lucy-valiente-escritora Lucy Valiente

Cora lleva tiempo interesada en Advar, el herrero, pero él apenas hace otra cosa que trabajar y trabajar. Hasta que un día ella se decide por acercarse a la fragua. Obra registrada en Safe Creative. Derechos de autor reservados.


Romance Sólo para mayores de 18.

#doncella #herrero #matrimonio #mundomedieval #amor #romance
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La fragua

Sin saber muy bien cómo ni por qué, un día me di cuenta de que Advar no me parecía tan desagradable como decían mis amigas que era. Sí, carecía de la belleza propia de caballeros y príncipes, con sus caras afeitadas y sus melenas recogidas, y además, siempre parecía estar enfadado y solía preferir el silencio. Pero algo en él me atraía de una manera que nadie más era capaz. Algo que me hacía observarle, a veces durante varios minutos seguidos, mientras él golpeaba el hierro en su fragua.

A diferencia de lo que me sucedía con otros hombres, él nunca había manifestado ningún interés por mi persona. De ningún tipo. Los dos habíamos crecido en la aldea, aunque él con unos cuantos años de adelanto, y debía saber quién era yo, pero nunca me había dirigido siquiera la palabra ni me había mirado más de lo normal. Yo, en cambio, conocía todo lo que podía conocerse de él desde la distancia.

Su madre había muerto al dar a luz a un hermano pequeño, que también había fallecido, pero algunos años después y por unas fiebres. Su padre le había criado, aunque no de la mejor forma. Sus palizas le habían dejado la nariz deformada y una cojera, además de la enorme cicatriz que tenía en uno de sus brazos.

Recordaba bien aquel día, la primera vez que vi un hueso fuera del cuerpo. Seguramente esa era la razón de que no se hubiera hecho caballero ni lo hubiera intentado siquiera. Tenía buena mano para forjas las armas, pero no tanto para blandirlas.

Y en cuanto al tema que a mí más me preocupaba, las mujeres, tampoco se le daban muy bien. Bueno, en realidad ni se molestaba en cortejar a ninguna. Iba a la taberna y le pedía a Hella un rato a solas, y luego le daba una moneda de oro, el doble de lo que ella solía cobrar. Pero ni tenía esposa ni parecía que guardase intención alguna de tenerla.

Así, una relación entre los dos me resultaba como un sueño la mayor parte del tiempo. Porque a veces, algunos días, cuando mi anhelo era más fuerte, pensaba en decirle algo, en demostrarle de alguna forma que él me interesaba, para que así él pudiera continuar. Pero el tiempo pasó, los días se convirtieron en semanas y éstas en meses, y nada cambió entre los dos. Nada, salvo mi frustración. Y me encontré alguna que otra vez, algunos días, cuando mi anhelo era más fuerte, escondiéndome en algún rincón para poder llorar un rato a solas.

Entonces, un día, cogí la daga de mi padre y golpeé su filo contra la piedra del suelo de nuestra casa. Y con ella en la mano, envuelta en una tela como si fuera un encargo, crucé la calle y me acerqué a la fragua. Allí, Advar martilleaba lo que parecía ser una enorme espada. Estaba sudando y salpicado de hollín, y sus gruesos músculos se marcaban con cada uno de los golpes. No tenía ninguna experiencia aún, pero había visto alguna que otra cosa y no pude evitar imaginar ese cuerpo sobre el mío.

Todavía no me había atrevido a llamar su atención cuando se detuvo y se giró hacia mí. Frunció el ceño más aún si era eso posible, hasta que se fijó en la daga.

―Déjala ahí encima ―dijo indicándome con la cabeza la mesa que había en el centro de la fragua.

Siguió con lo que estaba haciendo. Aquellas eran las primeras palabras que él me dedicaba y ni me había mirado.

―¿Puedes no decírselo a nadie? Es que se me ha caído. Dime cuándo puedo venir a por ella.

