reyiku20 Reyiku

Cormoran Town, escritor famoso de 24 años, cansado de la ciudad de Londres y del acoso de los paparazzi tras la ruptura con su novia de varios años, decide mudarse al condado de Hertfordshire y comprar una cabaña en las afueras, rodeada de praderas y sin ningún vecino entrometido para interrumpirlo mientras tiene la creatividad volando a su alrededor. Su tranquila vida se complica emocionalmente cuando conoce a la encantadora, adorable y bella Victoria Becher. Pero hay un problema con ella. Tiene tan solo 16 años. ¡Una niña! Cormoran intenta reprimir esos sentimientos que solamente lo hacen sentirse como un pervertido. Pero. ¿La pasión que Cormoran siente por ella será más fuerte que la razón? Historia registrada, queda prohibido la reproducción de la misma sin el consentimiento de la autora.


Erótico Sólo para mayores de 18.

#amoradolescente #pasión #primeravez #sexo
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Cpaítulo 1 - Cormoran

Al momento que empecé a empacar tenía la sensación de que me esperaba una vida más tranquila en el condado de Hertfordshire. La ciudad ya me tenía asqueado, el ruido del tráfico afuera siempre me causaba dolor de cabeza.

Ya había soportado muchos años esa contaminación ruidosa que siempre me interrumpía y robaba mi inspiración, y la causa de eso había sido Sabrina, mi ex novia, a quien había encontrado teniendo sexo con mi editor en nuestra cama.

¿No sé por qué no me di cuenta de eso antes?

Ahí estaban todas las señales, cuando ella me decía que iba a salir a tomar café con su mejor amiga y ese café duraba alrededor de cuatro horas, todos los jueves en la tarde, cada vez que la llamaba a su teléfono sonaba apagado y, era exactamente lo que sucedía con mi editor. Siempre que lo llamaba él respondía. Excepto los jueves por la tarde.

Mientras que yo jamás noté esas señales, ya que siempre me veo sumergido escribiendo mis historias, y cuando eso sucede me alejo de todo el mundo que me rodea.

Tal vez fuera mi culpa por no dedicarle suficiente tiempo a Sabrina, o tal vez ella solo es una egoísta y manipuladora bruja. Sea cual sea la razón ya no me importa, dejé de sentir algo por ella cuando la encontré con Robert en nuestra cama.

Ahora debo centrarme en lo que me importa por el momento, en mi trabajo. Y al mudarme a un lugar tranquilo y alejarme de todo esto es lo mejor.

Mi interés por mudarme al condado de Hertfordshire nació cuando di una sesión de firmas en una de sus librerías hace ya más de año y medio, me encantó mucho ese lugar y por eso cuando supe que vendían una cabaña en medio de una pradera sin ninguna casa alrededor no desaproveché la oportunidad, decidí comprarla.

Investigue sobre las tradiciones y costumbres, así que sabré como moverme entre las personas cuando decida dar un paseo por el lugar.

Cargué las últimas cajas hasta mi auto y le entregué la llave a Michael el portero, despidiéndome así de la vida en la ciudad de Londres.

Ni siquiera le he informado a la editorial de mi decisión de mudarme, y como no tengo más un editor para decirle que se encargara de informar a los demás sobre mi mudanza, decidí que se los informaría en cuanto estuviera instalado completamente en mi nueva casa.

***

El viaje duró alrededor de siete horas en automóvil, así que cuando pasé por sus calles ya eran más de las diez de la noche, los establecimientos estaban cerrados, excepto la gasolinera que estaba abierta las veinte y cuatro horas del día.

Hice una parada para llenar el tanque de combustible y verificar en el mapa si iba por la dirección correcta. Como siempre he sido bueno para perderme a pesar de cargar conmigo un mapa. Levanté la mirada y le pregunté al empleado de la gasolinera cómo podría llegar a la cabaña que pertenecía al señor Duncan.

El empleado era nuevo en el condado así que no pudo ayudarme. Me giré en redondo para encontrar a alguien más que pudiera ayudarme. No había nadie. Miré al otro lado de la calle y una súper tienda de comestibles estaba aún abierta, tenía un enorme letrero en la parte de arriba que decía ―Súper tienda Becher― con luces parpadeantes, y en una de las enormes ventanas había otro que decía, ―Somos la única súper tienda que te satisface con todos los productos que ningún otro te da―.

