Babilonia en Llamas Follow story

miktli Omar Castro

«Sigo tirado bocarriba, en el suelo. Con el frío inclemente acuchillándome el alma».


Drama All public.

#rompimiento #triángulo-amoroso #traición
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Babilonia en Llamas

Supongamos que aún estoy vivo, me gustaría pensar que así es.

No he logrado adivinar dónde me encuentro ahora, pero yazco sobre el suelo, mis miembros no responden, y el cerebro me sabe a sangre. Aprieto mi mano derecha sobre mi pecho, intento presionar la herida.

Una imagen muy nítida vuelve a mi memoria:

Sonaba la radio, y una voz ronca y entusiasta gritaba aquel estribillo: «¡Ha caído! ¡Babilonia la grande ha caído!». Cambié la estación por algo mejor. Poco a poco fui girando el potenciómetro entre las diferentes frecuencias, entre la publicidad y la música, hasta encontrar algo más de mi agrado. Mi otra mano se mantuvo firme en el volante. La camioneta obedecía con detalle cada instrucción, la transmisión era perfecta, y el pavimento ni se sentía. En aquella belleza, podías correr sin siquiera notar que te estás moviendo. Era de noche. Llovía. Sonó esa estúpida canción en mi teléfono. Ahora que pienso en el porqué la configuré como tono de llamada, la odio más de lo que me gusta. La dejé sonar hasta que se fue a buzón.

Luego escuché tu mensaje:

—Hola, bebé… Yo… Hmmm… —sonabas preocupada. Tu voz no era la misma. — …Sé que estás molesto, y… solo quiero que sepas que… lo siento.

¡Me vale verga que lo sientas! No soy el idiota al que puedes joderle la puta…

Silencio total. El mundo se detiene. El tiempo ya no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Al frente, el cielo se rompe, y una luz cegadora lo envuelve todo.

Sigo tirado bocarriba, en el suelo. Con el frío inclemente acuchillándome el alma.

Ahora, mi memoria se traslada a un paisaje totalmente distinto. El zumbido en mis oídos me recuerda el sonido de dos cristales que rozan, como las cervezas chocando en nuestras manos y mis dedos tocando los tuyos, el vallenato que sonaba en el picó, el viento que acompañaba las olas hasta alborotarte el pelo, la curva de tus pechos, y ese bamboleo descendiendo más allá de tu espalda.

Tú te enroscaste alrededor mío, como una serpiente en una vara. Quizás fue producto de la cerveza, quizás del amor.

—¿Dónde están mis plegarias? —me preguntaste— ¿acaso no soy tu diosa?

—Y yo un hereje, supongo —te respondí.

No se de dónde me nació esa voluntad, ese coraje, esa euforia, ese intenso fogaje en mi entrepierna, pero sin que lo esperaras, te tumbé sobre la mesa, empecé a besar tu cuello; y aun cuando me adviertes que hay alguien más en tu vida, no me detengo. Ya lo demás hace mucho que dejó de importarme.

En aquel instante, tú me recordaste aquella vieja canción: “…en el nordeste, a la orilla del caribe, hay una ciudad escondida entre el sol y la arena. Y allí, nace algo que, a causa de no tener nombre, voy a llamar amor”. Yo era la voz del cantante, y tú su acordeón.

Pero ahora estoy aquí, inmóvil. Y pienso en el tono de tus labios, en el líquido que llena mis pulmones, y en el cielo que se tiñe de un rojo enfermizo. Me estoy muriendo. La vida se me escapa a borbotones, y el firmamento se ha convertido en un manto negro, de donde las sombras descienden a consumirme.

Miro alrededor y veo nuestra vida en esta ciudad. Nuestro amor entre las calles en llamas. Nuestra historia en un violinista solitario que sigue tocando mientras a su alrededor todo se desmorona. Nuestro destino en una viuda sin hijos que llora desconsolada. Las lágrimas son gotas de lluvia cayendo sobre tu piel. El fuego, la forma en que me miras. La música, el sonido de tu voz pronunciando mi nombre. El arte, tu silueta en el agua salada. La poesía, los tatuajes en el principio de tus pechos con la leyenda «THE WEEKEND IS RIGHT HERE, RIGHT NOW». Y entonces, cuando te veo de perfil, las palabras se entrecortan y describen «THE END IS HERE».

—No puedes atarme —me decías entre carcajadas—, así que aprovéchame mientras pueda —eso siempre me gustó de ti.

—Querida mía —te respondí con sarcasmo—, te aseguro que mis intenciones no van más allá de llevar mis brazos alrededor tuyo, tumbarte sobre esta piedra, quitarte lo que traes puesto, y cogerte hasta que te quedes sin sentido.

Claro que eres libre. No me perteneces a mí, y tampoco a él. Solo fui un imbécil al malentender el juego. ¿Y él? ¿Qué habrá pensado él? Recuerdo su expresión caída, sus ojos de perro enfermo y triste, su mirada de odio clavada en mí cuando su auto frena frente al mío, sus luces me ciegan, su mano que se pierde en su chaqueta de diseñador, enseguida el trueno de un disparo, y mi pecho tambalea de repente. Luego, sigue la ráfaga.

Y tú estás allí, perdida en el infinito. Alcanzo en medio de la agonía a distinguir como él te arrastra a su camioneta. Veo tus ojos rojos y húmedos, llenos de incertidumbre. Estrellas ardientes descienden sobre nosotros. Un dios ha tocado la tierra, su piel es fuego eterno, y sus ojos me miran.

Sigo aquí. Supongamos que aún estoy vivo, me gustaría pensar que así es.

Feb. 14, 2020, 11:45 p.m. 0 Report Embed 0
To be continued...

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Omar Castro Lo que vas a encontrar por acá es un tanto fantástico, no te extrañes, el mundo también es mágico.

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