erenjaeger2641583263886 @emmaKrychowiak Garcia

En el reino de Terrastel, hacia la era de los tres primeros reinos, la joven Duquesa Lady Vielggen, de camino junto a su séquito de cortesanas, es abordada por una traumática situación que cambiará su forma de ser, pensar, actuar y ver la realidad, cosa que terminará por convertirla en una amenaza latente para el imperio que rige sobre el reino de Terrastel, Alhuplata y Glararsdiel.


Fantasy Medieval For over 21 (adults) only.

#Lady-ReinosEnConflicto-Duquesa-Medieval-SexoYAbusosDesmedidos-Asesinatos-ConflictosMentalesTrastornos-SeresOscurosDeOtroMundo-Guerreros
1
3.2k VIEWS
In progress - New chapter Every Saturday
reading time
AA Share

Aquella mañana...

... A media mañana...

El carruaje real y la carroza de las cortesanas avanzaban lentamente por aquel estrecho camino de tierra que lleva al bosque. Si los cuatro guardias a caballo delante de las dos carrozas pudieran apresurar el galope de dichos corceles, tal vez entrarían y saldrían del bosque tantito antes de que los sorprenda la tarde. Pero estos caballeros no eran del todo duchos en su labor, eran tanto menos que unos holgazanes y un poco mas de inexpertos.

Antes de emprender el viaje habían pedido a la vieja institutriz de la señorita Vielgenn el poder desviarse unos pocos kilómetros del camino pautado, solamente para almorzar en uno de aquellos sitios de paso o cantinas, o taberna, cómo se les solía decir, a lo cual la vieja, de regordeta figura y cara poco feliz, diría que sí. La tenía sin cuidado el tiempo que llevara el viaje hacia el Ducado en las colinas altas del norte, ya que si regresaran demasiado pronto, tal vez, a la Señorita Vielgenn se le antojaría que la vieja se pusiera a las corridas de aquí para allá con los preparativos de la boda, sin importarle demasiado lo extenuada que la pobre vieja terminaría tras el viaje.

La señorita Vielgenn gozaba de ser la segunda hija y segunda duquesa de la casa, por tanto la mas joven y, por uno u otro motivo, tal vez la edad, la mas caprichosa de las condecoradas. Nada compartía con su hermana, la ya casada y ya Reina de un reino lejano, el reino de Alhupláta, y a quien en días actuales la vieja institutriz finalmente reconocía cómo mas benévola y agraciada que la joven Vielgenn, la cual era engreída, férrea y calculadora.

Ahora que su belleza, para eso abriríamos un paréntesis aparte. Lady Vielgenn llevaba apenas unos meses de haber comenzado a sangrar y conjunto a ello, dichos atributos de la edad empezaron a transformarla en... en un cisne, digamos. Su extensa cabellera castaña clara era radiante y solía caer salvajemente ondulada hacia los hombros y espalda, salvo en ocasiones cuando llevaba el cabello trenzado para lucir la tiara rojiza con esmeraldas; Sus ojos a veces eran de un espectral color verde opaco y miel en otras ocasiones, todo dependía del tiempo que hiciera, según el maestre Loeldán, Oráculo y viejo búho, habitual de la casa de casas Birivaal. Ahora que su cuerpo... bueno, su virginal y diminuto cuerpo era juvenil y singularmente delineado, según la vieja Ovlediser, la mas grande y anciana de las muchas cortesanas de la casa. La vieja Ovlediser siempre había sido la que, llegada la hora de entregar a alguna niña en nupcias, sea de la realeza o plebeyas, revisaba a fondo, bien pero bien a fondo, si la devota seguía intacta o ya había sido "perturbada" por un hombre.

Eso no venía al caso. Y mientras el carruaje avanzaba por el estrecho camino que hunde momentáneamente en el bosque, Lady Vielgenn miró fríamente a la vieja institutriz cómo si fuera a recriminarle de algo, ganas nunca le faltaban, pero de momento no le dijo nada y volvió la vista al paisaje que les rodeaba. A reiterados metros se veía imponente el río que se perdía de su vista en tanto los árboles de frondosa copa se interponían mediante el carruaje seguía su rumbo.

Todavía niña en detallados aspectos, pero ya una mujer en otros similares, Lady Vielgenn iba en búsqueda de su destino, o al menos de esa forma se hacía bonito decirlo, ya que ansiaba encontrar en las tierras del norte, en dicha noble casa, a quien a la brevedad contraería consigo matrimonio. El matrimonio no era lo que más le entusiasmaba, o lo que mas le seducía, pero sabía que no habría otra manera de abandonar la casa Birivaal para finalmente dejar de oír cómo su madre, la señora de la casa, envuelta en llantos melancólicos, le enrostraba la buena vida que su querida hermana, la ya casada y ya reina, se estaba dando en su nuevo y lejano reino.