Bueno sería mejor que fuera así, o estaría perdido si no tuvieran mis barras energéticas de trigo, tengo una debilidad por esas barras por eso compré una caja de ellas antes de abandonar la ciudad. Supongo que era mi día de suerte ya que el letrero decía que permanecía abierto hasta las ocho de la noche y eran más de las diez.

Crucé la calle para entrar en la súper tienda, pediría indicaciones a la empleada y a la vez compraría algo para comer.

Cuando entré no había nadie para atenderme, seguro estará en el baño.

— Buenas noches. ¿En qué puedo ayudarle? —dijo un voz muy dulce detrás de mí.

Me giré para mirar a la persona que a pesar de ser tan tarde aún tenía paciencia para atender a los clientes con amabilidad.

Cuando la vi me quedé sin aliento. Frente a mi estaba una niña muy bella, con ojos y sonrisa dulce, su cabello negro azabache lo tenía recogido en una cola de caballo, llevaba una camiseta color café sin mangas, una sudadera abierta que colgaba del lado izquierdo de su hombro y unos ajustados vaqueros color negro, que lo único que hacían ese conjunto era provocar a cualquiera.

¡Pero qué rayos estoy pensando! Es una niña la que tengo frente a mí, no una mujer. De seguro tendrá catorce o quince años como máximo.

Recobré mi compostura y aclaré mi garganta para que mi voz no se escuchara nerviosa e insegura.

— Sí, necesito información sobre cómo llegar a la cabaña que pertenecía al señor Duncan —dije mirando mi mapa para evitar mirarla como un baboso pervertido.

— ¿Usted es quién compró la cabaña del señor Duncan? —su voz se escuchó emocionada y yo levanté mi vista para mirarla, y efectivamente en sus ojos se veía esa emoción que me transmitió cuando habló.

— Sí, la verdad es que aunque cargue conmigo el mapa siempre suelo perderme —comenté con el nerviosismo en mi voz, ¿por qué rayos me comporto cómo un adolescente nervioso?

— Claro, le indicaré como llegar allí sin perderse —su voz dulce no ayudaba en nada para ignorarla.

Pasó a mi lado y su perfume a vainilla me provocó una erección, se colocó detrás del mostrador y luego tomó una libreta de notas y comenzó a garabatear en ella, mientras ella dibujaba lo que parecía unas direcciones, yo miré alrededor para enfocar mi atención en otro lado y hacer que mi erección no se notara bajo mis pantalones.

Tomé una sesta y comencé a tomar lo que necesitaría para prepararme algo de comer. Tomé atún enlatado y pan para prepararme unos sándwiches de atún, mermelada de fresa, jugo de naranja y leche. Perfecto la erección había disminuido. Me giré de nuevo hacia la caja registradora, coloqué todo sobre el mostrador.

— Tenga —me dijo dándome un papel, lo tomé y en él estaba muy bien detallado la dirección de la cabaña —. Estoy segura de que no se perderá con estas indicaciones.

Me sonrió tímidamente, yo miré el papel y ella facturaba todo y lo colocaba en una bolsa de papel.

— Terminé con el inventario, ya podemos irnos —dijo una voz ronca.

Era un hombre de edad mayor, su cabello era totalmente blanco, seguramente eran las canas que habían cubierto su cabello que tal vez en una época había sido negro, su bigote era del mismo color y unas bolsas oscuras adornaban su pálido rostro y marcado por las arrugas.

— Sólo término de atender al señor —dijo la joven terminando de facturar mi compra.

— Oh, buenas noches —me saludó el señor con una amable sonrisa.

— Buenas noches —correspondí de igual manera.

— No lo había visto por aquí antes, ¿ha venido de visita por el condado? —preguntó el anciano con esa misma sonrisa.

— No, de hecho compré una cabaña —respondí.

— Él fue quien compró la cabaña del señor Duncan, abuelo —comentó la dulce joven. ¡Dios! Soy un pervertido.

— ¡Enserio! Vaya, esa es una buena noticia para el señor Duncan —expresó el anciano— ha tratado de vendarla por casi un año.

— No estará en malas condiciones, ¿cierto? —dije con cierta incertidumbre.

— No, no, al contrario, es una cabaña muy atractiva, pero el señor Duncan necesitaba venderla para pagar unas deudas —respondió— yo la habría comprado si no fuera porque lo que pedía era una suma muy exagerada.

