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El jardín del sultán

Existe una ciudad en el horizonte.

Son varios registros históricos antiguos que hablan del Sultán Mohammed Jisol II, gran gobernante, o tal vez humilde, de las llanuras del este de lo hoy es considerado una pequeña parte del territorio de Turquía.

Lo que se cuenta de él fácilmente podría pasar por habladurías, chismes o hasta invenciones de los letrados de aquel tiempo para desacreditar a un antiguo gobernante para ganar el favor de los actuales. Se han recopilado varias versiones de su vida puesta por escrito por sus ministros o legistas de territorios vecinos, cada una de ella es tan radicalmente diferente a la anterior que, si no fuera por el hecho de que todas incluyen una referencia a una anécdota en particular, se pensaría que hablaban de distintos tiranos de igual nombre.

La versión que compartiré con ustedes, estimados lectores, pertenece a un poeta/cantor que se estima que vivió en el mismo periodo que el sultán. No se trata de las confiables, neutrales, o siquiera históricamente correctas; pero presenta un carácter fantástico que la hace despreciable para cualquier estudio histórico serio, y por tanto interesante para cualquier lector aburrido.

Lo llamativo del relato no está solo en su contenido, sino también en las circunstancias del mismo. Este fue aparentemente traducido por del fallecido arqueólogo español, Antonio García, quien le dedicó un breve capítulo en su libroCanta autores del orientepublicado en el año 1967 por la editorial Gredos gracias a los esfuerzos de su viuda Antonella de García, quien se encargó de dar a conocer al mundo los últimos escritos de su esposo. En este el autor afirma que encontró el relato escrito y escondido en una antigua copia del Toran que halló juntando polvo en una feria de pulgas en uno de sus viajes a Siria.

No fueron poco quienes intentaron visitar a su viuda para hacerse con los manuscritos originales y otros escritos del gran hombre solo para encontrarse con el horror de una escena sacada del oscurantismo.

¨Él quería ser cremado y esos libros eran parte de él¨ Justificó Antonella de García.

Es por esto que incluso la veracidad de esta versión está puesta en duda. Una versión que nadie se atrevería a citar en ninguna tesis seria, y la versión que elegí para compartir con ustedes.

Fundamento esta decisión en el hecho de que la mera existencia del Sultán continua en debate, por lo que la versión más adecuada será que la haga justicia al carácter mitológico del gobernante.

¿Quién sabe? Quizás sea en la fantasía donde se revele la verdad de un personaje que tal vez sea también una fantasía de los hombres.

De cualquier manera, eh aquí el relato:

Existe una ciudad en el horizonte, más allá de donde los camellos son capaces de caminar. Ya sea que uno mire hacia donde nace el sol por la mañana o se dé la vuelta en dirección a su muerte, la ciudad siempre estará allí donde la vista del mundo se corta.

Muchos nombres se le han dado a la ciudad a lo largo de nuestra historia; utopía la llamó uno de esos vanos poetas ingleses, alabadores de madera, que no saben sino imitar a los maestros griegos; la ciudad virtuosa decía un verdadero maestro de la metafísica; ´la ciudad de Dios´ aclamaban los herejes e ignorantes que bien merecidamente se encontraban a merced del látigo por sus lenguas sueltas. Pero Mohammed Jisol II la conocía solo como la ciudad en el horizonte.

Desde su más tierna infancia, el sultán, aun príncipe, pasaba su día estudiando a los grandes maestros y contemplando los muros de aquella inalcanzable ciudad desde la parte más elevada del gran jardín, orgullo del palacio. No fueron pocas las veces que sentado entre los arbustos florales y árboles frutales que su padre le contó sobre los intentos de sus predecesores de llegar a aquel lugar solo para ser tragados por las arenas de la bestia de infinitas bocas conocida como el desierto.

No hay, en el mundo terrenal, un jardín más hermoso que este. Ningún hombre, salvo los profetas, pueden presumir de haber visto unas tierras como estas. Hijo mío, esa ciudad no puede ofrecerte nada que no puedas hallar aquí en el palacio.

El sultán siempre recordaría el rostro amargo, y hasta temeroso, de su padre cuando miraba esa lejanía.