Pues bien, tal cuál la vieja institutriz la describía, la señorita Vielgenn era fría y calculadora, pero también era sumamente inteligente y meticulosa. Su futuro marido debía ser fuerte en cuerpo y espíritu, a la vez que sabio y dominante al momentos de la decisión. Vielgenn se sonrió de manera tenaz e implacable ante esta idea, y si debiese de haber dicho alguna cosa, eso sería algo cómo "Ni de coña", pero, claro, una señorita no debía manejar lenguaje tal, así que prefirió no decirlo, más sí pensarlo. Eso nos lleva al embelesado niño duque de Terrastel, el joven señor de la gran casa de casas Bastionet, próximo dueño del Ducado del Norte, en la bella tierra de Terrastel. Siendo el único hijo varón de la casa, cuyos padres gozaban de la infinita amistad del Rey de todas estas tierras, y siendo el joven Duque el dichoso favorito de aquel noble Rey por su ingenuidad y simpatía, era para Lady Vielgenn, la impetuosa y taimada, un simple pelele al que dominar de la manera que mas le conviniera.

Recuerdo hacia un

corto tiempo atrás...

Resultó que hacía unos cuantos años antes, durante las acampadas de verano, los jóvenes de noble cuna se la pasaban reiterados días en convivencia diciplinaria con el simple motivo de matar el tiempo y hacerse al disfrute lejos de la plebe y todas esas cosas. Algo así como una colonia veraniega... de hecho, era una colonia veraniega.

Allí Lady Vielgenn conoció al por entonces pequeño Rinard, cómo antes dije, el joven Duque, quien era por el entonces un niño atolondrado y desgarbado. A aquel le pareció que Lady Vielgenn, mas allá de su antipatía y soberbia, era muy bella, y sí que lo era, aún a muy corta edad. En tanto que para ella, él le pareció un completo imbécil y un tarado. No solo él, si no también los demás mocosos de noble cuna y también las otras niñas.

De mas estaría decir que la forma en que él la veía se iba haciendo mas procaz y deseosa mediante los años y los veranos iban sucediéndose, mas allá de jamás atreverse a hablarle, claro.

Hoy, luego de casi cuatro veranos de haber abandonado dicho campamento y ya con los nuevos atributos que 16 julios habían concretado en ella, tenía a bien suponer que el joven Duque, ante su reforzada belleza, no se opondría a aceptar cual fuera la demanda que ella pusiese, sea cual fuere. La vil y taimada se imponía la idea del matrimonio a su vez que se impedía el olvidar la vez en que lo encontró alejado del resto de los críos y sus juegos, a media tarde, recostado boca arriba detrás de los arbustos y con los pantalones hasta las rodillas...

La primavera apenas si se estaba yendo y el calor era ameno, de modo que las hormonas se agitaban descontroladas mientras que en dicha edad cualquier situación, por más "desasexuada" que fuera, de igual forma endurecía el llameante alfil que se erguía en el centro de las piernas, ya sea de plebeyos o empoderados reales. Ahí estaba entonces él, mordiéndose los labios y transpirando en tanto hacía las de ordeñarse a sí mismo. La imagen no le molestó en lo absoluto en un principio, recordaría ella, si no más bien que la hizo pensar. Hacía tanto tiempo que lo conocía, sin que él le dijera algo, y ella que lo hacía un verdadero imbécil, cosa que seguía siendo, pero por algún extraño motivo aquella "distinción" hacia sí mismo, queriendo abatir esos deseos salvajes y el fuego creciente que el joven comienza a sentir sin, aparentemente, conocer el motivo, lo había humanizado a sus ojos. Ya que por un lado podía ella ver cómo el resto de los chicos se desvivían por intentar deslumbrar a la otras chicas, haciendo alarde de atributos que no lograron, mas sí se les heredarían a futuro cercano por venir de noble casta. Se embelesaban ellas oyendo que tal o cual joven de sangre azul pronto sería amo y señor de dichas tierras, dichos honores y dichas fruslerías. Y por otro lado, el silencioso Rinard, mas arrebatado y lisergico, hacía cuanto le placía y porque quería, y hecho a un lado, oculto del resto, se ordeñaba y ordeñaba gozoso, casi con la lengua afuera, transpirando hasta quedar, ratito luego, debilitado con un sonreír de oreja a oreja y los ojos cerrados, cómo quien terminaba de vivir un sueño.

Y de nuevo al camino, el galope y las carrozas...

Lady Vielgenn se había sonreído sin decir nada en aquel entonces y se sonrió sin decir nada el mismo día de hoy.

La vieja institutriz preguntó el motivo de aquella sonrisa repentina, tal vez suponiendo algún defecto en su atuendo o lo que sea que, llegados al ducado, la dejase en ridículo.

-No es nada- dijo Lady Vielgenn aún sonriéndose, cambiando rápidamente el tono para así preguntar-¿Falta demasiado aún?...

