veronicarasquela Verónica Rasquela

Un hombre y una mujer, dos almas corrompidas por la crueldad que rige en el planeta, se encuentran casualmente en un viaje de tren donde no podrán evitar sentir aquella atracción. Como a cualquiera, ellos son temerosos a la inevitable muerte. Aunque consideran un peor destino no ser escuchados entre la multitud, abandonar el mundo sin dejar ninguna huella. En la soledad que los rodea hallaran refugio en el otro, frecuentando distintos puntos de Bellucci en donde lentamente se abrirán al otro; enseñarán sus heridas del pasado y acabarán por cautivarse mutuamente a pesar de sus miedos y traumas.


Romance All public.

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Tras un interminable día de trabajo, el hombre de cabellos oscuros esperaba en una banca de la estación de tren. Eran poco más de las 6:30 de la tarde y por la época en la que se encontraban ya había anochecido, su día había pasado volando y no acostumbraba retirarse a esas horas. Su horario habitual era desde las 7:15 A.M. hasta las 3:15 P.M., pero esa semana le tocaba ser el supervisor de los alumnos a los que les tocaba castigo de modo que se quedó unas horas extra. Lo bueno de todo aquello era que había aprovechado ese tiempo sobrante para corregir exámenes o alguna tarea pendiente que haya quedado en el fondo de su maletín.

Cuando el tren que le correspondía llegó a su parada, se levantó de aquella superficie de madera. Aferró su maletín lleno de papeleríos a su pecho para así ocupar el menor espacio posible al pasar entre las personas en busca de un asiento disponible puesto a que sus piernas estaban agotadas, tenía la terrible manía de pasearse por el aula a la hora de dar clases y también en la sala de detención cuando debía permanecer cuidando a aquellos alumnos que se metían en problemas. Tras caminar un poco en el vagón encontró un asiento junto a una ventana, se sentó y colocó el maletín entre sus rodillas mientras lo apoyaba en el suelo.

La velocidad del tren comenzó a disminuir hasta dejar de moverse, ni siquiera tuvo que mirar por la ventana para darse cuenta que habían llegado a la otra parada, notó cómo bajaban varias personas y desocupaban los asientos. Habían dejado libre la vista hacia el pasillo y el resto de los pasajeros que iban de pie pudieron tomar un lugar libre para descansar cómodamente. Tomó en cuenta el tiempo que había pasado como para saber que era el momento de cerrar ya las puertas, pero algo llamó su atención, de un instante a otro una mujer de cabellos rizados entró corriendo por la puerta y en ese mismo momento se cerraron.

Su pecho subía y bajaba al ritmo de que sus bocanadas de aire pasaban a sus pulmones a través de unos definidos labios maquillados de un color vino. La mujer era atractiva. Los ojos más oscuros que jamás había visto, almendrados y una mirada imponente. Una nariz delgada y respingada, perfectamente pulcra. Su cutis era perfecto, ni una mancha que arreglar, ni una arruga que cubrir, aquella piel lucía suave al toque. A pesar de verse simple, era bellísima. No era de aquellas mujeres por las que dos amigos se pelearían en un bar pasadas las doce con varias cervezas encima, no era la joven mujer por la que un marido abandonaría a su esposa ni a la que se voltearía a observar al pasar por la calle. Pero era hermosa.

Quizás llevaba mucho tiempo analizándola, tal vez no le había quitado el ojo de encima desde que ella llegó y se sentó en la fila paralela a él. Tal vez por eso se sorprendió cuando la encontró observándolo también. Al notar aquél ligero sobresalto del hombre, la mujer de rizos sonrió. No. Le sonrió. Tenía dos hoyuelos, estaban marcados a los lados de sus preciosos labios. Aquella vez no fue la primera en la que una bella mujer le sonreía por la calle, por supuesto que a Anubis Markovic le coqueteaban. Todas las mujeres lanzaban suspiros, al verlo pasar, cuando él las observaba con sus ojos color cielo, al oír su profunda voz o sólo admirar sus perfectas facciones. Aún así, no pudo evitar sentir vergüenza y sus mejillas expresaron aquél sentimiento ruborizándose.