Levantó el trozo de hierro con una sola mano y lo introdujo en el agua fría. Mis pensamientos, que nadie había convocado, lograron encenderme las mejillas.

―¿Te parezco un bocazas? Ven dentro de un par de horas.

―Ni siquiera has mirado lo que le pasa.

―¿No dices que se te ha caído?

―Sí, pero a lo mejor le he hecho algo grave. No sé.

Destapé la daga para mostrársela. Él soltó el hierro sobre la mesa y se me acercó. Alguna que otra vez, al cruzármelo, había podido captar su delicioso aroma, pero en esos momentos me golpeó de lleno, nublándome el juicio por un instante y alimentando mi imaginación.

―Se te ha caído ―dijo cogiendo la daga. El corazón pretendió latirme más deprisa aún de lo que ya lo hacía―. ¿Desde dónde? Tiene una buena mella.

No sabía qué decir y me encogí de hombros. Él recorrió mi rostro con sus ojos, haciéndome más consciente de mi sonrojo, y me pareció que se fijaba en mi busto. O quizás fuese mi deseo de que me viera como mujer. En cualquier caso, no dijo nada más y recuperó el hierro, por lo que decidí marcharme de allí.

Dos horas exactas después, regresé a la fragua. La daga seguía en el mismo lugar, envuelta de la misma manera, así que lo primero que pensé fue que podría volver de nuevo. Pero al quitar el paño, vi que estaba como nueva. Él seguía con aquel hierro enorme, y aunque me había parecido que sabía que estaba yo allí, tuve que llamarle para que me prestase su atención.

―Está perfecta ―dije con una sonrisa―. Gracias. ¿Cuánto es?

―Nada. Solo ten más cuidado la próxima vez.

Y regresó a su trabajo. De repente, lo vi claro como si fuera agua de manantial: podía seguir esperando toda la vida, podía llevarle mil dagas para que las arreglara, que nada cambiaría mientras dependiera de él. Mientras yo no hiciera algo más que tomarle por idiota.

Volví a decir su nombre. Pero cuando me miró, temblé y sentí flaquear mi decisión.

―¿Quieres algo más?

Solo atiné a asentir.

―¿El qué?

Tuve que carraspear porque no me fiaba de mi voz.

―¿Podemos hablar luego? Solo será un momento.

―¿Hablar? ¿De qué?

―Una cosa que necesito decirte.

Puso el hierro sobre la mesa.

―Puedes hacerlo aquí y ahora.

Miré hacia la calle. La gente estaba a sus cosas y se nos podía ver perfectamente, pero yo ya llevaba mucho allí para no ser ni su mujer ni un familiar.

―¿Puede ser más tarde y en otro sitio?

―No.

No me esperaba aquella respuesta. Él recuperó el hierro.

―Vale, te lo diré.

―Creo que es mejor que vuelvas a casa. Aquí no se te ha perdido nada. Si te he molestado de algún modo, no se repetirá.

Empezó a golpear el hierro y me pareció que lo hacía con más ahínco del habitual. Intenté que me escuchase, pero no cedió. Al final, decidí marcharme y probar de nuevo más tarde. Aquella última frase bien se merecía el riesgo de quedar en ridículo.

Cumplí con mis tareas mientras esperaba que él terminase de trabajar de una vez. No había día que lo hiciera antes del atardecer, así que me extrañó cuando le vi salir de la fragua con el sol aún en el cielo. Se fue directo a la taberna, y no necesité nada más para deducir que iba a buscar a Hella.

Tratando de no correr, me acerqué a él y me interpuse en su camino. Me miró lleno de confusión un segundo, y luego se limitó a pretender seguir adelante sin más.

―Por favor, espera un momento.

―¿Has perdido el juicio?

―¿Por qué? Solo quiero que hablemos. ¿Qué tiene de malo?

―No es necesario. Y ahora estoy ocupado.