Fueron quizás esos recuerdos los que lo impulsaron a llamar a varios de sus más leales súbditos y ordenándoles les que se separan en cuatro grupos, uno por cada punto cardinal, los encomendó a que viajaran a tierras lejanas a buscar algo que provenga de la lejana ciudad o, en su defecto, que la supere en belleza y majestuosidad a las historias que se contaban sobre la

Fueron cuatro los fatídicos viajes que se emprendieron en ese día; fueron ochenta los hombres que se encaminaron a un viaje sin más caminos que los que sus propias huellas dejaban en el suelo; fueron tres los años de que transcurrieron con el tirano mirando con sentimientos que ni él entendía a la lejana ciudad hasta el regreso de aquellos sirvientes cuyos nombres no le preocupaban; veintitrés fueron los viajeros que volvieron a pisar su tierra natal.

Como la mayoría de los tiranos, las ordenes de este príncipe eran de una naturaleza caprichosa y si tenía que ser honesto, cosa que no sería a causa de su orgullo, se había olvidado hace mucho tiempo de la misión que había dado a estos hombres. Mas eso no evitó que celebrara un banquete que no hizo otra cosa que saciar su ego y los pequeños estómagos de unos hombres que perdieron mucho.

Tras la improvisada celebración, llamó uno por uno a los grupos para ver y escuchar sus hallazgos.

El primer grupo le trajo sables con un filo tan excelente que podían cortar el acero como si de papel se tratase, le mostraron cañones capaces de destruir flotas enteras con solo un disparo, y le ofrecieron armaduras tan duraderas que ni la pisada de un elefante podía siquiera abollar.

El sultán ordenó que estos regalos fuesen guardados bajo llave, tan alejados de su vista como le fuera posible porque, a pesar de sus múltiples defectos, era un amante de la paz. Ningún hombre los tocaría hasta que los vientos de la guerra llamen a su puerta.

A este grupo insultó acusándolos de brutos, pero les concedió suficiente recompensa como para vivir sus vidas de manera honrada si bien humilde.

El segundo grupo le presentó joyas y piedras preciosas de diversas formas y colores diciendo eran tan bellas como los ojos de los ángeles.

A estos los sentenció, y con buena razón, a que se les arrancara los ojos puesto que, si en verdad creían tal blasfemia, de poco les servían. De cualquier manera, les permitió quedarse con una décima parte del tesoro que trajeron y el resto los destinó una parte a sus gustos opulentos y el resto a mejorar la ciudad.

El tercer grupo era el más numeroso, y trajeron con ellos sabios, astrónomos, matemáticos, legistas y otros hombres de ciencia y filosofía. El conocimiento que traían consigo estos estos era capaz de poner en vergüenza a su propia biblioteca.

La recompensa que ofreció fue el financiamiento de los proyectos de estos hombres con los tesoros que obtuvo del anterior grupo, puesto que consideraba que el mejor regalo por el conocimiento era la oportunidad de hacerse con más.

El cuarto y último grupo consistía de un solo hombre joven que se acercó al sultán y parándose a su mismo nivel, le susurró al oído aquello que halló. De sus labios brotaron la más dulce canción que oídos humanos jamás escucharon, una hermosa melodía que le fue enseñada por un profeta sin nombre en una aldea que ya no existe ubicada en las costas de un mar que nunca existió.

Este fue el único obsequió que el sultán en verdad apreció y entre lágrimas envolvió al joven en un abrazo antes de ordenar a sus guardias que le cortaran la lengua y lo mandasen a degollar. Esto no debería ser ninguna sorpresa para nadie, pues bien es sabido que los tiranos temen todo aquello que puede ejercer poder sobre ellos y lo que creen poseer.

Una vez terminado esto el gobernante se retiró a su alcoba decepcionado por haber fallado en su proyecto, y tal vez se sintiera un poco aliviado de no haber hallado nada que verdaderamente procediera de aquella ciudad que había aprendido a temer con el paso de los años.

Pasaron las horas y llegada la mitad de la noche el sueño todavía no le llegaba. Inquieto, fue a buscarlo por todo su palacio. Buscó en las cocinas que todavía conservaban el aroma de los ingredientes que allí se usaron, en el comedor tan grande e imponente como limpio, en el frío y oscuro calabozo donde un joven culpable solo ante sus ojos esperaba la muerte, pero nunca encontró su sueño.

Desesperado salió a visitar su jardín, cosa que por alguna razón no quiso hacer en primer lugar. Desde sus rosales importados de tierras extranjeras hasta sus altas palmeras que ofrecían sombras durante el día, estaban cubiertas completamente con el manto negro de la noche sin luna.

