moonlovesmin 𝓂𝑜𝑜𝓃

Mi hermana Jennie manipuló mi vida manteniéndome en una prisión de silencio sobre nuestro sucio secreto familiar. Su codicia me hizo esclavo y las circunstancias me dejaron sin manera de escapar. Atrapado, la única forma en que podía silenciar las pesadillas que me conducían a la locura era envolverlas en color, sujetarlas con sombra y contenerlas en el espacio negativo con trazos. Pero por muy brillantes que fuesen los pigmentos, nadie podía ver mi confesión. Excepto SeokJin Kim. Pensé que él era sólo otro anónimo de una sola noche en una larga fila de muchos. Pero me equivoqué. SeokJin podía ver más allá de la fachada que era mi vida y a través del velo de color sobre el lienzo. Podía ver lo que el mundo no podía. Y con él podría encontrar el valor para decir la verdad sobre el chico. El chico que me besó. El chico que me amó. El chico cuyo nombre no puedo recordar. ⚠️ Relaciones toxicas ⚠️ Violencia fisica ⚠️ Vio.laciones ⚠️ Pros. titu. ción ⚠️ Uso y mención de drogas ⚠️ Problemas mentales


Fanfiction Bandas/Cantantes No para niños menores de 13.

#boyxboy #bts #jin #seokjin #jimin #jinmin
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𝓅𝓇𝒾𝓂𝑒𝓇𝑜



Sabía que no pertenecía a mi mundo en el momento en que lo vi.

No estaba cortado por el patrón del dinero ni los intereses políticos, y el traje alquilado que llevaba era un mal chiste entre el maremágnum de trajes Versace y los vestidos de Chanel, porque le quedaba apretado en los hombros y corto en los brazos. Un cinturón sostenía sus pantalones, y los metros de tela extra no hacían nada por acentuar un culo que sabía que sería tan perfecto como todo el resto de él.

Bebí mi champán mientras el desconocido se abría paso entre los corrillos de gente agrupadas frente a mis horribles pinturas que se estaban exhibiendo allí.

―JiMin, querido, el Señor Kwan estaba preguntando por una de tus obras. ―Jennie me puso la mano sobre el brazo. Ignoré a mi hermana y al señor Kwan. Fuera lo que fuese lo que él quería decirme, ya lo había oído antes: Son asombrosos, únicos, muestran la pasión, el fuego, y mi favorito... me hablan.

Basura.

Sólo una persona podía ver el sucio secreto de violencia escondido dentro de los trazos y el color.

Yo.

Le entregue a Jennie mi vaso vacío. Ella apretó mi brazo.

―Estas personas hicieron un largo camino para conocerte.

Siempre hacían un largo camino para conocerme. Incluso aunque estuvieran a una manzana de distancia.

―Voy al baño ―dije. Jennie frunció el ceño. Creo que ella sabía que yo estaba mintiendo, pero no quería discutir conmigo frente a sus amigos. Aparté sus dedos―. Si no te importa, por supuesto ―Y me metí entre la multitud.

Jennie daría al Señor Kwan y a su esposa, con el perfume del año, alguna excusa en mi nombre. Entonces los divertiría con su lengua de plata, y al final de la noche ellos escribirían un cheque con alguna cantidad impía y comprarían el pedazo de infierno que yo había arrojado al mundo. Lo colgarían en su casa de campo o lo pondrían en su yate. Sonreirían y reirían, y permanecerían sordos a la confesión que le gritaba desde la pared.

El calor de los rieles de las luces de la sala bajó sobre mis hombros. Los saludos de los invitados flotaron hacia mí como sombras en negro y gris.

Seguí el rastro de color del desconocido hasta el fondo de la galería. Desapareció detrás de un tabique y atravesó una puerta. Revisé para ver si alguien me estaba observando antes de seguirlo.

El frío fluorescente reemplazó los rieles de luces y el zumbido del sistema de ventilación amortiguó el estallido de una carcajada. Además de la que se cerraba detrás de mí, sólo había otras dos puertas en el pasillo de mantenimiento.

Un profundo sonido mecánico resonó detrás de la única puerta que estaba abierta. Me deslicé dentro y giré la perilla para así poder controlar la salida.