―Sí, ya. ¿Por qué dices que no es necesario? ¿Y a qué te referías antes con lo de molestarme?

Me miró de arriba abajo y me estremecí de igual forma.

―¿Esto es algún juego? ¿Estás divirtiéndote con tus amigas?

―¿Qué? No ―aseguré―. ¿Por qué piensas algo así?

―¿Por qué me hablas de repente?

No contesté, no era el momento ni el lugar ni sabía cómo decirlo sin humillarme. Él intentó de nuevo seguir con su camino, pero volví a oponerme. Ni siquiera soportaba la idea de saberle en otros brazos, no podía permitir que se repitiera si había remedio.

―Quiero que me pidas ―dije sin mirarle―. Y que dejes de visitar a Hella, claro.

No replicó. Me atreví a levantar los ojos y me encontré una expresión difícil de descifrar, pero sobre todo parecía desconfiar de mí. Eso, lejos de disgustarme, me llenó de valor.

―Si hablas con mi padre, seguro que accede.

―No entiendo nada.

―Pues creo haber hablado claro.

―Me refiero a que…

―¿Estás interesado o no? Siempre que tengas claro cómo proceder conmigo.

―Tengo bien claro el tipo de mujer que eres. Por eso no creo que estés hablando en serio.

―Claro que lo hago. ¿Me contestas de una vez?

Recorrió el espacio a mi espalda con los ojos. Resultaba evidente que se resistía a pensar que aquello estuviese sucediendo de verdad. Me complació tanto que le cogí de la mano, y él se dejó llevar hasta mi casa. Cuando alcanzamos el umbral, me di cuenta de que respiraba con un poco de agitación.

―Tienes que seguir tú solo ―dije, soltándole a mi pesar. Su mano era algo áspera, pero cálida y grande, tan reconfortante como una gruesa manta en invierno―. Te espero aquí.

Volvió a mirar hacia la calle.

―Nunca le haría algo así a nadie ―aseguré muy seria.

Se fijó en mis labios y sentí un impulso muy fuerte, que contuve repitiéndome que estábamos a la vista de todos. Él tardó un poco más en moverse y finalmente llamó a la puerta.

―¡Cora! ¡Abre, hija!

Al no recibir respuesta, mi padre acabó apareciendo delante de nosotros. Primero vio a Advar y frunció el ceño, y acto seguido, al descubrirme a mí allí, a su lado, sus ojos se volvieron muy exigentes.

―¿Qué pasa aquí?

―Viene a hablarte, padre. Escúchale.

Mi padre miró a Advar de arriba abajo. Ya debía olerse a qué venía y no parecía muy conforme con la idea. Eso no me lo esperaba, porque Advar tenía todo lo que mi padre admiraba de un hombre: era honrado, trabajador y se mantenía alejado del vino. Claro que también pecaba de ser huraño y taciturno, y eso quizás le impidiera ser un buen esposo, aunque yo no pensaba lo mismo.

―¿Puedo pasar? ―preguntó Advar.

―Padre, por favor.

Entendía su reticencia, yo era su única hija, pero nunca había querido estar tanto con alguien como con Advar. Volví a agarrar a Advar de la mano y mi padre cedió por fin, apartándose del hueco de la puerta.

―Hija, sigue con tus tareas.

―Sí, padre.

Entré con ellos y fui a la cocina a por el cesto para recoger la ropa tendida. Pero la tentación por escucharles me superó.

―No conocía tu interés por mi hija ―reprochó mi padre.

―No tenía sentido intentarlo.

―La verdad es que prefiero a otro. No creo que seas mal hombre, en serio, pero…

―Pienso lo mismo que tú ―admitió Advar―. Se merece lo mejor, seguro. Y tiene de dónde escoger.

―Entonces ¿por qué me la confundes? Por tu bien espero que no la hayas tocado.

―Claro que no, Eyck. Y no ha sido mi intención confundirla, es que llevo tiempo pensando en que podría ser un buen esposo para ella. Conozco mis defectos mejor que nadie, pero también estoy seguro de que la cuidaría como debe ser.

