La historia de una guerrera Seguir blog

polyflowers Autora PolyFLOWERS Ya cansado, miró a sus alrededores y sólo encontró la devastación que dejó a su paso... Una extraña sensación recorría su cuerpo. Parecía una especie de escalofrío. Pero no, debió ser mi imaginación. Aquel ser no se estremecía ante nada ni nadie. El fuego podía consumir su cuerpo, pero jamás su espíritu... Dejó su espada, su fiel aliada, clavada en aquel suelo literalmente empapado en sangre y se detuvo a respirar. Una vez más, el hecho de ver el reflejo de la vida en el filo de mi espada, me provocaba cierto recelo, más aún sabiendo que sujetos como él y yo anduviéramos por ahí sueltos... Un día como hoy, hace ya muchos años, me convertí en la asesina a sangre fría que soy. Pero quizás deba contarte todo desde un principio…
Historia No Verificada

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Capítulo 1: Lo bueno nunca dura para siempre

Había aprendido en mi hogar que lo más importante para una persona eran su dignidad, su orgullo y su familia. Pero por sobre todo, valorábamos a la familia.

Mis padres, con el tiempo, aprendieron que hubieran dado todo por tener a sus hermanos y padres más cerca de ellos. Pero la vida los había llevado por caminos diferentes y para subsistir debieron separarse y armar su propio clan en otro sitio.

Así es como llegaron al Valle de La Estrella. Fueron las primeras personas que pisaban aquellas tierras fértiles en cientos de años. Se sintieron afortunados al encontrar ése valle, después de todo, ya no tenían esperanzas y no les quedaba nada más que su propia voluntad de seguir con vida.

Allí, armaron con mucho esfuerzo los cimientos de su primer hogar.

Habían aprendido cuáles plantas eran comestibles y cuáles eran tóxicas e incluso letales. De a poco fueron expandiendo los horizontes de su territorio y descubrieron un hermoso arroyo que les proporcionaría agua durante todo el año. Pero mansa sorpresa se llevaron cuando encontré las termas dentro de las cuevas que había detrás de una montaña muy cerca de nuestra casa.

Como les iba diciendo, poco a poco fueron encontrando los recursos y dándoles forma para que pudieran estar a salvo y confortados. Los inviernos eran duros y el frío castigaba mucho, pero la leña nunca les faltó, porque aprendieron a cortar con cuidado las plantas que la madre naturaleza les había preparado para ellos. Por suerte la leña no era problema y siempre podían contar con la leche y carne de alguna cabra que se paseaba por allí y que al final terminaban por criar su propia cabrada muy cerca de nuestras tierras.

Así, fue como mis padres trajeron al mundo a mi hermano mayor... Si alguna vez desearon un hermano ideal, les aseguro que ése era él. Siempre estaba atento a todo en su entorno, nunca se le escapaba ningún detalle. Jamás me falló siendo sangre de mi sangre, jamás, ni aún en su último aliento.

Con el nuevo integrante de la familia mi padre tuvo más chances de poder transmitir sus enseñanzas de caza. Si bien mi madre había aprendido lo suficiente de sus padres, su esposo había hecho grandes aportes a sus conocimientos sobre la causa. Y aunque le gustaba la caza, prefería ser quien preparara la comida, ya que ahí ella sí era la especialista.

Mi hermano tenía cinco años para cuando yo nací. Y según mi padre, desde el momento en que me cargó por primera vez, fue quien más cuidado tuvo sobre mí. Siempre sobreprotector, pero eso no evitaba que me enseñara todo lo que él había aprendido. Incluso los trucos que había desarrollado para la caza que ni nuestro padre sabía. Eran instintos que se desarrollaban por sí solos, mi padre tenía el suyo, pero mi hermano y yo compartíamos el mismo. Podíamos percibir la cercanía de nuestra presa gracias a que nuestros sentidos eran más aguzados de lo normal. Mi padre, en cambio, podía seguir un rastro a kilómetros teniendo no más que una simple pisada e incluso con una pequeña rama partida podía decirte en fracción de segundos qué dirección había tomado y hacia dónde tramaba ir.

Cuando tuve dos años, llegaron un par de gemelas a nuestra familia. Mi madre había quedado bastante delicada tras aquel parto doble, pero poco a poco fue retomando su vitalidad tan característica.

Las gemelas eran como la parte de su vida que le llenaba el alma. Mi hermano mayor y yo nos centrábamos más en las tareas de caza y recolectar alimentos, explorar y construir, por lo que mi madre las educaría exclusivamente para que la ayudasen a ella en todo lo que concerniera a su ciencia culinaria. Había pasado todo su embarazo hablando de ello y nos causaba mucha emoción la llegada de otro integrante a la familia, pero cuando vimos que en realidad eran dos... Pues entonces la emoción se duplicó, fue maravilloso. Yo sólo tenía dos años, mi hermano siete y ellas habían pasado a ser el tesoro de la familia.

En una ocasión tuvimos la oportunidad de que nuestro padre nos enseñara técnicas de combate. Habíamos quedado fascinados. Él no quería que lo viéramos aplicándolas con una destreza tan impecable, mucho menos que las aprendiéramos. Pero ¿cómo no querer saber más sobre su entrenamiento como guerrero al verlo en acción cuando le hizo frente a aquel oso voraz que casi nos mata en una de nuestras salidas? Claro que después entendimos las razones, fue casi en el acto cuando la fascinación pasó a ser pena.

Fue así como aprendimos lo básico de un espadachín. Sólo quería que supiéramos eso, después de todo no era necesario saber aquella clase de técnicas en nuestro hogar. Mis padres habían encontrado el lugar perfecto para comenzar una nueva vida, ajenos al mundo violento y sin sentido en el que se había convertido su pueblo natal.