Habían entrado al bosque hace algunos instantes y fuera de que seguía siendo muy día, la tupida copa de los árboles aveces ennegrecían el camino.

-Ya casi no falta nada, señorita- respondió la vieja-Tal vez desee traer aquí a una de las cortesanas jóvenes a que...

Pero la vieja no pudo completar lo que decía ya que la niña la interrumpió con algo de brusquedad- No te pedí consejo alguno- dirá en tono ofendido- Limítate a tener la boca cerrado, siempre y cuando yo lo diga.

-Desde ya, señorita- atendió la vieja y se mantuvo en silencio.

Metros por delante del carruaje real, los cuatro guardias, inexpertos y despreocupados, hablaban y comentaban tonterías disimiles, siendo esto así ya que una vez hecha la pausa de almuerzo en la pasada taberna habían traído consigo la cantimplora, o bota de cuero de cebú, hinchada de buen vino espeso de uvas y se la pasaban de uno a uno dando sorbos largos. Se reían y cantaban, no se preocupaban de lo que fuera a pasar y me refiero a tener que levantarse en pleito con alguien a su paso, ya que no estaban en tiempos de guerra y nadie jamas se atrevería a bribonear contra una carroza de noble casa a mitad de camino de un ducado y otro. Siendo así, los cuatro bebieron y cantaron y rieron.

En tanto que, metros por detrás del carruaje principal avanzaba la carroza de las tres cortesanas, las mismas mas jóvenes y bellas de la corte viajaban en compañía de Lady Vielgenn llevándole numerosos vestidos, perfumes y colonias, en caso de que la señorita desease ampliar su estadía en las tierras del Ducado vecino, cosa que no sería así, pero la prudencia lo demandaba.

Aquellas, cómo bien dije, gozaban de juventud y una belleza un tanto más... ¿Cómo decirlo?... poco virginal y señoril, pero inmensa belleza al fin. Eran lejos unos años más mayores que Lady Vielgenn y, si bien cortesanas adoctrinadas y educadas, también bastante reacias y mal habladas, a su vez que de carácter inocentón. Casualmente ahora hablaban y la hacían de jolgorio, aunque mas bien podría decirse que cuchicheaban, ya que si Lady Vielgenn las oía hablando en tono demasiado alto las mandaría a reprender. No sería la primera vez que lo hacía. La señorita era muy recta en cuanto a ello, por no decir verduga. No sería la primera ni tal vez la ultima vez en que por su simple capricho mandara a llamar a cualquiera de las cortesanas, tanto estas o las otras de la casa, o tal vez a todas juntas, a entradas horas de la madrugada para que le recitasen la noble prosa que a su nacimiento el viejo Oráculo cantase con motivo de su tan dichoso natalicio. La prosa dice así:

"Oh, que tan dichosa fuere a ser la tierra por la que sus magníficos pies andase, ya que la misma valdrá mil veces más que tantos diamantes y rubíes como estrellas en el cielo hayan; y que cada amanecer no amanezca si sus hermoso ojos primero no se abren y el sol no contemplase su belleza única, desde que la luz se ponga hasta que despuntase el alba"

Bueno, mas o menos por ahí andaba. Yo no lo sé decir perfectamente dicho cómo las cortesanas lo dicen porque no soy cortesana, pero ellas lo deben saber de memoria.

Contratiempo inusual.

Al cabo de un corto rato, cuando la vieja Institutriz ya comenzaba a cabecear mientras el sueño y el cansancio le ganaban, se escuchó al frente de la caravana un grito de "Hea, hea"... grito que suele dar el que monta al caballo para ponerlo a andar o, tal cuál como ahora, le hace detener. El grito no era de alguno de los guardias, cosa que no sabrían ni Lady Vielgenn o la vieja Institutriz, las cuales se miraron enrarecidas.

Sucede que estaban a mitad del bosque todavía.

Los guardias, quienes, no solo desentendidos, si no también amenizados por el constante sorbo de vino de uvas, se cuestionaron el que estaba sucediendo. No solo se lo preguntaron entre sí, si no también al extraño trotamundos que, recostado sobre el tronco de un árbol y de manos cruzadas, les había gritado.

Le reiteró la pregunta alguno de los guardias, ya de tono mas insolente, preguntándole que hacía ahí, a mitad de camino estorbando el paso de los caballos. Y huelga decir que si los caballos que acompañan la caravana no hubiesen ido casi a trote de galope liviano, el pobre desgraciado aquel, francamente, habría perdido ambas piernas. Eso si es que el tipo nomas estaba ahí descansando o adormilado o algo ebrio, pero si fuese que aquel no era mas que un asaltante del camino, entonces muy por seguro que si oía que los caballos a lo lejos venían a todo galope, seguramente habría trepado al árbol para saltar sobre ellos.

