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En un pueblo cualquiera, en un pueblo sin agua y sin luz, pueden pasar muchas cosas. Cosas que quedarán en el olvido.


Cuento Sólo para mayores de 18.

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El botijo

En un pueblo cualquiera, en uno sin agua ni luz, vivía un niño de quince años llamado Martín. Solía ser risueño, despreocupado de la vida. Aunque aquel día no lo parecía.

Viajaba en una viejo carro de madera cargado de provisiones. Lo hacía en silencio, junto a aquel hombre al que le solía llamar padre. Se dirigía hacia la madurez, hacia ese crecimiento tan poco deseado en el que le convertiría en el hombre que se esperaba de él. Sabía que todo iba a terminar. Tan solo le quedaba recordar su pasado con la mirada perdida en el botijo que reposaba en su regazo.



No recordaba un momento concreto, su rutina le bastaba para ser feliz. Martín asistía al colegio y a la salida jugaba con sus amigos. Sin adultas obligaciones. Todos era perfecto hasta que llegaba aquel hombre.

Tan solo lo veía dos veces al mes, siempre se lo encontraba por sorpresa cuando volvía a casa a la hora de cenar sentado en la mesa del comedor con los brazos cruzados. Era grande y barbudo, fuerte e intimidante ante los ojos de Martín. El pequeño se sentaba frente a él y pasaba la cena entera escuchando las mismas palabras una y otra vez. Le contaba lo dura que era la vida y lo que costaba ganar dinero para mantenerle a él y a su madre. Pasaba semanas en el bosque talando para que el pueblo tuviese madera con el que calentarse. Para Martín todo aquello quedaba muy lejos todavía, era demasiado joven. Su padre no pensaba igual, ya que le repetía siemore vez que a su edad había tumbado más de un centenar de árboles.


Los días pasaban, las charlas cada vez eran más severas, pero el interés por madurar de Martín seguía siendo inexistente. Así que una noche, el padre le dijo que había llegado el día, que había llegado el momento en el que sus manos comenzarían a endurecerse. Iba a aprender el duro oficio familiar. Al hombre parecía no importarle las clases del joven, ya que le avisó que partirían al alba. La madre intentó que el padre cambiase de opinión, pero la decisión ya estaba tomada.


El leñador se levantó temprano. Aun así ya era tarde, Martín había desaparecido de su cuarto. El padre, furioso, lo buscó debajo de la cama e incluso en el interior del baúl de los viejos juguetes sin éxito. El pequeño observaba la escena desde lo alto del árbol que daba frente a su habitación.


Las riñas y los azotes del padre no impidieron que Martín repitiese el proceso al día siguiente, por lo que el leñador tomó una drástica decisión. Lo ató a la cama y selló la puerta y la ventana con tablones de madera. Martín lloró, gritó y pataleó hasta que cayó rendido.


Se despertó con los golpes del padre arrancando los tablones. No tuvo más remedio que levantarse y hacerle caso. Mientras el leñador cargaba las provisiones, Martín se lavó la cara, se cepilló los dientes y saboreó el desayuno de su madre. Al terminar, el hombre le esperaba en la puerta. La madre se despidió de Martín entre lágrimas, era la primera vez que se separaban durante tanto tiempo. Luego se subió al carro y padre e hijo partieron por la senda que iluminaba el primer rayo de sol.



El pesado botijo se tambaleó y Martín lo agarró con fuerza. Se habían detenido en medio de un húmedo y lúgubre lugar. Incluso la pequeña cabaña de madera parecía haber envejecido para pasar desapercibida en medio del oscuro bosque. Martín localizó una zona en la que se habían talado ya gran cantidad de árboles, pero ni aun así podía ver lo que atesoraba el bosque en su interior. Pero lo que realmente le causaba pavor era su padre. Por primera vez en todo el viaje, se dirigió a él y le ordenó descargar las provisiones. Así lo hizo. Bajó los bultos uno a uno mientras el leñador preparaba las herramientas para ponerse manos a la obra.

Cuando el carro estuvo vacío, padre llamó a hijo para darle su primera lección. Jamás habia sujetado antes un hacha, ni tan sólo podía levantarla por encima de sus hombros. Su maestro le enseñó, le gritó y le obligó a partir un viejo tronco. Fueron necesarios tres hachazos y cuatro golpes de correa para que Martín hundiese la hoja en la madera.

La noche llegó y martín pudo descargar al fin sus lágrimas para soportar el dolor que le producían los cortes de las manos. Durante la cena, el padre le dio su habitual charla. Tras el discurso, los dos durmieron sobre una tabla de madera cubiertos por una vieja manta.


Nunca había sido tan duro para Martín despertarse como aquel segundo día. El desayuno para nada se asemejaba al que le preparaba su madre, un par de rodajas de embutido sobre una yesca de pan y un puñado de frutos secos deberían ser suficientes para aguantar hasta el medio día. Su segunda clase no fue mucho mejor. Aprendió, a base de gritos, a realizar un corte en forma de cuña en el árbol para que cayera en la dirección correcta.


Los días pasaban, los árboles caían y Martín aprendía. A cada vez lo hacía mejor, incluso la madera iba ofreciendo menos resistencia ante su hacha. El ritmo de padre e hijo se elevaba y los víveres menguaban, no se detuvieron hasta que no hubo ni rastro de comida. Debían volver a casa, pero el carro estaba casi lleno. El leñador jamás había talado tanto antes. Le explicó a su hijo que si lograban llenar el carro, conseguirían una gran cantidad de dinero. Le pidió un par de días más, Martín aceptó.


Martín cortaba y cortaba. Un tronco más, pensaba. Miraba a su alrededor, muchos árboles habían caído ya. El sudor resbalaba por la frente nublando su vista. Él seguía cortando. Bebió las últimas gotas de agua de su botijo, eso no lo detuvo. Cortaba y cortaba. Y así siguió hasta que ningún árbol quedó a su alrededor. Cargó los últimos troncos sobre la carreta y tomó el camino de regreso.


Con botijo en mano, Martín regresaba a su hogar con el carro lleno de madera. Estaba feliz, al fin se había convertido en un hombre gracias a su padre, gracias a sus enseñanzas. Ahora entendía lo que era la madurez, la responsabilidad. Sin él no hubiese podido alimentarse en los últimos días. Y lo que quedaba del leñador se agitaba en el interior del botijo.

4 de Junio de 2020 a las 10:55 0 Reporte Insertar Seguir historia
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