y tenedores atacaron a las sillas. Fue tanto el alboroto que la araña del techo despertó y cayó encima de todos. Encima del chico. Y oyó el grito de una mujer


Y de pronto, ocurrió.


Todo se volvió tinieblas en una polvoreda de desvanecimiento ensordecer.


Su cara desapareció. Un momento, o tiempo después, abrió los ojos.


Era su casa.


Había un trozo de pizza.


Una botella de naranja vacía.


Marihuana.


El control del Xbox en el suelo.


Mierda. Se había pasado esta vez.


En el fondo se rió, pero temió tanto de que aquello se hubiera sentido muy real. Porque no lo era, ¿verdad?


Su teléfono vibró de repente. De no ser, que no era su novia, jamás habría contestado.


—¿Sí? ¿Quién habla?


—Buenas tardes, señor Khalil, espero se encuentre muy bien.


Esa voz.


—¿Cómo sabe mi nombre?


—Quisiera de buena fe agradecerle por haber colaborado con nuestra institución. Créame que será muy bien recompensado.


—¿Quién demonios es usted?


—Ya lo sabrá —dijo—. No haga nada estúpido y mire por la ventana.


Estaba en lo correcto. No debió haberse fijado en la ventana. Dos autos acababan de aparcar en su casa.


Era la policía.

6 de Junio de 2020 a las 02:21 4 Reporte Insertar Seguir historia
10
Fin

Conoce al autor

Fred Trespalacios Escritor, estudiante de publicidad y amante de la nueva literatura https://www.instagram.com/phtrespalacios/

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Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Excelente diálogo!
November 26, 2020, 23:18
Samantha Hirszenberg Samantha Hirszenberg
Diooos. Es que este relato es de lo más singular. Lo amé mucho. Si tuviera que describir una sensación, creo que sería... ¿surrealista?; no lo sé. De verdad me gustó mucho!
October 25, 2020, 15:29

  • Fred Trespalacios Fred Trespalacios
    Estoy agradecido por tu apreciación 😊😊😊 y espero que nos sigamos leyendo... Saludos, y, muchas gracias October 25, 2020, 23:18
  • Samantha Hirszenberg Samantha Hirszenberg
    Ah, definitivamente quiero leer más de sus escritos, me gusta mucho su prosa. :3 ¡Saludos! October 25, 2020, 23:24
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