diphygrayi Diphylleia Grayi

Un corto relato acerca de la soledad y de como nos enfrentamos a ella, de esas noches con la luna como nuestra confidente. Una pequeña historia de lugares vacíos y de personas sin alma.


Drama Todo público.

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Azul

"Aquello que, creo, produce en mí el sentimiento profundo, en que vivo, de incongruencia con los demás, es que la mayoría piensa con la sensibilidad y yo siento con el pensamiento."

- Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.






A veces dejamos que el viento se lleve nuestros recuerdos, y que el movimiento errático del río nos los devuelva.

La hacienda era grande, tan grande que, incluso desde el techo de la casa principal, no se alcanzaba a divisar el final. Por un lado, hectáreas de verdes pastos donde las vacas con sus terneros rumeaban; y por otro, las plantaciones de café y aguacate. La familia Zaragoza se enorgullecía de sus productos de calidad. Desde temprano en la madrugada el trabajo comenzaba y no terminaba hasta bien entrada la noche. El ajetreo se mantenía constante, era muy difícil encontrar un sitio donde todo estuviera callado.

Estaba acostumbrada a la vida que se respiraba en la Hacienda "Azul". Desde muy pequeña, al ser la hija mayor de la familia Zaragoza, me educaron como tal, pues algún día sería la heredera y patrona de todas aquellas personas que veía trabajar tan arduamente en las labores del campo. Veía a las mujeres y hombres en los cafetales colectando el grano, todo el día bajo el sol y con las arrugas profundas en su rostro moreno, y me preguntaba si algún día llegaría a ser como ellos: personas fuertes y orgullosas. Felices de llevar el dinero de la semana a su familia, y llenando el estómago de sus niños.

Pero, a medida que crecía, un vacío comenzaba a comerme desde dentro. Un gusano invisible se había instalado en mi cabeza, y lentamente me comía los sentimientos. Todas las emociones felices que se suponía debían tener una joven como yo, desaparecieron una helada mañana de diciembre. Al principio no le di mucha importancia, era más importante dedicarme a aprender todo lo que mi padre me enseñaba. Cada vez que él, con su voz profunda y su porte intimidante, me señalaba un error, algo dentro de mí moría. Tardé en descubrir que mi infancia y juventud se las llevaba el viento.

En México, las noches guardan cierta magia que se deja observar por aquellos que la buscan. En su luna brillante de ojos palidos, en el canto del río que bajaba de los cerros, en el olor a tierra mojada por el sereno nocturno, o por el canto de los pajarillos en las higueras. Por eso, me gustaba subir al techo y contarle mis pesares a la luna. Tal vez ella me daría una respuesta, tal vez ella me escucharía. Y allí, llorando hasta el cansancio, me iba a la cama para despertar nuevamente en esa casa llena de prisa.

Pero esa mañana era diferente, el ruido que tan familiar era había desaparecido.

Desperté cuando los rayos del sol me dieron en la cara y escuché al gallo cantar más de la cuenta. Sabía que era tarde, a mi padre no le gusta la gente floja y buena para nada, y, lamentablemente, piensa que toda mi generación actúa de esa manera. Así que rápidamente me arreglé el cabello y me puse un lazo rojo; las mujeres siempre deben estar bonitas, dice mi madre.

Fui derechito a la cocina, donde la abuela Lupe siempre tiene preparado el desayuno. La casa principal de la Hacienda "Azul" es muy hermosa: con muchas plantas, de grandes ventanales, pasillos largos, con cuadros coloridos y máscaras de papel maché en las paredes, y con el frescor que tienen las casas antiguas mexicanas. Esta casa le había pertenecido a mis tatarabuelos, que la habían construido con un dinero que el abuelo Emeterio se había encontrado "por ahí", como a él le gustaba decir. Pero no fue hasta que mi abuelo decidió dar el siguiente paso y convertir el apellido de la familia en una marca reconocida en toda la región.

Mientras me dirigía a la cocina, la soledad del lugar me dejó confundida por un minuto. No podía escuchar a nadie ni adentro ni afuera, una reunión matutina podía explicarlo; pero yo tendría que estar presente en tales casos. Ensimismada en mis pensamientos, las suaves y delicadas notas del té de canela llegaron de repente, sacándome de mi duermevela. La visión de una taza de barro con té caliente y un pan dulce recién horneado me hizo salivar, y rápidamente me acerqué a la cocina. Pero, qué raro, tampoco había nadie ahí, ni siquiera mi abuela Lupe que era la reina de ese lugar. No recordaba el día donde mi abuela no estuviera ahí. La cocina se veía grande y gris sin nadie ahí, ni siquiera las flores rosas de las buganvilias que entraban por una ventana eran capaces de levantar el ánimo del lugar.

