kevin-torres1585529950 Kevin Torres

Él recuerda la historia de romance que vivió con su primer amada y las aventuras que paso con ella.


Romance All public.

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A mediados del 88

– ¡Hay algo que tengo que decirte! –le mencioné mientras miraba la foto que nos tomamos.

Después de 30 años aún recordaba aquella última escena que viví con ella ya que mi hija se casaría con su hijo en un mes por cuestiones del destino, así que de alguna u otra manera tendría que verla ese día.

Sabía que sería divertido contarle a mi hija las pequeñas aventuras que viví con ella y los relatos salvajes que solía contarme. Sin embargo, para poder platicar con ella tuve que esperar casi dos horas para que mi hija dejara esas malditas cosas del diablo que les dicen celulares, y que en mi percepción, son el nuevo orden mundial que domina la gente inconscientemente y no las tonterías patéticas de los Ilumínati. En fin, después de que mi hija dejó ese aparato se encontraba en el sofá buscando el control remoto para poder ver la televisión.

–Tu madre perdió el control remoto –le dije rápidamente–. Tengo que contarte el chisme del año.

– ¡Que novedad! viniendo de ti –me afirmó con sarcasmo original.

–Mi hija copiando mis frases –respondí.

–Sí, como sea. No debes casarte porque descubrí que tu prometido es gay.

–Lo sé, por eso me casaré con él. –contestó.

–Esa es mi hija –sonreí.

Supuse que iniciar mi conversación con un poco de humor sería buena idea sabiendo que tal vez sería la última conversación divertida que tendría con mi hija, ella, siendo mi hija, sabía que todo lo que le decía era con sarcasmo y nada en serio, además de saber que era en el fondo estaba que quería morir de angustia por su partida a la nueva etapa de su vida.

–¡Ya, en serio!

–Estuve enamorado de tu suegra hace 30 años.

–Te creí cuando me dijiste que te batearon cuando descubrieron que eras pobre –exclamó–, pero no creo que hayas conocido a mi suegra. Nunca me hablaste de ella.

–Ni siquiera yo sabía, odiaba tanto a tu prometido que odiaba hasta su familia sin siquiera haber conocido a alguno de ellos.

– ¿Entonces cómo supiste que conocías a mi suegra? –preguntó.

–Las maravillas el Internet –respondí–. Y hasta tiene la última foto que nos tomamos con los globos en aquel parque.

–No entiendo –exclamó.

–A eso vine –dije–. Esto va para largo.

Todo empezó a mediados del 88, habíamos llegado de Guantánamo mi padre y yo a la ciudad para cumplir nuestros sueños. El de mi padre era ser maestro de filosofía y el mío era ser actor, pero para nuestra desgracia, ninguno de los dos cumplió su sueño planeado, sin embargo, no nos rendimos y logramos otras metas que nos hicieron sentir más confortables ya que por cuestiones del destino, tiempo después llegaron los tiempos negros y a mi padre se lo llevó el cáncer antes de ver el legado maravilloso que dejó el corazón de muchas personas ya que murió siendo conferencista motivador.

Antes de que llegaran eso malos tiempos, para mí, llegó primero el conocimiento del humanismo, recuerdo que uno de los mejores consejos que me dio mi padre al llegar fue que cuando me hicieran reír sin decirme una sola palabra y sin hacer ningún gesto de acción, es porque esa persona penetro en mi subconsciente como para poder dejar un recuerdo en mí y que me hiciera reír.

Nunca recordé ese consejo hasta que hable con ella, que estaba ahí estaba sentada sola y triste en esa banqueta mientras yo caminaba para conocer el vecindario.

– ¡Hola, qué tal¡ –susurré–. Dime que no tienes amigos para tener primero.

Ella sólo sonrío.

–Sólo bromeaba –aclaré.

–Todo bien –respondió con claridad alzando la cabeza y acomodando la vista para poder mirarme bien.

– ¿No eres de por aquí, verdad? –aclaró.

–¿Eso importa?

–Necesito saber quién eres –exclamó mirándome a los ojos.

–Sólo confórmate con saber que soy el que eliminar a tu tristeza y te invitará un helado.

–Está bien –respondió con una sonrisa mientras se levantaba de esa banqueta.

–Sólo tendrás que decirme dónde venden helados –comenté–, porque la verdad no soy de por aquí.

–Lo sabía, eres un impostor –dijo.

–Pero de los buenos –reí un poco.

Era un día agradable, íbamos caminando hacia el lugar donde vendían los helados y en el camino yo solo hablaba de los sabores ya que nunca en mi vida los había probado, solo los había escuchado, sin embargo, al final de cuentas, eso era lo de menos.

–¿Y dónde están los demás chicos de nuestra edad? –pregunté.