El hombre estaba en cuclillas junto a la abertura de una de las grandes unidades de metal. Incluso de rodillas, me di cuenta de que él era de mi estatura, aunque sus hombros eran más anchos y sus miembros eran gruesos.

Esperaba que ese rasgo no se limitara solo a sus piernas y brazos.

Después de unos minutos, pareció satisfecho y colocó el panel en su sitio. Cuando se puso de pie, sus pantalones se tensaron y tuve un breve vistazo de la curva de su culo.

Se volvió y dejó caer las herramientas que tenía en su mano. Su cadera golpeó la funda de metal de la unidad, y esta resonó.

―Jesucristo. Me asustaste como la mierda.

Una sombra de barba manchaba su mandíbula, endureciendo sus rasgos lo suficiente como para hacer que pareciera peligroso. Y yo no tenía ninguna duda de que él podría matarme si quisiera.

Se limpió las manos con un trapo que sacó de su bolsillo. Las cicatrices cruzaban los nudillos de sus callosos dedos. El deseo de su áspero agarre sobre mi cuerpo me dejó duro.

―Reemplacé la bobina ―El sonido de su voz me envolvió en rojo y me ató en dorado―. Eso debería aliviar algo de la presión de la unidad. Aun así, es bastante vieja ―Puso sus herramientas en su caja―. Es posible que tengan que considerar la posibilidad de cambiarla.

Aseguré la cerradura de la puerta.

Él me siguió con los ojos mientras yo hacía un semicírculo alrededor suyo. Su aspecto físico no lo hacía seductor. Era cómo se comportaba. Como un hombre que era uno más en el mundo y no estaba por encima de él. Pasé una mirada por su cuerpo.

―Le enviaré la factura. ―Levantó su caja de herramientas.

Me metí en su camino, atrapándolo contra la unidad del aire acondicionado.

―¿Hay algo más que ne...? ―se aclaró la garganta―. ¿Necesites?

―¿Me tienes miedo?

Se incorporó en toda su altura.

―¿Hay alguna razón por la que debería temerte?

―Eso depende.

―¿De qué?

―En cuanto la idea de follar me lleve hacia ti ―E incliné la cabeza de tal forma que hizo que mi flequillo se me deslizara sobre un ojo. Al igual que la sonrisa que le di, era algo que había perfeccionado. Masajeé su pene a través de la tela de sus pantalones. El duro abultamiento se hinchó más allá de mi palma y de mis dedos. ―Entonces... ¿Tienes miedo?― El negro de sus pupilas tragó el verde pálido de sus ojos. ―Tomaré eso como un no. ―Y desabroché su cinturón, el botón de sus pantalones, y le bajé la cremallera.

Su bóxer mantenía atrapada la gruesa longitud de su pene contra su muslo. Lo liberé y me arrodillé. El débil olor a colonia, mezclado con el penetrante aroma a almizcle, hizo mi boca agua.

El hombre me observaba con una mirada cautelosa.

―No voy a morderte. A menos que, por supuesto, tú quieras que lo haga. ―Pasé mi lengua a través de su cabeza del tamaño de una ciruela, recogiendo una amarga lágrima de su punta.

Sus fosas nasales se encendieron.

Lo hice otra vez, tomándome tiempo para burlarme de la rendija.

Él abrió los labios y sus párpados se cerraron.

Tracé el glande, y luego continúe el movimiento con un ligero raspado de dientes.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, y él bajó la cabeza.

Lo tomé lo más profundo que pude. Me agarró por la parte de atrás de la cabeza y meció sus caderas. Y con la misma rapidez, apartó las manos.

Yo las volví a colocar ahí. Y cuando él no cerró su agarre, le apreté las muñecas. El hombre entremetió sus dedos en mi flequillo, y yo le tomé de los muslos.

Sólo hubo un momento de vacilación antes de que su cuerpo se hiciera cargo y me follara la boca, estirando mi mandíbula tanto que amenazó con encajarse ahí. Las lágrimas corrían por mis mejillas, y algunas manchas negras bailaron ante mis ojos. El impacto en la parte posterior de mi garganta dolía. Di la bienvenida a la sensación de sofoco, eso hacía que las cosas fuesen reales para mí.