No solo había cubierto mi descaro, sino que aquellas palabras me complacían como nada en el mundo. A mi padre también le gustaron, o al menos le hicieron replantearse la situación, a juzgar por su prolongado silencio.

―Había iniciado conversaciones con Yudo, el panadero. Su hijo también está interesado.

Estuve a punto de protestar. Sí, Karl me sonreía y me decía cosas bonitas cada vez que me veía, y era apuesto y buen conversador, pero no podía atraerme menos ni terminaba de fiarme de él.

―¿Y Cora qué piensa de eso? ―preguntó Advar.

―No lo sé con certeza, pero nunca la he visto hacerle ningún feo al muchacho. Al contrario. Y yo creo que sería un esposo más adecuado para ella.

―Entiendo. ¿Y si renunciase a la dote?

―¿Hablas en serio?

―No acostumbro a bromear. De todos modos, es Cora quien tiene que decidir. Si prefiere a ese muchacho, entonces yo no tengo nada más que hacer.

Escuché abrirse y cerrarse una puerta. Entré en el salón dispuesta a discutir con mi padre, pero aquella propuesta de Advar le había hecho dudar tanto que incluso me sentí ofendida. Claro que me importaba mucho más que diera su consentimiento, y cuando lo hizo, le di un abrazo.

―Espero no arrepentirme ―dijo palmeándome la espalda―. Eres lo más importante para mí. ¿Estás segura de que es lo que quieres?

―Tan segura como puede estarlo una mujer antes de casarse.

―¿Y si no es como esperas? ¿No prefieres al hijo de Yudo? Parece tan buen muchacho…

―Sí, lo parece. Pero no me agrada, padre. Voy a decírselo a Advar.

―No, hija. ¿Tengo que recordarte cómo funciona?

―Cierto, padre. Recogeré la ropa.

Tenía que contener mis palabras, pero no mis miradas ni la sonrisa que le dediqué a mi futuro esposo en cuanto pude. Él me observó caminar por la calle hasta alcanzar a mis amigas, que se habían detenido a conversar en corrillo, y luego retomó el martilleo del hierro. Aún no era algo oficial, así que nada les dije a ellas aunque me muriese de las ganas.

El día que había que esperar hasta que mi padre le contestase a Advar fue el día más largo que yo recordase haber vivido. Aproveché cada oportunidad que me permitían mis tareas para dirigir mi atención hacia la fragua, y al contrario de lo que había sucedido en los últimos años, rara era la vez que él no me correspondía.

¿De verdad había ocultado también su interés o solo lo había dicho para protegerme? Aunque ¿qué podía explicar su renuncia a la dote si no era que se sentía como yo? Pensar en que los dos podíamos haber desperdiciado mucho tiempo me entristecía y cabreaba a partes iguales, pero eso ya no podía cambiarse. Debía centrarme en el presente y en el futuro.

Por fin, llegó la tarde. Advar había dejado de trabajar un buen rato antes de la hora señalada, y se había encerrado en su casa. Me fui a recoger la ropa, y en ello estaba cuando le vi aparecer de repente, provocándome tal susto que apenas logré ahogar un grito. Se había lavado de pies a cabeza. Aunque le prefería recién salido de la fragua, no le dije nada porque todavía no era su mujer y porque valoraba su esmero.

―¿Es lo que parece? ―preguntó.

Sonreí y le recordé que era con mi padre con quien debía hablar en ese momento.

―Quiero que me lo digas tú. Él no va a ser mi esposa.

Me recorrió un estremecimiento.

―Si acabas de decirlo ―repuse.

Dio un paso hacia mí, quedando a suficiente distancia como para tocarme si hubiera querido hacerlo. Nos miramos a los ojos y después a los labios.

―No me lo creeré ni cuando suceda ―admitió en voz baja―. Serás mi princesa.