Aquel se tomó de un momento para responder y se levantó pesadamente ayudándose con la espalda contra el tronco del árbol y una vez de pie, estiró los brazos y dio una especie de largo bostezo denotando una voz fuerte y grave. De mas está decir que el hombre también lo era: Fuerte y grave... robusto sí, pero no regordete; alto también, pero no un gigante y, por sobre todo, desalineado, barbudo y con los cabellos largos y pegados a la frente transpiradísima. Traía un largo palo que pudo verse en su mano izquierda una vez ya que se había comenzado a mover. Éste los miró durante un santiamén sin expresión de nada, mas solo seriedad, y luego les dice...

-Ustedes bajen de sus caballos y quienes vienen en las carrozas esas también. Una vez que me lleve todo lo que de valor tengan podrán irse.

Si estos cuatro guardias fueran un poco mas osados mas que seguro ahí mismo se largarían a reír, pero cómo no lo eran, y eran demasiado cobardes, y ahora ebrios por igual, tan solo se miraron entre sí y no dijeron nada.

Instantáneamente salieron a su encuentro un grupo de hombres de símil condición que aquel primero en hablar, los cuales se habían mantenido ocultos entre los matorrales y los árboles y comenzaron a gritar y aullar cómo lobos.

Cuando la vieja institutriz asomó la cabeza hacia afuera del carruaje vio los bruscos movimientos con que el tipo aquel del palo había castigado a los guardias. Tres de ellos al menos, ya que vio como uno de los guardias saltó desde su caballo y corrió perdiéndose entre los arbustos y ramas.

Alguien la tomó por los pelos-¡Abajo, vieja!- gritó y cuando la portezuela se abrió por el impulso de su cuerpo cayendo al exterior, a ojos del esbirro quedó Lady Vielgenn, muda y con los ojos tan abiertos cómo esferas.

Mientras la pobre vieja institutriz intentaba reponerse tras haber rodado por tierra y encima de hojas amarillentas y secas sobre el camino, el pendenciero brutal la iba despojando de forma forzada de las pertenencias que esta llevaba, tales cómo alhajas, pendientes y coronilla de diamantes, las cuales arrebataba a bruscos zarpazos. Todo sin dejar de mirar a la impávida Lady Vielgenn con un entre cerrar de ojos y aquella satírica sonrisa.

📷

Mientras los otros tres o cuatro barbáricos hacían lo propio en el carruaje de las cortesanas, las cuales gritaban a voz en cuello, el que llevaba un largo palo sujetaba a los caballos, gritándoles para calmarlos. Una vez que habían quedado amansados, y por igual los reducidos guardias, el sujeto aquel, quien por lejos era el mas alto y grueso de todos, alcanzó a ver el emblema de la casa en el carruaje en dónde su cofrade forcejeaba tratando de pelear con alguien. Finalmente aquel arrojó fuera de la carroza a una niña, Lady Vielgenn, mas precisamente, quien siendo más ligera que la vieja, no salió rodando, si no que tras reponerse, levantó a penas el vestido de puntillas y trató de correr, pero sin éxito. El tipo que la arrancó de dentro de la carroza le dio alcance en un trote, saltó sobre la pobre y la sujetó por ambas muñecas.

-Vamos a llevarnos todo lo que tangas, chiquilla- le dice aquel, un tanto agitado, y apoyando con fuerza una mano en la mejilla de la joven le hace mirar hacia un costado, dónde una de las cortesanas era ferozmente desvestida en la carroza por dos de estos, y un tercero sometía carnalmente cómo un perro a la que se quedó casi muda al costado de la carroza; la tercera, por su parte, tras intentar correr del lugar se dio un buen golpazo contra un árbol y ahí quedó tendida boca arriba sobre las hojas.

-Ah, por cierto- dijo éste a Lady Vielgenn con una labia algo burlesca- tampoco te vas a salvar de eso...

La pobre Lady Vielgenn lloró con dientes apretados, pero no pronunció palabra alguna, mas solo rugió quedamente cómo un cachorro acorralado, mientras aquel bellaco la despojaba de su pulsera brillosa y aretes de perla, los cuales mordió hasta descubrir que eran verdaderas perlas.

La vieja institutriz se arrodillo en su lugar y, aún demasiado maltrecha, tuvo fuerzas con que gritar mas bien una advertencia-¡Les ruego no la toquéis! ¡Si su pureza es por hombres perturbada, tanto vuestras cabezas cómo la mía serán cercenadas!

El vástago feo emanaba una brisa fétida y caliente al respirar con fuerza en el protuberante escote hinchado de la señorita Vielgenn y raspaba con su barbilla velluda tanto su cuello cómo mejilla, a su vez que frotare con la lengua áspera y empapada su piel tan blanca y suave. Volvió apenas por sobre el hombro la cabeza y porfió insultos a la vieja institutriz, instándole a callarse, y en tanto daba insultos a esta, de la lengua, la cual traía aún por fuera de la boca, le chorreaba un espeso hilo viscoso que llegaba hasta la rosada mejilla de la inhabilitada Señorita Vielgenn.

