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Isaac Penalba Font
Colección de opiniones que huelen a moraleja pero que intentan no serlo...

#psicología #crecimiento-personal #artículo #opinión
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El mar

El mar, espejo infinito del alma humana. Acoge miradas perdidas, las absorbe y devuelve vestidas de significados ocultos. Su olor despierta recuerdos arcaicos, nos conecta a épocas preconscientes donde la búsqueda del placer guiaba nuestras acciones, donde todo era más claro. Claro como el agua que absorbe el azul del cielo inalcanzable y nos lo acerca para que podamos tocar lo divino sin quemarnos. El mar nos protege, nos atempera, nos alecciona. El rugir de sus olas puede relativizar nuestra posición en el cosmos, la suave melodía de sus mareas puede cargarnos de la confianza necesaria para conquistar el mundo.


Contemplarlo, dejarse llevar por la danza espectral de sus corrientes nos puede dejar anclados como estatuas de sal. La ferviente necesidad de respuestas desfigura el paso del tiempo. Ahí, a solas con un dios que nos envuelve al principio de todo, al que abandonamos al nacer no sin el remordimiento eterno de la deuda pendiente. A lo largo de nuestras vidas buscamos regresar, devolverle el favor y por fin reparar el daño causado.


Quizá por eso nos sintamos tan atraídos por el mar, quizá por eso exista en nosotros una lucha constante entre la vida y la no vida, volver al medio que nos vio crecer y abandonarnos a la nada.

28 de Abril de 2020 a las 16:28 0 Reporte Insertar 0
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El imperio de las certezas

A lo largo de mi corta existencia quizá no tan corta, quien sabe he llegado a suponer que una de las sensaciones más agradables que podemos experimentar como seres humanos es la de conseguir respuestas a cuestiones complejas. Disipar dudas, aportar luz a una superficie bañada por tinieblas resulta una tarea tan agradecida como interminable. Porque, seamos sinceros, aun los más rigurosos científicos, del campo de estudio que sea, no son capaces de encontrar una única solución a un problema y, de encontrarla, es siempre materia voluble. La inestabilidad del terreno conquistado al misterio es lo que empuja, paradójicamente, a seguir buscando, a seguir adentrándose en lo ignoto y conseguir obtener nada más que la famosa enseñanza del solo sé que no sé nada.

Tan complicado resulta extraer certezas que me cuesta entender cómo, no pocas personas, son capaces de esgrimirlas con tanta asiduidad. Es más, ni siquiera necesitan de libros, manuales o artículos, ni contrastar sus ideas y hallazgos ¿pero qué hallazgos? con nadie más que consigo mismas. No, sus certezas nacen de sus mentes y de sus limitadas experiencias. Incluso, a veces siendo generosos , sus certezas se basan en la experiencia de otros. Desde la comodidad del sofá de casa o de la mesa del Bar Cuñado, tratan los más variados temas de política, economía o historia con la confianza de quien atesora años de experiencia al frente del ayuntamiento de una gran ciudad, de una multinacional exitosa o del claustro del departamento de historia contemporánea de la universidad de Harvard obviamente . No dudan, arremeten contra cualquier premisa discordante con la contundencia del puño patriarcal que, al contactar con la mesa, da por finalizada cualquier discusión acalorada. Sin derecho a réplica, se acepta la opinión disfrazada de certeza por convencimiento o pereza generalmente lo segundo y se da paso al siguiente tema controvertido, o tema a secas porque para ellos la controversia es un absurdo.

Y uno se pregunta ¿por qué nos encontramos tan a menudo con interlocutores de semejante calaña? E incluso, siendo sinceros, ¿por qué hemos adoptado en ocasiones más de las que estamos dispuestos a admitir la misma actitud arrogante del que se cree que sabe pero no sabe lo poco que en realidad sabe?

La explicación que se me aparece en retrospectiva sugiere que la razón de ser de la certeza, sea más o menos legítima, es escapar de los efectos de la incertidumbre. Enfrentarse al desconocimiento, a la incomprensión es un acto a veces pasivo tan cotidiano como inevitable, con efectos inmediatos en nuestra psique. No nos gusta no saber, nos da incluso pánico no poder explicarnos el mundo que nos rodea y bregamos por encontrar respuestas que nos abstraigan de la locura del imprevisto, del orgullo herido o de la ausencia de lógica. De ahí que, cuando nos sentimos preparados para elaborar nuestras propias teorías y nos sentimos con suficiente experiencia en este mundo, busquemos a veces precipitadamente la seguridad de las certezas.