Eso me molestó, pero me limité a fruncir el ceño. Hacer o decir cualquier otra cosa habría sido una indecencia.

―¿Qué ocurre?

―Nada ―aseguré.

―No empezamos bien si ya me mientes.

Deseaba con fuerza ser sincera, pero ¿y si le creaba rechazo? ¿Y si echaba a perder el haberme atrevido por fin a hacer algo para que estuviésemos juntos? Aunque, en realidad, debía ser peor si le descubría mis necesidades cuando ya fuera demasiado tarde.

―Soy una mujer ―dije sin mirarle―. Quiero que me cuides, pero también que me desees.

Acabé alzando los ojos ante su silencio. Había algo muy parecido a una sonrisa en los suyos. No podía asegurarlo, porque nunca le había visto adoptar el gesto.

―Lo mismo que yo ―susurró.

Me fijé en sus labios, y él en los míos, y los dos nos fuimos acercando el uno al otro. Casi había conseguido por fin saber cómo era besar, y sobre todo besarle a él, cuando escuché que me llamaba mi padre.

―Ve ―dije―. Yo voy a terminar aquí.

―Terminarás antes si me quedo.

Una sonrisa se me instaló en el rostro y no se me fue mientras él me ayudaba con mi tarea. Y luego, cuando ya nos íbamos para la casa, solo creció al verle portando la cesta llena de ropa.

―¡Cora! ―dijo mi padre en cuanto entré por la puerta―. ¿Dónde es… ―Vio a Advar y frunció el ceño―. ¿Se te ha olvidado que tenías que venir a verme? Hija, déjanos solos.

Le quité a Advar la cesta y me despedí con una mirada que él correspondió hasta que me perdí por la puerta de la cocina. Apenas alcancé a doblar un par de prendas antes de que regresara conmigo. En sus ojos vi que ansiaba el beso tanto o más que yo, pero mi padre seguía ahí y por eso lo que hice fue proponerle dar un paseo.

Sin embargo, no quiso llevarme a un lugar apartado, como habían hecho hasta el momento quienes habían intentado ganarse mis simpatías, sino más bien todo lo contrario: me condujo de un lado a otro de la calle principal de la aldea, pasando por delante del obelisco y entre los puestos del mercado. Por lo que todo el mundo pudo vernos, y cuando lo hicieron mis amigas, me dedicaron una mirada que mezclaba la confusión con la incredulidad. Antes de que atardeciera, Advar nos regresó hasta mi casa.

―¿Te has aburrido? ―preguntó―. No se me da muy bien la conversación.

Le agarré de una mano y me acerqué para darle un suave beso en la mejilla. Al retirarme, sentí cómo me apretaba.

―Ya sé que eres callado. ¿Quieres venir mañana a almorzar?

―¿No podemos vernos antes?

Sonreí y el gesto enseguida atrajo su atención.

―¿No tienes que trabajar?

―Puedo hacer un descanso. ¿Y tú?

―¿A media mañana? ¿Damos otro paseo?

Asintió y volví a besarle. Se resistió un poco a que le soltara y se quedó allí quieto, mirándome, hasta que cerré la puerta de mi casa tras de mí. Pero apenas le había dado tiempo a mi padre a preguntarme cómo nos había ido, cuando sonaron unos golpes en la madera. Me decepcionó ver a mis amigas.

Solo por sus caras ya supe a qué venían las dos, y por eso me adelanté para dejarles claro que Advar era lo que yo quería. Ellas no lo entendían y trataron de convencerme de que Karl era una opción mejor, pero cedieron cuando les dije que les deseaba que encontrasen a alguien con quien se sintieran como yo con mi futuro esposo.

Esa noche, como la anterior, apenas pude pegar ojo. Me levanté antes de tiempo y me puse a cocinar algo para llevárselo a Advar, y que así no tuviera que ir a la taberna a desayunar. No es que desconfiase de él, pero prefería no saberle cerca de Hella. Esperé hasta que fue la hora a la que solía salir de su casa para llamar a su puerta.

