nv_scuderi N.V. Scuderi

A un policía a punto de retirarse le llega un caso en circunstancias anormales


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Las tres gotas

Una gota cristalina y no insípida cayó, pero el hombre estaba demasiado ocupado vistiéndose para llegar a tiempo a su trabajo en Asunción que no se mostró interesado en averiguar lo que ocurría.

―Otro día ―masculló apurado y se marchó.

Echada en el piso, la primera gota se convirtió en un charco que iba perdiendo progresivamente su trasparencia debido a las partículas de polvo a su alrededor hasta convertirse en una mísera laguna oscura que contrastaba con el tono blanco de la cerámica. De un modo sorprendente, no se secó, sino que se mantuvo allí por varios días. Había perdido la noción del tiempo y eso le ayudaba a no ceder ante la ciencia que le instaba a desaparecer.

Una segunda gota cayó abruptamente, a causa de una energía externa intencionada y otra energía interna no intencionada, encima del mismo charco que inició la primera. Esta gota estaba compuesta por un líquido ácido y espeso que desprendía un olor repugnante y que infestó el lugar entero.

―Habrá que limpiar esto. ¡Qué porquería! ―protestó el hombre asqueado, frunciendo el ceño y la nariz.

Salió de allí y no regresó hasta muy tarde, cuando le pareció que la gota amarga se fregó mágicamente. Sin embargo, gracias a otras gotas más espirituosas que consumió afuera, su limitada vista le impidió detectar que todavía quedaba una porción pequeña pero significante de aquel charco surtido de sal, polvo y ahora ácido en el suelo blanco.

Por supuesto, sólo quienes vivían allí conocían su existencia y así continuó transcurriendo más tiempo; si bien era excusable que los vecinos no se percataran de esto, sí podían haberse percatado de los sonidos, pues ninguno padecía sordera.

Mucho tiempo después, Eduardo Báez, un policía a punto de jubilarse con un historial impecable de casos resueltos (muy difícil de encontrar por estos rincones de la región), menos uno, estaba poniendo en orden sus papeles para el debido proceso en la comodidad de su departamento cuando él y sus vecinos escucharon el llanto incesante de una criatura, un bebé que no debía haber llegado aún a los doce meses. Báez recordó rumores de que ya se había hecho sentir el llanto con anterioridad sin saberse todavía quién fue la afortunada en dar recientemente a luz, pero en esta ocasión el ruido era mucho más estridente que se prolongó durante todo el día que nadie se animó más a ignorarlo.

A la noche tocaron el timbre del departamento de donde procedía el clamor, era uno al fondo del edificio del último piso cuyo inquilino era un completo desconocido por los demás. No hubo respuesta adentro, por lo que Báez echó la puerta y, acompañado de otros cuatro vecinos, se topó con una sala que aparecía y desaparecía ante sus ojos. La luz fluorescente parpadeaba una y otra vez, así era imposible ver nada. Activaron las linternas de sus celulares, algunos activaron las cámaras grabadoras por las dudas para las redes sociales y se adentraron tras apagar la luz principal.

Profirieron un grito que opacó el del bebé. El charco teñido de rojo se había extendido por todo el suelo y salpicado incluso las paredes y los muebles volcados tal como si un tornado muy particular hubiera pasado sólo en el interior de la vivienda. Báez se apresuró a pedir refuerzos de la comisaría más cercana y cruzaron la sala en busca de la criatura. A pesar del asco que sentían por atravesar esa laguna de sangre caliente, porque estaba tan caliente como si aún circulara dentro del cuerpo, un instinto de curiosidad y heroísmo los empujó a aventurarse mientras aguardaban.

Procuraron, pero no dieron con su paradero. Los lloriqueos se oían con la misma intensidad en cada parte del inhabitado hogar, la sangre los recibía detrás de cada puerta semiabierta, el líquido ácido y el agua salada y trasparente seguían mezclados e impregnando su olor hasta meterse en los pulmones de los intrusos. La única conclusión que dedujeron fue que entraron a una casa maldita o algo por el estilo, lo que los llevó a huir despavoridos hacia donde reinaba el aire contaminado del motor de automóviles, melodías de bocinas y músicas a través de poderosos parlantes y olores grasientos de asado, tortilla y chipa. Un aire más agradable, de igual forma.

Sólo Báez permaneció frente a la puerta echada a la espera de sus colegas. Cuando estos llegaron al cabo de una hora, presentó su reporte y les invitó a pasar para corroborarlo. Definitivamente resultó ser cierta su explicación, porque los policías escucharon al bebé invisible y palparon la calidez de la sangre, lo que les asustó de la misma o peor manera que a los vecinos.

