lucadomina Luca Domina

En las oscuras páginas de este libro descubrirás diez historias escalofriantes. Animales siniestros, criaturas extrañas, espectros y mentes perturbadas que te atraparán en sus garras y no te permitirán cerrar los ojos. Y ten cuidado, los efectos de la maldición aumentan a la medianoche... Si te gusta lo que lees, no te olvides votar y seguir la historia, eso me ayuda mucho para devorar, digo, captar más lectores. Muchas gracias :)


Horror No para niños menores de 13.

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LA PLAGA


Baltazar se sentó en la mesa de la cocina y abrió el diario del pueblo. —MÁS GANADO MUTILADO —anunciaba el titular. —Ya son veinticinco casos en lo que va del año. —se leía más abajo.

Su esposa, Mariela, le sirvió un vaso de leche y unas tostadas con mermelada para merendar. Baltazar le regaló una sonrisa tosca en agradecimiento. Su mujer sonrió, se colocó unos guantes amarillos y continuó limpiando. Refregando de aquí para allá por toda la superficie de la cocina, con una mezcla potente de lavandina y desodorante de ambiente que le escocia los ojos, y con un solo objetivo en su mente: No permitir que el olor se adhiera a la casa.

—¿Dónde está Florencia? —preguntó Baltazar.

Bebió un largo trago de leche y ojeó las páginas siguientes sin demasiado interés; no se necesitaba ser un genio para entender que las vacas habían sido descuartizadas por alguna persona necesitada de dinero.

—¿Dónde crees que esté? —contestó Mariela, en tono irónico y sin voltear a mirar a su marido.

En ese momento se percató de lo que había hecho y se le heló la sangre. Quedó paralizada, esperando una reprimenda por cómo le había contestado; su marido podía ser una persona bastante agresiva sin ninguna razón. Eso le había atraído cuando eran jóvenes, pero ahora sólo la mantenía asustada y a la defensiva. Al no obtener respuesta, intentó disimular y no detuvo sus quehaceres; descolgó las cortinas verdes con dibujos de mazorcas de la ventana de la cocina para darle una buena lavada.

Baltazar meneó la cabeza de un lado a otro, sin prestar atención al tono de su mujer, el diario le tenía atrapado entre sus páginas de economía. Pensó en su propia pregunta y sonrió; ya conocía el paradero de la pequeña Flor. En el mismo sitio que el día anterior, y el anterior, y todos los días desde el momento cuando comenzó a caminar, o incluso antes. Bebió un último trago, se limpió las manchas de leche del poblado bigote, se levantó y dejó atrás la cocina; su mujer era la encargada del orden, él traía el dinero y llenaba las alacenas.


Atravesó la sala de estar y abrió la puerta de entrada. De inmediato el hedor penetró en sus fosas nasales, pero no se inmutó; estaba acostumbrado al olor. Pero a lo que no podía acostumbrarse era a vislumbrar su propio aliento; hacía demasiado frío, odiaba el puto invierno. Regresó sobre sus pasos y agarró una campera colgada del perchero en la sala. Volvió a salir, y, para que su cuerpo entrara en calor, encendió un cigarrillo. Expulsó el humo por la nariz y se paró en el medio del pórtico para observar la tenue llovizna que el cielo enviaba para joder.


Cuando tenía la misma edad que su hija, le encantaba ir a visitar a los pequeñines; los cerditos eran irresistibles. Pero cuando él era pequeño se trataban de un par de docenas, junto a sus dos o tres madres, desparramadas dentro de un chiquero de chapas y alambres. Una vez contempló cómo una de las cerdas aplastaba a su propio hijo y lo reventaba como si fuera un globo, después lo olfateó el cadáver y se lo comió sin ningún remordimiento; eso le había fascinado. Cuarenta años más tarde, y al igual que el resto del mundo, todo había cambiado. Frente a él se erguía una enorme construcción reluciente de cien metros de largo, y en su interior, los cerditos se podían contar de a miles; no era de extrañar que su hija pasara horas mirando a los rosados animalitos; siempre que pudiera resistir el intenso olor a mierda. Pero Baltazar sabía, aunque la mayoría creyera firmemente lo contrario, que tarde o temprano uno se acostumbraba, se acostumbraba a la mierda


Y su hija se acostumbraría a la mierda… porque la mierda daba mucho dinero. Las noches, cuando bebía demasiado vino, tenía pesadillas; donde su hija abandonaba su hogar y se mudaba a un departamento en una ciudad lejana. Estudiaba una carrera universitaria y jamás regresaba a la granja, si se le podía continuar llamando granja.

Haré cualquier cosa para impedir que se marche…


Por ese motivo, no caminó hasta el enorme y alargado almacén, y no obligó a su hija a volver dentro de la casa. Además, no quería verla llorar, y lloraría, vaya que lloraría

10 de Junio de 2020 a las 02:28 3 Reporte Insertar Seguir historia
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Helena Nin Helena Nin
Me encanto :3

  • Luca Domina Luca Domina
    Gracias, Helena! Me alegra que te gustara! :) Es el género donde mejor me muevo (Creo XD) Tengo muchos más relatos del mismo estilo. Saludos! :) 1 week ago
MR María Ramìrez
Hola. Muy buen relato. El inicio magnífico. Todo el miedo a perder y la psicología de la mujer asustada. La forma de reaccionar del esposo tan calmado asusta un poco teniendo en cuenta que suele reaccionar violentamente. Sigue así
~

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