En aquél instante observó hacia otro lado, ligeramente nervioso. Si su padre hubiese estado allí, le habría dado una enorme charla de por qué los hombres de su clase no debían comportarse de aquella manera con las mujeres y entonces él lo habría mandado al diablo. Suspiró pesadamente al recordar a su padre. Siempre mostraba fastidio y rechazo al hablar de aquél hombre. El rencor que le tenía ─que venía acumulando desde muy joven─ jamás se iba. Tampoco había una razón para que desapareciera, nunca volverían a formar un vínculo ni lo vería de otra forma. Ante sus ojos era un cobarde, una rata asustada y las ratas se acumulan en la basura. Su progenitor también era basura.

No había forma de describirlo sin que al amable profesor de filosofía que siempre asistía a las reuniones de maestros y ofrecía pasteles caseros, el mismo que se sentaba, con paciencia, a oír las extrañas historias que narraban las personas ancianas que se sentaban junto a él en el transporte público, le era imposible no transformarse en una víbora venenosa al hablar de aquél hombre. Por quién más aversión sentía y a quien más aborrecía. Llevaba una historia dura detrás de todo ese odio, lo hizo perder todo lo que tenía en su momento. Ni siquiera le importaba que haya dejado en la ruina a su familia, le daba igual las deudas que le dejó, no tenía sentido odiarlo por manchar su apellido. Pero sí por lo que le había hecho a ella.

Y allí mismo se preguntó por qué estaba pensando en su padre, después de tantos años de tener su mente intacta de él, volvía a su recuerdo. No, definitivamente no entendía por qué aquella mujer lo había ruborizado con su sonrisa. Volvió a observarla, la mujer descansaba su cabeza sobre la ventanilla cerrada, jugaba a enrollar su dedo índice entre sus rizos del mismo color que la noche sin luna. Su expresión era tranquila, veía a las casas y altos árboles moverse con rapidez aunque eran ellos los que se movilizaban en el tren. Anubis se preguntó si era una buena idea ir a presentarse, algo así como: «─Hola, soy Anubis, es un gusto conocerte. Sé que luzco como un perdedor, mírame, llevo como diez horas en el trabajo y al ver una bella mujer lo primero que hago es avergonzarme y pensar en mi estúpido padre. Por cierto, tú eres la bella mujer. ¿Te di la suficiente lastima para salir conmigo?» Sí, definitivamente no era una opción.

Su mirada acabó en el suelo del transporte encontrándose ocasionalmente con los zapatos de los demás pasajeros, tacones gastados por pasearse en la oficina, zapatillas deportivas tras realizar una rutina de ejercicios en el parque, calzados recién lustrados. Por su mente pasó la incógnita de qué estaría utilizando su extraña dama para cubrir sus pies. Dio un vistazo, ella estaba distraída con el paisaje, llevaba puestas unas botas cuissard. Estaban ligeramente gastadas en la zona de las rodillas aunque eso fue un detalle al que pasó por alto o sólo consideró insignificante. Al fin y al cabo no se le podía juzgar a alguien por qué tan usada o nueva era su ropa. No podía observar el resto de sus vestiduras por culpa del gran saco que llevaba puesto el cual le llegaba hasta las botas y de mangas le quedaba gigante, se le notaba apenas se observaban sus muñecas delgadas. Anubis no era un gran conocedor de telas ni de colores de moda, pero sabía con mucha seguridad que el tono era el azul francia.

Por un momento sintió que su mirada podría llegar a incomodar a aquella mujer así que decidió que era una mejor idea mirar hacia otro lado, ya había anochecido y la luna estaba llena. No tenía idea del por qué pero tenía una gran fascinación por los cuerpos celestes que se podían apreciar sólo en el cielo nocturno, aunque no se sabía muchas constelaciones le agradaba crear las suyas uniendo estrellas al azar con líneas imaginarias. Le parecía extremadamente loco la idea de que unas enormes esferas de gas muy caliente y brillantes junto con otra esfera de roca a 3476 km de distancia de la Tierra en un fondo oscuro formara algo tan bello.

Se acomodó en su lugar, la espalda correctamente recta y apoyada en el respaldo de su asiento. Sus manos se escondieron en sus bolsillos, los dedos de su mano izquierda se toparon con la fría superficie de unas monedas y los restos de unos caramelos de limón que había comido hacía unas horas. En su otro bolsillo no había nada más que las llaves de su casa, estas tintinearon cuando él jugó con sus dedos entre ellas. El sonido le recordó al cascabel que tenía su pequeña gatita en su collar, aunque este no se encontrara más allí porque una vez había leído que el sonido tan cercano a sus pequeñas orejitas podría causarle sordera a largo plazo; no estaba seguro de ello pero aún así no quería arriesgarse. Ese tintineo al llegar a casa le producía muchísima felicidad, estaba completamente loco por los felinos y su corazón se llenaba de adoración al ver alguno.