―Jodido infierno ―resopló desesperado después de una inhalación también desesperada―. No te detengas, hagas lo que hagas, por favor... ―Rodeé sus bolas con los dedos. Y me recompensó con una serie de palabras incoherentes. Su agarre se apretó, y una corriente de líquido amargo llenó mi boca. No pude tragar lo suficientemente rápido.

Cuando retrocedió, la semilla se derramó entre mis labios y goteó por mi barbilla.

Había sombras en sus pálidos ojos verdes.

―¿Por qué?

Me levanté.

―¿Necesito una razón? ―Limpié el esperma de mi barbilla y me chupé los dedos limpiándolos de uno en uno. Entonces tiré de él hacia abajo hasta que nuestros labios se encontraron y metí la lengua en su boca. Su intento de mantener el ritmo de mi hambre estuvo mal coordinado, y el beso se volvió descuidado y húmedo.

―Ven a casa conmigo. ―Y por la manera en que me observaba, supe que él lo haría. ―¿Hay alguna salida trasera?

No estaba de humor para lidiar con el drama de Jennie. Estaba de humor para ser follado.

―Sí. ―Él se arregló sus ropas―. La otra habitación tiene una salida al callejón de atrás.

Afuera, el olor enfermizo a basura podrida y a asfalto mojado se aferraba al aire húmedo. Arrastré al desconocido hasta la línea de taxis aparcados a lo largo de la acera. Si tomaba la limusina, el conductor podría delatarme ante Jennie. Ella escribía los cheques, así que su lealtad estaba con ella.

Abrí la puerta y él me giró. La manija se soltó de mi mano, y la puerta se cerró con un golpe por el peso de mi cuerpo. El beso que me dio fue tan descuidado como el de antes, pero ahora había determinación. Se había infectado con mi locura. Yo infectaba a todos los hombres que llevaba a mi cama. La fiebre siempre desaparecía por la mañana, pero hasta ese momento sacaba lo mejor de ella.

Enganché una pierna alrededor de su muslo y me apreté contra su cuerpo. Su pene se endureció. Bien dotado y de rápida recuperación. Yo había ganado el premio.

Me atacó el cuello, rozando mi piel con los dientes. Tenía que llevarlo a mi casa.

―Entra en el taxi.

Agarró la manija de la puerta. Y tan pronto como él la abrió, lo empujé dentro y me monté a horcajadas sobre sus muslos.

―¡Oye! ―El conductor se giró―. Este no es un motel por horas. Tiré un fajo de dinero en efectivo sobre el asiento.

―Edificio Royaute. ―Y acaricié la mandíbula del desconocido. La sombra de su barba raspó contra mis dedos―. ¿Ahora... dónde estábamos?

Con unos pocos tirones, le saqué la corbata y abrí el frente de su camisa. Un oscuro vello espolvoreaba su pecho, ensanchándose en el centro de sus pectorales y formando una línea que bajaba por su estómago antes de desaparecer debajo de la cinturilla de sus pantalones.

Le pellizqué los pezones con fuerza suficiente para hacerlo lloriquear.

El hombre hundió sus dedos en mi largo flequillo y me acarició el cabello más corto en la parte posterior de mi cabeza.

Me balanceé contra él.

―Tócame―. Sus manos siguieron su mirada bajando por mi cuerpo. Se detuvo en la unión de mis piernas y frotó mi pene a través de mis pantalones. Siseé. ―Sí, así. Justo así.

Buscó el botón, y mi pene se desparramó en su mano temblorosa.

Bombeé las caderas, y él persiguió la cabeza de mi pene con el pulgar a través del túnel de su puño.

Las luces halógenas iluminaban el interior del vehículo, mostrando detalles como sus labios entreabiertos, su mirada candente, las líneas de su nariz y su mandíbula.

Los torpes besos con los que empezamos desaparecieron. Trabajó su boca contra la mía, encontrando la inclinación perfecta de mi cabeza con la suya.

―Mmmm... se siente bien―. Él apretó su agarre. ―Todavía mejor. ―Chupé un tierno lugar cerca de su oreja. Él respondió arrastrando su uña a través de mi raja―. ¡Oh, mierda! ―Un cosquilleo se extendió a través de mis miembros―. Más duro, aprieta más fuerte.

Sus cejas se juntaron, y la desconfianza oscureció sus ojos.

―Por favor. ―Envolví mis brazos alrededor de su cuello―. Necesito eso. Te necesito.