Sin embargo, no hay que perder de vista que existen certezas trabajadas, arrancadas a pico y pala de la ominosa montaña de incertidumbre. Certezas fraguadas a la luz de la experiencia y del tiempo, que no son el fin sino el inicio de renovados caminos. Y después, después existen otras más díscolas. Se rebelan contra el proceso necesario para adquirir su estatus, prefieren construirse rápido y mal para poder ofrecer al usuario, cuanto antes, la ilusión de sabiduría y quizá su fin más importante dejar atrás al monstruo de la incertidumbre. Son sus fauces lo que amedrentan nuestra autoestima, es su veneno el que, de alcanzarnos, dispara nuestros niveles de ansiedad hasta el naufragio y nos empuja a construir una balsa con los restos.

Las ventajas de aprender métodos de supervivencia intelectual son evidentes, en vez de ahogarse uno en el mar de la vergüenza y de la humillación, se consigue salir a flote con una embarcación improvisada. Lo que ocurre es que, con el paso del tiempo y del impacto de argumentos en medio de océanos de discusión, la balsa acaba por resquebrajarse y evidenciar la fragilidad de su construcción. La habilidad para construir un navío sólido que se mantenga a flote por seguir con la metáfora náutica es una empresa que requiere tiempo, esfuerzo y grandes dosis de humildad pues, aprender, suele requerir fracasos, humillaciones y frustraciones. Con ello no afirmo que debamos ser unos desgraciados para lograr un cierto estado cultivado, menos necesitado de autobombo y más cómodo en la incertidumbre, pero sí pienso que hay que recibir ciertas dosis de cruda realidad para poder cocinarla y alcanzar sabrosos platos de ricas texturas.

Me parece que vivimos bajo el imperio de las supuestas certezas, en perpetua cruzada contra una Jerusalén de incertidumbres, legitimando a veces el trueque de la razón por el orgullo y el prejuicio. Se eleva demasiado a menudo una opinión a categoría de certeza y se pierde de vista lo que un director de cine muy cortés apuntó un día con mucho acierto: el hecho de que todos tengamos opinión demuestra que la opinión tiene un valor mínimo.

3 de Mayo de 2020 a las 00:22 0 Reporte Insertar 0
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El tamaño no importa

El tamaño no importa. Si grande, vistoso, si pequeño, glorioso.


No, no hablo del miembro viril ni abundo en las campañas comerciales a favor o en contra de las medidas óptimas para disfrutar de un buen revolcón. Hablo del cambio, de lo que los griegos llamaban kátharsis y que se considera uno de los objetivos primordiales de un proceso psicoterapéutico. Más aún, hablo de la grandeza del cambio sutil, sobrio, incluso aburrido.

Cuando uno piensa en los efectos de una psicoterapia en las personas a menudo pensamos que se refieren a giros de 180 grados en su comportamiento. Sin embargo, mientras en algunos casos las diferencias aparecen de manera rápida y vistosa, en muchos otros éstas no se aprecian con tanta vehemencia. Así, dando por supuestos el establecimiento de un buen vínculo paciente/terapeuta y una relación estable y regular en el tiempo, el cambio suele emerger casi de manera imperceptible. Quizá la aparición inesperada de una vocecita que avisa de cuando uno está siendo demasiado perezoso o se está poniendo demasiadas excusas. O quizá el reconocimiento en otra gente, y aún en uno mismo, de comportamientos irracionales que antes pasaban, digamos, inadvertidos. Sea como fuere, de manera paulatina, por la repetición de estas pequeñas vivencias dentro y fuera de la consulta, casi por decantación, se va generando el combustible necesario para poner en marcha una maquinaria interna que debilite, a veces a martillazos, las defensas que impiden el cambio.

Por tanto, cada pequeño esfuerzo por modificar hábitos o conductas generadoras de remordimiento o culpa. Cada gesto hacia nosotros mismos, o hacia los demás, al servicio de mejorar la relación o, sencillamente, cada vez que sintamos nuestra mente más disponible para pensar, tiene que celebrarse como una gran victoria. Porque es aquí donde se juega el partido, es en estas pequeñas pruebas cotidianas que nos encontramos, donde comienza el cambio profundo y duradero.

