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Adhinarén

Con lágrimas en las mejillas, Herbert, del planeta Tierra y otra edad despertaba. Todo fue una pesadilla que iba más allá de ser un sueño habitado donde Adhinarén era real. Herbert sentía llamarse Ilvenn y amar a Adhinarén desde su otra vida, donde era feliz pues ahora esta faceta llamada “vida”.

El sol primigenio de los múltiples planetas cruzaba el cielo e iluminaba las distancias crepusculares y ausentes. Las sombras en los puentes y en las montañas, existían más allá de los ríos amorfos que se hospedaban en residuos grises del fondo de aquel mundo disperso y tan especial. Hermosas eran las flores crecientes en los campos perdidos que se extendían al infinito, incluso bajo las sombras. Figuras talladas con hábil precisión sobre las construcciones izadas al cielo mezclado de púrpura y blanco, carente de una forma y secuencia.

Y todos eran felices en aquel mundo donde la primavera eterna soñaba con los ojos del universo. Sencillo era sentir el aire cálido agitándose tras la cortina del geiser inmortal, aquel que ofrecía su imagen espectral.

El mundo más enigmático del universo soñado, el mundo sin odio, Veinzz, sin maldad, Veinzz.

Y cuando Ilvenn era niño y aquel su mundo le seguía pareciendo libertad y pureza, él disfrutaba de sus construcciones bajo las estrellas que adoraba; lejanas, profundas e intensas.

Y fue una tarde cuando, paseando solo, un sonido estelar cruzaba el campo; en un aire especial tras el geiser aparecía la imagen más bella del universo. Sus ojos frescos del color que no existía en Veinzz; azul. Su mirada era cálida como el esplendor de sus labios rojos. Su suave perfil en contraste con la vida, le convertía en ella. Era sólo perfecta, la emotiva, la hermosa Adhinarén. Adhinarén cuyo nombre parecía provenir de otro mundo más sublime que Veinzz. Adhinarén con mayor tiempo de existencia que Ilvenn, pero tan joven y delicada como el perfume de una pieza de esplendor material. 

Adhinarén, Adhinarén... 

Ilvenn caía rendido ante Adhinarén; como nunca se enamoró en un suspiro que repetía su nombre más allá de su consciencia; Adhinarén por la eternidad. Y fue entonces cuando en Veinzz cayó la noche; en un segundo, la sonrisa de Adhinarén se disolvió. 

Cruel era el océano de la muerte.

Adhinarén caía al suelo, herida de muerte por las lanzas-esferas de la inminente invasión de la guerra; Ilvenn se sintió desvanecerse para siempre; la vida de Adhinarén se disolvía a sus pies, siempre perdida, siempre vencida.

Ilvenn lloró, y desde el cielo imploraba su regreso. Empero, era demasiado tarde; los campos, las montañas ardían en fuego. Por fin, después de tantos siglos, Dreinzz conquistó su mundo con sus armas y su violencia, llevándose consigo a Adhinarén.

Todo se inundaba; todo se disolvía. 

Adhinarén se desvanecía en una secuencia de imágenes borrosas, la vista se perdía para Ilvenn. 

22 de Julio de 2017 a las 05:14 0 Reporte Insertar 1
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