–No lo sé, no tengo mucho tiempo viviendo aquí –respondió–, aún me falta gente por conocer.

–Bien, entonces esta es la escena donde me dices cómo te llamas y por qué estabas triste –le comenté para empezar a entrar en confianza–. Si no quieres responder, está bien.

–Sólo puedo responder una de las dos preguntas –aclaró–. Elige una.

–Creo que sería más interesante saber cómo te llamas para saber tu nombre cuando vaya a buscarte –sonreí un poco dentro de mi mente.

–Qué astuto –dijo– me llamó Pino Cho.

Dentro de mí, mientras estaba procesando donde lo había escuchado antes, de pronto recordé que fue en un cuento infantil.

–Supongo que es por…

–Fue por mi bisabuelo, él era chino –interrumpió–. Decían que era una dinastía que se llamaba Cho y lo de Pino fue porque mi madre adoraba los bosques.

–Eso es bastante interesante.

Al fin llegamos, era un parque en donde casi no había gente, y en un lugar recóndito, estaba un hombre en un pequeño carrito que sonaba una campana.

–Ahí esta –exclamó–. Ahora elimina mi tristeza con un sabor a chocolate.

Nunca había visto que vendieran helado de esa manera, así que no entendí su chiste. Hasta que pedí su helado.

Después de comprar su helado de chocolate de pedí el mío de fresa ya que nunca en mi vida había probado ese sabor, sólo lo había escuchado.

–Vamos a los columpios –me dijo con un poco de emoción.

No podríamos usar los columpios con el helado en la mano, así que Pino Cho sólo llegó y se sentó en un columpio a disfrutar del helado y yo hice lo mismo. Nunca en mis 16 años había usado un columpio sólo para saborear nieve, ni siquiera lo imaginaba. En ese pequeño momento me di cuenta de que puedes crear tranquilidad en lugares que están hechos para crear diversión en todos los sentidos, uno mismo puede crear desgracias o maravillas, están en el cielo o en el infierno y viceversa. A mi edad es muy loco, pensar esas cosas y sólo opté por disfrutar del momento.

–No era mi objetivo invitarte esto –comenté–. Gracias por aceptar.

–Es la primera vez que pruebo un helado con alguien –sonrió.

–También es la primera vez que pruebo un helado con alguien –termina la mitad del helado–. Llegué la semana pasada a este vecindario y mi padre me dijo que saliera aventurarme para ver si podía hacer amigos.

–Eres el primer lo que llega a hablarme y a invitarme un helado –sonrío.

–Siempre hay una primera vez –sonreí también–. ¿Qué tal si ahora vamos a mi lugar favorito?

–Sólo que no sea muy lejos –aclaró.

–Descuida, venimos de allá.

Llegamos al lugar donde la encontré sentada y me senté a disfrutar de lo último que quedaba de mi helado.

–¿Por qué una banqueta en la que nunca los has estado es tu lugar favorito? –preguntó.

–Porque fue donde te conocí –respondí mientras al fin terminaba mi helado.

Después de 7 segundos incómodos, la miré y solté la risa.

–Ok, no –resalté–, era broma. Mi abuelo solía decir que primero hay que comer en banquetas y después en banquetes.

–Ya veo –dijo–. Suena interesante.

–Sí, bien, al fin terminé mi helado, creo que ahora iré a decirle a mi padre que conocía alguien.

Me levanté de la banqueta y me despedí de ella.

–Qué harás mañana –escuché.

–Tenía planeado venir a buscarte

–Está bien, –puso una cara triste.

–¿No quieres que venga?

–En realidad estaba triste porque ayer fue mi cumpleaños –dijo pensativa–, y no sé, es la primera vez que paso mi cumpleaños sola, mi padre tuvo que trabajar.

–Ahora entiendo porque estabas triste –la abracé–. Mi otro abuelo que tampoco conocí solía decir que más vale tarde que nunca.

Saqué un tornillo extraño de mi bolsillo y se lo di.

–Feliz cumpleaños –Le dije–. Mi madre solía decir que la intención es lo que cuenta.

–No era necesario –puso cara de alegría.

–Vendré a buscarte mañana.

–Sí, está bien.

Nos despedimos y me fui a mi casa sabiendo que había hecho un poco feliz a alguien. Por alguna extraña razón supuse que ese día en alguna ocasión lo recordaría ya que hace mucho que no hacia feliz a alguien por un instante.

Esa noche estando en mi casa fue como los días en que me ponía pensativo, y más cuando estaba a punto de dormirme recostado en mi cama, pero justo esa noche me imaginaba todas las aventuras posible que podría tener con ella, como recorrer por la lluvia, andar en bicicleta, caernos en patines, subir árboles y tocar puertas para escapar, todas esas cosas que hacía con mis antiguos amigos de la infancia. Con esos pensamientos me dormí feliz esa noche.