Nuevamente desvió su mirada hasta la mujer, aunque él lo hubiese intentado ella lo atraía como si de un imán se tratase. Ahora ella era quien lo observaba, esta vez no se mostró tímido en lo absoluto. Mantuvo su mirada, no tenía una expresión de molestia aunque tampoco le sonrió a la castaña; ella hizo lo mismo. Era un duelo de miradas, un reto para ver quién era el primero en flaquear y demostrar timidez con una torpe y nerviosa sonrisa. Treinta, cuarenta segundos fueron los necesarios hasta que sus labios maquillados de color vino se curvaran para reírse ligeramente, quizá avergonzada por tan prolongado contacto visual, Anubis le devolvió la sonrisa con grata amabilidad y ella volvió a observar el camino sólo que ahora con una sonrisa ladina, parecía que irradiaba un mejor humor.

Él no podía reprimir la sonrisa por lo que decidió mantenerla, imitando la acción de observar el camino. Agradecidamente ella lucía simpática y amable, así que si se acercaba a conversar con ella no iba a encontrarse con una respuesta de mala manera o ser completamente ignorado. A pesar de que al comienzo se haya demostrado tímido y débil, ahora comenzaba a volver a armarse de valor y esa habitual confianza en sí mismo, aunque algunas veces era un descarado y sin vergüenza. Repasó sus labios con su lengua a la vez que rascó su nuca, luego su mano repasó su cabello posterior suavemente y por su mente le pasó la idea de que necesitaba un corte —que claramente no se haría porque él disfrutaba de la forma de su cabello—. El efecto de la kryptonita que emanaba esa mujer se estaba pasando, nuevamente era él otra vez. Completamente armado para ir a hablarle.

Observó cómo la mujer que estaba frente a su dama se levantaba, dejando libre el lugar para estar frente a ella. El tren llegó a su otra parada. Él se levantó junto a su maletín y tranquilamente se sentó frente a ella. La mujer no tardó en notar su presencia, levantó sus ojos lentamente para mirarlo cara a cara. La femenina no pudo emitir ruido alguno, parecía que él la había congelado con sus orbes color cielo. Ya que Anubis había sido quien turbó su coqueteo discreto con sus miradas y se acercó, creyó que también sería buena idea de ser el primero en hablar.

—Hola —dijo antes de aclarar su garganta—. Mi nombre es Anubis y es todo un placer compartir este viaje en tren con usted. ¿Cuál es su nombre?

Él le ofreció su mano.

—Nina —respondió ella, sujetándola.

Él se inclinó hacia ella, cosa que la inquietó pero no lo suficiente como para apartarse aún. Y, sorprendentemente, él besó el dorso de su mano. Nina no pudo evitar soltar una ligera risa de la que luego se arrepintió, creyendo que Anubis se ofendería ante ello. Pero no fue así, de todas formas ella intentó aliviar la situación con una broma.

—¿Es una especie de príncipe o algo de la realeza, Anubis?

—Sólo soy un hombre simple, con ideas simples, vida simple, que se topó con una bella mujer en el tren y decidió hablarle para demostrar interés. ¿Y usted quién es?

—Nina —volvió a responder.

—¡Oh, no, no, no! —exclamó el profesor de filosofía—. Su nombre ya se lo he preguntado,ma chère Nina. Eso es sólo un conjunto de letras antes de tu apellido, algo que no pudo escoger por sí misma. Lo que yo quiero saber son sus elecciones, sus anécdotas, historias que ya haya vivido y la hayan hecho lo que es.

—Bueno, al plantearlo así, suena mucho más profundo cuando es una pregunta cotidiana —reflexionó encogiéndose de hombros con una sonrisa ladina, se acomodó mejor en el asiento mientras se cruzaba de piernas—. ¿Suele hacer esta clase de preguntas a personas que acaba de conocer?

—Permítame corregirla otra vez, Nina. Estoy conociéndola, sólo sé su nombre.

Touche —le contestó ella.