Se mostró sorprendido al verme y me recorrió con sus ojos. Al fijarse en el recipiente entre mis manos, esbozó una sonrisa. Era un gesto muy extraño en su rostro, y quizás por eso me gustó tanto.

―Aún estás a tiempo si no es de tu agrado ―dije, pasándole el recipiente. Él frunció el ceño.

―No voy a echarme atrás ―aseguró.

Le miré con ternura y besé de igual forma su mejilla.

―Pero dímelo si te disgusta, ¿vale? Hasta luego.

Me siguió con los ojos de regreso a mi casa. Una media hora después, salí a barrer la entrada de la casa. Y allí estaba él, en su fragua, colocándose el mandil. En cuanto me vio, se acercó hasta mí para decirme que nunca había comido mejor. Complacida, le repliqué que también le llevaría la cena. Sentí entonces, en cada fibra de mi ser, sus ganas de besarme, justo antes de que decidiera por su cuenta darse la vuelta y regresar al trabajo.

Faltaba como una hora para nuestro paseo cuando alguien llamó a la puerta trasera. Una de las últimas personas que esperaba ver, sino la última, era Hella. Pero allí estaba, y con una expresión bastante compungida. Me pidió hablar un momento a solas conmigo. Algo me dijo que venía a hablarme de Advar, no podía ser de otra cosa tampoco, y como mi padre siempre andaba de acá para allá por la casa, salí a la calle.

―¿Es cierto lo que se dice? ―preguntó―. ¿Que vas a casar con el herrero?

―¿Por qué?

Suspiró en profundidad, como preparándose para revelarme un grave defecto de mi futuro esposo.

―Sé que no hemos hablado nunca, pero me pareces una buena muchacha y me veo obligada a prevenirte contra él. Verás, el herrero y yo…

―Ya lo sé ―atajé. No quería oír que habían estado juntos―. Y agradezco tu preocupación, pero no es necesaria. Estaré bien.

―Me temo que no. El herrero es un hombre… muy brusco. Intenta compensar el daño que me hace pagándome más de lo normal, pero con una esposa… Y más con alguien sin experiencia como tú. Por favor, escúchame cuando te digo que es mejor que no te cases con él. ¿Tu padre te obliga a hacerlo?

Sus palabras me habían afectado, después de todo yo no conocía a Advar tanto como ella, pero aún así le contesté con firmeza:

―No. Es mi elección.

―¿Te agrada?

―Sí, claro.

―Pues deberías preferir a alguien tierno y considerado. Hazme caso.

Se marchó y me dejó allí presa de la duda. Pero no sobre si casarme o no, ni sobre si Advar me dañaría a propósito, sino sobre si decirle a él que Hella me había venido a hablar y ver qué me contestaba. Aunque Advar se dio cuenta enseguida de mi inquietud.

―Estoy bien ―dije sin mirarle―. Es que me disgusta que nadie vea bien nuestro casamiento.

―¿Y qué piensas tú?

No contesté y el detuvo el paseo. Cuando levanté los ojos, su rostro se había teñido de una tristeza que me encogió el corazón.

―No, no es eso ―aseguré.

―¿Entonces?

―Es que… Bueno, me preocupa un poco cómo será… nuestra noche de bodas. Yo no tengo ni idea, y temo no hacerlo bien.

Se me acercó para agarrarme de ambos brazos y su aliento me acarició la cara. Me quedé muy quieta, estando como estábamos en mitad de la calle. Pero apenas duró: sin más, me soltó y siguió andando.

―Eso no es un problema ―dijo ceñudo.

De repente, creí comprender a lo que Hella se refería.

―También… tengo miedo de que me duela mucho.

―No, tranquila. Tendré cuidado. ¿Algo más que quieras decirme?