Afortunadamente, en la mesa de madera gruesa del comedor había una canasta llena de pan y una taza de té humeante. Me dispuse a comer un poco, ya volverían los demás. En algún momento la casona se llenaría de color otra vez, pensé en vano.

Pero nunca pasó, ni un alma se encontraba en aquel lugar que me vio crecer. Recorrí todas las habitaciones, los establos, los cafetales, el plantío de aguacates, las praderas, el rio, y nada. El silencio era ensordecedor. Incluso los jilgueros, los flautines, periquitos y cenzontles habían desaparecido sin dejar rastro. Estaba sola en ese inmenso lugar.

¿Me habían dejado sola? Una prueba parecía, o una broma de mal gusto. Comencé a reírme como hacía mucho que no lo hacía, pero, en vez de felicidad, la histeria era lo que se contenía entre mis carcajadas. La verdad era que me encontraba asustada, nunca había estado tan sola en mi vida. Era imposible para mí concebir algo como eso.

Caminé y caminé. Corrí otra vez al río y me quité toda la ropa. Desnuda como había venido al mundo me lancé a las aguas poco profundas y me di un baño. Dejé que las corrientes recorrieran mi cuerpo y mi cabello negro y liso se empapara hasta los folículos. Salí, me volví a poner la ropa y volví a la casona. Allí me dejé caer en la terraza, me quedé mirando al cielo azul escuchando el ritmico tintinear de las campanillas de viento.

Era un día nublado, podía ver los dibujos que mi mente se esforzaba por crear en aquellas nubes blancas tan ajenas a lo que sucedía. El sonido del viento entre las ramas de los arboles me arrullaba. Y un pequeño colibrí se acercaba a un rosal con aquel zumbido tan lindo que poseía. El paisaje era bello. Tan bello que no podía apreciarlo, era incapaz. Y tras darme cuenta de eso, de que estaba tan vacía como esa casa, me eché a llorar. Las lágrimas llenaron mis ojos y se deslizaron por mi mejilla a caudales. Mi garganta dolía, tanto que me pregunté si en cualquier momento iba a dejar de respirar.

Estaba sola.

Pero lo que más me preocupaba, es que ya hacía mucho que me sentía así. Los pensamientos comenzaron a llegar de golpe, y todos los esfuerzos que a lo largo de mi vida reuní para detenerlos, vinieron a mí felices de destruirme. ¿Es que acaso la luna había escuchado mal? Yo solo le pedí volver a sentir, no esto. No quedarme a solas conmigo misma.

Siempre me dijeron que estaba destinada al éxito, que yo siendo una María tan bonita, con una familia de dinero, iba a tener una vida hermosa. Que me casaría con un buen hombre que me amaría, y que yo, como buena esposa, le serviría con muchos hijos. Hijos que correrían por los pasillos de la casona y entre los cafetales. Entonces, ¿por qué me sentía así? ¿Por qué me sentía tan insuficiente? ¿Por qué había un jaguar mirándome fijamente justo frente a mí?

Sus ojos penetrantes y ancianos no dejaban de sostenerme la mirada. Pero, en vez de tener miedo, pude verme reflejada en sus pupilas. Un pobre despojo de lo que alguna vez fui, de aquello que recuerdo de mi infancia. Era una niña feliz, de lengua fácil que a todos encantaba, una lider nata de mente agil y hermosa sonrisa. Mi familia estaba orgullosa de mí, pues era de fuertes convicciones. Pero algo había pasado esa mañana de diciembre. Desperté siendo otra. Desperté sintiéndome vacía, como los ojos del jaguar.

Me quedé dormida entre el regazo del jaguar, y sentí como mi subconsciente se mecía entre las aguas del río de nuestros antepasados. Pude saborear el jade y escuchar el ritmo de los tambores. No quería escuchar lo que mis pensamientos me decían, así que decidí sucumbir y abrir una de las puertas de la mente. Una que prefería no abrir, que necesitaba estar cerrada.

Una vez despierta, y con el alma rota y el pecho quemandome, observé que todo seguía igual. Era de noche y la luna estaba llena en lo alto, tan brillante que me cegaba. Flotaba en un mar de estrellas tan calmada que la envidiaba. Ella, con sus ojos voraces y horribles me miraba expectante. Era estúpida por haber confiado en ella. Nunca debí hacerlo, pues disfruta con el sufrimiento de los hombres. Anhela el calor que trae el sol a estos, pues lo que no sabemos es que ella está tan sola como nosotros. A veces es incluso más humana que muchos.