No será, pues, por una intervención fulgurante del terapeuta o por una experiencia casi religiosa en sesión que el paciente cambiará su cosmovisión y, en consecuencia, su comportamiento. No, en general, será más bien el cúmulo de experiencias vividas en la relación con su terapeuta, en su relación con el mundo fuera de la consulta y consigo mismo que, como si fuera un riachuelo ganando caudal, hará girar la rueda de un molino destinado a convertir el grano, que ha sufrido las inclemencias de su ambiente, en harina destinada a nuevos usos, diversos y gratificantes.

28 de Abril de 2020 a las 16:01 0 Reporte Insertar 0
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Erase una vez la mala fe

Erase una vez… Y otra y otra vez más. Harto, cansado estaba de imaginarse mundos paralelos, vidas paralelas donde triunfaba haciendo realidad el sueño en el que en ese momento se hallaba inmerso. Lo dejaré todo y me dedicaré a escribir novelas de ciencia-ficción, crearé mi propia empresa de impresión 3D y será un bombazo, o bien crearé mi nueva aplicación de juegos de rol interactivo y lo petará. Eran ideas que le rondaban por la cabeza al inquieto de Carlos. Ideas con las cuales se proveía de un goce entusiasta por al menos tres meses, tiempo durante el cual recreaba una vida futura lejos de su día a día como vendedor deportivo en una gran multinacional. Salvo que, pasado ese tiempo más o menos indeterminado, el entusiasmo y la motivación desaparecían dejando lugar al miedo y a la pereza, transformando esa idea en otro parche desechable de endorfinas que le permitían seguir un poco más en su puesto de trabajo sin pegarse un tiro. Porque Carlos no había nacido para ser vendedor deportivo, Carlos había estudiado una carrera, másters i posgrados y deseaba encontrar un trabajo “de lo suyo”. El problema es que, en el fondo, no sabía qué era lo suyo. Sí, había estudiado mucho, había puesto mucho esfuerzo y dinero en esa formación pero cuando el tránsito de estudiante a trabajador se dilata tanto en el tiempo, es fácil perder de vista aquello en lo que uno se está dejando la vida por ser y pensar en planes tan alternativos como, al parecer, irrealizables.

El problema viene cuando uno se queda atrapado en ese fantaseo de planes alternativos y no los concreta en nada. Existe el riesgo de quedarse en un bucle paralizador orientado a mantener el status quo personal y no ser ni lo que uno es, ni lo que podría llegar a ser. No querer estar donde estás ni estar donde podrías estar. Menudo lío. Sin embargo hay que pensar que incluso esa profesión acorde con su formación, ese famoso trabajo “de lo suyo”, no define a Carlos como persona, Carlos es Carlos, un ser humano con capacidad para labrarse un futuro con sus manos como herramientas y su voluntad como combustible. Es una excavadora levantando montones de tierra y obstáculos para crear un camino que le lleve donde… donde la capacidad de su excavadora le lleve, seamos sinceros. Pero tenga el último modelo Premium de excavadora o tan sólo una que haga su función con más o menos eficacia no deja de ser una máquina capaz de transformar el paisaje y amoldarlo hacia algo que se acerque más a lo que el conductor desea.

Sí, estoy hablando a mi manera de la mauvaise foi de Sartre y es que, por mucho que nos duela reconocerlo, siempre podemos cambiar nuestras vidas, existe siempre la posibilidad de abandonar aquello que nos amarga la vida y crear un camino más acorde con nuestros deseos. El problema es que cuando uno decide cambiar corre riesgos, incluso puede que lo pase mal un tiempo. No hay ganancia sin dolor ni se puede hacer una tortilla sin romper algún huevo, así de claro. Al final, si uno actúa y trabaja con sinceridad hacia lo que uno quiere se acaba llegando a un lugar mejor del que partía. No es fácil, ni indoloro pero es necesario y satisfactorio. Si tu vida no te gusta, si no eres feliz, actúa, con sinceridad y sin excusas. Pide ayuda. Como decía un rapero poco supersticioso: si buscas cambio verdadero, pues camina distinto

28 de Abril de 2020 a las 15:44 0 Reporte Insertar 0
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