El tipo enorme del palo se aproximó lentamente hacia donde todo se sucedía y, ya habiendo maniatado a los guardias, quedó junto a la vieja institutriz, la cual le echó una mirada amedrentada, en lo que repetía lentamente y de voz quebrada lo de no perturbar la pureza de la señorita.

Aquel la miró por un momento de manera inspecciosa, y mas allá de su titánica imponencia y su mirar tan frío y serio, podía apreciarse cierta actitud más pasiva y juiciosa que la de los demás, quienes la hacían de salvajes, tanto en modismos cómo en el trato personal hacia una dama, digamos. Cuando finalmente volvió a hablar, esta vez con la vieja institutriz, éste dijo

-¿Esa chiquilla es Lady de la casa Birivaal?

-Si, señor- respondió la vieja-Es Lady Vielgenn. Segunda de la casa de casas Birivaal; próxima al trono de la casa Bastionett de la mano del joven Duque, el Lord Rinnard de Bastionett segundo, ahijado del magnifico Rey Hipolito del Reino de Scianmaster hasta Pavelniak. Le aseguro que si su pureza...

Pero no pudo completar cuanto decía la pobre vieja, cuando uno de los esbirros le alcanzó una daga hasta el cuello ordenandole callarse. El grandote y, por aseveración, mas juicioso, se alejó y con la voz tranquila dio promesa a la vieja de que la pureza de Lady Vielgenn quedaría intacta. Aquello no cayó en gracia para quien se aproximaba a auparse a la joven doncella en tanto la abría de piernas con una mano y se amasaba el miembro con la otra mano para dejarlo tenso y duro.

-Vamos, pajarillo- decía éste casi en ruegos-¿Por qué no gritas un poco, eh? Solo un poquito para el bueno de Ufstas, el pendenciero...

Pero Lady Vielgenn deponía de ello, pues moriría antes de darle el gusto, así que aquel levantó la mano para castigarle, cuando el del palo le ordenó desistir de aquello.

Quien insistía en forzar a la señorita apenas si lo miró con repulsión, y uno mas que se había acercado momentáneamente para enseñar los perfumes y vestidos tomados del carruaje de las cortesanas, fue quien preguntó, en tono medio altanero, lo próximo

-¿En qué momento se te dio el titulo de líder?

La mirada funesta y tenaz del grandote hubieran bastado para silenciarlo, pero de igual forma aquel dirá

-Cierra tu boca y métete en tus asuntos- y fue todo lo que necesitó para que aquel volviera por donde vino. A medio trayecto uno de los desarraigados lo molestó preguntándole-¿Qué tiene ésta? ¿Ya estará muerta?

Y se refería a la cortesana que, tras correr unos pocos metros sin ver al frente, se dio un golpazo contra un árbol y por eso seguía ahí tirada boca arriba.

El cuestionado largó vestidos y perfumes y se acuclilló junto a esta-Si serás imbécil- dijo al intrigado, quien jugaba moviendo la cabeza a la desvanecida sacudiéndola con una mano por el mentón.

-Todavía está tibia- dijo el cuestionado y al abrirle con ambas manos el escote, sus tetas rebotaron sobre el pecho hasta que apoyó el oído encima y dijo, una vez más-Si, está tibia y su corazón sigue haciendo "Tum tum tum tum"... es lo que algunos llaman estar inconsciente.

-¿Pero vive?- reiteró el otro, a lo cual este ya no respondió. Lo miró ni muy airoso ni muy ofendido por dicha demostración de ignorancia y se fue hasta dónde el resto hacía cuanta salvajía se le ocurría con las otras dos cortesanas. El muy ignorante lo vio marcharse e hizo un gesto desinteresado en cuanto a aquel. Momento luego y, tras quitarle las pertenencias de valor a la inconsciente, llevó la boca a una de las tetas y cual crío comenzó a succionarla; a continuación se echó sobre ésta, la abrió de piernas y osó aprovecharse de la misma por mas de que estuviese durmiendo... o lo que sea que para aquel estar inconsciente significase.

Los demás tenían a otra de las cortesanas sumamente sujetada de brazos y con las piernas desnudas abiertas hacia ambos extremos del cuerpo, en tanto que la movían de arriba hacia abajo en tanto uno que estaba recostado boca arriba sobre el pasto aullaba cuando hundían el sexo floreado de aquella sobre su falo erguido una y otra vez... una y otra vez.