—Pero para ser justo y franco, me considero algo peculiar.

—¿Distinto? —preguntó la mujer, arqueando una de sus cejas.

—No, no tengo nada que me haga distinto a los demás ni me haga sobresalir en la sociedad. Sólo soy un hombre igual al resto con ideas peculiares.

—Probablemente eso lo haga mucho más interesante que otros hombres.

—Para alimentar mi ego, sí. Sí, me considero un hombre interesante. ¿Usted cree que sea una mujer interesante?

—Realmente nunca me había planteado esa pregunta, así que no tengo idea.

—Entonces déjeme conocerla y, más tarde, le diré la respuesta.

—Muy bien, Anubis, lo dejaré juzgarme entonces.

—Dicho de esa forma hasta suena cruel. ¿No le parece, Nina? Aunque si vamos por ese camino, el mundo está lleno de crueldad, no hay rincón ni persona que se salve.

—Hm, también podría definirlo como extraño. Sabe mi nombre desde hace unos minutos y comienza a filosofar conmigo —la de cabellos rizados soltó una pequeña risa.

—Peculiar sigue sonando menos agresivo. Y, sí, pido disculpas —asintió con su cabeza y rodó los ojos divertido—. Soy profesor de filosofía, es la costumbre. ¿A qué se dedica usted, Nina?

—¿Filosofía? ¿Cómo se le ocurrió estudiar esa carrera? —Nina evadió la pregunta realizada por Anubis y él lo notó, mas no pudo evitar desviar la conversación a su vocación.

—Bueno, todo comenzó a mis quince años. Gracias a una profesora, recuerdo que su nombre era Emmaline, me enamoré por completo de esta doctrina. Aunque todo comenzó por mi interés por la profesora. Yo era joven y tonto, también un baboso, y pedirle lecciones extra era la única forma de acercarme a ella para poder admirarla. Aunque mi atracción fue por su rostro, acabé enamorándome de su pasión por la materia. Fue mi primer amor imposible.

—El primero, ¿es decir que ha tenido muchos amores imposibles, Anubis? —ella continuó realizándole preguntas.

—No todos han sido imposibles, pero he tenido muchos amores —él mismo odió su narcisismo y la manía de hablar de sí mismo que le impedía conocer mejor a aquella mujer que le había despertado tanto interés—. Soy un romántico irreparable, no tengo remedio alguno.

—Quizás su destino sea casarse con alguna princesa danesa.

—Yo pensaba más en tener a Isabell II como pretendienta —continuó bromeando, le sacó una sonrisa a su acompañante—. Pero yo creo que en alguna vida pasada yo fui un caballero perdidamente enamorado de una dama.

—Muy bien, sir Anubis. Pues yo pienso que en mi vida pasada fui un ave. Un ave que surcó libremente el cielo todo el tiempo que le fue posible.

—Interesante, realmente. Es decir, yo nunca me había planteado ser otro ser que no sea el humano. Muy curiosa elección, Nina.

—Tampoco creo que la vida pasada o esta sea una elección, sólo siento que yo fui un ave y ya —le sonrió al hombre mientras se escogía de hombros.

—No tengo idea sobre el hinduismo, sólo especulo y tengo vagas ideas sobre ello —admitió Anubis, mirando hacia una esquina con inocencia.

—¿Entonces sigue alguna religión? —Nina alzó una de sus cejas de manera interrogativa, su acompañante no tardó en responder.

—En realidad no. Las religiones buscan darnos una respuesta a preguntas que solemos hacernos y no hallamos respuesta, "¿quiénes somos?", "¿de dónde venimos y a dónde vamos?". Todas encuentran la respuesta en uno o varios seres superiores. Pero considero que es algo desesperado y triste querer ahogar nuestros miedos en pensar que hay alguien más poderoso que decide sobre el destino de la humanidad.

—¿Eso no lo hace el presidente? —le respondió ella y el soltó una carcajada.

—Quizá, sí, tiene algo de razón —aceptó el varón sentado frente a ella—. Pero creo que mi oposición a la religión también es por experiencias personales. Hay gente que busca encontrar una solución a sus problemas o un pedestal en el cual apoyarse durante su sufrimiento en una presencia divina, quizá sólo leer palabras de aliento en un libro antiguo. Yo he pasado por momentos no muy agradables a lo largo de estos años y jamás he recibido ayuda de ningún ser místico ni nada por el estilo, aunque tampoco he pedido por ella.