Y sintió miedo. A pesar de la oscuridad total que no le permitía ver sus propios pies, la forma de aquella ciudad de la eterna lejanía pareció más cercana que nunca, hasta el punto de que creyó poder alcanzarla con solo estirar sus brazos. Y como a veces sucede, la curiosidad venció al miedo, o quizás fue miedo lo que justamente lo motivo, y el sultán comenzó a caminar en su búsqueda.

En la mañana siguiente nadie fue capaz de encontrar al gobernante en ninguna parte del palacio, y las búsquedas en la ciudad tampoco rindieron ningún fruto. Los guardias y ministros se culparon los unos a los otros, pero curiosamente la ciudad continuó funcionando como siempre lo había hecho.

No fue hasta la víspera del cuarto día que el sultán ingresó caminando por la puerta del palacio vistiendo una prenda de un color que la boca de los hombres era incapaz de describir. En silencio continuó su recorrido hasta su jardín y con una expresión desolada se desnudó allí mismo.

Quemen estas telas junto a este jardín, rieguen los suelos con sal, y desháganse de las cenizas. Asegúrense de que nada vuelva a nacer en este jardín que alguna vez amé y envidié de forma que ustedes jamás entenderán.

Nadie se atrevió a cuestionar estos actos en voz alta y el sultán continuó gobernando con la única diferencia de que ahora lo hacía en silencio. Nunca hablaba a menos que fuese absolutamente necesario, y en las contadas ocasiones que lo hacía, articulaba sus palabras una por una con nerviosismo. Además, cuando caminaba por fuera de su palacio, su mirada siempre estaba fija en el suelo como si temiera alzar su vista hacia el horizonte.

En su lecho de muerte, sus últimas palabras a su heredero fueron inmortalizadas por los escribas como si se tratara de oro:

Hijo mío, aquella ciudad…

El relato se corta de forma abrupta en esta parte. Si esto era todo lo que estaba escrito en el manuscrito original o si García falleció antes de terminar su traducción nos es, y será, un misterio.

Cualquier lector acusará al poeta de que todo el relato es solo una excusapara criticar la situación política de la ciudad o de los tiranos en general. El sultán pasa a ser un vulgar instrumento narrativo para exponer los que autor consideraba la cuatro pilares con los que se construye una ciudad: una fuerza armada, el comercio, la actividad científica y filosófica, y los aspectos culturales y artísticos.

Desde este punto de vista la acción final de Jisol II puede verse como una mera metáfora para la fragilidad del ego de los tiranos y su paranoia. No intento desacreditar dicha visión, pues es posiblemente la intención de su autor, pero en mi humilde posición como narrador propongo al lector centrarse en otro aspecto del relato. Hablo de la prenda con la vestía Jisol II al final del relato y el secreto que ella guarda.

Todos los elementos extranjeros en el relato se describen de una forma u otra, pero el autor no hizo una excepción con el color de esta tela porque podemos concluir que esta fue adquirida en la ciudad lejana por el carácter indescriptible de la misma.

En cuanto a la ciudad, nos es posible confirmar que esta, al menos en el relato, no era una habitada por ángeles, porque de ser así el tirano no se hubiera atrevido a quemar la prenda.

Decir que la ciudad es una metáfora para lo inalcanzable ignora la presencia del trozo de tela, que nos obliga a reconocer la existencia física de esta.

Mi conclusión personal es que la verdad de la ciudad en el horizonte esta descubierta en el final inacabado. Con esto no me refiero a que estuviera presente en las líneas que nunca se escribieron, sino que está presente en el hecho de que no se describa.

El poeta original o quizá García nunca tuvieron oportunidad de describir la ciudad. Quizás fue una misión que ellos cumplieron sin darse cuenta, quizás Jisol se dio cuenta de esa misión antes que nadie y por eso quemó el único objeto relacionado con la ciudad, quizás temió que su jardín sirviera como puerta de entrada a aquel lugar y, a pesar del dolor que le causaba, cumplió con su deber sagrado de mantener esa ausencia de descripción. Si es así, no podemos descartar que la viuda de García también cumplió su rol en esta tarea infinita sin siquiera notarlo.

Y ahora yo comparto ese temor de describir algo que no que debería ser descrito o cuya esencia sea aquel carácter indescriptible. Aceptando el deber que tantos otros cumplieron sin conocerlo, cometeré el mayor pecado que puede cometer un narrador.

Callaré.

3 de Junio de 2020 a las 13:57 0 Reporte Insertar Seguir historia
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