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Leovaldo Noriega


En una guerra antigua, que nadie conoce, sucedieron acontecimientos espantosos. Dioses falsos desean destruir a la humanidad. Los sobrevivientes intentaran salvarla, pero la diferencia numerica es aterradora. Solo los humanos podran salvarse de su desdicha.


Fantasía Épico Todo público.
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El Rugido

Ese día llovía tan fuerte, que el regreso a casa se hizo infructuoso. El viento derribó mi paraguas, haciéndolo volar muy lejos de mí hasta desaparecerlo en la oscuridad. Entre los fuertes vientos y el aguacero, entre los charcos del camino y los truenos, me hicieron sentir turbada y con mucho frío. No había luz en el camino, solo lograba ver un poco cuando un relámpago alumbraba. Trataba de memorizar al instante lo que veía.


Mi esposo estaría en casa preocupado por mí. Conociéndolo ya me tendría la cena lista junto a un té de manzanilla caliente. Sentí que el teléfono vibró dentro de mi cartera hace como 20 minutos pero no lo pude atender.


Llegue a la puerta de mi casa. Miré mi empañado reloj. Eran las 8.10 de la noche. No había ninguna luz encendida. Supuse que aquí también se había ido electricidad. Este aguacero era muy extraño, llover tan fuerte en época que no es de lluvia.


La puerta crujió como de costumbre. Sentí que arrastré algo al abrir. Saqué mi celular para alumbrar un poco. Llamé a mi esposo para que me ayudara, pero no escuché que me respondiera. Dejé mi cartera mojada en la mesa y un olor a chamuscado inundó mi olfato. Con la linterna del teléfono me acerque a la cocina y vi una olla pequeña en el fogón. En ella estaban unas flores de manzanilla carbonizadas. Lo apague inmediatamente y volví a llamar a mi esposo.


-Querido, ¿estás aquí?-


Me devolví hacia las escaleras. Me quería secar y cambiar de ropa. Antes de llegar a las escaleras, noté el brillo de un objeto en el suelo cerca de la puerta. Era el teléfono de mi esposo. La pantalla estaba rota y algo lo había manchado. Volví a llamar a mi esposo pero no me contestaba.


Me dispuse subir al dormitorio. Ya me estaba inquietando, todo era muy extraño. Marqué el 911 y dispuse mi dedo cerca para marcarlo por si ocurría algo.


-Alberto, Alberto ¿estás allí?- lo llame con voz temblorosa.


Pero seguía sin responder. Entré al dormitorio, pero pisé algo al entrar que me hizo caer. Me lastimé la rodilla. Mi teléfono se cayó al suelo y la batería se desprendió. Busqué un poco en la oscuridad pero no pude hallarla. Utilicé el teléfono de Alberto para iluminar. Miré a mí alrededor y no había señal de él. Alumbré hacia el suelo y allí vi una especie de brazo disecado. Mi impresión no me permitió moverme pero no dejaba de alumbrarlo. Me acerqué lentamente y noté que llevaba el anillo de matrimonio de... Alberto.


Cubrí mi boca. La desesperación empezó apoderarse de mí. Las piernas no me respondían y las manos me comenzaron a temblar. Un trueno sonó y un ruido en el pasillo escuché. La habitación me comenzó a asfixiar. Cada parte de mi me advertía que corriera. Me dispuse a salir de la casa y antes de llegar a las escaleras vi el cuerpo disecado de Alberto, en medio del pasillo. Su expresión parecía de sufrimiento. La piel estaba pegada a sus huesos. Sus ojos estaban desorbitados. Su boca estaba tan abierta que un puño entraría fácilmente por ella.


-Alber…-


Me acerqué lentamente. Me arrodillé junto a su cuerpo. Le faltaba un brazo. Escuché un ruido en la cocina. Marqué el 911. Fui corriendo al baño y me encerré. Me pellizqué queriendo despertar de esta pesadilla. Miré el teléfono y la llamada aun no caía, seguía buscando señal. Abrí lentamente la puerta. No veía nada y no tuve opción que seguir alumbrando con el teléfono. Caminé hasta las escaleras. Pasé el cuerpo de Alberto. Comencé a bajarlas lentamente con la mirada fija en la puerta de la salida. Ya cuando estaba casi al final de las escaleras corrí para abrir la puerta pero algo me embistió antes de poder llegar. Me golpeó tan fuerte que me estrello contra la pared rompiendo un jarrón que estaba allí puesto. Recobré el conocimiento a medias. Mis manos sangraban y el ojo derecho se me llenó de sangre. El teléfono cayó al suelo, aún seguía encendido y alumbraba una silueta que se acercaba caminando en cuatro patas. Mis labios se cerraron. Mi voz no salía. Parecía una gran bestia. Abrió sus fauces.


Mientras se acercaba, pisó el teléfono. La oscuridad volvió apoderarse de la casa. Un relámpago alumbró a la bestia. Era tan oscura que solo veía sus amarillentos ojos que brillaban. Enormes dientes que salían hacia fuera de su boca, su olor se asemejaba al de un animal muerto. Puso su nariz sobre mi cara y comenzó a olfatearme mientras un gruñido salía de su interior. Como pude, me moví para tratar de alejarme de aquella bestia, pero la pared me lo impidió, intenté levantarme pero un dolor en la columna no me lo permitió. La bestia asomó sus dientes. Se abalanzó sobre mí y mordió mi hombro izquierdo. Gritaba desesperadamente e intentaba quitármelo de encima, lo golpeaba con todas mis fuerzas. De pronto una extraña sensación empezó a recorrer mi cuerpo, sentía un hormigueo, el cuerpo se me empezó a entumecer. El ruido de la lluvia se fue apagando poco a poco.


El cuerpo cayó al suelo, con la piel pegada a los huesos. La bestia, con sus dientes manchados de sangre, saltó por una ventana y se perdió en la oscuridad de la noche.

5 de Junio de 2020 a las 19:36 0 Reporte Insertar Seguir historia
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