Y mientras que otro sometía a la restante de forma tan o mas cruel que a las anteriores, el hombre grandote del palo repetía la orden de hacerse a un lado a aquel y liberar de una vez a la Señorita de la gran casa de Birivaal. Finalmente, ofuscado, aquel le dijo a su ordenante que no se metiera y que tan pronto haga chillar a dicha puta, a la cual mandaba mano entre piernas y tetas, se encargaría de él. El tipo aquel no se mostró enojado ni ofendido y ya no le dijo mas nada, pero empuño su largo palo con las dos manos y, dando dos que tres pasos, le estrelló un golpe fulminante a la altura de la sien que dejó al otro con la mejilla desangrada y temblando con el cuerpo flácido y los ojos bien abiertos encima de la doncella. Lady Vielgenn salió de debajo de el cuerpo arrastrándose hacia atrás y acomodándose las prendas. Se alejó gateando hacia dónde la vieja Institutriz, pero desatendió al pedido de aquella de acurrucarse en sus brazos, y se recargó exhausta y agitada sobre el carruaje.

En tanto el hombre aquel le asestó unos golpes mas al caído y lo dio por muerto, y si que lo estaba.

Los otros bravucones se asomaron muy apenas para ver lo que había pasado, pero no le dieron gran importancia y siguieron sometiendo a las cortesanas, las cuales ya hacía buen rato de no llorar o gritar; salvo una que seguía siendo ultrajada sin enterarse de nada debido a que seguía inconsciente.

-Como ya le dije- habló la vieja institutriz al grandote-, la señorita es Lady Vielgenn...

Pero el grandote levantó apenas la voz gruesa y la interrumpió al aclarar lo próximo-Ya me lo habías dicho, ahora se lo pregunto a ella- y dejó la mirada fija en Lady Vielgenn, quien trepó al carruaje-, así que habla- ordenó aquel.

La joven era orgullosa y testaruda, así que siguió en silencio, acurrucada a si misma dentro del carruaje y mirando con rabia enmudecida al hombre aquel, tanto cómo al tipo que venía con él, e incluso, tal vez, también a la vieja institutriz.

El grandote volvió la vista al que tenía a un lado y le cuestionó que hacía ahí. Éste era aparentemente mas joven que aquel y tras aquel hacerle la pregunta, éste dirá que tenía cierta curiosidad... curiosidad acerca de las mujeres que son mas maduras que las llamadas maduras. Tal insinuación hicieron que la vieja institutriz, quien, tal vez por su edad, se sentía en menor peligro que las jóvenes cortesanas, ahora se sintiera desprotegida.

-S...soy una mujer muy vieja... les ruego- pidió la anciana tratando de hilar una oración sin temblar de pavor, pero aquel jovenzuelo se sonrió y diría

-Y así me gustan a mi. Viejas rollizas con el sexo estrecho; puede incluso que seas una de esas viejas destinadas al celibato para servir únicamente de compañía a las doncellas de su casa-dio a suponer- Puede que así sea.

La vieja estaba de boca abierta y ya no decía nada. Cuando el desviado joven aquel se aproximaba a irsele encima, el grandote lo detuvo, volvió a mirar a Lady Vielgenn y dijo

-Esta mujer debe ser quien te sirve de acompañante y mora por tu bien, así que... ¿Por qué no dices de una vez algo y así impides que le hagan daño?...

En el silencio de la doncella había, por demás, una expresión, si bien, de odio hacia todos ellos, también cierta intriga recién venida por la insinuación malsana de aquel hombre joven hacia la pobre vieja. No dijo nada.

El hombre grandote se paró junto a la portezuela de la carroza e hizo un gesto hacia la joven para que saliera de allí-No dejemos que la mujer exponga sus verguenzas frente a todos- dijo, y Lady Vielgenn finalmente hizo caso a algo saliendo del carruaje. Una vez que el joven metió casi de prépo a la pobre vieja en el carruaje y cerró la portezuela, la carroza comenzó a sacudirse de un lado a otro bruscamente, en tanto los gritos desesperados de la vieja institutriz partían el silencio del bosque; era cierto que la anciana era célibe y virgen y era por ello que los primeros alaridos que pegó a voz en cuello eran los de una mujer que parecía estar a punto de ser asesinada. Pero momentos después, los gritos se hicieron mas calmados a la vez que alargados y, si Lady Vielgenn no dudase de la pulcritud de su vieja institutriz, también hubiera interpretado esos sollozos recientes cómo una especie de jadeos de placer.

Ya caía la tarde, cuando la señorita Vielgenn volvía a echar un leve vistazo hacia dónde el otro carruaje estaba y dónde los esbirros parecía quedar mareados de tanto olfatear y hasta beber los perfumes y colonias. A su vez ya no eran tan imaginativos en las maneras de someter carnalmente a las cortesanas y solamente se limitaban a hundirse entre las piernas de ellas o en cuatro patas, cual perros. Una vez vuelta en sí la cual estuviera largo rato desvanecida, vio a su "ultrajador" rendido y casi adormilado a su lado con una mano encima de sus tetas. Al ponerse en pie notó no solo lo muy adolorida que estaba, si no también que estaba embadurnada de una sustanciosa polución viscosa y a simple vista blancuzca que le cubría casi todo el rostro y le fluía a raudales por cada hendidura u orificio que tuviera. Le brotaba por la boca y también de la entrepierna tal cual si se estuviese orinando.