Acudieron también los medios de prensa, se hicieron las averiguaciones de quiénes vivían allí, pero fue increíble que nadie supiera nada. Báez y los vecinos no recordaban sus nombres, sus rostros y sus profesiones, el dueño del edificio estaba de viaje, su reemplazo tampoco tenía conocimiento de sus propios huéspedes y, además de ropas masculinas, femeninas e infantiles, no había pistas ni documentos para identificarlos. Pronto el departamento fue titulado como un lugar embrujado, los peatones posaban indiscretamente sus ojos cuando pasaban por la calle del edificio y los inquilinos hacían la señal de la cruz cuando pasaban frente a la puerta del hogar cuyo acceso fue bloqueado por la fiscalía. Al menos, los llantos del bebé se oían sólo como un eco. No tan fuerte para no molestar y tampoco tan despacio para molestar un poco.

La novedad no duró demasiado, una semana luego ya otras noticias políticas y policiacas de la capital se robaron la completa atención del país y de, indudablemente, aquellos habitantes de aquel barrio de Capiatá en donde se ubicaba el edificio con el departamento maldito. El eco cesó y el charco de sangre se coaguló, pero tampoco a nadie le constaba desde hace cuánto porque todos los olvidaron.

De nuevo, Báez fue la única excepción. Regresó del supermercado y después de guardar lo comprado en su heladera, notó que ya no percibía las presencias sobrenaturales. Se dirigió al departamento embrujado y pasó por encima de la cinta que bloqueaba la puerta que habían colocad de vuelta en su sitio. Halló silencio y olor a putrefacción, una putrefacción ácida y salada que casi lo hizo a derramar más gotas de ácido de su estómago debido a las náuseas.

La vivienda consistía solamente en una sala, una cocina, un baño y un dormitorio de diminutas proporciones. Báez recorrió cada habitación, juzgó que nadie había estado allí en mucho tiempo, por lo que era imposible que hubiera un bebé. Pero ¿entonces qué fue lo que escucharon él y todo Paraguay?

De repente, el llanto volvió a su cabeza; no a sus oídos, sino a su cabeza y no lo dejaba en paz. Maquinalmente, dejándose llevar por alguna especie de corazonada o alguna guía mística, se adentró al dormitorio y sacó de un cajón de una mesita de luz una fotografía en papel abandonada y desgastada. Era el retrato a color de tres personas, claramente una pareja y su bebé sentados en un banco de una plaza asuncena. Lo curioso fue que cada rostro estaba escondido detrás de una gota de diferente composición:

El rostro regordete de la criatura lo tapaba una gota de vómito; el segundo rostro, el de la madre pálida, esquelética y triste, lo tapaba una gota cristalina como la de una lágrima; y el tercer rostro descuidado y tosco del padre lo tapaba una gota de sangre.

Por más de que Báez lo intentaba, no pudo borrar las gotas ni con sus dedos ni con su remera. A cada intento, el eco del lamento no sólo del bebé, sino también de una mujer, amartillaba su cerebro con insistencia. Al fin consiguió apartar la gota de sangre, observó fijamente las facciones del hombre y, por último, observó la fecha de la fotografía y los nombres de la familia escritos al dorso.

Sin vacilar, guardó la fotografía, fue a su departamento por su pistola semiautomática y a la comisaría para anunciar que debía reabrir un caso de desaparición, el cual estuvo a su cargo y nunca pudo resolverlo completamente porque nunca se localizó el cadáver de una mujer pobre y olvidada por el mundo incluso cuando ella se borró del mapa. La gente en su entorno en Capiatá hizo oídos sordos a sus pedidos de auxilio. Se supuso que ella se suicidó, nadie había considerado otra cosa o quizás no quisieron hacerlo; Báez no se convenció, aunque tampoco había pruebas de un asesinato. Ahora sí había una pista del presunto asesino, estaba seguro de ello.

―Voy a limpiar las dos gotas que quedan, este será mi último caso antes de retirarme ―prometió.

Él y su grupo subieron a la patrullera rumbo a Asunción.

12 de Mayo de 2020 a las 19:16 2 Reporte Insertar Seguir historia
3
Fin

Conoce al autor

N.V. Scuderi Licenciada en Comunicación Audiovisual, pero el amor a las historias a través de la literatura es más fuerte.

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Luca Domina Luca Domina
Muy bueno, me gustó! Saludos!
May 12, 2020, 19:57

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