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Cruzada por la Experticia

El 9 de septiembre de 2230 en la imponente sede de Corporación Sinclair, ubicada en los milenarios territorios de UESIA, vasto continente que hoy abraza las antiguas tierras de la hija de Telefasia y Agénor, Albert, parado tras bastidores, nervioso y expectante, una vez que recibe la señal, toma tres respiraciones profundas y dando pasos firmes, como un caballero que empuña su espada para enfrentar al Dragón, entra en el escenario mirando al público sin pronunciar palabra alguna, y después de unos minutos de silencio, con una voz suave y melodiosa casi inaudible, pregunta:

- ¿Qué es aquello que hay entre una risa y un llanto, y que no podemos guardar para el otro día?

Seguidamente, con gran entusiasmo y una gran sonrisa, subiendo el tomo de voz, expresa:

-Buenas tardes a todos los presentes. Soy Albert Maxda y es para mí un honor poder dirigirme a ustedes, en este maravilloso e inolvidable evento. Voy a contarles la increíble pero verídica historia, de cómo, con bastante esfuerzo y un poco de astucia, desafiamos al mismo Tiempo.

Así comenzaba Albert Maxda su conferencia, más bien su particular relato, ante cientos, o quién sabe si miles de personas, en la anhelada reunión anual de Corporación Sinclair. El público presente estaba eufórico y entusiasmado por la presencia de Albert en escena, pero aun así, en un silencio casi sepulcral por las expectativas de las palabras del gran físico y matemático. Albert dominaba totalmente la escena, como el más talentoso de los artistas; el hablar en público resultaba para Albert una habilidad que parecía innata, era como un regalo otorgado por los mismos dioses del Olimpo.

Pero no siempre había sido así y minutos antes de comenzar su intervención, Albert recordó una historia que su padre le solía contar, que era más bien una leyenda. Narraba la cruzada de un joven aprendiz en la búsqueda de la Maestría, y decía más o menos algo así:


Corrían los tiempos en que nuestro joven aprendiz comenzaba sus estudios, y como muchos otros aprendices, según dictaba la tradición, debía asistir a un Colegio Menor; en el caso de nuestro muchacho, al Colegio Menor Los 3 Arcos, una institución muy estricta, regida por una orden religiosa llamada el Prelado del Círculo, donde nuestro aprendiz, aparte de la infinidad de materias que tenía la obligatoriedad de estudiar, así como la ineludible tarea de realizar diversos ritos religiosos, debía llevar a cabo pequeñas batallas que se denominaban Exteorizaciones.

Nuestro aprendiz se deleitaba con la mayoría de las materias y disfrutaba el aprender los conocimientos que acarreaban sus estudios, como Ciencia, Física e Historia, así como participar en algunos de los ritos religiosos, aunque la mayoría de las veces se las ingeniaba para no asistir, pero en lo que se refería a las Exteorizaciones, el solo hecho de pensar que tenía que enfrentar esas batallas le producía una sensación desagradable, sensación que se reflejaba ineludiblemente en la boca de su estómago. Esta aversión a la exteorización, llevó a que la mayoría de los años transcurridos en el colegio, nuestro Aprendiz tratara de las formas más astutas e ingeniosas de NO llevarlas a cabo, pero si resultaba que la situación era inevitable, el resultado, la mayoría de las veces, era que lo lograba superar a duras penas.

Vencida la etapa del Colegio Menor nuestro aprendiz, ahora un Caballero Menor, como quien sube una montaña y la cubre por niveles, debe avanzar un peldaño más y por lo tanto entrar, de nuevo siguiendo la tradición familiar, a un Colegio Mayor. Para tan supuestamente importante paso, decide ingresar en el reconocido Colegio Mayor Católico, institución universitaria regida, coincidencialmente, por una orden religiosa denominada Compañía del Cáliz, a fin de estudiar y formarse en el campo de los Códigos, Justicia y Orden. En el devenir de los años de estudio en el Colegio Mayor, el comportamiento de eludir las batallas-exteorizaciones, que ahora eran las mismas solo que más complicadas, más intensas e irremediablemente inevitables, se prolongó por todo el tiempo que duraría esta etapa.

