aldec01 Aldeco René

Una familia disfuncional, el error de un hombre al elegir y la vida de tres niñas que aun no tiene sentido alguno.


Historias de vida Todo público.

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EL MÁRTIR.

“El dinero no da la felicidad, pero aplaca los nervios”

Jeanne Bourgeois (Mistinguett).


— ¡Sabes bien que las niñas necesitan más que eso! —Gruño su mujer—. No puede ser que no cumplas con la obligación tan sencilla que te corresponde como padre, ellas siempre necesitan más y con la miseria que les das no les alcanza para nada.


— ¿Y de dónde saco más? A duras penas tengo para el pasaje —repuso al agachar el rostro—, llegue bien cansado y todavía tengo que ir a ver a Don Pepe para saber si me pagara algo de lo del viaje a Puebla.


— Solo buscas pretextos. Pamela acaba de entrar a la preparatoria y Diana está en la universidad, a los profesores les importa un carajo tu situación y la de todos, pero tratándose de alguien tan irresponsable no cabe duda de que terminaran al lado de un fracasado como yo. Ya las estoy escuchando: “Mamá préstame veinte pesos para comprar frijoles”.


El fracaso de un padre a costa de una nueva generación de donnadies, subyugado por mujeres sin alma cuales hienas sonriendo ante una presa moribunda mientras se divierten con ella al devorarla viva. Ante un juicio perdido el hombre anhelaba escapar de la ruina, incorporándose caminó rumbo al perchero y tomó su vieja chaqueta de cuero escapando de aquella habitación anhelando un cigarrillo. El viento acariciaba la silueta de su rostro demacrado y danzaba a su rededor en honor del sacrificio, empuñaba las llaves dispuesto a entrar a su viejo automóvil cual si fuera un búnker que lo protegiese por unos segundos antes de derrumbarse. Dentro, abrió la cajita destinada a las monedas buscando un encendedor y de la guantera saco un delicado algo viejo y arrugado, introdujo la llave interrumpiendo el descanso del motor haciéndolo rugir furioso. Avanzaba lentamente fastidiado por la vibración que la calle producía al no estar pavimentada, sujetaba el volante con la mano derecha mientras con la izquierda giraba la manivela que bajaba la ventanilla del mismo lado, tomo su vicio del asiento del copiloto y lo encendió escupiendo la primera bocanada al exhalar. Aceleraba paulatinamente al asirse de aquel círculo y meditaba sobre el valor que corresponde a cada uno de acuerdo con la edad, sus rasgos y las memorias o mentiras que lo cobijaron en la cuna. Freno y se detuvo por un momento para recargar la cabeza donde sus manos reposaban y cerrar los ojos, la taquicardia lo había hecho entrar en pánico como tantas otras veces al tener la desesperada necesidad de vivir una vieja época en la cual aún era feliz. Volvió a avanzar y giro a su derecha descendiendo la pendiente cotidiana en la cual ya no temía quedarse sin frenos, mientras se repetía:


— ¿Qué estoy haciendo?


Nada, nada importa de lo que haga o haya hecho, su vida se devalúa y la balanza de la muerte lo reclama, mientras él recuerda sus años de juventud, la soledad, la independencia, el placer de un salario sin compartir y la estima de un peso mal gastado. A pocos metros de la avenida principal comienza a imaginar el resultado de soltar el volante y pisar el acelerador a fondo estrellándose con todos esos desgraciados, pero no lo vale, no es un cobarde ni un asesino. Gira a la derecha al terminar de descender mezclándose una vez más con la manada de marcas y estándares que se deslizan sobre la línea de la monotonía.

2 de Junio de 2020 a las 17:59 0 Reporte Insertar Seguir historia
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