Negué con la cabeza. Él me cogió una mano y la besó con suavidad justo antes de despedirse para ir a meterse en su casa. Aquello me desconcertó un poco, pero supuse que necesitaría usar el orinal. Regresé a mis tareas y él a la fragua.

El almuerzo con mi padre fue particularmente silencioso. Tanto él como Advar eran de pocas palabras, pero además, pasados los primeros minutos, no se me ocurrió de qué más podíamos hablar los tres. Cuando miré a Advar para disculparme en silencio por no ser capaz de romper la tensión del ambiente, y también porque mi padre tampoco lo hacía, sus ojos se llenaron con una sonrisa y me dijo igual, sin palabras, que no tenía de qué preocuparme.

Los días siguientes fueron muy similares: yo le hacía de comer, los dos paseábamos por la aldea y conteníamos nuestras ganas de besarnos, y mi mente dedicaba gran parte del día a imaginar cómo sería cuando fuese su esposa. Las palabras de Hella me asaltaban de vez en cuando, pero también lo hacían las de Advar y confiaba más en él.

Y por fin, llegó el día de la boda. Por supuesto, apenas había dormido. Él me esperaba junto al obelisco, tan arreglado que casi parecía otro, y me observó todo el tiempo, mientras iba hacia él y mientras el sacerdote hablaba. En cuanto nuestros destinos quedaron sellados, me sentí tan aliviada que me atreví a darle un abrazo a mi esposo.

La celebración no duró más de lo necesario. Advar no sabía ni gustaba de bailar y me pidió que nos marchásemos. En cuanto cerró la puerta de su casa, se abalanzó sobre mí para unir de una vez su boca y la mía. Me metió tanto la lengua que logró arrebatarme el aliento, y entonces, mientras yo intentaba recuperarlo, se mudó a mi cuello y a mi escote.

No sabía muy bien qué hacer, dónde debía poner las manos, y además, me sentí vulnerable. Él podría hacer conmigo lo que quisiera. Y cuando me bajó la parte de arriba del vestido, hasta la cintura, y chupó mis pechos como si fuesen caracoles, me gustó tanto y me invadió tal ardor que la vergüenza se apoderó de mí, haciéndome detenerle antes de que me desnudase del todo.

―¿Qué ocurre? ―preguntó apretándome las caderas con sus manos.

―Vayamos a la habitación, ¿no?

Asintió varias veces, como si comprendiese algo, y me subió a su hombro. La gracia que esto me hizo me relajó un poco. Al dejarme sobre la cama, se quitó él toda la ropa. Su entrepierna enseguida me llamó la atención, y aunque no tenía con qué comparar, no me pareció posible que aquello tan grueso pudiera entrar dentro de mí.

―No lo mires así, que no muerde ―dijo, subiéndose a la cama.

Besó mis labios, mi cuello y mis pechos, y siguió descendiendo hasta toparse con mi vestido. Pero en lugar de quitármelo, lo apartó de mis piernas y metió la cabeza entre mis muslos. Me tapé la cara cuando le supe inspirar hondo, y se me escapó un gemido al sentir que me rozaba en una zona en concreto. Pero apenas duró: él regresó a mi altura, a mi boca, y metió su mano entre ambos para tantear mi entrada, consiguiendo introducir un dedo entero.

―Creo que estás lista ―susurró.

Me tocó con lo que debía ser el extremo de su miembro y me dijo que respirase hondo. Acto seguido, empezó a invadirme. Noté una fuerte presión y me quejé, pero él siguió adelante, sin prisa pero sin pausa. Las lágrimas se me saltaron y le pedí que aquello acabase.

―Respira, esposa. Necesitas acostumbrarte, es todo.

Me besó toda la cara y empezó a moverse. Las palabras de Hella me martilleaban la cabeza, pero entonces me di cuenta de que la presión cedía y también el dolor. Aunque tampoco tuve que soportarlo mucho más. Me llenó de algo caliente, que se me escurrió cuando él se apartó para tumbarse a mi lado.