Al día siguiente las 2 de la tarde fui al mismo lugar a buscar a Pino Cho, pero en realidad no sabía exactamente dónde vivía, así que sólo me quedé en esa banqueta esperar a que apareciera.

Pasaron 4 horas y no apareció. Y no me quedó de otra más que regresarme a mi casa resignado. Mi lado negativo imaginario hizo su aparición y me imaginé que todo lo que viví ayer, la historia de haber conocido a Pino Cho, fue sólo una alucinación y una completa mentira, ella tal vez no existía.

Algo dentro de mí estaba diciendo que conocerla de esa manera fue demasiado bello para ser genial y recordé que así no se conocen a las personas normalmente.

Pasaron 5 largos días de su ausencia, y yo desolado. Además de continuar sin amigos, rellenaba la angustia con dibujos, sin embargo, de nuevo algo dentro de mí me decía que tal vez ella aún podría existir y decidí confirmar si aquel vendedor de helado existía dirigiéndome a ese lugar por el camino que si recordaba.

Al llegar al parque, en efecto, escuché aquella campaña de aquel hombre que vendía helados y fui hacia él para pedir uno de chocolate y tal vez para recordarla un poco. Una vez tuve el helado en mis manos, la recordé y no dudé preguntarle al vendedor por ella, pero justo cuando iba a mitad de la pregunta, sentí unas manos que venían por detrás y taparon mis ojos.

– ¿Dónde rayos estabas? –escuché y recordé su voz.

–Llevo esperándote 5 días –aclaré.

–Tiene que ser una broma –agregó–, yo también te busqué, pero me rendí creí que el destino haría de las suyas.

–Eso es lo que crees tú. Tal vez quieres que nos odiemos.

–No exageres, sólo olvidamos ponernos de acuerdo con el lugar, pero ya que estamos aquí vamos a columpiarnos aunque sea muy infantil.

–No hago eso desde que soy un niño.

–Corre…

Ese día disfrutamos de las pocas cosas que hicimos en el parque, lo demás fue charla y era lo que menos quería, sin embargo, todo llegó a tal punto de que supe de su vida pasada y ella la de la mía, y prometió que me ayudaría a cumplir mi sueño con la condición de salir todos los días actuar como si nunca hubiéramos tenido infancia. Y acepté el reto, todo fluyo a tal grado que creamos una casa de cartón en un árbol con basura que encontramos. Era como los mejores amigos que inician sus amistades por siempre.

Pasó el tiempo, al fin a cobrar cuentas, mi padre por fin conocía a Pino Cho y se llevaban bien, teníamos más amigos y pasaba mis veranos muy divertidos, todo marchaba bien, pero no tenía contemplado el hecho de que las hormonas provocan la madurez. Supuse que tal vez algún día sentiría algo por ella, tal vez por ser mi única amiga y ser la única que me trataba bien, pero sería una historia con el mismo final de todos, una historia como cualquier otra, no tendría nada de interesante, era algo que no quería que pasara, así, que opté por dejárselo todo el tiempo ya que mi otro abuelo, al que así conocí, solía decir que el tiempo es el mejor autor porque siempre tiene el final perfecto.

Pasaron las semanas y era divertido, estar con ella todos los días era un privilegio, su carácter era impecable, desconocido para ser descriptible, además no podía ver su estética por más que quería para así poder contemplarla como lo hacía con las demás personas. Haciendo un lado eso, me pasaba las noches pensando si esto realmente estaba pasando, si en realidad tenía una amiga de verdad, en alguien en quien realmente podía confiar, sin embargo, lo que más pensaba era en el futuro y en el cómo iba a tener terminar todo. Esos pensamientos me atemorizaban, no me quería imaginar el hecho de que tal vez algún día todo terminaría como ha pasado siempre en mis amistades pasadas. Pero de lo que sí estaba seguro era de que terminaría herido por su culpa o por la mía.

Mientras tanto, ella me hacía sentir como si tuviera el cariño que nunca tuve de mi madre, no quería arruinarlo, quería que ella estuviera incluso el día de mi boda, pero eso iba a ser imposible porque ya lo había arruinado al sentir algo por ella, algo más que amistad. La única manera de eliminar las cadenas del dolor sería terminar con esta pequeña historia definitivamente.

Tres meses después de estar sintiendo algo por ella, volvimos a la banqueta donde nos conocimos.

–¿Alguna vez habías tenido a un amigo como yo? –le pregunté –. Parece como si yo he sido tu único amigo en toda la vida.

–Al menos el único más loco.

–Bien, con eso me conformo.

Después de 7 segundos me pregunto:

–¿Cómo te ves en 30 años?

