criandomalvas Tinta Roja

¿Un sueño húmedo hecho realidad? ¿Demasiada absenta? Otro cuento corto en el que los personajes se escapan del texto.


Erótico Sólo para mayores de 18.
Cuento corto
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Femme fatale.

Las últimas palabras y pudo rubricar con un “fin” la nueva novela de su heroína, la octava de una larga saga.

Estaba complacido con su obra, después de tantos años dedicados a la enérgica figura de la detective, había acabado por sentir algo muy profundo por su personaje.

¿Puede alguien enamorarse de una ficción? ¿Y por qué no? La había creado, moldeado con todo o que le gustaba en una mujer. Un carácter fuerte, una perspicacia fuera de lo común y un sentido del humor sarcástico y a veces agrio, por no hablar de un cuerpo de ensueño. Todo en ella era perfecto.

—¿Enamorarse? ¡Eres un maldito estúpido!

Del susto se cayó de espaldas golpeándose un costado.

Se incorporó poniéndose en guardia, mirando hacia el lugar de donde provenía la voz. Una mujer alta y esbelta, de un brillante pelo negro azabache, laceo y oscuro, lo contemplaba de forma punitiva.

Vestía un elegante traje de los años 40, también oscuro, y calzaba unos zapatos de tacón de aguja. De ellos se elevaban unas larguísimas piernas enfundadas en medias de seda. Sus ojos, negros a juego con pelo y vestido, de una mirada profunda y penetrante. Fumaba un largo cigarrillo y entre la comisura de sus carnosos labios emergían las bocanadas de humo.

No podía creerlo, era tal como quiso describirla siempre y por mucho que lo intentó con palabras en sus novelas, nada se aproximaba más a la imagen que tenía de Cecilia, la detective privado, que aquella mujer surgida de la nada. Incluso su voz era tal como la había imaginado. ¿De dónde había salido ella y su anacrónica indumentaria?

—¿Quién eres?¿Cómo has entrado aquí? —El escritor estuvo tentado de pensar que soñaba. El dolor en la espalda era demasiado real.

—No preguntes tonterías. Sabes de sobras quien soy, pero es normal que te intrigue qué demonios hago aquí. —Aspiró una larga calada de su cigarrillo. Se mantuvo en silencio unos segundos antes de continuar. Él no daba crédito a lo que veían sus ojos.

—Debería darte una paliza. ¿Qué número hace esta “novelucha”? ¿Ocho? —El escritor asintió con un gesto. —¡Ocho! ¡Miles de páginas haciéndome dar tumbos de un lado a otro, recibiendo golpes y padeciendo todo tipo de situaciones absurdas y, sin embargo...! —Puso el cigarro entre el pulgar y el índice y lo catapultó hacia el rostro del asombrado novelista. —… ¡No me has permitido darle ni una alegría al cuerpo, ni un solo desahogo… ni un triste polvo! ¿Acaso tengo cara de monja? ¡Menudo mojigato de mierda estás hecho! —Se abalanzó sobre el hombre sin darle tiempo a reaccionar. —Sé que te gusto, lo he visto en tus ojos, me deseas. —Su pecho se presionaba sobre el de él que había caído de espaldas al suelo. Le aprisionó el costado con sus fuertes muslos y sus nalgas hacían lo propio sobre la entrepierna. Notó como su pene crecía endureciéndose.

—Me lo debes, después de todos estos años no me lo puedes negar. —Le tocó el bulto del pantalón y sonrió maliciosamente. —Tu cuerpo me dice lo que tus labios se callan. —Se deslizó sobre él, deteniendo su rostro justo enfrente del ariete que intentaba abrirse paso inútilmente a través de la tela de la bragueta. Los botones parecía que podían saltar en cualquier momento por la presión. Lo liberó por fin y ya fuera de su prisión se mostró erecto, altivo, erguido y firme, como un disciplinado soldado dispuesto para el combate. La extraña lo tenía tan cerca de los ojos que al admirarlo quedó bizca.

—Vaya, vaya, con el reprimido. Parece que tu hermanito de aquí abajo no opina lo mismo que tú sobre mantenerme casta y dejarme a dos velas.

—Has tenido muchos romances durante tus aventuras.

Al escritor le era difícil articular palabra, la excitación aceleró su respiración y más que hablar jadeaba.

—¡Bah! Muchas veces me hice ilusiones. Me rodeaste de guapos héroes, de eróticos villanos y al llegar al momento esperado… ¡Nada! ¡Pasabas al siguiente capítulo! —Comenzó a masajear el sexo del escritor con las manos. No podía admitir que aquello fuese real, pero se dejó llevar víctima de una excitación que se tornó locura al sentir los labios de ella y su lengua jugueteando entre sus piernas.

La absurda situación no había hecho más que empezar. La mujer se incorporó y agarrándolo de las solapas del traje lo levantó como si apenas pesara.

—Llévame a tu habitación. —Le ordenó.

Ya no le importaba si aquello era o no real, la quería poseer a toda costa. Hacerla suya, penetrarla por todas sus cavidades.

Entraron a toda prisa al dormitorio, él más que desnudarse se arrancó las ropas antes de lanzarse sobre la cama. Ella lo obsequio con un estriptis que lo hizo enloquecer de lujuria aún más.

El cuerpo de piel morena de ella era escultural, sus curvas las de una carretera comarcal, sinuosas y peligrosas. Sus senos, pequeños pero simétricos, perfectos, coronados por unos rosados pezones. Se arrojó sobre el escritor mordiéndole el pecho y frotando su sexo con el de él.

Enseguida se tumbó boca arriba y abrió las piernas ofreciéndose a la posesión. Era real, su heroína era real y estaba en su habitación, tan cerca que podía verse reflejado en sus ojos, podía sentir su olor, su tacto.

El novelista no pudo contenerse más, se abalanzó sobre ella decidido a penetrarla de inmediato. En ese momento la mujer lo apartó lejos de sí de un fuerte empujón y comenzó a vestirse de nuevo. Él, aturdido, la miraba atónito desde el frío suelo.

—¿Qué demonios haces, te vas ahora?

—¡A que jode capullo! Nos vemos en el próximo capítulo.

La morena cruzó la puerta y desapareció. El hombre seguía desnudo sobre el parquet. Se frotó los ojos sin entender nada.

Muchas fueron las veces que fantaseó con una situación semejante a aquella y ahora, en vista del resultado, se sentía totalmente defraudado.

Sin perder el tiempo en cubrir sus vergüenzas, corrió al escritorio a ponerse delante del ordenador. Tenía mucho trabajo por hacer, debía recomponer casi por completo su novela.

A ciencia cierta no sabía si pretendía corresponder a los deseos de ella o si solo buscaba venganza.

Comenzó a teclear de forma frenética.

24 de Mayo de 2020 a las 09:37 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Tinta Roja ¿A qué viene todo este teatro? No expondré el por qué, el cómo ni el cuándo. Condenado de antemano por juez y jurado, me voy caminando despacio hacia el árbol del ahorcado. Mira el verdugo la hora y comprueba la soga, que corra el nudo en lugar del aire. Se hizo tarde y el tiempo apremia por silenciar mi lengua. Y ahora ya sin discurso, ni me reinvento ni me reescribo, solo me repito. Y si me arrepiento de algo, es de no haber gritado más alto.

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Raquel J. Raquel J.
¡Me ha encantado!
May 29, 2020, 09:49
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