Respiraba con agitación y parecía sentirse muy satisfecho. Metí la mano entre mis piernas y se me machó de algo blanco y espeso y también había un poco de sangre. De repente, me puse a llorar. Él enseguida se giró hacia mí, me pasó un brazo por encima y besó mis mejillas.

―¿Tanto daño te he hecho? ―se lamentó.

―No es… No es eso. Es que… Pensaba que sería…

Mis sollozos me impidieron continuar, por mucho que traté de contenerlos. No quería que él me viera así e intenté bajar de la cama, pero colocó su cuerpo casi encima del mío.

―Tranquila, esposa. Dime qué pensabas. Pondré todo mi empeño en que sea para ti lo que ha sido para mí.

Mi llanto se detuvo. Él besó mi frente, mi nariz y mis labios.

―Vamos, dímelo.

―Nada concreto. Es solo… Creía que sería algo bonito. Pero me siento… ―Suspiré.

―¿Qué?

―Usada. No al principio, pero sí ahora. ¿Dices que puede no ser así siempre?

Me agarró de la mandíbula y esperó hasta que le miré a los ojos.

―No lo será ―aseguró―. ¿Qué es lo que te ha gustado?

La vergüenza retuvo mi respuesta.

―Eres mi mujer ―me recordó.

―Tus besos. Y… Y cuando… has bajado…

Me calló con su boca y poco después empezó a descender. No había llegado aún a mi pecho cuando adiviné sus intenciones.

―No, ahora estoy sucia.

―¿Sucia? ―preguntó ceñudo―. ¿Te refieres a mi semilla?

Si a él no le molestaba, a mí tampoco.

―He sangrado ―repuse.

Esbozó una sonrisa y siguió besándome. Pero esa vez volvió a centrarse en mi entrada, así que tuve que llamarle. Cuando levantó la cara y me miró, me estremecí de arriba abajo.

―¿Puedes subir un poco?

Se fijó en mi sexo. Tuve que cerrar los ojos, y entonces le sentí usar sus dedos para abrirme y cómo su lengua recorría mi carne. Gemí de tal forma que corrí a taparme la boca. Él insistió e insistió, moviéndose en todas direcciones, y yo acabé metiendo todos mis dedos en su cabello. Llené la habitación con el sonido de un placer que me reconcilió con mi noche de bodas.

Me trepó con besos y sentí el roce de su propia necesidad. Quizás fuese por lo relajada que me había dejado, pero no me dolió en absoluto y la presión fue menor. En un momento dado me besó en la oreja, y le pedí que me la lamiera. Encontré gozo, y me pareció que, de haber durado más tiempo, podría haberse repetido también mi final.

―¿Mejor, no? ―preguntó cuando se apartó. Mi respuesta fue buscar su abrazo―. Me alegro ―susurró, acariciándome el cabello.

Dedicó el resto de la noche a intentar complacerme solo con yacer, pero no pudo conseguirlo ni cuando le confesé que creía necesitar que se moviera más veces. Él estaba acostumbrado a la rapidez, y sobre todo nunca antes le había preocupado que la otra parte disfrutase, porque solo había estado con una mujer a la que retribuía con dinero. Pero me prometió, de nuevo, que se esforzaría por ponerle solución.

Agotados los dos, nos acurrucamos el uno en el otro. Desperté sintiendo una caricia en mi espalda y con la certeza de que era una mujer afortunada.

31 de Mayo de 2020 a las 14:06 0 Reporte Insertar Seguir historia
6
Fin

Conoce al autor

Lucy Valiente Mi nombre es Isabel y escribo romántica, a veces con erótica. He estudiado Historia del Arte en Sevilla (España) y actualmente estoy preparándome las oposiciones para ser profesora de Geografía e Historia. Tengo muchas historias en la cabeza y quiero ir incluyéndolas, por lo que te invito a que me sigas!

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