El montaraz Piataro...

Lady Vielgenn volvió la vista al tipo aquel, quien la había salvado y quien seguía a su lado, pero continuó en su tozudez y no dijo nada. Él si hablo y dijo

-Voy a contarte sobre mí y luego vas a tener que hablarme- y así empezó...

-Soy Piataro- se presentó- así me llaman. Soy un montaraz y he vivido siempre en el campo y del campo. Hace algún tiempo atrás, no se bien cuanto tiempo ya, un incendió destruyó mi casa y mi tierra, dejándome a la buena del señor, nuestro salvador, y desde entonces he vivido de los pocos trabajo que he podido hacer en las casas de algunos nobles y mercaderes en el pueblo portuario a las afueras de Terrastel. Hace unos días, luego de que un lacayo del señor de los terruños del norte, me viera pelear contra seis hombres y salir ileso, hizo que su amo mandase a por mí para que tanto yo cómo algunos de estos forajidos que están aquí, crucemos el océano junto a su diminuto ejercito y así conquistar la bahía de los truenos. Ofreció una buena recompensa a nuestro regreso, tengamos o no éxito; ya sabrá él que es tarea difícil ir y volver de costas diezmadas de piratas Vikingos que, incluso, pudieran atracarnos en pleno océano. Yo obviamente acepté porque sé que viviendo aquí pronto me encontrará la vejez y moriré tan solo como vine a este mundo. Hice también la promesa al señor de los terruños de que traería para él la cabeza de Sir Daegoba Krohn, quien hasta ahora gobierna en la bahia de los truenos, cosa que haré si me es posible. Pero cómo antes dije, sabrá él que es tarea difícil ir y volver de ese lugar.

Tal vez eso era todo cuanto el Montaraz de nombre Piataro tenía por decir o tal vez no, pero rápidamente guardó silencio cuando la vieja institutriz salió de golpe de la carroza, agitada y casi sin aires para desplomarse exhausta en el pasto llenos de hojas secas. Luego la vieja se arrastró a gatas y reponiéndose en un árbol se abanicó con la mano. Lady Vielgenn la miró, pero no le dijo o preguntó nada, y la expresión en cara de la vieja no la mostraba o dolida o compungida, solamente exhausta y, hasta si se quiere, satisfecha. Por igual saldría su joven y enfermizo partenaire, casi gateando y sumamente exhausto. Éste apenas si logró balbucear unas pocas palabras antes de finalmente quedar algo adormecido y lo que dijo fue

-Era mi deseo cogerla las primeras dos veces... las otras tres veces ya no podría decirse que fue mi completo deseo.

Piataro el gentil, quien su cuerpo no perturbará... ni profanará. No obstante...

Al volverse, Lady Vielgenn notó que Piataro la miraba fijamente, así que ella se decidió y habló...

-Soy Lady Vielgenn de Birivaal, segunda duquesa de la casa de casas, la casa Birivaal y futura esposa y pronto propietaria, tanto de mis tierras como de las tierras de Bastionett y, debido a él, ahijada política del Magnífico rey Hipolito de Scianmaster hasta Pavelniak, amo y señor de todo lo que se conoce de este lado del océano.

Hubo un silencio sepulcral durante breve rato, hasta que, agarrando un poco de aire, la vieja institutriz dijo sin vacilar, lo próximo- Su pureza... su pureza deberá...

Una vez más la interrumpían al hablar y una vez más era Piataro quien le cortaba la palabra

-Sigue repitiendo eso, vieja, y será tu epitafio- Amenazó éste y nuevamente mirando a Lady Vielgenn, dirá-He aquí Lady Vielgenn de Birivaal, segunda duquesa de la casa de casas, la casa Birivaal y futura esposa y pronta reina, tanto de sus tierras como de las tierras de Bastionett y, debido a él, ahijada política del Magnífico rey Hipolito de Scianmaster hasta Pavelniak, amo y señor de todo lo que se conoce de este lado del océano.

Y habiendo dicho aquello llevó el reverso de la mano hasta sus suaves mejillas coloradas y la acarició, también jugó un poco con los ondulados cabellos que caían sobre el costado de su rostro y, tras posar su enorme boca de labios partidos y resquebrajados sobre los de ella, la beso con fuerza durante algún rato, visitándole con la propia su delicada lengua. Llevó la otra mano con la cual no la sujetaba, si se quiere, delicadamente de la nuca y con esta invadió su escote roto y le apretujó las diminutas protuberancias tan suaves y blandas, cuyos pezones fuesen cálidos y rosados. La señorita se mantenía absorta y en completa quietud, sintiendo las fuertes y ásperas manos tan toscas de aquel montaraz, que la invadían con cierta calidez experimentada y hasta, posiblemente, suma ternura. No supo ella bien que sentir, ya que sentía muchas cosas y una de estas sensaciones eran, si se quiere o se supone, asco, odio e incomprensión. Incluso tal vez algo más, algo cómo "apremio" a tales actos, pero sería difícil advertirlo ya que Lady Vielgenn era reacia a las demostraciones expresivas.

