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Dorian Sanchez


Una tierra donde suceden acontecimientos extraños que envolverán a un grupo de personajes en situaciones peligrosas, con traiciones y misterio. Y como dos feroces perros con poderes sobrenaturales controlan los más básicos temores de sus corazones.


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Suspiro

En la corriente de mi soledad. Corrían ya dos días por aquella fecha de los muertos.

Me encaminaba al cementerio de las manzanas. Mi boca esbozo una risa irónica. Mi mente se encontraba sofocada por los diversos recuerdos que golpeaban mi cabeza, lleno de diluidos pensamientos de alegrías del pasado, y la interminable tristeza que se hacía presente, tan jovial como hace dos días. Caí en los recuerdos, ya muy tarde, de que en ese lánguido lugar, lleno de lágrimas secas y obscenidades abundaban los arboles de dicho fruto carmesí.

Aun había gente en aquel momento, postrados en las sepulturas. Los sollozos respingaban entre las otras pequeñas multitudes. Yo me alejaba de ellos, en busca del lecho de muerte de mi abuelo, acaecido hace dos años. Dos figuras negras, altas y flacas pasaban por medio del estrecho camino casi imperceptible. Iba detrás de ellos. Aquellos espectros religiosos encaminaban sus pasos despreocupados, señalando hacia el horizonte y riéndose. Me detuve detrás de un pequeño mausoleo al instante en que ellos también lo hicieron ante una lápida dura de mármol refinada.

—Ante la virtud de los hombres, todo está hecho—dijo la figura más alta, sin aun empequeñecer tanto a la otra.

— ¿Es justo esto?—aquellas palabras se desgarraban del otro hombre con una expresión de apatía.

—todo lo justo que puede ser. Ve lo de esta manera, las vidas puestas aquí salvaron otras de mucha más importancia—dijo mientras hacía gestos despreocupados.

Aquellos se vieron por un momento. Echaron a reír.

Mi corazón comenzaba a sentir los estragos de la intriga y el miedo—. ¿Que rayos hacían ahí?

—Es hora de que empecemos nuestra marcha. Aún nos queda un largo tramo.

Cuando las dos figuras retrocedieron, sus rostros eran como una mezcla de misterio y terror. Había reconocido aquellos hombres, habían sido padres. El padre Sebastián, el más alto. Sus ojos azules eran como esquirlas afiladas, podía sentir su mirada como estocadas. Había muerto hace 7 años. Sus pies encontraron el destino fatal por una mina rezagada en un pequeño campo donde había sucedido previamente un pequeño combate. Recuerdo a mi abuelo hablar del tema con una tallada figura de tristeza, abatido por la muerte de su amigo. El otro padre solo lo había reconocido por su rostro, pues más nada sabía de él, aunque en un principio me costó, su rostro estaba marcado por cortes ya marchitos.

La cuestión aquí que provoca en mí un estallido de emociones negativas. Mis pies empezaban a temblar como si de un terremoto me atacara. Todo aquel contraste de sentimientos y pensamientos cesaron un instante y solo me invadía la curiosidad. Me acerque hacia la lápida de mi abuelo. Se encontraba su foto impreso a detalle en aquella piedra lucida que me observaba sin emitir sonido alguno. Podía sentir el silencio espectral en mi pellejo— ¿qué querían de ti abuelo?— mi cabeza cayó después de los fugaces recuerdos de mi querido abuelo—. Es imposible abuelito.

Un perro de pelaje blanco se asomó frente a mí. Sus ojos destellantes color rojo vivo me escudriñaban. Pude sentir sus garras afiladas clavándose en mi ser. Olió la lápida y volvió a mirarme. De sus fauces soltó un pequeño ladrido. Se marchó de inmediato. Pude conectar de nuevo con mis oídos aquellos sonidos de lamentos, que solo se producían por la pérdida de aquellos a quienes se amaban y habían desaparecido de forma física de sus vidas. Mi corazón aun saltaba, inquietante e indomable, hasta que de mis pulmones se escapó un suspiro, recorriendo el trayecto hasta encontrar salida por mi boca. Presencie con mi casi opaca vista hacia arriba como los buitres formaban un círculo nubloso y confuso.


1 de Junio de 2020 a las 18:44 0 Reporte Insertar Seguir historia
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