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Por el bien de la comunidad


Salió del complejo comunal. Vestía el atuendo blanco y llevaba el pelo peinado hacia atrás. Saludó al señor de los Bigotes espesos que escudriñaba su jardín para luego continuarhacia la terminal de transporte. Se sentó en el banco para individuoscon los ojos cerrados. Lasesferas se agitaban detrás de sus párpados, su brazalete emitió una luz verde y un sonido de campanas profundo y agradable. El señor de los Ojos grandes estaba encantado con esa forma de ordenar cosas: todo se hacía desde el pensamiento gracias a un nanochip que le habían implantado en la última actualización, un mes y medio atrás. Ahora estaba pronto para la siguiente versión. De hecho, ansioso era el sentimiento correcto. “¡Un mes y medio para una nueva versión! ¿Qué pretendían de él? ¿Acaso no eran conscientes de todo lo que hacía por el bien de la comunidad?” —Pensaba casi todo el día.

El vehículo —un pequeño huevo de tres ruedas y techo solar de color azul—, paró delante de él al tiempo que se abría la puerta lateral. Se acomodó en la butaca, cerró los ojos durante unos segundos y el transporte inició su recorrido.

Al cabo de unos minutos, el señor de los Ojos grandes, con la mano a la altura delpecho vió emergerdel brazalete un holograma: una plataforma en la que flotaba un cursor. Cerró los ojos, la esferas oculares giraban rápidamente tras los párpados, y en el holograma apareció la señora del Lunar sobre la boca.

—Buenos días, amor —dijo—. ¿Podrías recoger al niño de casa de la institutriz? Tengo una reunión con la coordinadora de vecinos, ya sabes, por lo del perro del módulo 3Zb.

—Por supuesto, querida. Luego de mi actualización pasaré por él. ¡Qué terrible situación la de esa mujer del 3Zb! Aún persiste en anticuadas y bárbaras costumbres. Espero puedan encontrar rápidamente una solución, querida, por el bien de la comunidad.

—Por el bien de la comunidad, así será, querido. Que tengas una hermosa jornada y una notable actualización, ¡Bye!

El holograma se desvaneció,la pantalla del vehículo se anunciabael arribo a destino.

El señor de los Ojos grandes se dirigió al Edificio de las Tres Cúpulas. El lobby era un espacio diáfano donde el blanco, el metal y el vidrio, contrastaba conel marrón del atuendo de la recepcionista. La joven de la Quijada de metal le dio los buenos días. El sonido de su voz era metálico y frío. El señor de los Ojos grandes hizo una mueca de desprecio al observar la pieza de metal que cubría la quijada de la joven desde sus orejas hasta debajo de su nariz. Pasado el segundo de silencio, el señor cerró sus grandes ojos por unos segundos y extendió la mano con el brazalete.En su pensamiento estaba la nueva versión ten esperada.

La Joven hizo lo propio con sus ojos y con unos gestos ágiles manipuló la pantalla holográfica que tenía delante. El brazalete del cliente emitió una serie de luces de colores y se apagó.

El hombre abrió sus enormes ojos más allá de sus órbitas. Inspiró para pronunciar palabra y se detuvo ante el gesto de la chica que con ambas manos hacia adelante, palmas hacia abajo, cerró y abrió los brazos haciendo desaparecer la pantalla holográfica al tiempo que cerraba los ojos en silencio.

El señor de los Ojos grandes conun gesto de estupory apoyándose sobrela mesa flotante se inclinó hacia la joven. Con voz grave exigió que llamara al gerente, seguido de una serie de comentarios despectivos acerca de «su clase», la inutilidad que representaban, la falta de respeto a «la gente de bien»… Mientras hacía todo aquellolas luces de su brazalete cambiaronde amarillo a naranja, degranatea marrón y luego de rojo a negro.

—¡Insolente! —le dijo a la joven que no movía un músculo en respuesta—, desconectarse ante alguien como yo. ¡Quiero hablar con la gerencia!, —inquirió una vez más.

Del fondo de la habitación aparecieron dos hombres vestidos denegro: el joven de los Brazos enormes y el joven de Puños de hierro. Flanqueado por estos hombres, el señor de los Ojos grandes, fue dirigido a la oficina del gerente.

El lugar era aún más blanco que el que dejó. En el centro de la habitación, tras un escritorio de vidrio, de espaldas a los recién llegados, en un enorme sillón estaba la incógnita figura del gerente.

El enojado usuario se paró en un círculo rojo que le señalaron sus escoltas y que se encontraba a unos tres metros de distancia del escritorio. Cerró los ojos. Las esferas se movían rápidamente tras los párpados, como nunca antes. Sucabeza,en el frenesí de movimientos,comenzó a emanar gotas de sudor. El brazalete emitió un pitido agudo, penetrante, al tiempo que la zona de luces se volvía negra, opaca, hasta que con un chasquido se desprendió del brazo del señor de los Ojos grandes y cayó al pisodondeuna pequeña compuerta que lo engulló. A unos centímetros, detrás del enojado cliente, se abrió una nueva compuerta de la que emanó un brazo metálico, flexible, en cuya punta llevaba un puerto USB. A la altura dela nuca del señor de los Ojos grandes y con cierta violenciase conectó a su cabeza. El movimiento de los ojos se detuvo pero estos no se abrieron. El atuendo blanco se volvió lentamente marrón. Del suelo entre sus pies se abrió una nueva compuerta de la que emergieron dos brazosmecánicos: uno con un láser y otro con una quijada de metal. El primero selló los labios del señor de los Ojos grandes, y el segundo incrustó la pieza en su cabeza. El cable de la nuca que lo conectaba se desprendió y los ojos perdieron su gran tamaño y se abrieron con lentitud.

La voz del hombre nuevo sonó metálica y fría:

—Por el bien de la comunidad, señor.

El sillón giró con lentitud.

—Su familia ha sido notificada —dijo la voz omnipresente de El Señor Digital. Y acto seguido ordenó a los jóvenes que llevaran al ahora hombre de la Quijada de metal a su nuevo puesto de servicio.

30 de Mayo de 2020 a las 17:31 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

Conoce al autor

Miguel Ruiz Lector empedernido desde que aprendí. La primera historia la escribí de niño, inspirado por Julio Verne y Ray Bradbury. La fascinación por lo que la lectura inducía en el ojo de la imaginación hizo emerger historias y aventuras propias. Hoy trato de aprender el oficio de escritor.

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