Ella, con su tez pálida, esperaba por mi petición, pero yo ya no tenía ninguna. Había aprendido la lección: nunca confíes en los seres de la noche. Había comprendido lo que realmente significaba el vivir, a tan corta edad, lo había descifrado. Pero, la verdad era que no significaba nada.

No creo que le mundo tenga ningún sentido, pero más que aterrador, el absurdo de la existencia, era bastante interesante. La belleza de la naturaleza, en sus muchas y variadas formas, nos recuerda que la vida comienza de la nada. Es absurdo pensar que hay un mínimo de cordura en nuestro día a día, pero aquí estamos esperando encontrar respuestas a preguntas que no existen.

¿Por qué nos obsesionamos con la luna en una noche estrellada? ¿Qué es lo que nuestros ojos ven y la mente no entiende?

Al final de todo, la semilla de lirio que planté una vez cuando estaba pequeña, nunca dio fruto. Un presagio abrumador. Debí pensar que perdería la cabeza el día que, andando por la orilla del camino, perdí la sombra. Aquella sombra maldita ahora me perseguía a donde quiera que fuera. Traté de ignorarla, lo intenté lo más que pude. Sabía que si se lo contaba a alguien, que había perdido la sombra, me llamarían loca.

Al final, la luna reflejada en el agua de la fuente, era la misma.

Ahora entendía que la sombra nunca se iría, y que aunque volviera la gente a la casona, y que el rocío cubriera los campos, yo seguiría sintiéndome vacía y con frío. No importa el vano intento del fuego al calentarme, no importa la mariposa morada visitándome cada día. Al final, el canto de los grillos y el sonido de los fantasmas andando, no me ayudarían a sentirme más humana. La dulce muerte me seducía tentadora, narrandome dulces versos sobre la libertad. La libertad que yo tanto añoraba.

¿Una vez muerta me sentiría feliz? Incluso, sabiendo que todo terminaría, no dejaba de preguntarme si realmente todo cambiaría si decidía decirles que sí a ese ente demoniaco.

¿Por qué duele tanto? ¿Por qué he llegado a odiar la noche? Todo es muy difícil. Intentar ser feliz es difícil. Nadie parece darle importancia, nadie parece notar que algo malo sucede. ¿Cómo he llegado a esto? Ahora solo soy un retazo deshilado de lo que fui alguna vez. Los recuerdos me torturan cada vez que termina la noche, y el sonido del mariachi se va con la llegada de la luna. De ese impío demonio que se disfraza de redentora.

Odio la noche, odio tener que dormir, odio soñar. Odio tener que soñar despierta y no saber que mi mente inventa todo lo que sucede. ¿Qué tan real soy? O, acaso, ¿también me estoy imaginando? Mis ojos parecen dos sombras negras, y nadie parece notarlo. Nadie nota lo mucho que mi cabeza duele, y lo llena que esta de cosas, tanto que está a punto de rebentar.

Dios, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué soy como soy? ¿Por qué ya no me quieres? ¿Por qué ya no estás a mi lado, si he pasado toda la vida buscandote? ¿Por qué me suced a mí? ¿Por qué a mí?

Necesito que alguien me ayude, porque yo sola no me puedo ni sostener. Alguien ayúdeme, ayúdeme a salir de este lugar. De este pozo tan profundo que a penas y se ve el brillo del sol. De estas manos que me sostienen y no me dejan salir. De este mar profundo que me empuja hasta su interior, hasta su vientre arcano.

Pero es que no me quieren, prefieren ignorarlo. Prefieren ponerse de lado de la luna. Tal vez yo debería hacer lo mismo: convertirme en otra persona. Encerrar mis secretos tras esa puerta que nunca debió ser abierta.

Las preguntas manaban de mi boca como caudales, y ninguna tenía respuesta algua: ¿Cuándo se volverá a unir mi corazón? ¿Cuándo volveré a ser yo? ¿Cuándo volverá la gente a la Hacienda "Azul"?

Pero aun así, la esperanza es lo útimo que muer. Y, sin pensarlo, las suaves notas del té de canela y el llamado de la abuela Lupe me devolvieron a la realidad. Aquella en la que realmente existía, y no era un sueño frívolo de la luna.

10 de Mayo de 2020 a las 22:24 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Diphylleia Grayi Alguien que existe solo en los recuerdos de los demas, y que de vez en cuando escribe.

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