Lo hizo, y a cada latido de mi corazón le siguió un dolor en mi pene. Me puse de rodillas para poder menearme dentro de su puño. El chirrido del asiento de vinilo acentuó mi respiración.

―Te quiero dentro de mí. ―Le mordí el lóbulo de la oreja. Los movimientos de su mano titubearon―. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar, no pueda ver y no pueda respirar.

Él resopló contra mi cuello.

Unos cuantos movimientos más y el dolor por el que le rogué encendió el fuego en mi interior. Ni siquiera intenté estar callado. Grité, jadeé, corcoveé, y me disparé por toda la parte frontal de su traje barato. La euforia me abandonó, y me quedé flojo en sus brazos. Me acarició el cabello y, de vez en cuando, me rozaba la sien con un beso.

Fue entonces cuando me di cuenta de que el taxi había aparcado en la acera frente a mi edificio. El espejo retrovisor reflejaba el pálido rostro del conductor y su frente sudorosa. Había un pliegue en su labio inferior, provocado por morderlo con sus dientes.

Le mantuve la mirada y sus ojos se agrandaron.

―¿Te gustó el espectáculo?

La ráfaga de rojo en sus mejillas fue instantánea. Me reí y le lancé otros cien dólares.

El desconocido y yo huimos del taxi.

Mi camisa desabrochada revoloteó a mi alrededor mientras corríamos por el vestíbulo. No había nadie más que el portero. A diferencia del chofer, sí podía confiar en Chan. El bono de mil dólares que le daba cada año en Navidad aseguraba su silencio. Y teniendo en cuenta las cosas que él me había visto hacer, se había ganado cada centavo. Este año lo doblaría.

Empujé al desconocido dentro del ascensor, y sus hombros golpearon la pared. Le agarré la boca, le acaricié los labios y atrapé su aliento. A cambio, él acunó mi rostro y se alimentó de mi boca con largos y suaves golpes de su lengua. Sus ojos verdes ardían con algo desconocido para mí. O quizás era sólo la iluminación, y no era nada especial.

Eso es lo que quería creer. Y tal vez podría haberlo creído. Pero entonces me pasó un dedo por mi mejilla, y me encontré luchando por mantener su mirada.

Las puertas se abrieron.

―¿Supongo que este es tu piso?

¿Lo era? Detrás de mí, estaba el vestíbulo de mármol color crema débilmente iluminado.

Yo asentí.

Se movió, y cualquier hechizo que se hubiera estado tejiendo se rompió. En cuanto estuvimos dentro del estudio, antes de arrojar mi chaqueta al suelo, tiré mi camisa sobre una silla y me quité los zapatos.

Él se paró en la puerta. Sus ojos siguieron el movimiento de mis manos mientras trazaba la fina línea de vello que corría por mi estómago.

Mis pantalones se deslizaron por mis caderas. Masajeé mi pene a través de mi bóxer.

―No me hagas esperar.

El ancho de sus hombros, y su altura, se expandieron frente a mí. Me siguió con largos y poderosos pasos, con la expresión de un hombre a punto de luchar por la última gota de agua. Mientras venía detrás de mí desabrochó el resto de los botones de su camisa.

Cualquier día al hacer esto, al llevar a un desconocido a casa conmigo, este iba a ser un asesino en serie o simplemente un maníaco que me golpearía y me dejaría muerto. Y la idea de que hoy pudiese ser ese día, envió un escalofrío a través de mi cuerpo.

Él se deshizo de mi bóxer. ―No hablas mucho, ¿verdad?

Él me siseó, puso una mano en mi garganta, y la otra se estrelló contra mi oído. El miedo corría en fríos riachuelos sobre mi piel. ―Pensé que querías que te follase.

―Sí.

―Para eso no necesitamos hablar.

Sonreí porque él tenía maldita razón.

Nos tumbamos sobre mi mesa de trabajo. Una paleta y tubos de pintura al aceite se cayeron al suelo. Me inclinó sobre el ancho tablón de madera, y mi codo golpeó un bote lleno de cepillos, desparramando el contenido. Las manijas de madera salieron de sus anclajes.

Me atrapó con sus muslos y pasó sus manos sobre los globos de mi culo. La hebilla de su cinturón resonó contra el suelo de baldosas y la longitud de su pene se deslizó por la grieta de mi culo. Movió sus poderosas manos por mi espalda y por mis hombros.