—Si comienzas a analizarlo, las religiones son algo ridículo. Las personas depositan su fe en algo ciegamente, no hay absolutamente nada real en lo que se basen.

—Es la desesperación de no caer en un abismo.

—Ya estamos en él —afirmó la mujer sin siquiera analizar su frase antes de escupirla.

Para Anubis esa fue una respuesta instintiva, quizá la negatividad estaba normalmente en los pensamientos de Nina. Él era un hombre que no pasaba buenos ratos a cada instante y su pasado no era el mejor de todos pero aún así era muy positivo. Siempre ofrecía la otra mejilla y esperaba lo mejor de los demás, un humano que desbordaba cortesía. Hubiese sonado muy bien la palabra altruista pero no podrían llamarlo como tal. La réplica de aquella mujer aumentó su hambrienta curiosidad por ella, no pudo rehusarse a sus propios deseos así que preguntó:

—¿Usted está atrapada en un abismo?

Nina rió sutilmente, como si un niño pequeño le consultara algo con pura inocencia. Observó al de ojos color celeste por unos instantes con una sonrisa ladina dibujada en su rostro. Parecía tener un conflicto en su mente. ¿Realmente era capaz de abrirse plenamente a un desconocido? ¿Qué haría? No le encontraba sentido a llorar sobre su hombro y platicarle sobre sus problemas, era lo más incoherente que podría hacer. Estaba negada a continuar hablando sobre ella, profundizar en su persona. Negó, inconscientemente, con su cabeza. Algunos mechones de cabello se menearon y golpearon en su rostro.

—Realmente es un hombre curioso. ¿No es así, Anubis?

—Lo soy, sí. Pequeños hábitos que no puedo romper —se explicó con sinceridad—. Aunque parte del mérito es suyo, Nina, realmente quiero conocerla. Es una mujer muy hermosa, eclipsa al resto de las personas y siento que sólo estamos usted y yo en este vagón.

—¡Oh, es un adulador! —la mujer soltó una carcajada, le causaba algo de gracia el coqueteo del de cabellos oscuros.

—¡Vamos, no se ría en mi rostro! Me gustaría pensar en que tengo algo de dignidad, o al menos pretender eso.

—Me pregunto a cuantas mujeres ha conquistado con tan dulces y simples palabras, me imagino a que han sido más de una. Con esa actitud tan segura y su descaro, Anubis, me permiten decir que es un donjuán —analizó ella mientras que él reprimía traviesas sonrisas.

—No sólo es hermosa si no que es muy lista también. Soy un hombre coqueto, pero jamás he roto un corazón, siempre aclaro mis intenciones y soy absolutamente sincero sobre ellas.

—Bien, Anubis, ¿Con qué intenciones se acercó a mí en esta estrellada noche? —interrogó la dama mientras inclinaba su torso hacia él.

—Ahora mismo mis intenciones ahora mismo serían besarla —le respondió mientras imitaba el previo accionar de Nina, nuevamente la estaba retando a quién sabe qué juego inventado por él mismo quien perdía el primero en flaquear, ante su respuesta ella se congeló y le dio pie a continuar—. Pero yo no soy un donjuán, no voy a conquistarla con dulces y simples palabras que probablemente considere cliché. Déjeme ser un caballero de armadura plateada para regalarle un ramo de flores y dedicarle los versos más melosos.

—Muy bien, quijote, mis favoritos son los jazmines y esta es mi parada así que hasta aquí ha llegado su historia shakespeareana —se levantó de su asiento y se volteó con intenciones de bajar del tren.

—¡Aguarde, Nina! ¿Podré volver a verla? Ni siquiera tengo su número —la llamó él, su abandono lo había tomado por sorpresa.

—No había teléfonos cuando existían los caballeros de brillantes armaduras. Además, si nos hemos topado en el mismo tren, ¿Por qué no sucedería de nuevo?

Así como había entrado por el vagón y se había robado por completo su atención, despertó recuerdos que creía muertos y originó un creciente interés ella desapareció por esas puertas como si nada y el tren continuó avanzando como si Nina jamás se hubiese encontrado allí.

April 1, 2020, midnight 0 Report Embed Follow story
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Verónica Rasquela Escribo lo que la luna, quien se esconde del sol, me susurra en las noches que está llena.

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