— Sí, el precio era un poco elevado, pero necesitaba salir de la ciudad con urgencia así que la compre sin importarme cuanto valiera.

— No serán por problemas de justicia, ¿cierto? —dijo él entrecerrando los ojos.

― ¿Qué? ―elevé ambas cejas con sorpresa por su pregunta. Entonces el anciano al ver mi expresión rio.

― Sólo es una broma ―dijo entre risas.

— Ah, ya veo.

― Mi abuelo suele hacerle bromas a todo cliente nuevo ―comentó la joven mientras sonreía.

― En tiendo, pero no, no soy un fugitivo ―sonreí―. Soy escritor y el ruido de la ciudad me desesperaba, no me dejaba hacer mi trabajo, necesitaba un cambio de lugar y que mejor que una cabaña en medio de una pradera —los ojos de la dulce chica se posaron en mí y me pareció notar un brillo en ellos.

Bajé mi mirada a la mesa del mostrador tratando de alejar esos pensamientos pervertidos que se me pasaban por la mente cada vez que miraba a la dulce chica, cuando vi algo que me llamó la atención.

Había una frase escrita con una caligrafía muy hermosa en un pequeño cuadro. Pero no fue la caligrafía lo que me llamó la atención, si no la frase. Era un párrafo de mi historia —Hasta el ocaso—. Lo recuerdo muy bien, la escena donde Margaret le confiesa a Kyle su miedo más grande —El miedo al rechazo de cualquiera sería menos doloroso… que el mido al rechazo de esa persona que tanto amas.

Tomé el cuadro y lo levanté para luego esbozar una sonrisa, recuerdo cuando la escribí. Fue mi primer libro, y esa escena, quería tanto que alguien algún día usara las frases que plasmé en esa peculiar escena donde se revelaba todo de ambos protagonistas. Nunca pensé que encontraría una frase del día en una súper tienda.

— ¿Le gusta la frase?— me preguntó el anciano.

— Es una sorpresa encontrarme una frase que escribí hace años, y en la cual no había vuelto a pensar en ella —comenté sin quitar los ojos de la frase.

— ¡No me diga que usted es ese escritor! ¿Cómo se llama Victoria? —dijo el señor mirando a su nieta.

— Cormoran Town —dijo ella con la voz tímida, levanté mi mirada hacia ella para luego mirar a su abuelo.

— Sí, ese mismo, ¿es usted? —me preguntó arqueando ambas cejas.

— Sí, lo soy —esbocé una sonrisa y puse de nuevo el cuadro en el mostrador.

— Esto es encantador, ¿no, Victoria? —Miró a su nieta quien bajó su mirada con timidez— sabe, mi nieta es una gran admiradora suya, cuando usted vino al condado hace más de una año, mi nieta fue a su sesión de firmas. Pero nunca la obtuvo, ni siquiera una foto. Lloró durante dos semanas seguidas.

— ¡Abuelo! —exclamó Victoria consternada, por lo que parecía un secreto sólo de ella.

— Es la verdad. Que me parta un rayo si estoy mintiendo.

— Eso no importa abuelo, no tenías por qué decirlo —sus mejillas tomaron un color rosado y me pareció de lo más dulce que haya visto.

Me reprendí internamente de nuevo para recupera la compostura otra vez, y luego dije:

— Es bueno que tu abuelo lo haya mencionado, porque así podré darte ese autógrafo.

Ella se ruborizó aún más, tomé un papel del mostrador y luego un bolígrafo. ¿Qué podía decirle? —a la dulce Victoria y sus encantadores ojos que me hechizaron a pesar de ser tan sólo una niña, taché eso de mi cabeza y sólo escribí.

Gracias por ayudarme a localizar la cabaña, y lamento no haber podido cumplir tus sueños de querer conocerme.

Tuyo: Cormoran Town.

¡Tuyo! Pero qué rayos estoy pensando. No reaccioné sino hasta después de que le había entregado el papel. En cuanto pagué por lo que había comprado tomé la bolsa con las compras, me despedí de Victoria y su abuelo deseándoles una agradable noche y salí de ahí.

Abrí la puerta de mi auto y acomodé la bolsa en el asiento del pasajero, arranqué el motor y me dirigí a mi nueva casa siguiendo la indicación que Victoria me había dado.

Llegué a mi nueva casa sin perderme.

31 de Mayo de 2020 a las 22:57 0 Reporte Insertar Seguir historia
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