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polanco Carlos Polanco

Mi niñez transcurrió en una modesta casa en Leesburg estado de Virginia. Era una soleada tarde de verano del año 2024, y había cumplido con todas mis obligaciones, así que decidí volver al desván. Siempre me había intrigado los posibles secretos que ese misterioso lugar me tenía reservado.


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El desván

Mi niñez transcurrió en una modesta casa propiedad de mis padres, compuesta de dos pisos y un desván en el camino Lucketts, en Leesburg estado de Virginia. Era una soleada tarde de verano del año 2024, y había cumplido con todas mis obligaciones, así que decidí volver al desván. Siempre me había in- trigado los posibles secretos que ese misterioso lugar me tenía reservado.


Mi anterior aventura fue dos semanas atrás, sólo estuve unos minutos pero fueron suficientes, encontré muebles polvosos, y arteros de libros y periódicos de donde colgaban algunas telarañas. Para mí todo ello era un botín. Esa vez, cuando me disponía a salir de ahí, de reojo percibí algo raro al centro del techo, no podría explicar que era aquello, solo presentía que «algo» había ahí.


Ahora volvía con más tiempo, inicié por abrir los cajones de un escritorio encontré varias libretas con anotaciones y números. Al fondo, un librero con una multitud de libros de aventuras no podía creer mayor fortuna, tendría oportunidad de sumergirme en todos esos libros antiguos en las siguientes semanas.


Apenas habían pasado unos minutos volteé como por instinto al techo, efectívamente había cierta bruma al centro del mismo, pensé que sería el reflejo del sol al invadir una esquina del desván, por aquella pequeña ventana dispuesta al extremo opuesto de la escalera.


Decidí alcanzar el techo así que empujé el escritorio, y usé algunos de sus cajones como improvisada escalera. No llevé la vela conmigo, pensé en el riesgo de iniciar un incendio si ésta caía. Por lo que la dejé sobre el escritorio.


Subí y efectivamente esa bruma tocaba el techo. No pudiendo resistir más decidí internarme en la bru- ma esperando tocar con mi mano el techo.


La bruma escondía un agujero en el techo, de no más de medio metro de ancho, del otro lado había total oscuridad, por lo que no podía ser ese techo el tejado de la casa, era mediodía y en el otro extremo sólo se percibía oscuridad.


Supuse que en el otro lado de ese hueco debía de haber sólo un pequeño espacio, tal vez dispuesto como soporte de la estructura de la casa, pero no para ningun otro propósito. Ya que era mediodía y ahí sólo había oscuridad.


Con temor metí la mano en la bruma y noté que ésta podía avanzar mas allá de la pared, en ese momento sentí un leve tirón, e instintívamente jalé mi mano hacía mí. Esta acción disipó un poco la bruma, y pude apreciar un espacio del otro lado del hueco, aún mayor que el que suponía.


Estaba confundido y asustado. ¿Quíen podía estar ahí? y ¿Por qué se apreciaba ese espacio, de dimen- siones mucho mayores a lo que podría suponer?


Pero no estaba ahí para salir corriendo sino para explorar, por lo que me mantuve en el sitio y volví a alzar la mano hacia el hueco. En ese momento volvía sentir un suave tirón, pareciera que el sólo hecho de acercar la mano a ese espacio bastaba para ser jalado.


La bruma a cada intento se disipaba aún más, y el otro extremo del hueco se hacía un poco menos oscuro, lo suficiente para poder observar que el tirón lo ejercía un niño de dimensiones mucho mayores a las dimensiones de un niño de siete años.


No pude entender en ese momento como el haber percibido el que un niño estuviera del otro lado, no había hecho que instantáneamente saltara del escritorio, y presa del pánico hubiera corrido, alejándome para nunca más volver ahí. Por el contrario, una corriente de curiosidad y familiaridad me invadió y lejos de pensar en alejarme, me dejaba atraer hacia el hueco.


Me dejé atraer y traspasé el hueco hacia la oscuridad.


Ahora estaba en una habitación donde las sombras reinaban y pude ver claramente que ese niño guardaba las dimensiones de un adulto pero era un niño, de ello poía estar seguro. Como también podía darme cuenta que esa habitación era al menos tres veces mayor que el desván. Comenzaba a darme cuenta de que ese espacio no podía corresponder al pequeño resquicio que suponía ocuparía, no era posible. Era como mirar en el fondo de de una caja de zapatos y apreciar un espacio mayor que el que ocupa esa caja.


Pero a la vez ello no me disgustaba, como tampoco me sucedió el que encontrar un niño ahí me causara horror.


Todo lo contrario ese lugar me resultaba muy agradable, e íntimo.


Ese niño ahora me guiaba hacía otra habitación menos oscura y más amplia y en ella pude notar que él era parte de una familia, todos ellos eran más altos pero no más gruesos, y una ligera tonalidad verdosa impregnaba su piel. Quien pareciera el padre de este niño se me acercó y me habló con familiaridad como si fuera uno más de la familia, sin embargo, había un pequeño dejo de frialdad.


Muchas preguntas llegaron a mi mente. Y una de ellas me fue respondida sin haberla formulado cuan- do sin mediar palabra alguna, ese hombre me señaló una fotografía en color sepia situada arriba de una chimenea. Me acerqué y pude apreciar a los otros integrantes que presumí, formaban una familia y abajo una fecha 22657. Ello por un instante me sobresaltó mas no me atemorizó. ¿Una fotografía antigua fecha- da en el año 22657? ¡casi veinte mil años adelante de mi tiempo, y ya con los estragos del tiempo! me hallaba en un futuro distante al mío.


No sólo ellos correspondían a un futuro lejano, también percibía que esas habitaciones eran parte de una casa, ¿Una casa tan grande como la mía, dentro de su desván, que ocupa un mínimo espacio?. En ese momento, miré mi reloj y noté que la manecilla que indica las horas, corría a igual velocidad que el minutero. Pero la vida en esta casa transcurría a un ritmo semejante al de mi mundo. Supuse entonces que mi reloj representaba el transcurrir del tiempo en mi mundo ... que equivocado estaba.


En ese instante me di cuenta que el niño se me acercó y pretendía tomar un objeto en el tiro de la chimenea, pareciera un adorno, supuse que el hombre le ayudaría ya que el objeto estaba situado al doble de la estatura del hombre. De pronto el niño sin tomar mayor impulso brinco y facilmente lo alcanzó.


El niño notó mi sorpresa.


—Ven conmigo —me dijo.


Lo acompañé a un patio abierto con paredes altas, pintadas en colores claros y en ellas diversas plantas subán por sus paredes, el cielo estaba despejado, no pude evitar recordar que al cruzar por ese hueco la oscuridad era penetrante.


Entonces el niño sonriéndome se hizo acompañar de un joven y ambos con saltos sin poco impulso se alzaron simulando caminar sobre las paredes, como quien las recorre caminando gracias a una cuerda que los sostiene.


La madre me miró, y me dijo. —Todo esta bien.


Fue cuando percibí lo grande de sus craneos, la escasa cabellera de todos ellos y al menos medio metro más de altura.

Feb. 4, 2020, 3:26 p.m. 0 Report Embed 1
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