Así llegamos a éste punto...

Un día, cuando salí de bañarme de aquellas termas que orgullosamente había descubierto, me preparé para irme y así ayudar en la mudanza. Como todos los años, desde que había descubierto aquel lugar, todos los inviernos nos mudábamos allí cerca para estar en un lugar más cálido y agradable, de manera que no resultara tan insoportable pasar el frío invernal. Debo admitir que la idea había sido genial. Teníamos agua caliente para bañarnos y estábamos más cómodos que nunca en aquel sitio, porque ya no hacía falta tener una gran fogata para mantener el lugar cálido y agradable. Para cuando llegaba la primavera nos íbamos preparando para la mudanza porque ésa era la mejor época para estar en la casa del valle, allí mismo cultivábamos maíz, trigo, algodón y unas cuantas hortalizas para poder subsistir.

Mi hermano me había dicho que no me preocupara. Como era mi cumpleaños dijo que podía ayudar más tarde, después de aquel baño. Todos sabían cuánto adoraba las termas. Era mi lugar favorito (podía estar allí todo el día sin que me diera cuenta).

Una vez que salí de la cueva busqué con la vista la casa del valle, allí habían prendido ya la chimenea. Debía apurarme si quería terminar de ayudar a arreglar la casa, así como también abasteciéndola con todos los víveres necesarios. Así fue que decidí llevar la ropa que había preparado mi madre y algunos utensilios como las filosas dagas que todos usábamos para cazar, con excepción de las mellizas que todavía eran "muy pequeñas", eso según mi madre, ya que con ocho años no podían salir por ahí a cazar. Las quería acostumbrar a quedarse con ella y a hacer cosas menos peligrosas como hacer ropa y preparar una deliciosa cena, cosas esenciales que ella sabía hacer a la perfección. Pero todos sabíamos que era en cierta forma mentira, pues yo había salido a cazar por primera vez cuando tuve siete, claro que no fui quien liquidó la presa, simplemente me limité a encontrarla y con la ayuda de mi padre y de mi hermano la rodeamos. Pero mi madre en defensa decía que yo era un caso único, uno particular y misterioso. Todos reíamos ante su comentario, incluso ella misma. Era nuestra broma privada, de hecho, todas lo eran...

Si bien iba algo cargada, podía ver por dónde caminaba. Conocía el camino de memoria, lo recorría al menos unas veinte veces al día, muchas veces porque nos olvidamos algo en la otra casa o porque tenía que monitorear y verificar que el cultivo estuviera bien, que no se nos fuera algún chivo del corral; para ir de caza, para ir a pescar salmones. Pero otras veces, en cambio, simplemente lo hacía por diversión, para entretenerme y despabilarme. Si bien cada día tenía lo suyo, todos eran diferentes al anterior y eso lo hacía emocionante. Siempre teníamos alguna cosa por hacer, algún lugar que conocer, buscarle la solución a algo, buscar nuevas aventuras y resolver misterios. Prender fogatas con mi hermano y sorprender a la familia contando historias de terror en medio de una noche estrellada con la luna llena apareciéndose en mitad de la escena.

Los paisajes más hermosos los he visto allí y los he vivido en carne propia. Pero como todos saben, lo bueno nunca dura para siempre.

25 de Julio de 2018 a las 21:44 0 Reporte Insertar 0
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Prólogo


El mundo donde vivo es un planeta que fue conquistado hace más de tres milenios. Cada ser humano que vino del planeta madre, fue desterrado de ella para cumplir una misión específica: formar nuevas capitales en diferentes mundos.
Sin embargo, no se sabe con exactitud qué sucedió con las distintas expediciones que fueron comandadas desde el planeta Tierra y, a pesar de los siglos, cada ser que carga consigo la huella de la humanidad, no deja de preguntarse cuán bello debió de ser aquel mundo; el cual, a pesar de que sus ancestros hubieran partido desde hacía ya mucho tiempo, aún seguían conservando la añoranza de aquel hogar arrebatado. Aquella imagen melancólica donde dejaban atrás su planeta natal, la Tierra, fue un recuerdo que los marcó a fuego, como un sello imborrable, dejando aquella nostalgia como legado de generación tras generación.
Nadie sabía las causas por las que decidieron llegar a éste planeta. Quizás porque era habitable y sólo querían conquistar nuevos horizontes en el universo. O tal vez la nave se estrelló y quedaron varados en éste sitio.
Fuese cual fuese la verdad, hoy teníamos una realidad muy diferente con la que nuestros antepasados no se hubieran siquiera imaginado. La genética humana que abordó las naves que conquistarían los nuevos mundos, llegó a acarrear consigo la peor de sus plagas. Trayendo personas con sangre de guerreros, la cual una vez que despertó fue casi imposible de manejar y/o de volver a humanizar. Muchos perdían la consciencia y permitían que su sed por la sangre y el olor a muerte los volviera ciegos hasta dejar no más que devastación en donde sea que pusieran un pie. 
Los guerreros se habían colado en una civilización nueva que procuraba paz y armonía, que incentivaba el compañerismo y demás valores necesarios para forjar un mundo mejor; una sociedad que carecía de las herramientas para defenderse de sí misma.
Quizás fue la nueva atmósfera del lugar la que terminó despertando a la bestia...
Pero bien es sabido que todo lo bueno tiene algo de malo, y en todo lo malo puedes encontrar algo bueno. No todo es blanco o negro. La vida está llena de grises.
Y dentro de los grises más oscuros estoy yo.
1 de Julio de 2018 a las 19:47 0 Reporte Insertar 0
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