Transcurrido el tiempo, ya habiendo nuestro aprendiz surcado con éxito los inolvidables años en el Colegio Menor, así como los turbulentos, pero igualmente recordados en el Colegio Mayor, y con el título de Caballero Mayor de los Códigos, Justicia y Orden e increíblemente habiendo logrado la hazaña de reducir las batallas a lo indispensablemente posible, ahora, a fin de poder completar el aprendizaje para ser Maestro Facilitador (que era lo que después de años de haber cumplido con nobleza, pero no con pasión y entusiasmo las tareas de Caballero Mayor, había decidido que sería su destino), debía una vez más superar un nuevo nivel de estudios. En este caso, era el de Maestro Aprendiz, donde aparte de todas las materias, técnicas y experticias que debía conocer, era mandatorio como un juramento inquebrantable, superar la tarea de hacer frente en una batalla a cualquiera de aquellos monstruos que había evitado enfrentar en los años que precedieron. Nuestro aprendiz debía, por lo tanto, dar la cara y de una vez por todas vencer a su mayor enemigo: Las Exteorizaciones.

El Maestro Mayor Goodwin (quien en esa oportunidad impartía la formación para obtener el grado de Maestro Aprendiz), como parte de su programa de estudios y entrenamiento indagaba en todos aquellos que como nuestro joven recibían sus enseñanzas, cuáles eran aquellas batallas que no habían enfrentado e impedían convertirse en Maestros Aprendices. Para nuestro Aprendiz ya la batalla era inevitable. No había trucos o tretas que lo impidiesen y esta era la oportunidad de estar cara a cara con aquella tarea que había evitado afrontar por años.

Para tal épica batalla y como parte de las enseñanzas, ambos, maestro y padawan, estructuraron un plan que culminaría con la pelea final, donde el aprendiz de Maestro enfrentaría la tarea de llevar a cabo una Exteorización. El astuto plan consistía en preparar con anterioridad cómo sería el evento, equiparse de todas las herramientas y armas posibles, y el día de la batalla enfrentar directamente la tarea, sin pensar en el resultado o lo que podría pasar durante la contienda.

El día del evento nuestro aprendiz logró encarar su Tarea y vencer a ese monstruo que por años lo asechó. Por supuesto no con la destreza de Aquiles en batalla, más bien como aquellos que lo hacen por primera vez, pero lo hacen con ímpetu y pasión. Como resultado, nuestro aprendiz logró vencer a ese ser, que más bien no vivía en las profundidades del Tártaro, sino en lo profundo de su mente.

Y aunque nuestro Aprendiz logró superar con éxito los retos que conllevaban esta etapa y ahora era un Maestro Aprendiz, aún faltaba un largo recorrido para ser un Maestro Mayor, pero, en todo caso, logró darse cuenta de lo siguiente:

“Si tenemos la valentía de encarar nuestras batallas, los monstruos que enfrentamos en ellas lucirán menos feroces. Tener un plan de ataque para enfrentar nuestros miedos internos nos garantiza parte del éxito. Y como él, hay muchos otros aprendices luchando por sus batallas y combatiendo sus monstruos. Y lo más importante: debemos ser conscientes de que todos tenemos miedos y que la clave es enfrentarlos”.


Con el recuerdo de aquella maravillosa historia y por supuesto, sin contar aún con la sabiduría y experiencia que se adquiere al enfrentar innumerables pruebas, como el gran Odiseo, Albert, con los nervios que siente un guerrero cuando enfrenta su primera batalla, empuñó su espada y con una voz suave y melodiosa, casi imperceptible, dijo:

- ¿Qué es aquello que hay entre una risa y un llanto, y que no podemos guardar para el otro día?

9 de Noviembre de 2021 a las 21:24 9 Reporte Insertar 5
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