–Dentro de un carro volador –miré al cielo–. Bueno, tal vez aquí contigo en esta misma banqueta.

–Ya veo...

–¿Y tú?

–No sé, tal vez me veo anciana y contándole historias a mis nietos –pensó.

–Suena interesante –respondí.

–Pero antes de eso quiero disfrutar de más mi vida y vivir más aventuras.

–Yo también –pause por 4 segundos–, pero contigo.

Me miró fijamente por 3 segundos mientras yo miraba al otro lado sintiendo su mirada. Sentía el momento incomodo, ya lo venía venir, la probabilidad era alta así que interrumpí levantándome de la banqueta y proponer ir a caminar un poco. El tema no se volvió a mencionar en el día, la miraba desconcentrada y supuse que se le pasaría con los días.

Pasaron unos días, casualmente no podíamos vernos por temporada de exámenes, pero una vez pasado estos, ella empezó a poner excusas de enfermedad o porque estaba aún más ocupada y la entendí, sin embargo, no podía dejar de sospechar de que ella actuaba así por la pequeña indirecta que le dije aquella vez. Al fin de cuentas supuse que seguiría sufriendo por su ausencia y no iba a dejar de sufrir hasta que le dijera realmente lo que sentía por ella.

Después pasaron dos semanas sin vernos y sufría un poco cada vez más hasta que me decidí ir a buscarla. Ya sabía dónde vivía, así que en cuanto llegué a su casa y grité su nombre, se abrió la puerta y al fin la miré, creí que me saldría con otra excusa, pero se veía muy feliz y me contagió su felicidad.

–Parece que estás de buenas –mencioné.

–Sí –sonrío mirándome.

–¿Pues adivina qué? –aclaré–. Hoy haremos todo lo que digas, me he pasado semanas aburrido por tu culpa.

–Tienes razón –dijo.

Actué con normalidad como si nunca hubiera olvidado absolutamente toda la razón de su ausencia.

–Esta vez yo invitaré el helado –me dijo.

Fuimos al parque con el nombre de que vendía los helados y después de comprarme un helado de chocolate, pasó un hombre que vendía globos y tomaba fotos.

–Hay que tomarnos una foto para el recuerdo –dije con entusiasmo–. Así podrás enseñarles una foto del recuerdo a tus nietos.

Compramos los globos y nos tomamos la foto al caminar mientras la veía ponerse pensativa.

–¡Ven! vamos a los columpios –le dije con entusiasmo–, pero ahora junto con el helado, así sentirás la adrenalina.

Extrañamente sin pensarlo aceptó y nos columpiamos mientras comíamos helado, y como era de esperarse, se nos cayó al suelo.

Ese día fue divertido porque nunca habíamos jugado con todos los juegos que había en el parque por 3 horas. Parecíamos tontos porque ya éramos unos adolescentes, además ya me sentía cansado y me senté en un banco mirando a Pino Cho columpiándose. Una vez más, mientras la miraba, recordaba el dolor oculto que había detrás, sabía que ella no sentía lo mismo por mí por cuestiones del destino. Claramente yo sabía que todo tenía que terminar tarde temprano y ese era el día, estaba decidido a no volverla a ver nunca a cambio de soltar las cadenas del dolor.

Terminó de columpiarse y vino hacia mí, le enseñé la foto que nos tomamos.

–¡Mira!, la foto.

Mientras ella miraba la foto, yo recordaba los momentos divertidos que pasé con ella, que fueron pocos, pero profundos y sonreír sabiendo que ese día lo disfruté como si fuera el último.

–¡Si! esa es la historia de Pino Cho –le dije a mi hija suspirando y con mirada y angustia.

–¿Eso es todo? –preguntó con cara de incógnito.

–Sí.

–¿Y qué pasó después? ¿Cuál es el maldito final?

–La historia se cuenta sola, hija.

–No puede ser, me hiciste perder el tiempo para una historia sin final.

–Eres mi hija y no sabes cómo terminan los finales perfectos en mis historias. Me has decepcionado.

Se puso pensativa mientras recordaba mi pasado.

–Ya entendí el sentido de tu historia.

–Y si no lo entendiste, cuando seas grande lo entenderás.

–No es necesario –aclaró–. Las buenas historias no tienen final y los buenos finales hacen que se olvide la historia.

–Te extrañare, hija –la abracé–.

Esa noche al estar en mi cama me puse a pensar qué hubiera cambiado aquel día para que todo hubiera sido diferente. Llegué a la conclusión de que hice lo correcto, tenía que convencerme de ello para tener valor y madurez de volverla a ver en la boda de mi hija, y si es posible, recordar viejos tiempos ya que por cuestiones de la vida, el destino nos había vuelo a relacionar.

April 27, 2020, 10:26 p.m. 0 Report Embed Follow story
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To be continued...

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