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Cuentos para contar que sueñas que duermes

Era una calurosa tarde de verano, la electricidad se había cortado hace ya media hora, cosa común durante esta parte del año, y el hombre disfrutaba de una buena excusa para andar sin camisa por su hogar sin que su mujer lo recriminara. El calor jamás fue una molestia para él, mucho mejor que el frío que causaba dolor en sus viejos huesos y tendones.Todo el fresco que necesitaba era una ventana abierta y su propio sudor.

Lo único malo de esta clase de días era tener que combatir el aburrimiento. La falta de electricidad hacía imposible escuchar las noticias en la radio, y aunque podía verlas en su periódico, no tenía ganas de amargar los pocos canosos cabellos que le quedaban.

Al final, se decidió por tomar un lápiz y escribir una historia pudiese contar a sus nietos la próxima vez que vinieran. Escribió sobre tierras en las que en algún tiempo remoto vivió un joven cazador temido por muchos reinos por su perfecta puntería. El muchacho era capaz de atravesar el corazón de una manzana que se encontraba a una ciudad de distancia sin dañar una sola hoja del árbol.

Cierto día un duque, deseoso de semejante talento, le ofreció empleo como el primero entre sus guardias. El joven no deseaba nada salvo cazar y dudaba que el noble pudiese darle algo que él quisiera por lo que rechazó la oferta.

Como la mayoría de los hombres que ocupaban una posición de poder por un largo tiempo, el duque se enfureció por aquello que consideró una ofenda hacia su persona e hizo encerrar al cazador en una de las numerosas prisiones que lo hacían sentir seguro en su pequeño mundo.

En su encierro, el cazador encontró su sueño como consuelo. Entre aquellas paredes de piedra grises que lo miraban en silencio, hizo su cama y soñó. Soñó en sus sueños mientras dormía que ya no era el cazador encerrado en una prisión soñando, sino hombre libre con sueños que despierto era pescador.

Al viejo pescador le gustaba pasársela contemplandoel mismo mar como tantas otras veces había hecho a lo largo y ancho de su vida. No sabía nada salvo pescar, pero sí conocía otra cosa aparte del gran mar. Mirando al mar recordaba a la tierra donde nació, los perros ladrando desde sus casas a las personas que paseaban por las veredas, las palmeras que ofrecían sombra contra el sol, los mosquitos que parecían cubrir al mundo durante esas pesadas noches de verano, y también se acordaba del río donde fue de pesca por primera vez.

Nostálgico, miró al mar nuevamente y lo invadió una pena descomunal por él. Nunca pudo amar al mar como amó a su río. El mar era demasiado grande y su amor demasiado escaso como para cubrirlo ¡Qué pequeño era su amor y que extenso era el mar!

En su compasión, compartió una historia con aquel que jamás amaría, una que había escuchado en una de sus noches en esas pulperías llenas de otros hombres tan escasos de amor como él. La historia hablaba acerca de un castillo de arena dorada construido sobre un desierto de marfil blanco que se extendía hasta más allá del fin del mundo. En los pasillos del palacio se paseaban sirvientes de todas las razas y edades con el fin de ofrecer sus servicios al gran príncipe de las historias y a sus tres esposas.

La primera de las esposas dormía en la biblioteca en donde escribía las historias de todas las cosas.No había ciudad, país o continente cuya vida no estuviese narrada con tinta en aquellos libros. Ella nunca dormía, pero si lo hiciese de seguro soñaría con fantasías de las que nunca escribiría porque nunca habían ocurrido.

La segunda conocía y compartía con su gente las historias de sus ancestros y aquellos que estuvieron antes que ellos. Solo por ella las personas del palacio sabían que el hombre nació del barro y fueron cocinados en un horno por dioses que quizás ya hayan muerto o sido olvidados antes de los tiempos de sus abuelos.

La tercera de las esposas era la favorita del príncipe por sus dulzura e imaginación. Todos los días solía tejer vestidos con paja que le regalaba un duende petiso con gran amor al vino.Cada día tejía once camisas para sus once hijos, y cada noche fallaba en completarlas dejando la última camisa sin terminar y a su onceavo niño con frío en su brazo sin magas. Todas las noches, a modo de compensar a su amado varón, compartía con él cuentos de cosas que nunca fueron y nunca serán.

En una de esas noches, le contó cosas sobre un país sin nombre en un tiempo que no fue. En aquellas tierras existía una ciudad que podía ser vista desde todos los rincones de la tierra, pero a la que nadie podía llegar. La ciudad lejana la llamaban.

En la ciudad que nunca nadie pisó, se alzaba una biblioteca sin construir en que se exhibían libros que todavía no fueron terminados. A pesar de todo esto, era sabido que el décimo libro en la tercera estantería a la izquierda sería abierto por el ultimó hombre sobre la tierra y este conocería todas las profecías escritas allí por el penúltimo sabio que sabía que la tinta y el papel es más duradera que la carne y la sangre.

La primera y última profecía narraba la única anécdota desconocida de un viejo gurú que guiaba a su gente con la sabiduría que recolectó con los años y nunca fue capaz de usar durante su turbulenta juventud. En el primer día de su último año sobre la tierra, el anciano de piel morena se sentó en un círculo conformado con aquellos que se habían llamar sus discípulos y les dijo:

¨Somos sueños y por eso mismo seremos eternos. Nuestra corta vida formará parte de las finitas piezas que conforman la eternidad. Vayan a sus casas y sueñen, sueñen que son sabios o que son mariposas, sueñen que despiertan de un sueño que no pueden recordar¨

Dicho esto, los mandó para sus hogares a que pusieran en práctica su lección. Cuando se quedó solo, decidió hacer caso de su propio consejo y cerró los ojos. Ya no era sabio ni gurú, solo un hombre viejo en un día de calor que por aburrimiento tomó un lápiz y comenzó a escribir una historia sobre un cazador…

3 de Junio de 2020 a las 14:03 0 Reporte Insertar Seguir historia
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