Abrí las piernas, ofreciéndome a él. Dio una respiración profunda y la exhaló con un gruñido.

La carne caliente se presionó contra mi agujero. Ya resbaladizo por el presemen, sólo necesitaba empujar.

Él dudó, así que agarré un frasco de aceite vegetal que usaba para realizar mis pinturas. ―Toma.

La tapa de metal rascó contra el cristal.

―¿Cuánta cantidad?

¿Hablaba en serio?

―Lo que creas que haga falta―. Un chorro de aceite se deslizó por mi grieta. ―Eso no significa que me eches todo el maldito tarro. ―Creo que se disculpó, pero yo estaba demasiado necesitado de liberación para estar seguro.

Dejó el frasco fuera del alcance de mis codos. Entonces volvió a poner la gruesa cabeza de su pene en mi abertura. Frotó la carne fruncida pero no empujó lo suficiente como para entrar.

―Maldita sea, ¿Me vas a follar ya?

Aumentó la presión lo suficiente para hacer que el anillo de músculos cediera, pero una vez más, no fue suficiente para entrar en mi agujero.

Me empujé hacia atrás, obligando a mi cuerpo a tomar su pene de un solo golpe. Mis entrañas se cerraron, y mi culo me quemó. Había olvidado lo grande que era él.

Su peso presionó contra mi espalda, y dio pequeños empujes vacilantes. Me retorcí, tratando de tomar el control, pero me sujetó las muñecas por encima de los hombros.

―Más.

Me salpicó la nuca con pequeños besos.

Yo me retorcí.

―Maldita sea, fóllame o salte.

Él se quedó inmóvil. ¿Se iría?

El peso sobre mi espalda desapareció. Estaba a punto de decirle que esperara. Pero entonces, él hundió sus dedos en mis caderas y se empujó con tanta fuerza que el banco se movió.

Una y otra vez, se estrelló contra mí, sacando el aire de mis pulmones.

Creo que dije más rápido, o más duro, o quizás solamente emití algún tipo de aullido animal. Sea lo que fuere, él lo comprendió.

Me empujó por el hombro. El cambio de ángulo permitió que su largo y grueso pene alcanzara partes de mí que no estaban destinadas a ser tocadas. Mi visión se oscureció, y cada latido de mi corazón luchó contra la constricción de mi pecho.

Yo estaba más allá del placer, en un reino donde las sensaciones funcionaban como si fuera una criatura que me comía vivo. Todo lo que podía hacer era aspirar aire a través de mi boca abierta y rezar para no desmayarme.

Gotitas de sudor llovieron sobre mi espalda con cada violento impulso de sus caderas. Él reajustó su agarre, bajando su cuerpo, inclinándome más. Entonces golpeó contra mi culo con tanta fuerza que me levantó hasta elevarme sobre los dedos de los pies.

Los duros músculos de sus piernas ondularon bajo la parte posterior de mis piernas. Algo de su peso volvió, empujándome hacia adelante. Cada caliente e irregular respiración que se le escapaba por la boca chocaba contra la piel de mis hombros.

La estática se tejía alrededor de mis huesos, y se agotó el aire fresco en el estudio.

―Casi ―dije―. Casi estoy ahí.

El borde del banco me impidió estirarme hacia abajo y ayudarme a acabar. Yo le necesitaba a él; más duro, más rápido, implacable.

Me lo dio todo.

Su ritmo se rompió, y enterró un grito en mi nuca. Al mismo tiempo yo enterré mi grito contra la mesa. Un segundo después, el pulso de su pene resonó a través de mí.

Entonces la calma del estudio nos cubrió, y él me acunó contra su cuerpo.

No sé por qué, pero puse mi mano sobre la suya. Y no luché cuando nuestros dedos se entrelazaron.

Después de un rato largo, me preguntó:

―¿Tienes una ducha?

Nadie me había preguntado eso antes, pero tampoco nadie se había quedado más allá de una follada y el tiempo que les llevaba abrocharse los pantalones.

―Seguro. ―Y dirigí al alto, oscuro y silencioso hombre por las escaleras.

All the love, x.

30 de Mayo de 2020 a las 15:03 0 Reporte Insertar Seguir historia
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