Una vez terminado aquel beso, él la tomó de ambas manos entrecruzando sus dedos con los de ella e hizo frotar la palma de aquellas tan delicadas y suaves sobre su pecho rustico y sumamente transpirado. Segundos después él dirá

- Su pureza quedará intacta, la pureza de su sexo no será por mí, Piataro el gentil, profanada ni perturbada- y diciendo ello la hizo hincarse de rodillas frente a sí-, pero esa dulce boca-continuó- de labios dignos de dioses harán de mí, hoy y ahora, un hombre en cuya presencia de la misma muerte no se arrepentirá de nada hecho en vida. Un hombre que, de tener que hacerlo, abandonará esta vida, habiendo tocado el cielo con las manos.

Y habiendo concluido aquel dictamen llevó la mano hacia los harapos mugrientos que por pantalones llevaba y sacó del letargo su alfil hirviente y enrojecido, tan o más grande que el mismo rostro de ella, Lady Vielgenn, quien abrió tanto los ojos cómo las fauces para, primero sentir el rozar caliente de aquella punta ya supurante por la mejilla derecha y segundo, engullirla entera y tan hasta el fondo que sintió, en primeros instantes, que iría a atragantarse. Al rato de acostumbrarse a tal prominencia taponando toda su boca, comenzó a sentir que la misma entraba y salia apenas de su boca, y cada vez que entraba lo hacía un poco más, casi, hasta llegar a tocar su úvula. Fuera de que para el inmenso hombre la posición sea algo incomoda, éste, de igual modo se las ingenio para inclinar su torso por encima del cuerpo hincado de ella y acariciar con la mano con que no la tenía suavemente de la nuca, la piel de su espalda y lentamente bajarla por su abdomen hasta el centro de su sexo con toda delicadeza. Una vez ahí acarició su apenas floreado sexo y usó los dedos para saborear de simple tacto solo sus labios y en ningún momento introducirse dentro de ella. Cómo bien había prometido y valiendose de su gentileza, ella por él no sería profanada o tanto más, perturbada. En todo aquel delicioso rato, él no había dado más que uno u otro jadeo espontáneo, producto de tan placentera sensación al tener su tosco tronco tan dentro y profundo de cavidad tan delicada, carnosa, húmeda y cálida. Pero ya cuando estaba por amamantarle el alma a la señorita Vielgenn, éste no logró evitar un alarido de gozo mas similar a un canturreo agigantado, mientras que ella sintió un vibrar repentino muy dentro de aquel trozo de carne hirviente que salía y se metía en su cueva de gritos(Sutilmente silenciada de momento). Finalmente el engendro acalorado que le profanaba de forma oral se volvería levemente flácido tras lanzarle un vomito acalorado que le quemare cual fuego mismo hasta la garganta durante un bombeo agitado y frenético, el cual no cesaría hasta varios segundos luego, incluso ya fuera de su portal dentado y ahí mismo le bañaría la mitad de su dulce y blanco rostro.

Ya habiendo robado cuanto quisieron y ultrajado hasta ya mas no poder, el montaras Piataro y los otros rebeldes huyeron del bosque.

A ciencia correcta no sabremos si la caravana de Lady Vielgenn llegó hasta el ducado del norte y si lo hizo, cómo es que fue. Digamos que posiblemente si lo hizo, ya que tiempo luego se levantaron festejos y se celebraron a toda pompa la feliz noticia que palomos y ilgeros transportaron a todos los rincones del reino, haciendo saber a Lores y Señores de grandes casas que El joven Duque Rinard de la casa Bastionet y Lady Vielgenn, segunda de la casa Birivaal, contraerían nupcias ni bien iniciada la próxima primavera.

March 3, 2020, 8:47 p.m. 1 Report Embed Follow story
0
Read next chapter Esbirros...

Comment something

Post!
Gin Les Gin Les
¡Hola! Soy Gin, embajadora y verificadora. He pasado a revisar tu historia ya que has comentado tus dudas en las pautas de contenido. En efecto, el texto es explícito, un tanto púrpura que hace que lo real se vuelva un poco épico. Repites mucho las mismas palabras, y tiene buen ritmo. Hay faltas de ortografía, puntuación y acentuación. Checa los verbos en pretérito, la raya de diálogo y las comas. La dejaré en revisión y cuando hayas corregido, me respondes este mensaje para volver. Por otro lado y dado la temática (me recuerda un poco a GoT) lo dejaremos en +21. ¡Saludos!
May 20, 2020, 21:24
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 21 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!

Related stories